Universidad de Salamanca (España)
marmori@ugr.es / marcemoriconi@gmail.com
Resumen
El trabajo apunta a proponer un
marco de análisis general para comprender el rol de las ideas en la
construcción de imaginarios sociales y políticos. En este caso, el desarrollo
se enmarca en los estudios de género y se centra en la función de estereotipo
en la construcción de géneros e identidades. Desde este marco, a modo de
anclaje empírico, se analizan las políticas de género impulsadas durante la
última gestión del gobierno español. A pesar del explícito reconocimiento por
parte del parlamento de la necesidad de impulsar políticas públicas de igualdad
de género, los debates, y las leyes promulgadas, no eliminan nociones de género
estereotipadas y axiomatizadas a lo largo de los años.
Palabras clave: género - ideas - estereotipo - identidad
- políticas - España
A partir de aquí, se puede aceptar que analizar los
estereotipos masculinos modernos nos permite ahondar en la complejidad social,
promover la pluralidad de concepciones y redefinir aquellas tensiones
inherentes a las mitificaciones culturales que pudieran estar generando caos y
exclusiones, violencias psíquicas e incluso físicas.
Respecto a la gestación de los estereotipos, George Mosse
sentencia que “los estereotipos se configuran con la edad moderna como parte de
una búsqueda general de símbolos con el propósito de hacer lo abstracto
concreto dentro de los desconcertantes cambios de la modernidad. Los
estereotipos modernos no existían en épocas anteriores, si bien las apariencias
importaban y se esperaba que los hombres, en reposo o en movimiento, mostraran
un porte adecuado” (6). Esto, para Fernández Llebrez, “supone desplegar una
concepción esencialista sobre los hombres que, actuando como atalaya moral y
científica desde la que hablar, excluye a quienes no encajan en él” (7). De
esta manera, no se da lugar a la posibilidad de pluralidad y se clausuran las
identidades particulares en pos de una igualación constante generando conjuntos
cerrados donde las personas encajan o no. Este afán por ordenar todo, donde la
ambigüedad queda excluida, supone un proceso de homogenización nada
despreciable que identifica a los hombres con un patrón único. Así, un
estereotipo no sólo fija, ya que es invariable, sino que también, como la
propia palabra expresa, tipifica. Su concepción de los hombres no es la de
individuos que actúan y se valoran por su condición personal y social, sino que
los hombres son considerados como ‘tipos’ o ‘prototipos’. Un ‘tipo’ o un
‘prototipo’ es una comprensión homogeneizadora de las personas que las encuadra
y cuadricula dentro de un modelo fijo.
El problema explícito que denuncian los men’s studies es la naturaleza exclusiva de la masculinidad
estereotipada en el prototipo de “hombre” hegemónico, pues este estandariza lo
que “se debe ser” y muestra las pautas a copiar, “de forma que quien sale de
dichas pautas paga el precio de no ser ni ‘normal’ ni ‘un hombre bueno’” (8).
Dada la complejidad y la pluralidad de masculinidades, resulta así difícil
crear un orden perfectamente ordenado, puro y omnipotente, tal y como exige el
estereotipo. Por ello es menester advertir que el problema podría radicar en
que no es el estereotipo quien exige la perfección y la pureza, sino que a
partir del estereotipo se argumenta la lógica homogénea y excluyente que
requiere la sociedad axiomática para naturalizarse, consolidarse e imponer sus
discursos sobre la conciencia colectiva. La tensión, de esta manera, sería una
continuidad que se inicia en el axioma y culmina en el estereotipo.
