REFLEXIONES SOBRE LA REFORMA UNIVERSITARIA DEL AÑO 1918:
SIETE HIPÓTESIS PARA EL ANÁLISIS
Aritz Recalde (1)
Universidad Nacional de La Plata (Argentina)
Resumen
En el marco de cumplirse los 90
años de los sucesos políticos y culturales denominados como “Reforma de 1918”, el ensayo desarrolla algunas reflexiones en
torno a los alcances para el funcionamiento del Sistema Universitario Argentino
de los postulados políticos e ideológicos de los sucesos transcurridos en
Córdoba. El estudio nos permite problematizar la tensión existente entre la
construcción teórica y comunicacional del proceso y las prácticas concretas de
dichos actores y discursos. El trabajo aporta una mirada histórica sobre los
postulados del “Manifiesto Liminar” a la luz de los hechos acaecidos en la
universidad y en su contexto económico, social y político. El ensayo aborda el
estudio sobre las construcciones de sentido y comunicacionales sobre dichos
fenómenos, mostrando como, en varios casos, las implicancias concretas de la
tradición universitaria denominada “reformista” se distancia en su práctica de
los modelos conceptuales difundidos. El planteo parte de establecer siete
hipótesis sobre los alcances y legados para la educación superior del país del
mencionado programa reformista, atendiendo particularmente las dimensiones
programáticas del Manifiesto expresadas en su proyecto comunicacional. Con este
fin, se hace un recorte específico sobre los ejes políticos y culturales de la
“integración geopolítica latinoamericana y universidad”, “movimiento sociales e
imaginarios estudiantiles”, “cogobierno y democracia de partidos”. “Manifiesto
Liminar y Peronismo”, “Reforma de 1918 y actualidad del sistema universitario
argentino”, entre otros.
Propósitos
Presento al lector
en las páginas que siguen algunas reflexiones en torno a la Reforma
Universitaria del año 1918, respecto a su trascendencia histórica y a las
posibilidades de tornarse un texto vigente y eficaz en los debates la
actualidad. Me referiré, entonces, a los alcances concretos de las
formulaciones introducidas en el “Manifiesto Liminar” a través de cinco ejes
temáticos y siete hipótesis donde se expresan brevemente las cuestiones más
relevantes para interpretar los alcances, los mitos y las realidades
de este documento en el funcionamiento concreto de las Universidades
argentinas. Estimo que este debate se torna imperioso en las circunstancias
actuales donde, lamentablemente, algunos sectores universitarios, alumnos,
docentes, no docentes o graduados, al momento de discutir los alcances de la
Reforma Universitaria, no consideran la centralidad que revisten las
transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales que ha
experimentado nuestro país y Latinoamérica del año 18 a esta parte y por
consiguiente, se arman de frases inconexas y descontextualizadas de sus ámbitos
de producción y acción específicos. A 90 años de la Reforma, como asimismo, a
96 años de la Ley Sáenz Peña, es necesario poner en tela de juicio la vigencia
del Manifiesto para las necesidades y las particularidades del presente. Estas
cuestiones de historia y de actualidad, entonces, guiarán las formulaciones que
siguen junto con el análisis de las propuestas de la Federación Universitaria
cordobesa del año 18 y las derivaciones que inconsistentemente se hacen de las
mismas en la actualidad.
1- La Reforma y la
integración latinoamericana
La juventud
universitaria de la Federación de Córdoba dedicó su Manifiesto Liminar a “La
juventud argentina de Córdoba y a los hombres libres de Sud América”. Este
homenaje, tantas veces remachado como frase celebre de asamblea estudiantil o
congreso reformista, resulta pocas veces contrastado históricamente. Deodoro
Roca, y los firmantes y promotores del texto habían “resuelto llamar
a todas las cosas por el nombre que tienen”, tras las “resonancias del
corazón” que les advirtió la iniciación de una profunda revolución:
llegaba, según expone el Manifiesto, “la hora americana”. Este
anhelo de transformación de la sociedad y, lo que resulta fundamental, la
necesidad de dar auspicio a una alianza entre las naciones americanas a través
del protagonismo de las juventudes, tiene como antecedentes una extensa lista
de acontecimientos y décadas en su haber. La distancia entre lo expuesto en
1918 y nuestro presente, supone en su devenir la consideración de los hechos
concretos que acontecieron en nuestro país, como asimismo, la revisión de las
actuaciones de los promotores de la Reforma, que como veremos, se distanciaron
considerablemente en términos concretos de aquellos planteos políticos o
doctrinarios que esbozaban en el Manifiesto. Como podremos advertir más
adelante, los “reformadores” adoptaron actitudes políticas contrarias a los
postulados del Manifiesto, pero además, la sociedad en la cual apareció esta
proclama se modificó profundamente.
