La democracia, un ejercicio necesario
 
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La democracia, un ejercicio necesario

Por Delfina García Larocca*

A 40 años del último golpe cívico militar, sostén de la dictadura más sangrienta de la historia argentina, es necesario quizá repensar la categoría de democracia pero mucho más repensar su práctica. La democracia no como estado de las cosas, de las historias, de las naciones sino como ejercicio. Porque la democracia no se nace, se hace.

Hay ejercicios obligados para desandar la práctica democrática: la memoria es uno. Hugo Bacci decía que a los compañeros los habían intentado matar dos veces: una por las balas y otra por el olvido. Es necesario mirar entonces desde otro foco que prescinda de las instancias electorales de la democracia, que no son menores pero que tampoco pueden ser la síntesis de los procesos políticos. Los gobiernos deben juzgarse – si se me permite el término- por su praxis democrática y no simplemente por el acto decisorio en una urna, ese será, en todo caso, el piso, el requisito ineludible de todo partido que tenga la enorme responsabilidad de conducir los destinos de nuestra patria.

Aquellos que conocimos la política de la mano del Kirchnerismo, que formamos parte de la generación a la que Néstor le devolvió la política como herramienta de transformación social, entendemos a la democracia como el lugar de dignificación de los pueblos.

La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la ley de Identidad de Género, la de matrimonio igualitario, un presidente bajando los cuadros de los genocidas (como la postal simbólica pero profundamente política de aquel proyecto político), constituyen un modo de pensar la democracia. Un modo que fue participativo, que fue plural y no como si la praxis política debiera – por buenos modales- plebiscitar todo, por el contrario, una pluralidad real que sólo puede pensarse a partir de la libertad y la igualdad.

Hay otra aparente pluralidad, la podríamos pensar como pluralidad virtual, que es más bien verso, mentira, falacia para no decir lo que hay detrás. Y sino, basta pensar el embate en contra de la libertad de expresión y el derecho a la comunicación por parte de un gobierno que anunciaba que con él llegaban tiempos de diálogo y unión.

La democracia no es un estado ni un lugar estanco. Porque frente a un mismo escenario hay prácticas bien distintas que modelan la vida social y política de nuestro país. Hoy la democracia pareciera haberse convertido en un lugar de sometimiento y ya no de dignificación. La democracia que propone la Alianza Cambiemos, que no deja de ser democracia porque hay que reconocerles que, con mentiras y sincericidios, por primera vez en la historia la derecha ganó con el voto popular, es una democracia de los patrones. En el macrismo no hay lugar para construir, para soñar, para pensar lo imposible porque la miseria ya fue planificada y las recetas del capital se siguen al pie de la letra.

El modo de ejercitar la democracia del gobierno actual, el que genera praxis política desde una epistemología del sometimiento, pone en la escena de sus acciones la toma de decisiones en base a Decretos de Necesidad y Urgencia, la derogación de las leyes del pueblo, los despidos masivos y los protocolos de seguridad como postales del tiempo histórico que se viene. O mejor dicho: ya llegó.

Tenemos el desafío de pensar y hacer democracia con un Estado verdugo. El ejercicio será, entonces, recuperar aquellos sentidos de otra democracia posible. Lo haremos con la movilización social, pero fundamentalmente con la memoria.  El desafío de nuestras generaciones será reinventarse y presentar batalla, desde los más creativos lugares, a un ejercicio democrático mejor del que hemos hecho, mejor del que podríamos imaginar. Volver a parir una democracia que no se permita, entre sus bases fundacionales, volver a ser delimitada por los dueños de todas las cosas.

*Presidenta del Centro de Estudiantes de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social

 

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