A modo de inicio, y
marco teórico, cabe analizar cómo se construye la sociedad simbólica (9). A lo
largo de su historia, el ser humano ha creado distintos sistemas arbitrarios
para que regulen su vida. Estos sistemas no actúan sobre bases naturales ni
esencias naturales del propio ser humano, sino sobre ideas axiomáticas creadas por el propio ser humano y naturalizadas
por el desarrollo social. Por ello, comprender el rol de las ideas en la construcción del imaginario
político es el primer paso para comprender las bases axiomáticas donde se
determina lo hacible en cada
coyuntura. Asimismo, el análisis de las ideas permite ver las mutaciones del
imaginario político y establecer vinculaciones que determinan las posibilidades
de acción y la estructuración de lo justo
en una sociedad particular. Las ideas son “creencias principios y actitudes que
adquieren su sentido en las redes simbólicas – en los juegos de lenguaje- en
las cuales están articuladas” (10). Los juegos
de lenguaje no son “totalidades autosuficientes, sino que están
constantemente contaminadas por su interacción con otros juegos” (11). Es
decir, las ideas sólo adquieren significado de forma relacional y en instancias
discursivas mayores. Lo discursivo (12) posibilita el vínculo entre la sociedad
y su realidad, en tanto produce efectos
de verdad que generan materialidad, es decir relaciones o disposiciones de
acción concretas y efectivas. En el plano social, la verdad no existe fuera de
lo discursivo, no tiene entidad propia. Al mismo tiempo, las condiciones
fundamentales de verdad varían en tiempo y lugar, por lo que en cada momento de
la historia existirán ideas particulares que determinen lo que es aceptable y
lo que no. Estas condiciones están en permanente redefinición.
Vale recordar
entonces las consideraciones de Edgar Morín sobre que "la razón tiene un aspecto indiscutiblemente
lógico", donde subsiste la voluntad de tener una visión coherente de los
fenómenos, de las cosas, del universo. Por ello es necesario reconocer el
carácter frágil y fragmentado de la razón humana, razón que sólo podrá
establecer criterios de coherencia desde un sistema de axiomas básicos. Morín
diferencia dos acercamientos a
La racionalización
deifica la razón; el pensamiento complejo la humaniza, la baja de su ámbito
divino y no le otorga la soberbia del saber sin límites. Para aprehender la
complejidad es necesario aceptar que el propio pensamiento es un acto cultural
que nos introduce un determinado sesgo a la hora de ver la realidad. Vivimos de
y entre paradigmas y la gran empresa de Edgar Morín fue cuestionar el paradigma de la simplicidad
(disyunción y reducción) que "domina a nuestra cultura" (14).
Claro está, lo
aceptable y lo adecuado para gobernar cada sociedad estará definido por un
imaginario político, por las ideas que articulen el deber ser de la política en
una sociedad dada y posibilitan que ciertas prácticas particularistas estén más
aceptadas, o toleradas, en una sociedad que en otra.
En este sentido,
surge la necesidad de recuperar algunas consideraciones gramscianas en torno a
la legitimación de lo hegemónico. Gramsci se refería a la necesidad de
legitimación de cualquier orden establecido logrando el compromiso activo de los distintos sectores; de esta manera se
consolidaba una idea hegemónica (15).
Los sectores hegemónicos logran un consenso
tácito por parte de la población, algo que Gramsci definió como la aceptación natural del sufrimiento:
la hegemonía expande sus valores y los axiomatiza, transformando el
sometimiento en algo aparentemente natural.
Como resultado de la imposición de la hegemonía por las clases política y
económicamente dominantes, “las diferentes clases y grupos sociales llegan a
compartir objetivos políticos basados en un conjunto de creencias y prácticas
que establecen un marco común de sentido más o menos coherente que define los límites
de lo hacible y de lo pensable en un cierto orden político”
(16).
Tal como advierte
Habermas, todo orden político intenta, y debe, dotarse de legitimidad,
fundamentando su esencia. Así, el análisis de las ideas proporciona pautas
elementales para comprender cómo se axiomatiza el orden social y se delimita el
campo de posibilidades sobre la que podrá moverse el pensamiento. El concepto
de hegemonía, y la necesidad de
legitimación de un orden para consolidarse en la sociedad remiten al concepto
de poder entendido desde la lógica social. Para Foucault, el poder “no es algo
que se divide entre los que lo detentan como propiedad exclusiva y los que no
lo tienen y lo sufren. El poder es, y debe ser, analizado como algo que circula
y funciona en cadena. Nunca está localizado aquí o allí, nunca está en las
manos de alguien, nunca es apropiado como una riqueza o un bien. El poder
funciona y se ejerce a través de una organización reticular. Y en sus mallas
los individuos no sólo circulan, sino que están puestos en la condición de
sufrirlo y ejercerlo; nunca son el blanco inerte o cómplice del poder, son
siempre elementos de recomposición. (…) El poder no se aplica a los individuos,
sino que transita a través de los individuos” (17).