El planteo de la
tan ansiada “hora americana” anunciada con anterioridad al Manifiesto
por San Martín, Rosas y Bolívar, entre otros, se inscribió como consigna en la
Universidad de manera disruptiva a través del Manifiesto. En este cuadro
histórico, muchos sectores de la Universidad argentina con anterioridad al año
1918 habían sido promotores de una profunda adversidad a los valores
“americanos”: en esta línea, por ejemplo, deberíamos mencionar el despotismo
ilustrado de Rivadavia y su grupo de ideólogos y políticos, que impidieron a
San Martín continuar la campaña libertadora culminada finalmente por Bolívar y
que posteriormente, promovieron la separación del Uruguay y de las provincias
del Alto Perú y rechazaron la convocatoria del Congreso de Panamá impulsada por
Bolívar. Detrás de este tipo de medidas de los hombres de letras de Buenos
Aires estaba la sombra de una nación extranjera: el mandato encubierto de
Inglaterra. Interesa remarcar que tanto Rivadavia como su grupo de
intelectuales, fueron los fundadores de la UBA, cuna del pensamiento neocolonial
europeo en las tierras del Plata y forjadores del modelo educativo de varias
generaciones de abogados hostiles al proyecto de unidad latinoamericana y de
cualquier práctica política con tinte popular que será consignada en términos
de barbarie. La “hora americana” que venía a proclamar el
Manifiesto históricamente tendría a sus detractores en las figuras de los
banqueros, los comerciantes, los oligarcas y los “doctores” universitarios,
profesos divulgadores del Iluminismo en su versión conservadora egresados de la
Universidad argentina. Paradójicamente, muchos de los doctores e intelectuales
“ilustrados” por nuestras casas de altos estudios se enfilaron en el siglo XIX
tras las banderas de la fracción política “unitaria”, poniendo su pluma al
servicio de periódicos, boletines oficiales y demás arengas justificatorias del
derrame de litros y litros de sangre americana. Tras las ideas de los
“doctores” se justificó la batalla de Caseros, la Guerra del Paraguay y los
asesinatos, persecuciones y exilios políticos de los dirigentes americanistas
Rosas, Quiroga, Peñaloza, Felipe Varela, López Jordán y más próximos a nuestro
presente, Irigoyen y Perón. Estos líderes populares serían los blancos
predilectos de la intelectualidad argentina universitaria. Las disrupciones
temporales funcionan al dedillo en nuestra historia: durante el siglo XIX, a
través de la dedicatoria del Manifiesto de 1918, en los proyectos de
Universidad de las gestiones de gobierno peronista, puede observarse que la
“unidad latinoamericana” fue un drama difícil de conciliar para muchos
universitarios. Los reformadores del año 1918 se enfrentaron con una
Universidad europeísta y, con contadas excepciones, culturalmente sometida al
pensamiento importado por las metrópolis y considerablemente reacia a
problematizar seriamente la necesaria “hora americana”. Veamos entonces
las primeras hipótesis:
Hipótesis nº 1: el enfrentamiento de los reformadores
“americanistas” con la “Universidad europeísta y oligárquica”, terminó en una
derrota de los primeros. El planteo “americanista” quedó escrito en el
Manifiesto, pero no implicó necesariamente una transformación sustancial de las
concepciones y prácticas de las Universidades argentinas. Por el contrario,
tradicionalmente nuestra Universidad fue adversa al ideario americanista, ya
que su concepción “europeísta”, fue en general liberal o siguiendo a Arturo
Jauretche, de izquierda mitromarxista y se caracterizó por ser renuente a la
industrialización del país, por oponerse a los líderes americanos y a los
caudillos populares y por oficiar como promotora de la balcanización del país y
del continente.
