MEDIATIZACIÓN,
CULTURA y POLÍTICA: LA INCIDENCIA
DE
LA TELEVISIÓN EN LOS CAMPOS POLÍTICO Y CULTURAL
SEGÚN
PIERRE BOURDIEU, ELISEO VERÓN Y DOMINIQUE WOLTON
Universidad
de Buenos Aires (Argentina)
Presentación
El advenimiento de la sociedad de masas posibilitó la emergencia de uno de
los fenómenos sociales y culturales más complejos y controvertidos de la
historia: los medios masivos de comunicación. El conjunto de mecanismos de
producción y circulación de bienes simbólicos a escala industrial, cuyo
funcionamiento permitió que gran cantidad de personas comenzaran a recibir los
mismos mensajes informativos y culturales, fue considerado, por un lado, como
una fuerza homogeinizadora, un signo de autoritarismo y un proceso de
destrucción de la individualidad humana; desde otra perspectiva, en cambio,
esos dispositivos significaban la posibilidad fehaciente de democratizar el
acceso a los bienes culturales y a la información, que hasta ese momento
constituía una expresión más del privilegio de sectores minoritarios.
Con la llegada y la expansión de la televisión, que profundizó el proceso
de difusión masiva a niveles antes inimaginables, surgieron diferentes tipos de
políticas destinadas a orientar la modalidad y los objetivos de su intervención
social que expresaron, con mayor o menor acentuación, las concepciones
mencionadas. El debate en torno a las modificaciones que la presencia y el
funcionamiento televisivo introducía sobre diversas prácticas sociales se
acentuó, reproduciendo y actualizando, con diversos grados de complejidad, esas
mismas posiciones que Umberto Eco denominó apocalípticas o integradas (1).
Hoy, la televisión llega a la mayoría de los hogares, ha crecido la
cantidad de aparatos disponibles en cada casa, la oferta de programación se ha
expandido y diversificado gracias a la televisión satelital y por cable, y
hemos sido testigos de un proceso de concentración sin precedentes de las
empresas que producen y difunden bienes culturales audiovisuales. A modo
ilustrativo, en el año 2005 el Sistema Nacional de Consumos Culturales
-dependiente de la Secretaría de Medios de la Nación- realizó un estudio que
arrojó, entre otros resultados, que el 96,6% de los hogares disponen de un
aparato televisivo. La mitad de quienes manifestaron no tener televisor en sus
hogares dieron como causa principal la falta de recursos. Pero no sólo casi
todos los hogares tienen televisión, sino que además, en promedio, cada hogar dispone
de 2,4 televisores. En cuanto a la
exposición al medio, los entrevistados manifestaron ver entre 3 y 4 horas
diarias de televisión, y un 84,9% señaló que se informa fundamentalmente a
través de este medio.
En este marco, la televisión continúa convocando debates respecto de su
función social, las modificaciones que introduce en la dinámica y organización
del campo cultural y en las formas tradicionales de hacer política (2). En
definitiva, discusiones que directa o indirectamente nos conducen hacia la
problemática de lo público, un espacio cuya configuración y las formas de
intervención no pueden comprenderse sin tener en cuenta la acción de los medios
masivos de comunicación, sobre todo de la televisión, debido a su poder para
imponer agendas de discusión, cosmovisiones sobre los problema abordados, su
capacidad para representar estereotipadamente a los sujetos individuales y
colectivos que intervienen en los fenómenos retratados por las pantallas, o
posicionar especialistas y referentes sociales para cada temática planteada,
entre varias cuestiones que podrían mencionarse.
Las diferentes concepciones respecto de cada uno estos fenómenos expresan,
en última instancia, distintas valoraciones sobre el medio televisivo en tanto
fenómeno social y cultural; precisamente sobre esta cuestión versará el
presente trabajo, cuyo objetivo consiste en sistematizar, comparar y,
finalmente, interpretar algunas de las líneas de análisis desarrolladas por
Pierre Bourdieu, Eliseo Verón y Dominique Wolton. La elección de estos autores
obedece a varias razones. En primer lugar elegimos revisar los postulados de
Eliseo Verón debido a que se trata, sin lugar a dudas, de uno los teóricos que
más ha investigado, y por más tiempo, las características de la discursividad
televisiva y de qué manera inciden en los modos de hacer política. En cuanto a
los otros dos autores, los hemos seleccionado porque el mismo Verón ha
polemizado directamente con uno de ellos, nos referimos a Dominique Wolton, y
consideramos pertinente repasar los términos de dicha discusión ya que allí se
abordan cuestiones clave del funcionamiento social del medio televisivo. Y con
respecto a la elección de Pierre Bourdieu, hemos tomado el planteo que Verón
hace en la introducción de El cuerpo en
las imágenes –donde se recopilan varios de sus artículos escritos en
diferentes etapas de su trayectoria, los cuales hemos utilizado para la
redacción de este artículo-, donde aclara que los trabajos incluidos en dicha
publicación excluyen el tono polémico sólo porque fueron escritos previamente a
la aparición de Sobre la televisión,
el trabajo donde Pierre Bourdieu analiza por primera vez el medio televisivo;
la posibilidad que nos ha dado el acceso a estas dos obras nos ha permitido
comparar dos visiones tan diferentes entre sí acerca de la televisión.
Televisión y mediatización
El desarrollo acelerado y sin interrupción de las tecnologías de la
comunicación y la información ha incrementado el proceso de “mediatización” de
las sociedades postindustriales. Esto significa, siguiendo a Verón, que hoy por
hoy y desde hace algunas décadas, muchos de los diferentes fenómenos que se
desarrollan en nuestras sociedades adquieren formas especificas en virtud de la
existencia de medios masivos de comunicación: “Las prácticas sociales, afirma
Verón, (…) se transforman por el hecho de que existen medios” (3). Si bien la
emergencia, a lo largo de la historia, de cada uno de los medios de
comunicación ha contribuido al proceso de mediatización social, la televisión
es sin lugar a dudas el que más ha profundizado esta evolución.
Según Verón, la incidencia de la televisión en la profundización de la
“mediatización” de las sociedades postindustriales se debe a que su
discursividad incorpora nuevos registros significantes sin que sean anulados
aquellos que resultan de las formas discursivas desarrolladas por los medios
precedentes. Precisamente, a causa de esta anexión por parte del discurso
televisivo, sostiene el autor, nuestras sociedades resultan ser más complejas
que aquellas pertenecientes a etapas históricas anteriores. Esto se debe a que
al registro significante de lo simbólico expresado en el uso de la palabra por
parte de la prensa gráfica y la radio, de la imagen, lo icónico, a través de la
fotografía y el cine, la televisión le suma el registro del orden indicial del
funcionamiento del sentido, el del contacto mediante “el cuerpo significante y
la economía de la mirada” (4). Verón plantea que “…la mediatización de esos
tres niveles de funcionamiento se ha producido en un orden inverso al de la
ontogénesis: si el sujeto se constituye a partir de la estructuración de su
cuerpo significante en el contacto para llegar al orden simbólico del lenguaje,
pasando por la figuración, los medios se han apropiado en primer lugar de la
escritura, después del orden de la figuración (…), para conducir finalmente a
la mediatización del contacto (…) plenamente con la televisión” (5).