El proceso de
legitimación, necesariamente, deberá contar con el consenso de distintos
sectores, o al menos la mayoría indiscutida de la población. De otra manera,
sería imposible sostener una propuesta hegemónica. Es en este marco donde surge
la posibilidad de replantear los enfoques tendientes a analizar críticamente
las cargas axiomáticas del malestar cultural desde la necesaria participación,
o tolerancia, de aquellos que pudieran ser considerados víctimas del propio
sistema.
El pos de la
igualdad de género
Comprender la necesidad de legitimación del orden social
hegemónico es, al mismo tiempo, reconocerse parte activa tanto de la
naturalización de la realidad simbólica como del cambio social potencial. De
esta manera, los individuos no están exentos de responsabilidad en la coyuntura.
Los estudios de género son una buena base para comenzar a pensar en términos
diferentes, eliminar tensiones sociales e iniciar el arduo camino de pugnar por
la erradicación de focos de malestar naturalizados. De allí la importancia de
enfocar en las ideas que soportan los focos de malestar y pudieran caer en
narrativas incompletas o incoherentes.
Así como los teóricos de los men’s studies dedicaron
capítulos enteros para analizar la actuación e influencia de la construcción
del estereotipo de masculinidad/es a fin de acentuar y denunciar las tensiones
que produce la lógica exclusiva del mismo, en su intento de no perder, e
incluso continuar, su compromiso político, es necesario analizar todas aquellas
variables axiomáticas que regulan la/s sociedad/es donde actúan los
estereotipos hegemónicos y ahondar acerca de cuáles son las redes de tensión
general desde las cuales se genera la tensión particular de los conflictos de
género. Como explicó Michel Foucault, no existe el crimen sin las figuras del
criminal y la víctima, pero tampoco existen las instituciones de defensa si no
existe el delito. En este sentido, caben las advertencias de Pierre Bourdieu
sobre que “el fundamento posible de la ley sólo puede buscarse en la historia
que, precisamente, aniquila cualquier forma posible de fundamento. En el
principio de la ley no hay más que arbitrariedad y artificiosidad, la ‘verdad
de la usurpación’, ‘la violencia sin justificación’”. De esta manera, “la
verdad de la usurpación (...) introducida antiguamente sin razón ha llegado a
ser razonable”. En definitiva, el sentido común es un fondo de evidencias
compartidas por todos que garantiza, dentro de los límites de un universo
social, un consenso primordial sobre el sentido del mundo, un conjunto de
lugares comunes (en sentido lato), tácticamente aceptados, que posibilitan la
confrontación, el diálogo, la competencia, incluso el conflicto, y entre los
cuales hay que reservar un lugar para los principios de clasificación tales
como las grandes oposiciones que estructuran la percepción del mundo. Dentro de
tales oposiciones y en el seno del sentido común, se han justificado
históricamente los principios paternalistas de la sociedad y la diferenciación
genérica entre hombre y mujeres. Es allí donde se debe apuntar para resignificar
definitivamente las tensiones de género que puedan promover tensiones,
violencias (psicológica y física) y separaciones que imposibiliten la igualdad
de desarrollo, acceso y derechos de mujeres y hombres, sin importar su
condición sexual (18).
El juego de los estereotipos tiene un sentido dual: los estereotipos
generan tensión social desde su carácter normativo, pero también la tensión
permanente se consolida a partir de estereotipos normativos que parten de
apuntalar los axiomas sociales en el marco de la sociedad civil, y son los
propios axiomas los que generan la tensión que más tarde se ve reflejada en los
estereotipos. Vale recordar, en este punto, las preocupaciones de Alexandre
Kojève sobre la estandarización social de la sociedad de consumo: huérfanos de causas que nos motiven, lo
único que nos queda es consumir cada vez más para distinguirnos cada vez más de
un vecino que se nos parece cada vez más.