Hipótesis nº 2: la difusión del ideario americano no fue
una función de la Universidad tras el año 1918. Por el contrario, la corriente
americanista (mediando entre la concepción y la acción) fue impulsada por los
movimientos nacionales de mediados del siglo XX, cuyo componente social era principalmente
de extracción obrera e incluso militar y no universitaria, salvando algunas
excepciones que hacen a la conformación de un modelo de Universidad que dio
auspicio a las clases populares y que se circunscribe a la primer gestión de
gobierno peronista.
La historia de las
luchas políticas por la unidad latinoamericana debería dejarnos algunas
enseñanzas: mientras Yrigoyen apoyó la revolución mexicana, organizó el
Congreso Jurídico Latinoamericano, se enfrentó a la Doctrina Monroe, sostuvo la
neutralidad en la guerra y fue elegido por Sandino para que la Argentina fuera
sede de un Congreso Americano que cuestionara la acción de EUA en Nicaragua (2), la juventud universitaria condenaba a Yrigoyen
juntamente con la Bolsa de Valores, la Sociedad Rural y La Nación,
cuestión que le permitió decir a Jauretche: “Aquella, la Universidad de antes del 18, continuaba en la cátedra (…)
una mentalidad sin vigencia, ni en el mundo, ni en el país (…) contra Yrigoyen todas las fuerzas, de
derecha a izquierda” (3). Mientras Irigoyen, de la mano de Mosconi,
auguraba la nacionalización del petróleo, la Facultad de Derecho promovía la
libertad del subsuelo y preparaba a los ministros de Uriburu al son de las
frases célebres del presidente de la FUA que definía a Yrigoyen como “Caudillo
senil y bárbaro” (4). Tal fue la desventura de la “hora americana” anhelada
por la letra de texto del Manifiesto Liminar.
2- La Reforma y la
democracia argentina
La apertura
política sancionada la Ley Sáez Peña, funcionó de marco para la participación
electoral del pueblo argentino que protagonizó la formación del primer
movimiento nacional del siglo XX tras la figura del ya mencionado Yrigoyen.
Bajo su auspicio, intervención política de la Universidad mediante, se promovió
el movimiento juvenil cordobés. A este dirigente le llegó la “hora de la
espada” tras la asonada militar apoyada por la FUBA y la FUA. Este asalto
violento al poder civil no fue exclusivamente anunciado y promovido
públicamente por Leopoldo Lugones, las federaciones estudiantiles reformistas o
Uriburu: en esta oportunidad los docentes en el goce de la autonomía
universitaria fomentaron el terrorismo como solución de sus diferencias con el
presidente democrático. En el marco de la autonomía universitaria, Alfredo
Palacios, referente reformista y Decano de la Facultad de Derecho de la UBA,
pudo exigir con plena libertad el mismo fatídico día 5 de septiembre de 1930: “La
renuncia del señor Hipólito Yrigoyen” (5).
A doce años de
distancia de los lamentables hechos mencionados, el Manifiesto había
establecido que: “Las Universidades
han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los
ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos y lo que es peor aún, el
lugar en donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la
cátedra que las dictara”. En esta etapa compleja para la Argentina no
fueron los universitarios los que denunciaron la “inmovilidad senil” del
país tal como expresaba el Manifiesto. Por el contrario, en el levantamiento de
“Paso de los Libres”, en la denuncia permanente de los Forjistas, a través de
la pluma de Scalabrini Ortiz o de las ideas de Mosconi o Savio, residieron las
verdaderas acusaciones contra el régimen de facto fraudulento. Y expreso
“acusaciones”, no por el hecho de participar o no en el gobierno o en la
Universidad del fraude, sino por la posibilidad de cuestionar o no el “modelo”
de país abierto por el golpe militar. A excepción de algún breve impasse en los
inicios de la dictadura que apoyaron, los universitarios que habían rendido
tributo al Manifiesto se dedicaron a usufructuar la “autonomía”: un silencio
cómplice caracterizó a la Universidad durante la infamia y la entrega nacional
de los años 30. O mejor, se escucharon diversas voces en la Universidad, como por
ejemplo, para acompañar la guerra civil española, aplaudir la
revolución rusa, apoyar a los aliados en la guerra, promocionar
el tratado Roca – Runciman o promover la candidatura del conservador
Patrón Costas. Veamos la siguiente hipótesis.