Tanto Dominique Wolton como Pierre Bourdieu coinciden, desde perspectivas y
balances diferentes, con Eliseo Verón en cuanto al lugar estratégico que hoy
ocupa el medio televisivo en la configuración y dinámica de otros espacios
sociales. Wolton, preocupado por la importancia cada vez mayor que tiene la
televisión privada por sobre la televisión generalista, principalmente sobre el
campo cultural e intelectual, percibe como una gran dificultad para cambiar
dicha situación que ésta continúe siendo un “objeto no pensado”; de allí la
necesidad de analizarla dejando atrás esquemas ideologizantes ya perimidos.
Wolton parte de considerar que “…existe una relación de complementariedad
evidente entre la democratización cultural y la sociedad y el consumo de masas,
en gran medida por analogía con el paradigma del modelo político de la
democracia. En este sentido, la televisión llegó a ser el instrumento capaz de
establecer un lazo entre proyecto político, proyecto cultural y sociedad de
consumo” (6).
Esto significa que en la formación social que habitamos, donde uno de sus
fundamentos estructurantes reside en los procesos producción y consumo de
bienes culturales difundidos por los medios masivos de comunicación, todo
proyecto político y cultural está imposibilitado de ser pensado y desarrollado
sin considerar la injerencia de la televisión; de ahí que Wolton juzgue
imperioso ajustar los esquemas de análisis sobre el medio televisivo.
Por otro lado, la importancia que el autor otorga a la televisión queda
explicitada cuando se pregunta si la acción televisiva del medio en el campo
cultural no estará vinculada con una disolución de la cultura de masas en
beneficio de una “cultura media” que sería resultado del acercamiento y la coexistencia,
en el espacio televisivo, de diversos tipos de manifestaciones culturales –por
eso Wolton prefiere utilizar este último concepto para referirse al tipo de
cultura que produce la televisión-. Posteriormente, el mismo autor planteará
que en la relación entre televisión y política hay un claro predomino de la
primera sobre la segunda, señalará los peligros que provoca tal desequilibrio y
propondrá una serie de pautas para atenuarlos, pero de esto nos ocuparemos más
adelante (7).
En cuanto a Pierre Bourdieu, su interés por el medio televisivo es
resultado de su incidencia directa sobre
otros campos que, hasta su irrupción, habían gozado de una “autonomía relativa”
-como por ejemplo el cultural el político y el jurídico-. Si bien coincide con
Wolton en este punto (8), en su abordaje del medio televisivo Bourdieu no se
centrará en las diferencias entre la lógica que impone la televisión temática o
la generalista dirigida al “gran público”, tampoco de la primacía de lo
indicial por sobre los otros órdenes de producción de sentido, como es el caso
de Verón (9). Para este autor el punto medular del problema se ubica en otro
lugar: en los diferentes mecanismos que la televisión pone en funcionamiento en
tanto “instrumento que, teóricamente, da la posibilidad de alcanzar a todo el
mundo”; mecanismos globales que resultan de una “estructura invisible” que
determina, en buena medida, el desempeño periodístico y lo que sucede dentro de
un estudio televisivo. El poder de difusión de la televisión, supeditado a una
lógica que se fundamenta en la “competencia sin límites por la audiencia (…)
crea dificultades en las diferentes esferas de la producción cultural, arte literatura,
ciencia, filosofía, derecho: creo incluso que, contrariamente a lo que piensan
y dicen, sin duda de buena fe, los periodistas más conscientes de su
responsabilidad, hace peligrar bastante a la vida política y democrática” (10).
Mediatización y campo cultural
La reflexión en torno al vínculo social y los colectivos de identificación
que genera la televisión, junto con sus efectos sobre las lógicas de
funcionamiento de los diferentes campos de producción cultural, son algunos de
los principales puntos que abordan los autores seleccionados dando lugar a
coincidencias y profundas divergencias en cuanto a su valoración del medio
televisivo y su incidencia cultural.
Una de las principales preocupaciones que atraviesa el trabajo de Wolton es
el lugar que hoy ocupa, y el que debería ocupar, la cultura minoritaria -conocimiento científico, pensamiento y bellas
artes- en el espacio público configurado por los medios masivos de
comunicación. Sin referirse a la televisión en los mismos términos que Verón
-como agente mediatizador-, Wolton aborda la tensión que se produce entre cultura media y cultura minoritaria ante la propuesta de crear, para la televisión
francesa, un canal temático cultural con el fin de equilibrar una situación que
hoy favorece a la lógica mediática en detrimento de lo cultural e intelectual.
Wolton parte de considerar que desde el advenimiento de la sociedad y la
cultura de masas “se estableció una especie de ecuación entre el número, la
verdad, la norma y la legitimidad” (11); estos criterios repercutirán sobre los
mecanismos internos de reconocimiento y legitimación internos de los espacios
culturales e intelectuales. Si bien los medios han modificado los criterios de
validez, reconocimiento y legitimidad dentro del campo cultural, para Wolton la
televisión no puede ser la única responsable.
El problema se produce, según el autor, debido a la articulación entre la
centralidad social y cultural de la televisión y la crisis que atraviesan las
“comunidades intermedias”, acentuada por la presencia dominante del medio
televisivo. Wolton afirma que han desaparecido los “espacios públicos parciales
propios de las diferentes comunidades, en beneficio de la instauración de un
espacio público en el cual se concibe la comunicación sobre un modelo universal
y no particular (…) La legitimidad parcial debe ser reemplazada, o a veces
confirmada, por una legitimidad general y la consecuencia práctica de ello es
que normalmente se le asigna una importancia desproporcionada a la publicidad
que aseguran los medios de comunicación (…) Ahora sólo hay un único modelo de
legitimidad, reconocimiento y de valorización: el individuo, frente a lo
universal del gran público, tal como lo valoriza la televisión” (12).
Ante este panorama tan complejo –de ahí la extensión de la cita-, Wolton no
cree que la solución radique en una televisión cultural que pueda salvar a la
lógica cultural e intelectual, la cultura
minoritaria, de aquella configurada por la acción de los medios masivos de
comunicación. Por el contrario, para Wolton la tensa relación entre cultura y
televisión se resuelve trabajando en pos de una forma de organización en la
cual la lógica de la cultura minoritaria
no deba estar subordinada a la cultura
mediática, una lógica donde ambas puedan coexistir manteniendo sus
diferencias. Esta forma sigue siendo la televisión generalista, ya que una
televisión de contenidos exclusivamente culturales no aportaría ninguna
solución sino que agravaría las dificultades.