El mundo del marketing
y la comunicación desde donde propugnamos nuestra cultura presenta la
lógica axiomática de la sociedad de consumo y la cultura de la imagen. En este
ámbito, los estereotipos cobran aún más fuerza porque sólo una sociedad
estereotipada hacia el fetichismo y la pertenencia (o no) al grupo particular
puede masificar los estandartes del consumo. Las publicidades son un claro
ejemplo de estereotipación aguda y, necesariamente, deben recurrir a la
reproducción de prototipos hegemónicos para inculcar y masificar las nociones
de consumo y la igualación de un producto con sensaciones y sentimientos
naturalizados a partir de la lógica axiomática del poseer o no.
En un mundo signado por el consumo, la publicidad se ha
convertido en el anhelo de la felicidad. Los productos se presentan como los
talismanes ofrecidos para hacen de nuestras vidas todo aquello que soñamos –por
convención social- y solidificar los mitos políticamente correctos de
diferencia y pertenencia al mundo de príncipes y princesas que pugnan por
irradiar tranquilidad espiritual y expandir su glamour irresistible. El poder arraigado en tal o cual sustancia,
tal o cual producto, tal o cual marca. El mito cementa las bases sociales. Sin
mito no hay interacción sólida y todo queda aleatoriamente signado por la
incertidumbre. Ya lo dijo Howard Gardner: Los
mitos están diseñados para gestionar los problemas de la existencia humana que
parecen insolubles; ellos personifican y expresan tales dilemas de una forma
coherentemente estructurada y sirven para hacerlos inteligibles. A través de su
similitud estructural con ciertas situaciones del mundo real, los mitos
establecen un punto de equilibrio en el que las personas llegan a aceptar los
componentes principales del problema. De esta manera, el mito es, al mismo
tiempo, satisfacción intelectual y solidificación social. Todos convencidos
y tranquilizados: es posible erradicar el karma de la decepción y calmar
nuestras perturbaciones. La posibilidad inminente de presentar la complejidad y
acentuar este tipo de contradicciones para expandir la aceptación de la
pluralidad es también la oportunidad de concienciar sobre la base de que no hay
lógica natural para soportar ciertas tensiones inculcadas socialmente. La
aceptación y reproducción del fetichismo por la avaricia debe ser una opción y
no una variable de desarrollo social.
Las publicidades, de esta manera, reproducen estereotipos
que generan intranquilidades y pueden resultar dañinos para la expansión de la
conciencia colectiva en torno a la igualdad de género y la aceptación de la diversidad
sexual.
Pero es preciso destacar que estos estereotipos se dan en un
marco recursivo, en el sentido que influyen sobre la sociedad, pero la sociedad
también influye sobre ellos. En este sentido, es necesario educar desde la
consciencia y no caer en prácticas racionalizadotas. Si estos estereotipos son
los utilizados es también porque son con los que la sociedad se siente
identificada y los que actúan en el imaginario del reconocimiento. De elegir
nuevas ideas y proponer enfoques alternativos que sean legitimados por los
individuos, la funcionalidad de estos estereotipos sería menor, o nula.
Mantener la unidireccionalidad de pensamiento y la construcción de un enemigo
externo, sin reconocer el poder social de agentes legitimadores del orden
hegemónico, es comparable con participar activamente en contra de posibles
focos de cambio social.
La ley española con
relación al estereotipo hegemónico
Existen distintos puntos problemáticos en torno a la imagen
estereotipada publicitaria. Desde el impulso de un prototipo de cuerpo femenino
hegemónico, estilo Twiggy y probablemente poco natural, hasta el
cuestionamiento implícito (y explícito) a los cuerpos que no se adaptan al
propuesto. Al mismo tiempo, las mujeres habitualmente son identificadas como
seres preocupados básicamente por las tareas domésticas, la imagen y la
maternidad, de modo que reproduce estereotipadamente la esencia de la sociedad
paternalista. La imagen iconográfica femenina en torno a la publicidad ha sido
punto de atención de las investigaciones desde hace más de una década y uno de
los puntos judiciales con más jurisprudencia. De hecho,
Desde ámbitos
institucionales se han impulsado muchos estudios tendientes a analizar el
ámbito de la publicidad. El 1995, el Instituto de
Siete años más
tarde,
A partir de aquí, vale declarar
que en la ley orgánica se condena a las publicidades que incluyan imágenes
vejatorias y discriminatorias de las mujeres, pero ¿quién decide qué es
vejatorio y discriminatorio si no se reformulan las bases axiomáticas de la
sociedad? Ninguno de los estereotipos enumerados anteriormente, a priori,
cumplen estas condiciones a menos que, subjetivamente, se argumenten
connotaciones que no tienen que ver propiamente con la imagen en sí o con el
estereotipo, sino con sensibilidades sociales.