Hipótesis nº 3:
en nombre de la “autonomía” se apoyaron desde la Universidad los golpes
militares y las acciones terroristas contra gobiernos legítimamente elegidos
por los ciudadanos. Este hecho nos permite decir que muchos docentes y alumnos
desde 1918 se apropiaron de los “medios” de la reforma (gobernarse a sí
mismos), abandonando los “fines” de la misma. De esta manera, nuestros
idealistas promotores de tan ansiada reforma, legaron al país una acción que
fue desvirtuada o en realidad, apropiada en su dimensión pragmática.
3- La Reforma, el
gobierno universitario y el país
El Manifiesto
desarrollaba un contundente diagnóstico del estado de la Universidad: “Nuestro régimen universitario -aún el más
reciente- es anacrónico. Está fundado sobre una especie del derecho divino: el
derecho divino del profesorado universitario.” Muchos alumnos supusieron
que se terminaría con el “derecho divino” de algún miembro de la Universidad
participando en el “cogobierno” ya que “El
derecho a darse el gobierno propio radica principalmente en los estudiantes”.
Esta preocupación por la “forma” (autonomía, cogobierno o concursos) desplazó a
segundo plano lo fundamental: el debate sobre los fines de la reforma (la
Universidad al servicio de la transformación del país y del continente). En
este modelo, es propio del estudiante de clase media suponer que el mundo
termina entre los muros de la clase o en los pasillos y tras los textos de la
filosofía o de historia. Es frecuente y casi inevitable, que estos debates
teóricos sobre “sí mismos”, descoloquen al conjunto de la comunidad nacional
que poco entiende acerca de lo que ocurre con su inversión económica en la
Universidad. Las rencillas del cogobierno y la promoción de los privilegios de
los estudiantes o docentes en la Universidad financiada con el sacrificio de
las mayorías nacionales, terminan absorbiendo y disipando los anhelos de cambio
de los reformistas. Dicha desviación, que provoca que se aborten los fines del
Manifiesto y que se discutan exclusivamente los “medios” de la Reforma, se
relaciona con el egocentrismo de los “ilustrados” que creen que “hay que
garantizar el cogobierno y desde aquí, transformar el mundo”.
Pasado el año 1918
y en el afuera de cada una de las Universidades, la organización y el proceso
de transformación social siguieron marchando a paso firme. Sin preocuparse en
el porcentaje de la participación de los estudiantes y graduados en el
cogobierno, se desarrolló la revolución de 1943 que demandó la clausura del
fraude inaugurado en el 30; el Concejo Nacional de Posguerra escribió
dos Planes Quinquenales que incluyeron, entre otras medidas, la masificación de
las matrículas de las Universidades y el desarrollo tecnológico nacional de
avanzada; el pueblo protagonizó el 17 de octubre y el 24 de febrero apoyó a su
líder en las urnas, dando auspicio a que el Estado nacionalizara los bancos,
los servicios y el comercio exterior, inaugurando además, la fabricación de
autos, tractores y aviones desde las empresas públicas.
En este marco y
pasados varios años de 1918, los universitarios estuvieron desconectados en sus
internas y tardaron casi una década (desde 1955 a 1966) en darse cuenta de que
el gobierno que declaró la gratuidad universitaria, instauró el Ministerio de
Educación, sancionó la autonomía a nivel constitucional, introdujo los
servicios sociales a estudiantes (esos comedores que actualmente se están
reabriendo), fomentó las ciencia aplicadas, permitió que se convalidaran los
programas de los estudiantes latinoamericanos, sancionó dos leyes
universitarias en el Congreso, suprimió los exámenes de ingreso, creó la figura
de la dedicación exclusiva para los docentes, abrió la Universidad Obrera (en
la actualidad, UTN), inauguró las prácticas rentadas para estudiantes, duplicó
los sueldos universitarios y creó los horarios para trabajadores en las casas
de altos estudios, no era fascista tal como lo habían dictaminado en la
prensa y a través de las distintas instituciones de formación pública. Desde
1945 gran parte de la Universidad reformista se enfrentó al pueblo postergado
desde la época de Caseros y apoyó las acciones militares de la aviación contra
civiles en el año 1955. A más de cincuenta años de este suceso, la juventud
reformista y los claustros docentes necesitan una profunda autocrítica. En este
sentido, retomando las palabras del año 1918, se ha demostrado que no es
correcto lo que planteaba el Manifiesto respecto a que “la juventud vive
siempre en trance de heroísmo”, “es desinteresada”, “no ha tenido
tiempo aún de contaminarse” o que “no se equivoca nunca en la elevación
de sus propios maestros”. Sobre la base del reconocimiento de estas
tremendas fallas, la juventud puede marchar en la actualidad hacia el país real
e implementar los “fines” de la reforma, abandonando la frecuencia de repetir
los “medios”.
