“ En la vida anímica del individuo el otro cuenta,
con total regularidad, como modelo, como objeto, como auxiliar y como enemigo.”

  Sigmund Freud.

Para nuestra religión los hombres son iguales y diferentes frente al Otro Divino, todos son iguales en tanto pecadores, no hay nadie que este exento de lo que se denomina “el pecado original”. La condición, nacer en falta, hace a todos los humanos iguales entre si, un colectivo humano hermanados por heredar una falta de origen, de esta manera lo “común” esta dado por el carácter constituto de la falta, que por otro lado, como sabemos, lo constitutivo es permanente e inmodificable por lo menos en esta vida.

Luego tenemos diferentes clases o conjuntos, podríamos decir grupos?, las diferencias surgen según el tipo de hecho pecaminoso cometido, el pecado tiene grados, los hay leves, graves y gravísimos. El grado de la falta no remite culposamente o responsablemente a ningún otro social sino que es un asunto entre el pecador y su Dios. Por eso en este caso lo que importa es cuanto se ha ofendido a Dios, la magnitud del pecado o  su gravedad es equivalente a cuanto se le ha faltado a Dios.
Es por esta razón que frente al Referente los humanos se diferencian unos de otros, y nos animamos a plantear que esta idea, diferentes tipos de pecados hacen a diferentes conjuntos de pecadores, es la concepción latente sobre el agrupamiento que se encuentra en la mas occidental de nuestras religiones. Mas allá de las combinaciones que puedan darse entre los humanos existe un diagrama invisible a los sentidos que agrupa verdaderamente, en la medida que diferencia a unos de otros, según su resistencia o complacencia con el pecado. De más esta decir que la vida humana, su sentido y hasta su duración, dependen de los designios divinos, como así también que el único instituyente es Dios.

Ahora bien, sabemos que en algún momento de la historia el hombre deja de ser aquel que justifica su vida solamente en función de cumplir con una variedad de mandatos por haber sido la única criatura “hecho a semejanza de Dios”, los tiempos modernos descentran al referente Divino de la vida humana, la misma, la llamada  vida terrena, sufre una convulsión con la aparición de las primeras formas del capitalismo, con los destellos que provienen de una nueva manera de vivir practicada y difundida por  la llamada burguesía, y la iluminación de un saber nuevo, el llamado saber de la ciencia.
Esto comienza a ser detectable cuando la propia modernidad inventa dispositivos y disciplinas que toman, o proponen, como objeto de indagación esencial al hombre definido puramente como un sujeto humano.
De esta manera las “nuevas disciplinas” de los tiempos modernos tienen como objeto central de sus reflexiones al sujeto humano, en tanto sustancia viviente (la biología), en tanto ser social (la sociología), en tanto ser de la conciencia (la psicología), en tanto ser de la trasgresión a la ley (el derecho penal). No podemos dejar de mencionar a los nuevos enfoques de la pedagogía (hay un cambio de objeto y de método cuando la escuela se hace publica y universal, esto quiere decir para todo individuo), o a lo que podríamos llamar la refundación de la psiquiatría (la enfermedad mental deja de ser un “mensaje cifrado por los dioses” para ser reflejo de un desorden de la imaginación y del cuerpo). Por ultimo debemos mencionar a dos disciplinas, disciplinas “de la sospecha” como alguien las caracterizo, nos referimos al materialismo histórico y al psicoanálisis, las cuales muestran otra constitución de lo social, otra constitución del sujeto.  

Luego de estas consideraciones iniciales, muy generales pero necesarias de hacer, presentemos nuestro tema y su interrogante: ¿puede el Psicoanálisis decir algo referido a la relación grupal diferente a lo que sostienen otras disciplinas, como por ejemplo la Sociología, la Psicología o acaso la Etología? ¿Cuál es la perspectiva que tiene este saber en relación con lo Institucional, más allá de lo que sostiene la misma Sociología, o el Derecho, o la Antropología?

El Psicoanálisis sostiene la siguiente hipótesis: no hay “instinto gregario” en la especie humana. Ahora bien, si falta ese mecanismo “natural o genético” de consolidación del sujeto con los otros, es entonces necesario abrir el siguiente interrogante: que tipo de mecanismo se pone en juego en el agrupamiento sobre ese fondo de carencia instintual?

Si lo grupal se encuentra, o se presenta, como un hecho corriente en la experiencia de todo sujeto (aunque no exclusivo, ya  que los animales e insectos se las han compuesto para  vivir en complejas organizaciones colectivas) a tal punto que podríamos decir que su existencia transita por distintos tipos de agrupamientos –pareja, familia, grupos de trabajo, grupo de amigos, etc.- esto da lugar a considerar que en relación con el Sujeto, los otros, el Otro siempre  cuenta; ahora bien, cuál es el estatuto de ese “otro”?

Para responder al interrogante podríamos partir de lo siguiente: antes que un individuo nazca, hay algún “otro” que desea que advenga un sujeto, este antecedente, (el sujeto por venir es deseado con anterioridad a su aparición), no solo es temporal sino que revela la  existencia de lo que podríamos llamar una “estructura constituyente”, un conjunto de operaciones que dan lugar a diversas funciones, tales como: una función deseante, que moldeará a la criatura humana inscribiendo en ella el deseo como motor de su existencia; un sistema significante, la palabra, que lo inscribe en el orden Simbólico, que le posibilita nombrar y ser nombrado y de esta manera lograr articularse y diferenciarse en la relación humana;  funciones identificatorias, a partir de las cuales construirá su identidad, su yo y sus ideales. Deseo, palabras e identificaciones es el equipamiento básico que le permiten al sujeto intentar resolver algo no menor: el no orden natural de su relación con su cuerpo (sexualidad), la falta de instinto en su relación con sus semejantes (vínculos de amor y odio).