En Las mujeres en el discurso iconográfico de
la publicidad, Pilar López Diez concluye que “el mito o la ideología que
connota el mensaje publicitario se instala de manera tan natural y cercana que
parece producto de nuestra conciencia; esta una de las cuestiones por las que
no es cuestionado. (...) Las prácticas discursivas de la publicidad violenta
apuntalan y refuerzas estereotipos que se oponen a las normas éticas y
deontológicas promovidas, entre otros organismos internacionales, por el
Consejo y el Parlamento europeos y
En todo
este ámbito, centrarse en los aspectos legales para impulsar el cambio de
mentalidad sin atender a las connotaciones axiomáticas que impulsan la creación
de este tipo de estereotipos, su utilización y, más aún, su efectividad a la
hora de impulsar el consumo es trabajar sobre el problema particular y no sobre
la trama, lo que implica moverse en planos superficiales de la tensión general.
Del mismo modo, si
no se atiende a la cuestión de fondo y se impulsan cambios radicales en todos
los aspectos sociales, se cae en el problema de que en las propias
modificaciones legales subyagan preconceptos estereotipados tendientes a
mantener la misma lógica dual de diferenciación y normativización.
Es necesario un cambio de pensamiento radical en las
cuestiones que atañen a los problemas de género porque, simplemente por el mero
de hecho de incorporar el problema a la agenda pública, no se están
solucionando los conflictos. Peor aún, se debe prestar atención a que las
modificaciones jurídicas tendientes a promover la igualdad entre hombre y
mujeres (y entre los distintos colectivos sexuales) no sirvan para redefinir el
cúmulo jurídico-legislativo respecto al tema bajo los mismos axiomas y
prejuicios que han servido para consolidar culturalmente las diferencias de
género.
En los últimos años, por ejemplo, el gobierno del PSOE
impulsó en España distintas reglamentaciones tendientes a redefinir las
relaciones hombre-mujer en un marco de igualdad de acceso y de derechos. No
obstante, es necesario advertir sobre la actitud proteccionista sobre el
colectivo femenino de algunos sectores políticos y normas que, a priori, pueden
connotar a la mujer como individuos incapaces de ejercer su autonomía. Leyes
como el Plan Concilia o
Al mismo tiempo, las leyes promovidas para contrarrestar la
violencia de género subrayan peligrosamente la idea del “impulso masculino de
dominio” como desencadenante de la violencia, por lo que nuevamente se parte de
la simplificación de estereotipo para promover soluciones simples, de moderado
–o nulo- alcance, y superficiales.
La creación de un fondo de pensiones por parte del Gobierno para
contrarrestar los conflictos por impagos de pensiones es una medida que puede
ser conflictiva en tanto y en cuanto no se genere una concienciación social en
torno al tema. Por un lado, se deben tomar precauciones para no continuar la
idea de “situación de inferioridad” económica respecto a los hombres; por otro,
para evitar la consideración a priori de que la mujer no puede lograr la
independencia económica de manera individual. Por último, el peligro de
impulsar un ámbito de igualdad sin reconocer los trasfondos culturales y
sociales del asunto puede devenir en una “diabolización” del hombre a favor de
una mujer que, en diversos casos, es presentada como “víctima”.