Un paso obligado en
este sentido tiene que ver con revisar algunos supuestos de los
“incuestionables” de la tradición reformista. Con este objetivo, vale la pena
mencionar las palabras de Bernardo Alberto Houssay, estandarte “antiperonista”
de la denominada “edad de oro” de la Universidad inaugurada con la dictadura de
Aramburu en 1956. Según se repite actualmente Houssay es el modelo de docente
que supo combatir con dignidad la supuesta
“tiranía autoritaria peronista”. Alberto Houssay (6), en el año 1958, a
través del escrito “Papel e importancia de la investigación científica y
técnica”, llamó la atención sobre los “peligros” de la reforma del año 1918
ya que:
“La versión más moderna de la Reforma es lo
que se llama gobierno tripartito de las Facultades, por Consejos formados por
igual número de profesores, estudiantes y graduados. Estos últimos son una
pequeña minoría de los profesionales, en general jóvenes y con militancias
políticas e ideológicas. Este sistema es ilógico y absurdo, pues no pueden gobernar
una Universidad los que por sus estudios y experiencia son aún muy
incompetentes”.
En una conferencia
del año 1962 denominada “Problemas universitarios actuales” podemos
adentrarnos aún más en los planteos del autor. Como punto de partida y
completando lo argumentado previamente, es importante remarcar que Houssay era
enemigo declarado de la participación de los estudiantes en el gobierno de la
Universidad ya que: “La intervención
de los estudiantes en el gobierno universitario no existe en ningún país
adelantado. No es concebible en ellos y su existencia entre nosotros nos deja
en ridículo”. Asimismo y completando lo dicho, Houssay era un profeso
promotor de los cursos de ingreso y las limitaciones de la matrícula. Ante un
reclamo de los comunistas, sostiene que:
“(…) Lo curioso es que en Rusia, como en casi
todos los países, no intervienen los alumnos en el gobierno universitario, hay
una selección muy seria y se limita el número de ingresantes de acuerdo con las
plazas existentes para poder enseñar bien. El oponerse a ello es un síntoma de
subdesarrollo”.
Es interesante cómo
intelectuales como Houssay no han ahorrado críticas a los gobiernos que
“interfirieron” en la libertad de la Universidad. Es habitual escuchar por eso,
que la juventud repita el cuestionamiento del autor a Juan Manuel de Rosas ya
que éste político redujo las becas para la Universidad pero, lo que no dice el
doctor, es que Argentina estaba en guerra contra Francia y que ante el dilema
de sostener al país en su conjunto o a los estudios universitarios de los
jóvenes ilustrados, el dirigente actuó con sentido nacional y privilegió
pertrechar las flotas que expulsaron a los invasores europeos. Lo paradójico en
este caso es que Houssay justificara las limitaciones de ingreso para defender
la “excelencia” y que cuestionara las limitaciones al ingreso para defender al
país de una agresión externa. Lo más triste será que la acción militar
defensiva del patrimonio y el territorio de nacionalistas como Rosas o Perón,
terminará entregada por universitarios en negociaciones parlamentarias. Por
ejemplo, es bueno no olvidar que el triunfo de los militares en la guerra
contra Brasil terminará en derrota con la separación de la Ciplastina por la
acción de los abogados de Bernardino Rivadavia. Según los reformistas, la
primera tiranía fue la de Rosas y la segunda, la de Perón, que llamativamente
declaró la gratuidad universitaria y derogó los exámenes de ingreso por primera
vez en la historia del país, ubicándose claramente, en las antípodas del Dr. Houssay
y de muchos de los ideólogos de la “edad de oro” de la Universidad.
