Prensa
 

Yo comento, vos comentás, nosotros co mentimos. El twitter como materia prima de la información

Por Liliana Viola *

La noticia de la muerte del fiscal Alberto Nisman no llegó a este mundo como llegan casi todas las noticias, con la herencia genética de los titulares más o menos oficialistas o más o menos opositores, y con ese formato informativo estándar que impone cumplir con datos, secuencias, declaraciones chequeadas, ciertas cadenas de sentido. Como el cadáver fue hallado cuando todos los diarios ya estaban en la calle, la noticia se gestó de apuro en la matrix de  las redes sociales donde el antiguo “res non verba” sucumbe ante el supuestamente más  democrático “comentarium, non otra cosa”. Tal vez nunca como en este caso se haya dado esta sincronía digestiva entre la red y los medios, porque  cuando la prensa despertó un poco más tarde, recurrió a un combo de los comentarios centrando en la celebridad de sus comentaristas el peso político del dictamen: “Consternación en la oposición por la muerte del fiscal Alberto Nisman”. Deduciendo en esta liena argumentativa de escasos caracteres, que lo que no es oposición, es silencio cuando no encubrimiento.

Bien temprano a la mañana, cada mensajero unicelular, libre pero también impune en ese limbo que es la inmediatez,  había construido su versión de los hechos, que más o menos la misma. El comentario, que pertenece al género “sensaciones para compartir “, es además una toma de posición exprés que se va modelando o corrigiendo a medida que se reciben los likes o los silencios.  Ensayo de prueba y error sin mayores costos (aunque muchos esperen que de una vez por todas alguien le cierre la boca a Alex Freire),  que no requiere ni admite chequear datos o reprimir el impulso de los prejuicios que siempre llegan antes. La muerte del fiscal fue juzgada en red sin esperar ni siquiera una hora la acción de la ley que él mismo representaba. Y los comentarios variados lograron por fin coincidir en un pedido de justicia, que es aparentemente otra, que remplazaría a la inexistente y que a su vez no se sabe muy bien quién representa.  Yo soy Charlie, yo soy Nisman , yo soy un juez ¿Cómo se puede reclamar por algo que se está tan seguro de que no existe al punto que se está dispuesto a ejercerla por twitter propio? Marcelo Tinelli marcando el tono de otros tantos famosos y políticos que también reaccionaron enseguida twitteó:  “Que triste todo esto. Sensación de impunidad, de impotencia, de injusticia, de inseguridad, de violencia, de códigos mafiosos. Día de luto". La sensación de espanto que provoca una muerte violenta y enmarcada en un contexto político recalentado por el atentado en Francia y por la incertidumbre sobre el atentado a la Amia,  se volvió una bolsa de sensaciones, valoradas por su velocidad (se ha criticado duramente que no hubiera twitters tempraneros de parte de sectores cercanos al gobierno) muchas veces encontradas y hasta contradictorias. Los códigos mafiosos y la inseguridad, por ejemplo, son dos escenarios muy diferentes aunque ambos puedan terminar en asesinatos.

Este jurado virtual decretó en tiempo record  que la muerte del fiscal que ese día iba a hacer ante el Congreso la acusación más grave que se ha hecho contra la Presidenta de la Nación y que, de dar en el blanco, habría sido el golpe más fuerte a la gobernabilidad superando incluso al “voto no positivo” de Cobos, fue un crimen. Y también determinó quién fue el culpable.  No importa cuán descabellado suene que un gobierno decida liquidar a un fiscal que el país y el mundo sabe que va acusarlo al día siguiente. Y mucho más descabellado que decidiera liquidarlo luego de que la principal prueba que este fiscal esgrimía ya había sido desarticulada por la misma Interpol que él citaba como fuente. “Que los argentinos podamos suponer, sospechar siquiera q un gobierno pueda matar a un fiscal es, sin más, la muerte de ese gobierno”. Martín Caparrós expresó un deseo grupal agazapado en la forma de la conclusión casi proverbial. Astuto en evitar la acusación directa y casi plausible de estar haciendo una lectura filo K, Caparros elige la retórica del linchamiento donde la sospecha (sospechar es imaginar algo malo a partir de indicios y sin argumentos) es el punto flojo no del sospechador sino del sospechado. Lilita Carrió,  siempre un paso adelante, apostaba fuerte a la falacia como relevo de pruebas: "Con su muerte se hace más indubitable lo dicho por Nisman". ¿Habrá que agregar a los muertos entonces, a ese grupo integrado por los niños, los borrachos y los locos que dicen siempre la verdad, con el peligro que implica para la integridad de las personas?

Yo soy Charlie, yo soy Nisman, yo soy un juez, encierra en cada situación específica una pluralidad de intenciones y de verdades personales y sociales muy difícil de definir si se pretende hacerlo con más caracteres que los que nos da Twitter. Si es con poco, es más fácil. Así sí, Yo soy Nisman, es una identidad de cartel, un golpe de cacerola. Volverse Nisman o cualquier otra bandera humana por un rato no aporta a esclarecer el silencio doloroso en el que se mantiene el atentado a la Amia ni tampoco a saldar el ideal de alianza entre indignados, reconocimiento mutuo, o formación de una comunidad. Esta apropiación de identidades, en tiempos en que las luchas identitarias demuestran la complejidad de las construcciones privadas y públicas,  funcionan como un identikit descartable para amparar otros encubrimientos y falsificaciones. Mirado de cerca, si yo soy usted, usted no es más usted.

*Periodista y Editora de Página 12

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