Por otra parte, el tema de las bodas gays presenta una connotación que sirve para explicar la carga
conflictiva que puede generar la simple implementación de medidas políticas sin
una modificación de las estructuras culturales. El tratamiento informativo del
tema, e incluso el tratamiento legislativo, presenta un conflicto inherente a
las formas semánticas que es necesario erradicar en pos de la comprensión de la
complejidad el individuo y la igualdad de género. Hablar de bodas gays, es hablar de una cuestión
diferenciada a un casamiento normal, lo que significa que existe una
diferenciación dual y, constitucionalmente, legítima, entre las personas
heterosexuales y las homosexuales. Dos entes diferenciados que, por decisión
parlamentaria, pueden acceder a un vínculo común, a un mismo derecho y, en ese
caso, optar a unas mismas obligaciones cívicas. Pero este vínculo no se
desarrolla en el mismo plano. Incluso, para los más críticos, pudiese tratarse
de un chovinismo que poco hace para ayudar a erradicar las fobias sexistas e
implantar la comprensión de la pluralidad sexual y la igualdad entre personas de
elecciones sexuales diferentes. Probablemente por eso, cuatro años más tarde,
durante la campaña electoral de 2008, las advertencias sobre la posibilidad de
eliminar la ley de matrimonios homosexuales formaron parte importante de la
agenda.
La verdadera
aceptación social de este tipo de diferencias debería plantearse en el concepto
social de matrimonio y no en el concepto particular de las elecciones sexuales.
De esta manera, las leyes de matrimonio deberían hablar de un vínculo entre
personas que deciden vincularse sentimental y jurídicamente, sin importar el
sexo de la pareja. Hablar de ley de matrimonio y ley de matrimonio gay es
acentuar una diferencia y negar la misma entidad a aquellas personas que tengan
preferencias sexuales distintas. No es hablar de igualdad o de aceptación, es
otorgar un marco legal a una unión diferente.
Casualmente, los cuestionamientos más fuertes a las bodas gays –fundamentalmente desde los
sectores eclesiásticos o conservadores- apuntan al concepto de familia que, en
términos biológicos, se resume al vínculo matrimonial con posibilidad de
procreación propia. En todo caso, matrimonio será un vínculo particular y
familiar otro, y no es la intención de este trabajo ahondar en una evaluación
lingüística o un análisis semiótico de conceptos sociales. La intención es
demostrar que, del mismo modo que las consecuencias axiomáticas actúan sobre la
consolidación de estereotipos capaces de reproducir y consolidar conflictos
particulares en el entorno social e individual, el mero hecho de apuntar a la
solución legislativa y jurídica no es enfocar el conflicto desde la diversidad,
la complejidad, e impulsar soluciones de fondo. En este marco, la propia carga
axiomática de la estructura social actúa bajo concepciones normativas y
mitificadas, evitando un tratamiento global de los conflictos y apuntando, como
ya se ejemplificó, a la diversidad de las causas que lo producen. De este modo,
se impulsan simplificaciones que a menudo se ven influenciadas por las
estereotipaciones y mitificaciones culturales preexistentes. El mero hecho de
promulgar leyes a favor de la igualdad de género no implica un correlato
cultural y social consolidado en el resto de la población, y es ese el objetivo
final que se debe promover si se desea reformular la estructura en relación a
los conflictos de género. Otra vez, se apunta al ámbito penal y al miedo como
advertencia y sanción y se instauran presuntas soluciones desde el apego a la
idea de “mano dura” que erradicará los conflictos a partir del endurecimiento
de las sanciones.
Una muestra de la persistencia de ciertos a priori en torno a la igualdad de
género y a la integración de los distintos colectivos ‘sexuales’ en igualdad de
condiciones y acceso a la vida pública se ve en el enfoque que se brinda a los
análisis cuantitativos que abordan cuestiones particulares del conflicto. Con
motivo de la celebración del Día del Orgullo Gay 2006, el colectivo tuvo sus
semanas de difusión mediática. No obstante, es importante destacar cómo los
mismos estereotipos que simplifican tanto cuestiones referidas a la
masculinidad como a la feminidad se reproducen en el tratamiento de los
trabajos estadísticos sobre el colectivo gay. Según las estadísticas del
Ministerio de Justicia a la fecha de la celebración del día del Orgullo –3 de
julio de 2006-, 1.591 parejas homosexuales habían contraído matrimonio desde
que la ley entró en vigor. Tan sólo el 27% de las bodas se celebraron entre
lesbianas. Asimismo, las estadísticas destacan que de las 57 parejas que
solicitaron adopciones sólo una proviene de una pareja de hombres y la mayoría
han sido pedidos de parejas de mujeres.