Según Wolton, una televisión con programación exclusivamente cultural
significa el fin de la televisión generalista, aquella cuyo objetivo es llegar
a todo el público. Al organizar su funcionamiento sobre la lógica de la
segmentación de la audiencia tiende a configurar un nuevo mercado de consumidores
potenciales, un target, seguramente
conformado por quienes ya consumen las diversas manifestaciones culturales, lo
que llevaría a un continuar y profundizar las desigualdades en el acceso a los
distintos bienes culturales. Por otro lado, esta propuesta reproduce una
“contradicción estructural entre cultura y televisión” ya que la televisión
necesariamente debe simplificar y espectacularizar los hechos culturales,
aspectos contra los cuales se erige la televisión cultural y que en definitiva
niegan la televisión, o la reducen a un mero canal de difusión de cualquier
tipo de mensajes ignorando que las “limitaciones y el estilo de la imagen
impone las mismas simplificaciones”. Pero sobre todo, hay un peligro de mayor
gravedad. Acertadamente, Wolton alerta sobre el “efecto de la rigidez”: esto
significa que sólo serán considerados hechos culturales aquellos que sean
tratados por el canal destinado a dicha temática; y que el intento de salvar la
cultura de como resultado la creación de un gueto (13).
Ante esta situación, la opción por una televisión generalista se justifica
por un motivo principal: su tratamiento de la cultura –la puesta en el aire de
productos culturales audiovisuales o la televisación de otras manifestaciones
artísticas, científicas, e incluso políticas- no necesita de una definición
normativa previa que exprese en los hechos qué pertenece y qué no a este
ámbito; esto le permite plantearse como objetivo llegar a un público mucho más
amplio (14) que el conformado por el target
al que necesariamente debe dirigirse una televisión temática. Otra de las
limitaciones que enfrenta la televisión cultural es que se dirige contra una cultura de masas cuando lo que existe en
realidad es una cultura media. Por
eso para Wolton el problema central consiste en encontrar la forma adecuada
para “preservar una cultura ‘no dirigida al gran público’ en el seno del
reinado de la cultura media” (15).
Verón esgrime una serie de objeciones a la propuesta de Wolton, a pesar de
coincidir con algunos de sus diagnósticos previos (16). Las críticas de Verón
se centrarán sobre dos aspectos de la reflexión de Wolton: el vínculo social y
los colectivos de identificación que produciría el medio televisivo, dos
aspectos centrales del proceso cultural contemporáneo.
Verón plantea que la noción de televisión generalista está directamente
vinculada con los tiempos del monopolio estatal sobre el funcionamiento
televisivo, una televisión que se dirigía “al público más vasto de todos que no
es otro que el colectivo de ciudadanos” (17). En este sentido, según Verón,
Wolton está convencido de que el vínculo que la televisión generalista pone en
funcionamiento es el más amplio posible, por lo tanto también el más
democrático (18).
Para Verón, esta noción de “gran público”, demasiado imprecisa según su
apreciación, da cuenta del objetivo de audiencia al que apunta la programación
de la televisión generalista en el horario central o prime time. Se trata, entonces, de una noción que proviene de la
instancia de producción del discurso televisivo, de la cual no se deriva
necesariamente la generación del tipo de vínculo social o identificación con un
colectivo amplio tal como lo supone Wolton (19).
En su opinión, la noción de “gran público” expresa una “filosofía de la
oferta” practicada por la televisión generalista, en tanto la televisión
temática, dirigida a targets mucho
más específicos, y por lo tanto con mayor facilidad de ser identificados, posee
una estrategia orientada a la satisfacción de una demanda. Para Verón, el
problema de fondo se encuentra en la estrategia de comunicación que impulsa la
televisión generalista y su capacidad para provocar un efecto de identificación
por parte del público con el colectivo ciudadano que ellos mismos conformarían.
Una estrategia que resulta ineficaz en la medida en que el “gran público” no
resulta un verdadero target con
capacidad de identificación, y la eficacia de una comunicación persuasiva
–Verón da como ejemplo de estas comunicaciones a la publicidad- tiene mayores
probabilidades de éxito en la medida en que define targets específicos a los cuales dirigir sus mensajes (20).
Para Verón, la capacidad de los medios de comunicación para generar un
colectivo determinado es una cuestión demasiado compleja y requiere, por lo
menos, una identificación mucho más ajustada de los targets para tener éxito en
dicha empresa. Si bien Verón afirma que acuerda con Wolton en las razones para
que exista una televisión generalista -la tendencia cada vez mayor por parte
del mercado a poner en marcha mecanismos para la identificación de los
consumidores y las consecuencias que esto provoca en la constitución de
colectivos sociales, y la necesidad de que los medios trabajen en la
recomposición de identidades colectivas-, sin embargo, considera que el
concepto de “gran público” puede poner en marcha viejas prácticas de producción
cultural audiovisual –aquellas pertenecientes a la época del monopolio estatal
sobre el medio (21)- y obstaculizar la reflexión “estratégica profunda sobre la
comunicación mediática con vocación identitaria amplia”. Por eso supone que la
institución más adecuada para esta tarea es una televisión temática ya que
expresa de manera más adecuada las características socioculturales de las
sociedades posindustriales (22), mucho más complejas y heterogéneas.
Para Verón hay un error fundamental en la reflexión de Wolton. Los
colectivos de identificación que producen los medios audiovisuales no son
formales, como el principio abstracto de equivalencia en el que se funda la
democracia, el de los ciudadanos, formalidad que depende de una creencia que
precisamente la comunicación se encarga de contradecir al resaltar
continuamente las diferencias entre esos mismos ciudadanos. Por este motivo, la
equiparación del colectivo de consumidores de la televisión generalista con el
colectivo de los ciudadanos a esta altura de la historia es anacrónica.
Evidentemente hubo una superposición entre ambos colectivos pero “ya no existe
y no es defendiendo la televisión generalista como se reforzará la democracia”
(23).
Bourdieu aborda el problema desde otra perspectiva. La clave para
comprenderlo se ubica en la competencia sin límites por la maximización de la
audiencia que produce una lógica del
funcionamiento televisivo extremadamente perjudicial para las diferentes
esferas de producción cultural o política; en otras palabras, aborda el
análisis del medio inscribiéndolo dentro de las condiciones objetivas que
posibilitan un determinado funcionamiento social, tanto de la televisión como
de los periodistas.
Bourdieu señala que los diferentes agentes del campo cultural –también del
campo político, pero sobre esto profundizaremos en el apartado siguiente- al
concurrir a la televisión bajo las condiciones habituales en que se estructuran
sus transmisiones, sin estar seguros de si podrá o no decirse algo relevante,
dejan en evidencia que el motivo principal de la asistencia es hacerse ver, ser
visto por la audiencia pero también y sobre todo ser bien visto por los
periodistas. Al aceptar este tipo de ingreso al medio implícitamente se acepta
ser objeto de censura en tanto el tema, las condiciones de la comunicación y el
tiempo disponible son impuestos a los invitados por intermedio de los
periodistas, que a su vez son afectados por toda una serie de restricciones
(24).
Debido a su poder de difusión, señala Bourdieu, la televisión le plantea
una serie de problemas inéditos al conjunto de los productores culturales. El
campo periodístico, a pesar de su posición subordinada respecto del resto de
los campos culturales, detenta el monopolio sobre esa maquinaria de difusión a
gran escala que es la televisión, restringiendo el acceso tanto al común de los
ciudadanos como a gran parte de los productores culturales: “Tienen el poder
sobre los medios de expresarse públicamente (…) de acceder a la notoriedad
pública y de esta manera, consciente o inconscientemente, tienen la capacidad
de imponer al resto de la sociedad su propia concepción de la cultura” (25).