Lo que resulta en
la actualidad ciertamente preocupante, es observar cómo la olvidadiza
Universidad señala con el dedo al “cuco del neoliberalismo” que desde 1990
fomentó, supuestamente, los principios “anti reformistas”, “elitistas”, “Banco
mundialistas” o “privatizadores” de la Universidad estatal. Contrariando estos
planteos simplistas o mejor dicho, problematizándolos a la luz del proceso
histórico real, sería necesario recordar que la “privatización” de la
Universidad argentina la inició el reformista y desarrollista Arturo Frondizi
en 1958 con el ingreso de las Universidades privadas.
Hipótesis nº 4: los “reformistas” o ”cientificistas”
universitarios, antes y después de 1918, fueron renuentes a aceptar la
legitimidad y acompañar las decisiones populares producto de la democracia de
masas. En este cuadro, se enfrentaron varias veces a las decisiones de la
“democracia de masas” con el objetivo de sostener la defensa del cogobierno.
Muchos de los planteos que se autodenominan “reformistas” en su constante
preocupación por el “cogobierno” o por la “autonomía”, se enfrentaron a los
gobiernos reivindicados por las mayorías populares que se han exteriorizado a
través de las urnas y las manifestaciones y que han ocupando las palancas del
Estado. Incluso en 1930 y en 1955 apoyaron acciones de subversión militar
contra gobiernos legales, pero lo que realmente importa, estos gobiernos fueron
además, profundamente legítimos. Constantemente, y a lo largo de la historia,
la Universidad cuestionó la democracia de masas y a sus representantes
acusándolos de “injerir” en sus decisiones, violando la “autonomía”.
Con relación a lo
dicho anteriormente, nuestros utopistas escribas del Manifiesto han dicho una
verdad que debe ser trasladada a la actualidad del país: “Mantener la actual relación de gobernantes a
gobernados es agitar el fermento de futuros trastornos”. Esta frase, más
allá de su aplicación al cogobierno, es adaptable a la vinculación del país con
una Universidad que a 92 años de la elección del primer Presidente en
democracia, sigue poco relacionada a las decisiones de la mayoría para “evitar
injerencias del Estado”. A través de lo antedicho y de cuestiones más complejas
que he trabajado en otra publicación (7), puede afirmarse que la Universidad y
sus miembros en muchos casos desconocen las necesidades del Estado y de las
organizaciones libres del pueblo.
Hipótesis nº 5: Las autoridades, los profesores o los
usufructuarios del gasto universitario (alumnos), están problemáticamente poco
conectados de sus legítimos y únicos gobernantes: 38 millones de
argentinos.
4- La Reforma y su
aplicación histórica
Haremos referencia
aquí a ciertas nociones de un escrito previo (8) con el objetivo de plantear
otras dos hipótesis:
Hipótesis nº 6: la aplicación práctica de gran parte de
los planteamientos del Manifiesto y de los reformadores fue desarrollada por la
revolución peronista como parte de un proyecto nacional que surge y se desenvuelve
fuera de la Universidad.
Hipótesis nº 7: el peronismo obligó la actualización de
gran parte de los postulados reformistas a la luz de una democracia de masas,
demostrando que varios de sus principios habían caducado.
Sobre la hipótesis
sexta y en el texto de referencia mencionado, sosteníamos que únicamente con
Juan D. Perón en el gobierno se sancionaron tres leyes universitarias. Esto es,
el peronista fue el primer gobierno que sancionó una ley universitaria desde el
año 1885 (9), y fue, además, el gobierno democrático que mayor cantidad de
leyes de Educación Superior sancionó en la historia del país: Nº 13.031/47, Nº
14.297/54 y Nº 20.654/74. Estas tres leyes expresaron a través de un esquema
jurídico normativo todos y cada uno de los planteos de los reformadores del año
1918. Durante los primeros 10 años de gobierno y por mencionar únicamente
algunas medidas:
1.
Ampliación de las matrículas y democratización del ingreso
(10): se suprimen gran parte de los exámenes de ingreso, se eliminan todo tipo
de aranceles (11), se desarrolla un sistema de becas -cuestión que tiene
sanción constitucional en 1949-, surgen horarios nocturnos para trabajadores,
la Universidad Obrera, etc.
2.