De esta manera, es necesario advertir cómo subyacen a las
variables del análisis cuestiones que, a menudo, históricamente se han
relacionado con esencias masculinas o femeninas, tal los casos de la igualación
entre mujer e instinto maternal y madre en sí, o la relación con la supremacía
masculina para intervenir en asuntos públicos y pugnar por sus derechos, incluso
sexuales, con más fuerza y efectividad que las mujeres.
Tanto la sociedad como la política deben abordar las
cuestiones de género y la identidad desde una complejidad que, asumiendo el
adentro y el afuera –con sus derechos concretos-, también sea capaz de atender
a lo que queda en el medio de dicha diferenciación: ese intermedio, esa
frontera, que articula y da continuidad a los dos polos. En definitiva, “esto
supone desplegar un tipo de pensamiento más realista que, cargado de
plasticidad y ambivalencia, se aproxime a la identidad sin esencialismos” (22).
En definitiva, no será simplemente desde la ley, desde donde se inculque un cambio
radical de aceptación de la pluralidad. Comprendiendo que los cambios sociales
se producen gradualmente en el mediano y largo plazo y que, necesariamente, un
comienzo oportuno y efectivo puede germinar desde los ámbitos institucionales,
es menester destacar la necesidad de trabajar, al mismo tiempo, sobre la idea,
el estereotipo y el mito, comprendiendo que estas naturalizaciones deberán ser
legitimadas por todos.
Por el momento, aunque se debe destacar como positivo el
avance impulsado por el gobierno español en torno a políticas de igualdad y
equidad, no hay que perder de vista el análisis minucioso de las ideas sobre
las que se asienta el marco de interpretación de coyuntura del que parte la
creación de las nuevas leyes. Impulsar una narrativa incoherente o conflictiva
desde este ámbito significa minar el camino de la igualdad y promover nuevos
focos de malestar.
Notas
1 - Fernández
Llebrez (2004: 15).
2 - Vincent Marqués
(2003: 205).
3 - Weeks, Jeffrey
(2001: 151).
4 - Fernández
Llebrez (2004: 23).
5 - Connell R. W.
(1993: 605), cit. por Weeks (2001: 149).
6 - Mosse, G. cit.
por Fernández Llebrez (2004: 23).
7 - Fernández
Llebrez (2004: 30).
8 - Ibídem.
9 - Zizek retoma las
diferenciaciones de Lacan entre el registro de lo real, lo imaginario y lo
simbólico. La realidad a la que accedemos es simbolizada, y la realidad real no
tendrá existencia positiva para los seres humanos, será inaccesible. Para
resumir lo simbólico, Zizek se refiere al ejemplo de que un hombre solamente es
rey debido a que sus súbditos se comportan ante el como si fuera un rey y
aceptan legitimar su posición (Zizek 1992).
10 - Panizza (2002:
61).
11 – Laclau (2002).
12 - Cabe aclarar
que el discurso no se resume al lenguaje, sea hablado o escrito. En rasgos
generales, los discursos serán entendidos como “toda acción portadora de
sentido” (Laclau 2002). Según Fairclough, discurso es “el proceso total de
interacción social del cual un texto es sólo una parte. Este proceso incluye,
además del texto, el proceso de producción, del que el texto es un producto, y
el proceso de interpretación, para el que el texto es un recurso” (1989: 24).
Ambos procesos, por supuesto, están socialmente determinados por cada coyuntura
particular.
13 - Morín (1994:
101-102).
14 - Me refiero a
paradigma en el modo en que lo hace Edgar Morín (Morín, 1994: 89): “Un paradigma está
constituido por un cierto tipo de relación lógica extremadamente fuerte entre
nociones maestras, nociones clave, principios clave. Esa relación y esos
principios van a gobernar todos los discursos que obedecen, inconscientemente,
a su gobierno" (Morín 1994: 110).
15 - Gramsci (1980:
33).
16 - Panizza (2002:
63).
17 – Foucault (1992:
39).
18 - Bourdieu (1999).
19 - Las mujeres y
la publicidad. Nosotras y Vosotros según nos ve
20 - Secretaría de
Estados de los Derechos de las Mujeres (2002), Tipología de las imágenes de la
mujer en la publicidad, París, Francia.
21 - López Diez,
Pilar (2002: 30-32).
22 –
Fernández-Llebrez (2004:42).
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