La Ley del Voto Femenino aparece en un contexto de profundas transformaciones
 
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Votar y ser votadas: El voto universal se hace efectivo

Por Carlos Ciappina*

“Cuando veamos a la mujer parada sobre una mesa o en la murga ruidosa de las manifestaciones, habrá perdido todo su encanto. El día que la señora sea conservadora; la cocinera, socialista, y la mucama, socialista independiente, habremos creado el caos en el hogar”. Dip. Nacional F. Uriburu. Partido Conservador. 1932.

“Mujeres de mi patria: recibo en este instante de manos del gobierno de la Nación la ley que consagra nuestros derechos cívicos con la certeza de que lo hago en nombre y representación de todas las mujeres argentinas… victoria de la mujer sobre las incomprensiones, las negaciones y los intereses creados de las castas repudiadas por nuestro despertar nacional”. Eva Perón,  23 de setiembre de 1947.

La cuestión del voto femenino expresaba a principios del siglo XX  las limitaciones que a la democracia real le ponía una sociedad con una profunda matriz patriarcal, que de palabra se refería a la república y a la igualdad de derechos cívicos y sociales. Nuestra elite liberal de fines de siglo XIX se llenaba la boca con la palabra república y las instituciones republicanas, pero el voto estaba celosamente restringido y el fraude descarado era la norma común. Hubieron de pasar tres revoluciones populares (las del radicalismo  en 1890, 1893 y 1905) para que la élite aceptara el voto “universal”. ¿Cuán universal era ese voto?

La famosa Ley Saenz Peña establecía, en 1912, el voto universal, secreto y obligatorio. Tan profunda era la sociedad patriarcal y tan honda la naturalización del lugar subalterno de las mujeres que la ley ni siquiera se ocupaba de aclarar que por “universal” sólo se refería a los varones. De hecho, aunque no lo aclarara ni lo prohibiera  la ley, a nadie del poder político instituido se le ocurrió convocar a votar  a las mujeres.

Fueron las propias mujeres las que iniciaron la lucha por la igualdad de  derechos cívicos (parte importante de otras luchas futuras que aún continúan por la desarticulación del orden patriarcal y las normativas legales  y los usos y costumbres que lo intentan validar).

En el año 1902 Fenia Cherkoff organizó el Centro Socialista Feminista y en 1905 la Liga Femenina Nacional que se vinculaba con las Asociaciones Internacionales Sufragistas. Tres años después, en 1908, Elvira Rawson de Dellepiane creó el Centro Feminista, vinculado al Partido Radical.

En 1910, y siguiendo la lucha del movimiento sufragista, la Dra. Julieta Lanteri (que ya había debido luchar para ser aceptada en la Universidad) solicitó a la justicia que se le reconocieran sus derechos a la ciudadanía amparada en la constitución nacional. Como el juez federal no encontró argumentos legales que lo impidieran, Lanteri fue empadronada en 1911 y ese mismo año votó. Ocho años más tarde, volvió a recurrir a la justicia para que pudiera presentarse como candidata y esta volvió a darle la razón, siendo candidata a Diputada Nacional en 1919  por el Partido Nacional Feminista (aunque con escaso suceso).

En el año 1918, la dirigente socialista  Alicia Moreau de Justo crea la Unión Feminista Nacional.

En 1919  el diputado nacional por la provincia de Santa Fé (UCR)  Rogelio Araya, presentó el primer proyecto de ley para que se sancione el derecho de voto a las mujeres, para cumplir con la sancionada Ley del Sufragio Universal. Dicho proyecto establecía el voto sin restricciones a todas las mujeres mayores de 22 años. Nunca fue tratado por el Congreso.

En 1921, la nueva Constitución de Santa Fe también aceptó que las mujeres votaran en los municipios.

El también diputado radical Juan Frugoni presentó en 1922, un proyecto de voto femenino pero solo para aquellas mujeres que tuvieran “título Universitario, de Liceo o de escuelas especiales”.

En San Juan en 1927, una nueva Constitución votada por el gobierno radical habilita a las mujeres para votar, pero el golpe de 1930 anula la Constitución.

El año 1929 sería prolífico en proyectos: el diputado radical Belisario Albarracín  propuso un nuevo proyecto que establecía el voto solo para aquellas mujeres que supieran leer y escribir; el diputado Socialista Mario Bravo propuso por primera vez el voto de la mujer en total igualdad con el masculino y el diputado conservador Bustillo un proyecto de voto femenino a aquellas que pudieran acreditar al momento de empadronarse saber leer y escribir. Ninguno de los proyectos alcanzó tratamiento parlamentario.

En 1932, Carmela Horne de Burmeister fundó la Asociación Argentina del Sufragio, la que alcanzó a tener 80.000 afiliadas.