Quienes acceden a esta notoriedad pública son quienes han sido beneficiados
por el “principio de selección” del periodismo, cuyo fundamento principal
reside en que aquello que se elige debe ser atractivo para la audiencia.
Otorgarle publicidad a ciertos productos y productores de bienes simbólicos en
lugar de a otros constituye un mecanismo de intervención del medio televisivo
sobre los diferentes espacios culturales en la medida en que estos productores
“…tienen necesidad de auditores, de espectadores, de lectores, que contribuyen
al éxito de la venta de libros y, a través de la venta, gravitan sobre los
editores, y a través de los editores, con las posibilidades de publicar en el
futuro” (26).
Las posibilidades de hacer públicos nuevos productos y productores
culturales, como puede apreciarse, son cada vez menores. Con otras palabras, y
sin referirse exclusivamente a la televisión temática, Bourdieu también alerta
junto con Wolton respecto del “efecto de rigidez” al que aludíamos antes.
Esta restricción estructural que ejerce la televisión a través del campo
periodístico, un campo dominado en última instancia por la subordinación a la
sanción del mercado (o sea de la audiencia por vía del rating), sobre los otros campos de producción cultural se
manifiesta además con el “anuncio de sus veredictos”. En el esquema teórico de
Bourdieu, los agentes de un campo suficientemente autónomo -Bourdieu menciona
el caso extremo de las matemáticas-
tienen por destinatarios de sus producciones a otros agentes del mismo campo
(27), al “mercado restringido”; por el contrario, aquellos que destinan sus producciones
culturales a mercados más amplios, los “intelectuales heterónomos”, estarán más
propensos a colaborar y someterse a sus demandas. Estos “intelectuales
heterónomos” operan como el “caballo de Troya a través del cual la heteronomía,
es decir las leyes de la economía se introducen en el campo cultural
respectivo” (28).
El resguardo de los mecanismos mediante los cuales el campo científico, el
intelectual y el artístico produce y legitima sus agentes y bienes consiste en
mantener y elevar el “derecho de entrada y los deberes de salida” de cada uno
de estos espacios sociales –las “comunidades intermedias” a las que hace
referencia Wolton. Consciente del peligro de caer en el elitismo, Bourdieu
plantea que la defensa de estas condiciones de producción de lo universal ante
las amenazas de nivelación que provienen de “la intrusión de las exigencias
mediáticas en los campos de producción cultural” deben complementarse con una
ampliación de las “posibilidades de acceso a lo universal, para hacer que cada
vez más la gente reúna condiciones necesarias para acceder a lo
universal”.
En tanto para Wolton la crisis de las comunidades intermedias no puede
achacarse por completo a la televisión, Bourdieu percibe que la lógica que
selecciona qué bienes culturales y simbólicos adquirirán difusión pública a
través del medio televisivo tiene una incidencia fundamental en los mecanismos
de funcionamiento de cada uno de los campos culturales al consagrar
determinados productos y productores. Verón, en cambio, alerta sobre un peligro
similar pero sólo en el caso de la televisión generalista no así respecto de la
televisión temática, ya que esta supuestamente funciona bajo una lógica de la
demanda.
Mediatización y cultura política
De los múltiples fenómenos sociales que la centralidad televisiva modifica,
Verón pone especial atención en la mediatización
de lo político. Previamente a la presencia dominante de lo audiovisual, la
estrategia política estaba dirigida a administrar la palabra, qué se decía y
qué no y en un segundo plano cómo se lo decía, en términos de Benveniste, el
enunciado por sobre la enunciación; a partir de la hegemonía discursiva de la
televisión esta estrategia se transforma
en “una estrategia de dominio de las configuraciones espaciales del imaginario
televisivo” (29), de ese lugar del contacto que constituye el espacio
televisivo (30).
Considerando que la televisión para el gran público –en gran parte de
Europa se trata de la televisión estatal-
se ha desarrollado con la información como principal género y con la
transmisión en directo como modalidad discursiva fundamental (31), Verón
describe la evolución del discurso televisivo sobre la actualidad a través del
pasaje de un periodista/conductor ventrílocuo, con un cuerpo casi inexistente y
siendo sólo un “altavoz por donde pasaba el discurso sobre la actualidad”, a un
periodista/conductor con un “cuerpo significante” que se despliega en un
espacio que se amplía necesariamente para que el cuerpo actúe y emita signos.
En este desplazamiento se constituye lo que Verón denomina el “espacio del
contacto” y el eje sobre el cual se erigirá su credibilidad: el de la mirada
cara a cara.
Al modificarse el “dispositivo de enunciación” del discurso televisivo
sobre la actualidad, también el estatuto del destinatario sufre cambios. Se
genera una distancia entre el conductor y la realidad que comenta o relata, una
realidad que le genera dudas y para despejarlas aparece en la escena televisiva
la figura del especialista/columnista. De esta manera, el lugar del enunciador,
el periodista /conductor, queda equiparado con el de destinatario de ese
discurso, el espectador: ambos representan el lugar del no saber. Sobre esta
asimilación entre el enunciador y el enunciatario se construye la credibilidad
del periodista: “…lo que está en juego en el contacto es el acercamiento o el
alejamiento, la confianza o la desconfianza. En el fondo, lo esencial no es
tanto lo que me dice o las imágenes que me muestra (…); lo esencial es que él
esté allí en el lugar de la cita, todas las noches, y que me mire a los ojos”
(32).
Debido a esto, la credibilidad del discurso no tiene que ver tanto con lo
dicho sino con la manera de decirlo a través de los destellos de su cuerpo
significante.
A causa de la credibilidad y confianza que adquiere el periodista en el
discurso televisivo, “el derecho natural de mirarme a los ojos”, los políticos,
los enunciadores del discurso político, deberán negociar con el periodismo el
carácter del acceso al contacto con el telespectador/ciudadano. Por este motivo,
la estrategia política se verá necesariamente modificada: si previamente a la
mediatización de los diferentes discursos sociales, la estrategia política se
organizaba fundamentalmente en torno a la dimensión simbólica, al lenguaje, hoy
en día, bajo el reinado de lo audiovisual, la atención debe desplazarse al
“régimen indicial de la significación”, aquel que se produce mediante el
contacto, en este caso, de los cuerpos significantes; debido a esto también se
deberá negociar el acceso y el grado de control sobre el “espacio umbilical”,
además del tipo de articulación que se producirá entre lo informativo y lo
político. Ya no alcanzará con regular el tiempo dedicado a cada una de las
intervenciones, ahora será indispensable la vigilancia sobre los mecanismos de
enunciación del discurso televisivo (33).
