Cuando un balcón lo dice todo
 
Prensa
 

Cuando un balcón lo dice todo

*Por Carlos Ciappina

Una noche de Octubre de 1945, a las 23.30 horas, un hombre avanza y sale al balcón de la Casa Rosada. No es el presidente, ya no es más vicepresidente, ni coronel, ni ministro y hasta hace algunas pocas horas estaba detenido  por los mismos  que están allí, con él en el balcón. Las caras serias y nerviosas de los funcionarios que comparten el balcón con ese hombre traído a las apuradas de la prisión de Martín García lo dicen todo… están asustados… de golpe la cámara se mueve a la derecha y enfoca a la Plaza de Mayo: una masa compacta de cientos de miles de hombres y mujeres unidos y firmes allí desde la madrugada de ese 17 (desde hacía ya más de 16 horas) reclaman un solo nombre: el de Juan Domingo Perón. Cuando el ex detenido se asoma al balcón una ovación se extiende por la Plaza y cientos de miles de pañuelos blancos se agitan en el aire. No hay banderas, ni carteles ni nombres propios. Es una movilización espontánea, masiva, nutrida de miles y miles de trabajadores unos con otros, como una sola persona. Desde ese balcón, por primera vez en nuestra historia se inicia un diálogo, un diálogo que comienza cuando ese pueblo en la plaza pide por el coronel detenido. Diálogo que continúa con la primera palabra de Perón a la multitud: “Trabajadores”. El balcón de la Casa Rosada del 17 de Octubre fue eso allí y para siempre: el nacimiento del movimiento de masas más grande de América Latina; el inicio de ese diálogo entre líder y su pueblo; el compromiso inicial y fundante del peronismo con los trabajadores. Ese hombre con los dos brazos en alto asumía un compromiso que nunca más abandonaría: construir una Nación junto, con y para los/as trabajadores.

Casi siete años después, el 1 de mayo de 1952, una frágil mujer se asomó al mismo balcón de la Casa Rosada, extremadamente delgada, tambaleante y sostenida por su esposo y presidente que acababa de ganar las elecciones para su segundo mandato. Evita había entregado literalmente su vida a la causa del pueblo, se mostraba a una Plaza repleta que festejaba el triunfo de Perón, pero sabía de la gravedad de la enfermedad de Evita; se silenció respetuosa cuando comenzó a hablar “esa mujer”: toda imagen de fragilidad se disipó cuando comenzó el que sería su último discurso público: una voz potente se dirigió a sus “descamisados”, una voz de lucha fustigó a la reacción oligárquica que ya había intentado un golpe de estado (lo que volvería a hacer hasta el definitivo de 1955). Una voz de mujer que incendió la Plaza de Mayo desde ese balcón: Porque nosotros no nos vamos a dejar aplastar jamás por la bota oligárquica y traidora de los vendepatrias que han explotado a la clase trabajadora, porque nosotros no nos vamos a dejar explotar jamás por los que, vendidos por cuatro monedas, sirven a sus amos de las metrópolis extranjeras; entregan al pueblo de su patria con la misma tranquilidad con que han vendido el país y sus conciencias “.

Una voz que aún sabiendo cercana a la muerte no pedía ni daba respiro, porque sabía que lo que estaba en juego era la vida de las/los millones de trabajadores: por eso sus últimas palabras públicas retumbaron desde el balcón en toda la Plaza de Mayo: Antes de terminar, compañeros, quiero darles un mensaje: que estén alertas. El enemigo acecha. No perdona jamás que un argentino, que un hombre de bien, el general Perón, esté trabajando por el bienestar de su pueblo y por la grandeza de la Patria. Los vendepatrias de dentro, que se venden por cuatro monedas, están también en acecho para dar el golpe en cualquier momento. Pero nosotros somos el pueblo y yo sé que estando el pueblo alerta somos invencibles porque somos la patria misma”.

Hubo después de estos balcones, otros, en el peronismo y en gobiernos no peronistas, en democracias débiles o en dictaduras feroces... pero la potencia del primer peronismo, los balcones de Perón y de Evita quedaron siempre en la memoria popular como la expresión de la profundidad de la transformación y el trastocamiento que el peronismo había significado para esa ciudad portuaria, eurocéntrica, explotadora, blanca y elitista.   

Para el pueblo el balcón de Perón y Evita expresó y expresa ese vínculo, ese intercambio único de nuestra historia entre pueblo y dirigentes populares. Un diálogo en abierto, sin especulaciones, un dialogo entre iguales, un diálogo que hacía y hace de la lealtad algo muy lejano al seguimiento ciego o la genuflexión que señalan las usinas de pensamiento liberal; la lealtad a un proyecto de nación inclusivo, popular, democrático y antioligárquico.

Por eso Néstor y Cristina Kirchner nunca se dirigieron al pueblo desde el balcón que llamaban “de Evita y de Perón”… lo abrieron al pueblo, a que se lo visite, se lo conozca. Continuaron y ampliaron la senda de un proyecto nacional y popular acorde a la realidad del siglo XXI… convocaron al pueblo a la Plaza de Mayo como casi nunca antes, con familias, con diversidad, con alegría… pero no utilizaron el balcón por el profundo respeto a la tradición popular que inauguraron Perón y Evita .

Uno no sabe cómo interpretar la imagen del recientemente electo presidente de la república Macri en ese balcón emblemático de los procesos nacional-populares: ¿Ignorancia? ¿Desafío? ¿Exorcismo? O simplemente tilinguería de quien transita por la política con la liviandad de quien cree que no hace política, de quien propone una ideología de globos y bailecitos, que esconde en el fondo, sin embargo,  un proyecto neoconservador en toda la línea. Este último balcón patético pasará rápido porque nada se dijo allí (ni podría decirse) que signifique más que una mueca triste de la banalidad política. Banalidad que, sin embargo, no es neutra sino que le abre la puerta al gran capital en detrimento de las mayorías populares.

*Historiador y profesor de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP         

Correo Perio