Agoniza Doña Rosa
Hace algunos años, su vigencia era plena, constituía por sí misma la voz del sentido común. Y hasta un periodista distinguido –que murió olvidado por la profesión y fue negado más de tres veces por sus viejos conocidos– le asignaba el rol de perfecta equilibrista en las discusiones políticas, sociales o económicas.
Tanta era su fama, que consiguió representar el saber popular y a mediar en los debates culturales e institucionales más ásperos. Sin temor al riesgo de la exageración, se podría señalar que los gobiernos trabajaban para ella, para no alterar su ritmo cardíaco, para responder a sus demandas, para no ofuscarla. Porque, Doña Rosa, que salía todos los días a hacer los mandados, conocía mejor que nadie el pulso y la conducta de "la gente".
Porque Doña Rosa, una ama de casa sin más interés que hacer feliz a su familia, cuidando de saber dónde estaban sus hijos en ese momento, amparando la parranda de su esposo sin cometer adulterio ni pensar en el divorcio vincular, devota católica, experta en precios bajos de productos caros y autoexculpada de su simpatía por el Proceso, "ya que no sabía lo que estaba sucediendo", nunca se equivocaba.
Era más sabia que el propio pueblo, ya que esa categoría representaba a los analfabetos que iban a sufragar por el vino y el chorizo y elegían sin la más mínima instrucción pública. Y, encima, siempre elegían inconvenientemente a un General que había hecho que los peones, los obreros y las mucamas se envalentonaran y pidieran vacaciones o aumento de sueldo. No obstante, "muerto el General, se acabó la rabia", habrá pensado.
En el año 1983 pareció desfallecer. Muchos la dieron por viajada a otras latitudes, cuando Latinoamérica parecía florecer hacia una región progresista. Liberada de los gobiernos de facto, decían, esta tierra le era incómoda, ya que sus ideas iban a ser discutidas o, al menos, puestas en discusión. Pero, milagrosamente, renació de las cenizas del ceibo más profundo y encendió su espíritu. Y, otra vez en escena, retomó el timón de su galeón para exorcizar viejos demonios íntegros e inexorables. Repitió que los pobres lo son porque no quieren trabajar, que había que meter bala y mano dura a los delincuentes y que los extranjeros que venden verdura son, en realidad, comerciantes de drogas.
Se despegó de las Abuelas y mucho más de las Madres, porque no querían entender que aquello había sido "una guerra sucia" y que murieron y mataron de los dos lados. Señaló que era mejor olvidar; si a ella también le habían matado a un primo segundo que "era medio comunista".
Los pibes chorros la asustaban bastante. Y esa música de cumbia villera, para ella, no era otra cosa que la melodía de la frustración, la exacerbación de la condición de clase apenas armonizada por un piano mecánico y una guitarrita. Y los piqueteros, unos cuantos negritos encapuchados que cortaban el tránsito: siempre violentos, agresivos y equivocados, porque se la agarraban con ella, que no tenía nada que ver, que sólo quería conducir hasta la casa de la hermana sin molestar a nadie. Pavor también sentía por los trapitos, por los trapos y por el traperío con el que las que piden arropan a sus bebés adormecidos con fármacos para lograr mayor limosna.
La crisis económica la hizo retroceder y entonces rogó "que se vayan todos" y blasfemó contra los dólares que no cobraría nunca jamás. Salió con la pesada olla de teflón y se escondió entre los que buscaban una respuesta más profunda a los problemas sociales. Después, en otros reclamos, no apareció.
Cuentan que, a diez años del siglo XXI, Doña Rosa podría, finalmente, partir para siempre. Comentan que agoniza. Pero, aún en sus últimos estertores genera polémica.
Por caso, Elisa Carrió se dirigió a ella (durante el programa La vuelta, de Radio Continental, conducido por María O' Donnell) para explicarle cómo es la articulación entre los beneficiarios del Plan Trabajar y la conducta lúdica.
En la transcripción de la entrevista radial se entiende mejor:
(...)
Elisa Carrió: –Estamos en contra del juego en el centro de las ciudades, que es el mayor impuesto a los pobres que tienen los países.
María O’Donnell: –Pero no del plan trabajar, porque daría la sensación, si uno lo plantea así, que la gente cobra y va al casino…
E.C.: –Sí, sí… del plan trabajar, el sueldo de empleado público. Uno lo ve. En La Rioja, en Resistencia, en Catamarca. Hacen cola en un banco y al lado está el Casino. Todo el mundo cobra y va.
(…)
Doña Rosa no lo sabía, porque jamás se la jugó.
Publicado en diario Diagonales 04-08-2010
*Claudio Gómez: Licenciado en Comunicación. Prof. Asociado del Taller de Producción Gráfica II. FPyCS. UNLP