Como señala Verón, no nos encontramos ante un proceso de
espectacularización del Estado, como si alguna vez no hubiese tenido esta
cualidad, sino ante una acentuación de esta característica. Tampoco estamos ante
un simulacro de la política, ya que no existe ni ha existido un original del
cual la televisión, a partir de su intermediación, vaya a realizar una copia
degradada. Por el contrario, la mediatización de la política, o las
consecuencias en el campo político del proceso de mediatización social,
significa que hemos entrado en una nueva etapa de lo político: aquella que
“solicita la decodificación del cuerpo significante” articulado con los otros
órdenes de producción del sentido. La preocupación por el control y/o
limitación de los dispositivos enunciativos por parte de los políticos y sus
asesores, ponen en evidencia que los medios audiovisuales ya no representan en
sus pantallas una realidad previa, sino que, por el contrario, son ellos mismos
productores de sentidos que provocan una disolución de las fronteras que
separan lo real de lo ficticio.
Coincidiendo con Verón respecto del carácter constructor de la realidad del
instrumento televisivo –por encima de su capacidad de registro-, Pierre
Bourdieu señalará una serie de perjuicios que el funcionamiento de la
televisión provoca sobre la dinámica política a partir de las propiedades que
toda imagen posee y del monopolio que la televisión detenta en su distribución.
En su opinión la televisión provoca un efecto de realidad que consiste en
“hacer ver y hacer creer lo que se hace ver” de lo cual puede derivar un efecto
de movilización o de desmovilización” (34).
Una de las dificultades que la televisión provoca sobre lo político
consiste en que “hace ver” determinados hechos como noticia, o sea como
importantes de ser conocidos y evaluados por el público, en vez de otros.
Bourdieu afirma que en general los sucesos importantes sobre los que la
televisión debería informar tienen mucho menos espacio que aquellos que
“interesan a todo el mundo sin provocar consecuencias” (35). De esta manera se
desechan las informaciones que todo ciudadano requiere para ejercer sus
derechos democráticos. Pero además de este “principio de selección”, otra de
las dificultades para la comprensión de la realidad –condición indispensable
para toda intervención pública- reside en el modo en que se representan esos
hechos. La mayoría de las veces la televisión brinda informaciones bajo un tono
que exagera la importancia y gravedad del hecho; cuando el hecho es grave e
importante se lo dramatiza de manera tal que se lo simplifica. La
dramatización, según el caso, opera exagerando lo banal o banalizando lo
importante.
Para Bourdieu el problema se agrava si tenemos en cuenta las imposibilidades
que lo sujetos tienen de acceder a otras fuentes de información. La gran
mayoría solamente puede informarse de las cuestiones públicas a través de la
televisión, ya sea por limitaciones económicas o por no poseer el capital
cultural necesario, lo cual acentúa las diferencias respeto de quienes sí
tienen otras posibilidades. Una desigualdad que se profundiza, agregamos
nosotros, cuando las competencias culturales que se requieren para poder
decodificar mensajes más complejos debido a que integran más registros
significantes, como señalaba Verón aunque sin hacer mención a este problema,
tampoco son las mismas.
La dramatización de los hechos, o su contrapartida necesaria, la
transmisión de sucesos cada vez más dramáticos, tiene una razón fundamental: la
búsqueda de la primicia, que opera como principio estructurante del campo
periodístico audiovisual, y por tanto de la televisión (36). Pero la búsqueda
de lo extraordinario no produce diferentes informaciones que favorecerían al
ciudadano ya que podría confrontar diferentes opiniones sobre un mismo tema.
Por el contrario, la competencia entre periodistas uniformiza los mensajes y
nivela (para abajo) su calidad al generarse una “transmisión circular de la
información” como consecuencia de que estos agentes están sometidos a
condiciones objetivas similares (origen, formación, etc.), a la misma lógica
del rating (el mercado como instancia
de legitimación) y a las mismas fuentes de “información sobre la información”.
Un conjunto de restricciones, “censura invisible” en términos de Bourdieu, tan efectivas como el control burocrático o
la censura política.
Junto con estas cuestiones, la urgencia por la primicia le plantea otro
problema a la política: las dificultades para desarrollar un pensamiento
complejo dentro de los tiempos y ritmos que marca el discurso televisivo. De
ahí que la televisión le otorgue una alta prioridad sólo a quienes pueden
reflexionar y expresarse a un ritmo veloz, ya sean funcionarios pertenecientes
al aparato del Estado, políticos o productores culturales. Y para Bourdieu hay
un conflicto entre el pensamiento y la velocidad, son incompatibles. El
desarrollo de una opinión en un debate, su fundamentación, la explicación de un
fenómeno o un problema requiere de una serie de “proposiciones encadenadas” que
permitan desplegar un razonamiento. Por eso Bourdieu sostiene que en la
televisión sólo hay lugar para los fast-thinkers
(pensadores rápidos), cuya capacidad reside en pensar con “ideas recibidas
por todo el mundo”, concepciones que el receptor ya comprende de antemano
porque en definitiva se trata de un intercambio entre lugares comunes por parte
del emisor y el receptor. En cambio, “el pensamiento es subversivo: debe
comenzar por desmontar esas ‘ideas recibidas’ y a continuación demostrar” y esto
lleva tiempo, un tiempo que la urgencia del medio no dispone (37).
Como vimos, en El elogio del gran
público Wolton argumentaba a favor de la necesidad del tratamiento de
hechos culturales por parte de la televisión generalista y en contra del acecho
de la televisión privada temática; años después se abocará al análisis de la
relación entre medios masivos de comunicación, política y opinión pública (38).
Para el autor no quedan dudas respecto al desequilibrio: “la comunicación
predomina sobre la política” y los políticos tienen escaso “margen de maniobra”
sobre los medios. La relación entre información, opinión pública y política
quedó desestabilizada debido al triunfo de la comunicación.
Un fenómeno que queda evidenciado en la subordinación del tiempo y la
lógica de la acción (política) a la velocidad de circulación de la información
y a la difusión permanente, por los mismos medios, de los sondeos de opinión
también permanentes. Otra factor significativo a tener en cuenta para apreciar
la importancia que reviste el triunfo de la comunicación por sobre la política,
como ya mencionamos, es el debilitamiento de las instituciones intermedias que
antes operaban como una mediación sobre los datos y la información difundida en
forma masiva.
Según Wolton, y aquí reside una de las contradicciones fundamentales del
fenómeno, si bien el político y el ciudadano disponen de más información sobre
la realidad, lo cual debería permitirles, a los primeros, conocerla mejor,
realizar un diagnóstico más exacto de sus contradicciones, de las crisis
sociales que se producen y proponer en consecuencia las soluciones más
adecuadas para resolverlas, y a los segundos, relativizar el discurso de los
dirigentes al disponer también de la información necesaria para reflexionar, debatir
y realizar sus propias conclusiones y propuestas, en cambio sucede todo lo
contrario. La hipermediatización enturbia la visión de ambos al quedar sujetos
a esta lógica del acontecimiento impuesta por los medios, de ahí que las crisis
sociales sigan siendo consideradas tan inesperadas como antes.