 

Estas operaciones darán lugar a lo que podemos llamar una singular operación de corte. De que se trata? La cría se humaniza dejando su lugar de “ser natural”, trastocando su ser biológico a partir de constituirse en el seno del Orden Simbólico, la palabra lo arranca de la naturaleza, al punto de perder toda posible relación directa con su cuerpo. De un organismo viviente pasa a quedar ensamblado a un “cuerpo gozante”. Por lo tanto esta separación de su naturaleza biológica provoca lo que podríamos llamar la pérdida de la concordancia, tanto entre el ser y la  naturaleza, como entre el ser y cualquier especie del “sí mismo”. El Psicoanálisis revela que el Sujeto humano se construye de esta manera, nunca es el resultado de lo dado, ya se trate de lo natural, o de lo genético, o de lo divino. Por lo tanto su destino, si se pudiera hablar de destino, es que su existencia se juega en una relación problemática con la Naturaleza, la Cultura y los Otros.
Entonces si no hay “saber instintivo” para entenderse con este mundo, ni “objetos naturales” para el hambre o el amor, ni “palabras naturales” que reflejen el des/orden del mundo, este ser devenido Sujeto del  deseo del Otro, cuestionando en sus identificaciones por sus ideales, por lo tanto construido por (para) la disconcordancia, sin embargo encuentra cierta estabilización en la relación Grupal y en el  orden Institucional.

Lo grupal será el espacio donde lo que constituye al Sujeto se pondrá en “práctica”, en donde se pueden observar los rasgos simbólicos que lo vinculan con sus semejantes, como así también las vicisitudes de la alienación identificatoria y de la ilusión amorosa. Espacio donde se experimentan las delicias del encuentro y el malestar por el fracaso del mismo.

Si a lo grupal le es necesario la imagen, la visibilidad del otro, el amor y el deseo  encarnados en alguien, la Institución  en cambio se ubica en un más allá de lo visible, no solo mas allá de los sujetos, sino también más allá del espacio topográfico, ya sean muros o perímetros, (si la Justicia es una institución, lo es no solo por sus jueces o sus edificios).

El orden Institucional se presenta a la experiencia humana como un espacio de cierta estabilidad y permanencia, (entre otras razones porque lo instituido oculta la dinámica las fuerzas instituyentes), este lugar se sostiene en los acuerdos Simbólicos de una sociedad, y en el mismo se generan prácticas unificadoras que buscan regular el espacio subjetivo de las relaciones grupales que en él se desarrollan.
Es por esto que la Institución es el lugar de referencia simbólica por excelencia de la Modernidad, como mediación, norma o Ley, por eso las mismas son siempre las formas particulares, históricas, en las cuales se articula el Orden de cada época..  
Es preciso señalar que la Institución no es solamente una articulación simbólica de normas y valores con los sujetos, sino que también es un espacio donde se despliegan diversas formaciones imaginarias, y muy posiblemente sean estas las que generan la ilusión de lo estable, de lo que ya esta ahí desde siempre.

Si la modernidad es el tiempo y el período a partir del llamado “modo capitalista” y de su correlato la “revolución burguesa”, (capitalismo, revolución burguesa y democracia son acontecimientos afines y necesarios unos con otros) también es el tiempo histórico de la consolidación del individuo, del grupo y de la institución. Por eso, a nuestro entender, “lo social” es una dimensión histórica, fechable, ubicable en el tiempo como invención sobresaliente de la modernidad.

De tal manera creemos que no se puede entender “lo social” sin tener presente el modo de producción capitalista y su arquitectura política: la democracia, y  de manera correlativa no hay lo social si no se tiene presente al individuo, al grupo y a la institución. Ahora bien, este social del capitalismo, de la democracia, del individuo, del grupo y de la institución, de la razón y la ciencia, no es sin el malestar. Este real malestar, presente en cualquier relación humana que se precie de tal, por cierto no fue invitado a formar parte de la fiesta de la modernidad, más bien todo lo contrario: era un ingrediente  que de a poco debía ir perdiendo lugar e importancia en el espacio político, familiar, institucional. Sin embargo el malestar entre los humanos no solo insiste sino que cada vez es mas denso y de una angustiante complejidad. Pueblos que persiguen a otros pueblos, un cuarto de la población mundial padeciendo hambre. Presidentes que juran por la paz declarando que la guerra es necesaria y justificada; nuevos? odios raciales se distinguen en la progresiva Europa, los rasgos de cinismo sobresalen no solo en los discursos políticos sino en la propia practica política, los ricos cada vez mas ricos entran en panic attac con los pobres cada vez mas pobres. En donde la globalización impone un individuo uniforme y segrega aquel que no lo es, quizás no sea casual que el concepto central de la práctica social de hoy en día, digamos su primer actor, sea el consumidor y no ya el ciudadano.
Algo de esto habrá vislumbrando Freud cuando hace más de setenta años atrás sostenía: “nunca hubo un siglo de tanto progreso y de tanta barbarie al mismo tiempo”. Pesimismo o extremada lucidez?
Las hipótesis freudianas no han tenido cabida en los ideales de la modernidad,  siempre incomodaron por ser demasiado revulsivas a los ordenes establecidos en tanto estos apostaban a los beneficios humanitarios que aportaría la razón dando lugar a una armónica relación del uno con los otros, tampoco son afines a los ideales de la posmodernidad que cree como posible la armonía del uno.

Tomamos la decisión de hacer del malestar el síntoma que mejor puede iluminar algunas de las vicisitudes de nuestra época, por lo mismo nuestro interés apunta a revelar las vicisitudes del mal-encuentro entre el individuo y algunas de las variantes propias (el grupo y la institución) de la relación social de este momento histórico.
  Flavio J. Peresson


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