También en ese año, la Cámara de Diputados de la Nación trató por primera vez una propuesta de ley para habilitar el voto femenino. El radicalismo había sido prohibido por la dictadura; de modo que el debate se circunscribió a conservadores y socialistas (ambos beneficiarios de la prohibición sobre el Yirigoyenismo).

Los conservadores propusieron un voto femenino limitado, calificado y la no participación política (electividad) de las mujeres. Argumentos como el siguiente sustentaban esta posición: “(la mujer) es más frágil, sufre ondas de emociones, vive en cierto estado de inquietud que exige la protección del hombre…..Inteligente, pero llena de emotividad y sensibilidad puede sufrir la influencia de un orador de voz cantante…Y esas circunstancias no la hacen apta para la política, porque la razón de gobernar está subordinada al sentimiento que pueda inspirarle”.   

Los diputados socialistas defendieron y sostuvieron el proyecto de voto femenino en igualdad de condiciones con los varones, sin limitantes ni condicionamientos de ningún tipo. En este debate de 1932 triunfaron los socialistas, pero el proyecto nunca fue tratado por la Cámara de senadores y por lo tanto  en 1935 caducó.  

Así, durante más de medio siglo, las iniciativas individuales, las iniciativas colectivas ya fueran de organizaciones sufragistas, feministas y socialistas; y los proyectos de ley de conservadores, radicales y socialistas se habían estrellado contra la institucionalidad de la República paternalista y conservadora.  

Todo cambiaría con la irrupción del peronismo y de Eva Perón.

El peronismo significó, a partir de octubre de 1945  un enorme cimbronazo a las estructuras de la República Oligárquica: el viejo orden conservador se tambaleó como nunca y los principios naturalizados de la economía liberal, la sociedad desigual, la política de círculo y la cultura de elite se vieron interpelados y modificados por la profunda transformación incluyente del peronismo.

Un movimiento político social que se asentaba en el apoyo masivo de los y las trabajadoras. El peronismo era un movimiento que admitía a todas las clases, pero que se centraba, construía y sostenía en una sola: la de las y los trabajadores. Así, la interpelación a la  República liberal  como un marco institucional vacío y formal fue profunda y las políticas de legislación laboral, intervención económica, democratización educativa e inclusión social y cultural, hicieron inevitable que la república liberal-oligárquica diera paso (por la fuerza de la movilización política popular) a una democracia de participación universal y real.

Es en ese contexto de profundas transformaciones en el que aparece en el horizonte la Ley del Voto Femenino (13.010/47). El peronismo reivindicará a la mujer en sus nuevos roles: sobre todo trabajadora y obrera, pero también maestra, estudiante y  profesional; interesada y militante en la vida política y social. Las discusiones sobre las capacidades y limitaciones de las mujeres sonarán a partir del peronismo como muy antiguas y vanas; y más aún cuando la propia Eva Perón deje de ajustarse al rol anodino y protocolar que habían tenido las esposas de los presidentes, para transformarse en la otra gran personalidad política del momento, discutiendo con los sindicatos, proponiendo leyes a diputados y senadores, trabajando en la Acción Social, batallando con (o contra) ministros , discutiendo con las corporaciones rurales y el capital transnacional ; haciendo , en fin, política. Evita será cada vez más, la voz de los desplazados, de los ignorados, de todo lo que el orden liberal había sumido en el destrato y la inequidad… su definición de “descamisados” qué duda cabe englobaba, en primera línea reivindicatoria a las propias mujeres.     

Evita tomó la campaña por el voto femenino, como todo lo que encaraba, con absoluta determinación y sin pausa: se reúne con los legisladores, con las delegaciones de obreras y obreros que la visitan, con las organizaciones femeninas de todo el país, se dirige cada miércoles por radio a las mujeres argentinas, pidiendo la acompañan para reclamar por sus derechos cívicos. A todas y todos les repite lo que le dijera a una delegación de maestras a principios de 1947: “Estoy bregando por el voto de la mujer, y no cejaré en mi lucha hasta conseguir que ello sea una realidad”.

Con Eva Perón a cargo todo tomó otra velocidad, todo tenía que tomar otra velocidad. En ese debate parlamentario de 1947, los partidos y asociaciones que históricamente habían luchado por el voto femenino, obnubilados/as por las perspectivas demonizadoras contra el peronismo, se opusieron, y quedaron , otra vez, (aunque se reivindicaran progresistas) apegados a la lógica de la vieja república conservadora.

Los cambios fueron vertiginosos. Perón fue electo en 1946 y, un año después se aprobaba la Ley del voto femenino. En 1951 las mujeres votaron en igualdad de derechos cívicos que los hombres y, en 1952 asumieron  sus bancas las primeras 23 diputadas y senadoras de la Nación. En cinco años se habían superado cincuenta años de obstáculos. Evita votó aquella primera y única vez en 1951; millones de mujeres lo harán para siempre a partir de ese momento.           

* Docente, historiador y miembro del Consejo Directivo de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social, UNLP.

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