Esta presión que ejercen los medios, señala Wolton, no es reconocida por
ellos y es aprovechada ya que no dependen de mecanismos de sanción tan
inmediatos como los políticos. Precisamente, esto les permite erigirse así
mismos como mediadores de las crisis, convirtiendo los problemas políticos en
problemas de información que podrían ser solucionados mediante el diálogo, que
necesariamente debe darse en el espacio público mediático. Por eso Wolton
propone, entre otras cosas, que los políticos aflojen la “morsa del
acontecimiento” que pesa sobre ellos de modo indirecto a través de lo medios;
“revalorizar el par político-ciudadano” dejando en claro el débil margen de
maniobra que los primeros tienen respecto de la televisión, apostando a la
capacidad crítica de los ciudadanos y recuperando el sentido de la militancia;
y, por último, “ampliar el círculo de los que hablan” (39).
Consideraciones finales
Hemos dejado para el final de este trabajo una serie de reflexiones en
torno a las posiciones de los autores citados. Esta operación, necesariamente
conjunta, de síntesis e interpretación que llevamos adelante podríamos
resumirla en una fórmula no exenta de riesgos: las posiciones que sostienen
Bourdieu y Wolton respecto de la incidencia de la televisión (mediatización) en
los campos político y cultural están, en un sentido, más cerca del Verón de la
época de Lenguajes en su polémica con
Comunicación y cultura, que de las
sostenidas por este autor en los últimos tiempos. Expliquémonos.
Uno de los aspectos fundamentales que atravesó toda la polémica con la
revista Comunicación y cultura –una
de las publicaciones que jugó un rol muy importante, a principios de los años
setenta, en el proceso de autonomización del campo de la comunicación
latinoamericano, y que comenzó a editarse en Chile durante el gobierno de
Salvador Allende, y continúo en Buenos Aires, primero, y luego en México debido
a la necesidad de sus editores de exiliarse a causa de los golpes militares que
se sucedieron en el país trasandino y luego en la Argentina- donde se
destacaban los trabajos de Armand Mattelart y Héctor Schmucler, entre otros,
residía en el vínculo entre ciencia y política, o entre la producción de
conocimiento mediante un método riguroso y la utilización de este conocimiento
para la resolución de los problemas sociales vinculados con lo comunicacional y
cultural. Verón por aquellos tiempos, principios de los años setenta, sostenía
que “existe una contradicción objetiva entre las condiciones para la inserción
política revolucionaria y las condiciones para la producción de conocimientos”
(40). Una contradicción que se manifestaba, para él, en muchos de los trabajos
de los investigadores chilenos y no chilenos encuadrados en la revista Comunicación y cultura, en el CEREN,
entre otros centros de investigación, y en el célebre libro de Ariel Dorfman y
Armand Mattelart Para leer al Pato
Donald.
En otras palabras, lo que Verón dejaba entrever era que los tiempos, los
métodos y los objetivos de la intervención política no eran los de la práctica
científica. Podría afirmarse entonces que Verón intentaba resguardar la lógica
de la producción de conocimiento científico, basada en la construcción de una
teoría y en el diseño de un conjunto de operaciones metodológicas adecuadas
para el problema que se debía analizar, de la política, una dimensión que por
esos tiempos era considerada clave en la interpretación de todas las prácticas
sociales (41), la científica incluida.
De acuerdo con lo que hemos venido tratando a lo largo de este trabajo,
podemos arriesgar que aquello que Verón pretendía desde el lugar del cientista
social respecto de la política, parece muy similar a los planteos de Bourdieu y
Wolton respecto de los campos político y cultural ante la hegemonía
massmediática, retomando los conceptos de los dos autores sería: recuperar su
“autonomía relativa” o la lógica propia para las “comunidades intermedias”.
Unos años después Verón, ante la presencia avasallante de la televisión, se
preocupará por la incidencia de la esfera mediática televisiva sobre la cultura
política y por las modificaciones que introduce la primera en la dinámica de la
segunda. Pero ya no delimitará fronteras entre los terrenos que le pertenecen a
cada una ni hará hincapié en la necesidad de optar por hacer política, ciencia
o ir a la televisión. Sin duda que Verón entiende que en nuestra época es
imposible el ejercicio político sin tener en cuenta el medio televisivo, con lo
cual coincidimos y coinciden tanto Bourdieu como Wolton, pero entonces ¿por qué
no considerar las determinaciones que orientan en cierta dirección y con
objetivos específicos –más allá de si se logran o no- el funcionamiento de la
televisión y fijar una posición al respecto? Verón posiblemente diría que esta
última cuestión sería volver a mezclar la política con la ciencia, pero no
quedan claro entonces los motivos por los cuales la política debe quedar fuera
de la producción de conocimiento, si esto fuera posible, y no habría
dificultades en que la lógica comercial con que se conduce el sistema
televisivo en la gran mayoría de los países sí puede abordar el tratamiento de
lo político y lo cultural sin ningún tipo de cuestionamientos.
Exactamente sobre estas dificultades Bourdieu y Wolton, ante lo que
consideran es un empobrecimiento del espacio público como consecuencia del
incremento de la mediatización televisiva, abogarán por recuperar o mantener el
funcionamiento propio, en sus propios términos,
de los campos culturales y político, esto significa, hoy en día,
defenderlos de la lógica del mercado. Una lógica que interviene en cada uno de
los campos, como ya afirmamos en varias oportunidades, a través de la
centralidad social que ha adquirido la televisión, y que hoy se encuentra
regida, a lo largo y ancho del planeta, por un objetivo principal: la
maximización de la audiencia para obtener mayor rentabilidad o favorecer
determinados intereses. En otras palabras, Bourdieu y Wolton intentan
fundamentar una política de resistencia en defensa de lo público ante el avance
de lo privado que hoy domina muy claramente el manejo de los dispositivos de
producción y difusión de bienes culturales, científicos e intelectuales.
Los diferentes criterios que definen los planteos de Verón por un lado, y
Bourdieu y Wolton por el otro, se expresan en el tipo de análisis de la función
social del medio televisivo, de la actividad periodística y de la figura del
especialista. Veamos.
Parecería que Verón al estar tan atento al funcionamiento del medio
televisivo como mecanismo de enunciación parece perder de vista, o lo considera
un problema secundario, quiénes son los que administran ese dispositivo
–notoriamente a excepción del Estado-, qué se difunde o a quiénes se les
permite tomar la palabra en televisión, dicho de otro modo, los condicionamientos
a los que están sometidos tanto el sistema de medios y sus principales
administradores, los periodistas, no son tenidos en cuenta a la hora de
analizar la industria más poderosa de producción y circulación de bienes
simbólicos (42).
Por el contrario, estos factores que Verón omite son determinantes para el
análisis que realiza Bourdieu -también Wolton pero en menor medida-, y los
considera fundamentales a la hora de saber por qué aparecen en pantalla
determinados agentes del campo periodístico, por qué se dicen ciertas cosas y
no otras una vez en ella, por qué se muestra lo que se muestra y las razones de
hacerlo de la manera en que se lo hace.
No es casualidad entonces que Verón haga un aporte central para comprender
las modificaciones del discurso televisivo sobre la actualidad a través de los
cambios en la figura del periodista, del lugar del saber al del no saber
identificado con el público; y en cambio Bourdieu, coincidiendo con Verón en la
importancia que adquieren los periodistas en la dinámica del discurso
televisivo y respecto de la posición/función como representante del público y
sus intereses, preste suma atención a quiénes son esos periodistas cuyas
preguntas o razonamientos están fuertemente condicionados por el lugar que ocupa
dentro del campo periodístico el medio en el que se desempeñan y la posición,
dominante o dominada, que ellos mismos tienen en dicho medio y en dicho campo.
Porque serán precisamente esas preguntas y razonamientos con los que la
audiencia tenderá a identificarse a partir de la credibilidad y confianza que
el periodista ha adquirido como consecuencia del desplazamiento mencionado en
su posición/función dentro de esta modalidad discursiva, que tan bien analizó
por Verón. Además no es menor, creemos, saber quién es el que ejerce el derecho
a distribuir la palabra, sus tiempos de uso y la tonalidad expresiva; quién es
esa persona cuyo manejo de la urgencia le permite acelerar la intervención del
entrevistado o cortarla antes que termine su reflexión.
También coincidiendo con Verón, pero una vez más desde perspectivas
diferentes, Bourdieu prestará suma atención a la composición del estudio
televisivo. En su opinión, el diseño del estudio “debe dar la imagen de un
equilibrio democrático (…) se ostenta la igualdad y el presentador se erige
como árbitro” (43). Todo el dispositivo se monta anticipadamente con tanta
rigurosidad –las negociaciones previas entre los administradores del espacio
televisivo y los invitados de ocasión, que ocasionalmente no son los mismos de
siempre- que la improvisación y la palabra libre no tienen lugar en esta
máquina de producción simbólica a gran escala. Verón describirá su ampliación
como condición necesaria para que el cuerpo del periodista pueda desenvolverse
y generar indicios significantes. Pero nuevamente sin poner atención a quiénes
lo habitan y por qué.
Justamente en la medida en que el estudio se amplía aparece la figura del
especialista. Verón describe cómo surge esta función dentro del discurso
televisivo sobre la realidad pero, una vez más, no se pregunta por las
condiciones que ese especialista debe cumplir para aparecer en televisión
–porque no aparece cualquier especialista- cuando ésta ya reclama su presencia,
tampoco quiénes son los que circulan por la pantalla televisiva en forma
regular o qué lugar ocupan esos especialistas en el campo de su
especialización, cuestiones que Bourdieu efectivamente analiza.
Pensamos que trabajar para acercarnos a las respuestas a estas preguntas es
imprescindible para comprender la incidencia de la televisión en la dinámica
política y cultural. Verón podría acusar esta perspectiva de haber quedado
presa de una concepción manipulatoria de los medios masivos y que esos efectos
no pueden inferirse desde la instancia de producción sino que debe realizarse
un análisis de las condiciones de recepción de esos discursos. Estamos de
acuerdo con esa limitación epistemológica, entonces circunscribámonos a
realizar un análisis en producción que nos permita explicar las razones por las
cuales se excluyen de los medios ciertos problemas, sujetos y perspectivas
políticas, ideológicas y estéticas, formatos y géneros. Porque evidentemente no
podemos inferir los sentidos que los sujetos otorgarán a los mensajes
analizando sólo los mensajes, lo que sí podemos asegurar es que los sujetos no
tendrán ninguna posibilidad de producir ningún sentido sobre aquellos mensajes
que no reciben. Evidentemente estamos hablando de problemas diferentes -lo que
a priori no implica que no sean complementarios y necesarios de estudiar en
conjunto-, y allí radica un aspecto de la dimensión política del conocimiento
científico: la elección de los problemas que consideramos fundamentales
resolver para determinado tiempo histórico. En este punto juega un rol
fundamental la perspectiva del investigador, producto a su vez de otra serie de
condicionamientos, y que para evitar que se vuelva un obstáculo para la
investigación debe, como propone Bourdieu, explicitarse.
Debemos reconocer entonces que lo que en principio nos parecieron concepciones
diferentes entre dos etapas de su trabajo de investigación, finalmente creemos
que, por el contrario, hay una misma concepción respecto de la producción
social de la significación: si Verón parece abogar por una producción de
discursos científicos exenta de condicionamientos objetivos, también analiza la
discursividad televisiva como si efectivamente lo fuera, aparentemente sólo
determinada por un desarrollo tecnológico también exento de historia. Pero una
concepción teórica del funcionamiento televisivo –que traduce una posición
política respecto de la relación entre televisión y sociedad- que no cuestione
quiénes son los propietarios de los medios y cuáles son sus intereses, que no
ponga en relación los altos niveles de concentración de las cadenas televisivas
con la características de su oferta y su discursividad, y cómo esto afecta el
más elemental derecho a la información, el acceso y la participación de las
grandes mayorías en la administración del principal dispositivo político
cultural de nuestra época, corre el peligro de transformarse en la legitimación
académica de una lógica mercantil que subordina los intereses colectivos a los
representados por las grandes corporaciones multimediáticas y sus aliados
políticos.
Notas
([1])
Eco, U. Apocalípticos e integrados,
Barcelona, Editorial. Lumen, 1993.
(2) Sin pretender agotar las referencias a los autores que han abordado la
relación entre televisión, política y cultura, podemos mencionar, además de los
incluidos en este artículo, algunos trabajos que pueden servir para ampliar y
profundizar algunos de los temas que aquí se abordan: Landi, O. Devórame otra vez, Buenos Aires,
Planeta, 1992; Muraro, H. Políticos,
periodistas y ciudadanos, Bs. As., Fondo de Cultura Económica, 1997; Schmucler, H. y Mata, M. C. (comps.), Política y comunicación. ¿Hay un lugar para
la política en la cultura mediática?, Córdoba, Catálogos, 1992.
(3) Verón, E. “Interfaces. Sobre la democracia audiovisual avanzada” en El cuerpo de las imágenes, Norma, Buenos
Aires, 2001, pg. 40.
(4) Verón, E. “Interfaces. Sobre la democracia audiovisual avanzada” Op. cit.
pg. 43.
(5) Verón, E. “El living y sus
dobles. Arquitecturas de la pantalla chica” en Op. cit. pg. 19.
(6) Wolton, D. “Cultura: los límites de la comunicación” en El elogio del gran público, Barcelona,
Gedisa, 1992. pg. 209.
(7) Nos referimos a Pensar la
comunicación. Punto de vista para periodistas y político, Bs. As.,
Docencia, 2001.
(8) El autor, sin embargo, coincide con Verón cuando afirma que “Aquellos
que creen que basta con manifestarse sin ocuparse de la televisión se arriesgan
a equivocarse: hay que producir cada vez más manifestaciones para la
televisión, es decir, que sean de naturaleza tal que interesen a la gente del
medio teniendo en cuenta lo que son sus categorías de percepción y así,
conocidos, amplificados a partir de ellos, recibirán su plena eficacia”.
(9) Bourdieu, P. “Introducción”, en Sobre
la televisión, Barcelona, Anagrama, 1997.
(10) Bourdieu, P. Op. cit.
(11) Wolton, D. Op. cit. pg. 210.
(12) Wolton, D. Op. cit. pgs.
212-213.
(13) Wolton, D. Op. cit. pg.
189.
(14) En este sentido Wolton afirma: “La diferencia entre la televisión
generalizada y la televisión temática está dada por lo menos tanto por la
amplitud del público al que se dirige como por la naturaleza del mensaje lo
cual hace que paradójicamente la primera esté en mejores condiciones que la
segunda para abordar los temas culturales” (Wolton, Op. cit., pg. 188).
(15) Wolton. D., Op. cit. pg.
202.
(16) Verón coincide con Wolton en el carácter no pensado de la televisión.
Como Wolton, critica los discursos de carácter “izquierdista-marxoide” respecto
del medio televisivo. Sorprende, sin embargo, que en este artículo, escrito en
el año 1992 -y reeditado en el año 2001-, cuando ya habían sido privatizados
los medios en Argentina y daba comienzo el mayor proceso de concentración de
las industrias mediáticas y culturales en casi todo el mundo, Verón sostenga
que esta postura “izquierdizante” resulta de un rechazo categórico de todo
fenómeno que implique un “colectivo democrático de masas”, un fenómeno que hoy
en día encarnaría esa misma televisión monopolizada ya no por el Estado sino
por grandes conglomerados empresarios. En otro aspecto en el cual ambos
coinciden es en no otorgar ninguna referencia concreta de los autores o
investigaciones a los cuales se critica y se acusa de tales posturas
anacrónicas.
(17) Verón, E. “Vínculo social, gran público y colectivos de
identificación. A propósito de una teoría crítica de la televisión”, en Op. cit. pg. 91.
(18) Verón, E. Op. cit. pg. 92.
(19) Recordemos que Verón ha insistido siempre, en el análisis de los
discursos sociales, que “el análisis de la producción no autoriza a hacer
inferencias sobre la recepción”. En tal caso se trataría solamente de una
hipótesis que habría que comprobar en el terreno; aunque el autor deja sentadas
sus dudas respecto de la existencia de algo parecido al “gran público”, de la
activación de un vínculo que lo exprese y con el cual identificarse.
(20) Verón, E. Op cit. pg. 97.
(21) En este aspecto, Verón sí parece considerar importante en manos de
quiénes está la capacidad de producir y difundir los mensajes.
(22) “Se podría pensar que la televisión temática es la más moderna, la que
está en mejores condiciones de adaptarse a la evolución sociocultural de
sociedades cada vez más complejas y heterogéneas, y considerar entonces la
televisión generalista como una sobreviviente de la época de la televisión de
Estado” (Verón, E., Op. cit. pg. 91).
(23) Verón, E. Op. cit., pg. 110.
(24) Bourdieu, P. “El estudio televisivo y sus bastidores”, en Op. cit.
(25) Bourdieu, P. Op. cit.
(26) Bourdieu, P. Op. cit.
(27) “Un ‘buen historiador’ es alguien a quien los buenos historiadores
llaman buen historiador”.
(28) Bourdieu, P. “La estructura invisible y sus efectos” en Op. cit.
(29) Verón, E. “El living y sus dobles. Arquitecturas de la pantalla chica”
en Op. cit., pg. 24.
(30) Para ilustrar este desplazamiento, Verón compara la “puesta en espacio
de las grandes emisiones políticas” televisivas correspondientes a la campaña
por la presidencia francesa de 1981.
(31) Verón, E. Op. cit., pg. 20
(32) Verón, E. Op. cit. pg. 22
(33) “Lugares privilegiados de producción de la sociedad por sí misma (…)
obligan a los discursos sociales, que han sido estructurados cuando la polis
era aquella de la civilización industrial, a construirse en el nuevo registro
de lo metonímico: los discursos político, religioso, informativo,
administrativo, económico, deben ponerse a la búsqueda de los códigos y las
figuras de lo indicial para expresarse en la dimensión del contacto” (Verón, E.
Ob. cit. pg. 38).
(34) Bourdieu, P. Op. cit.
(35) Bourdieu, P. Op. cit.
(36) “Así, pues, las presiones de la competencia se conjugan con las
rutinas profesionales para llevar a las televisiones a producir la imagen de un
mundo lleno de violencia y delitos (…) Así se introduce hábilmente, poco a
poco, una filosofía pesimista de la historia que estimula más el retraimiento y
la resignación que la rebelión y la indignación…” (Bourdieu, P. “La televisión,
el periodismo y la política” en Contrafuegos,
Barcelona, Anagrama, 1999).
(37) Bourdieu. P. Op. cit.
(38) Wolton, D. Pensar la
comunicación. Punto de vista para periodistas y políticos, Bs. As.,
Docencia, 2001.
(39) Wolton, D. Op. cit. pg. 163.
(40) Verón, E. “Acerca de la producción social del conocimiento: El
estructuralismo y la semiología en
(41) Justamente sobre esta cuestión puso especial énfasis Héctor Schmucler
en su respuesta a los planteos expresados por Verón y otros integrantes de la
revista Lenguajes: “Sólo es científico, elaborador de una verdad, un método que
surja de una situación histórico-política determinada y que verifique sus conclusiones
en una práctica social acorde con las proposiciones histórico-políticas en las
que se pretende inscribirlas. Lo contrario, la consideración política y la
“práctica científica” como fenómenos paralelos (es decir, separados), concluye
en un acompañamiento infinito (…) Mientras, cada una de esas llamadas prácticas
establecen ciencias y políticas en las que necesariamente se confunden. Dicho
sin metáfora geométrica: le guste o no al científico, siempre su ciencia se
vincula a una política. Y, lo quiera o no, toda política condiciona una
ciencia. Luego, vienen los casos de supercherías conscientes, pero eso entra en
el campo de las conductas individuales”
(Schmucler, H. “La investigación sobre comunicación masiva”, en Comunicación y Cultura, Nº 4, 1975, pg.
5).
(42) Recordemos que en el debate con Wolton, Verón considera que la
televisión temática, necesariamente privada y comercial tal como está
conformado hoy el sistema de medios, puede satisfacer mejor las demandas
culturales de las audiencias sin poner en consideración y sin debatir ninguno
de los planteos de Wolton acerca de las consecuencias político-culturales que
esto traería. La crítica de Verón se circunscribe, como vimos, a cuestionar el
concepto de “gran público” utilizado por Wolton.
(43) Bourdieu. P. Op. cit.
Bibliografía
Benveniste, É. Problemas de
Lingüística General, México, Siglo XXI, 1995.
Bourdieu, P. Sobre la televisión,
Barcelona, Anagrama, 1997.
Bourdieu, P. Contrafuegos,
Barcelona, Anagrama, 1999
Eco, U. Apocalípticos e integrados,
Barcelona, Editorial Lumen, 1993.
Schmucler, H. “La investigación sobre comunicación masiva”, en Comunicación y Cultura, Nº 4, 1975.
Verón, E. “Acerca de la producción social del conocimiento: El
estructuralismo y la semiología en
Verón, E. El cuerpo de las imágenes,
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Wolton, D. El elogio del gran público,
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Wolton D. Pensar la comunicación.
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