Extensión Universitaria: por primera vez se la mencionó en
la legislación universitaria nacional en el año 1954 y se iniciaron las
prácticas rentadas en el Estado. La Universidad Obrera articulaba directamente
el conocimiento y la acción práctica en las fábricas.
3.
Promoción de Carreras prioritarias: por primera vez el
Estado estableció Regiones Universitarias y se efectuó una política de
planificación del gasto y la uniformidad nacional de los programas. Se creó el
Consejo de Universidades como ámbito de articulación de las políticas públicas.
Se desarrollaron (12) las técnicas agrarias, la ingeniería del petróleo, la
investigación oceanográfica, etc.
4.
Ingreso de estudiantes latinoamericanos (13): se avanzó en
el reconocimiento de títulos, en la formulación de congresos científicos
internacionales de primer nivel y en el desarrollo del intercambio estudiantil.
5.
Vinculación obrero estudiantil: por primera vez se tendieron
los puentes concretos para esta unidad. Tanto dentro del aula al democratizar
el ingreso, como asimismo, a través del fomento de las agrupaciones
estudiantiles como la CGU o la UES.
6.
Defensa de la cultura nacional y regional: por primera vez
aparecieron como objetivos de la Universidad la divulgación de los valores y de
las tradiciones de nuestro país y de Latinoamérica. Asimismo, se dio
importancia a la defensa del patrimonio no sólo espiritual, sino además
económico y político de la Nación.
En definitiva, el
peronismo en sus diez años de gobierno nos legó la gratuidad, los primeros
pasos en la articulación obrero estudiantil, la existencia de carreras
prioritarias para la industrialización, el aumento del presupuesto, el fomento
del latinoamericanismo y el antiimperialismo de la juventud y varios proyectos
de Universidades y Carreras. Estos profundos cambios fueron desarrollados por
un gobierno popular y democrático, que entre otras cuestiones, dio a la
autonomía universitaria sanción constitucional en el año 1949. En definitiva,
surgió la noción del “derecho social a la Educación Superior”. Asimismo, el
peronismo nos dejó como legado varias innovaciones en diversos ámbitos de la
Universidad. Por ejemplo, la ley Nº 20.654, de 1974, introdujo la participación
de los trabajadores no docentes en el gobierno de la Universidad. Dicha ley
permitió el ingreso a la Universidad -previo examen- a los trabajadores que no
hubieran cursado el ciclo educativo secundario. Por otro lado, esta norma
institucionalizó la implementación concreta del nacionalismo revolucionario al
prohibir la práctica docente en Universidades estatales a aquellos profesores
vinculados a las empresas trasnacionales.
“La inteligentzia es sustituida por la
inteligencia de los argentinos. Ha bastado repensar para que el milagro se
produzca y ahora sí, pueblo y cultura, caminan por la misma huella, no se
superponen para negarse sino para compenetrarse porque el fenómeno viene de
abajo y sube, sube, sube…” Arturo
Jauretche (14).
“La única puerta que nos queda abierta a la
esperanza es el destino heroico de la juventud (…) el sacrificio es nuestro mejor estímulo, la
redención espiritual de las juventudes americanas, nuestra única recompensa”
Manifiesto Liminar.
Nuevamente debemos
reflexionar como lo hicieron los cordobeses cuando sostuvieron que la
intervención de José Nicolás Matienzo les había mostrado a cara destapada la
fuerza de la corporación universitaria. Hoy, como en 1918, muchas Universidades
están desconectadas de la Argentina. Suponiendo que compartimos los fines del
Manifiesto y dado que han pasado 90 años de aquel intento, fracasos y aciertos
de por medio, debemos revisar a conciencia los mejores métodos para modificar
el orden de cosas. Como un medio para alcanzar este objetivo, tenemos la
oportunidad de reflexionar como parte de varias generaciones que reiteradamente
han repetido errores tras las consignas de “reforma” y “autonomía”. Ya lo había
dicho Juan D. Perón, “la experiencia llega tarde y cuesta cara”. Con este
objetivo, la primera conclusión que debemos asumir es que parte de los planteos
reformistas fueron propios de principio de siglo y no de la hora actual: las
organizaciones libres del pueblo durante el siglo XX y XXI van a la vanguardia
del cambio social y muchas veces, la juventud con tal de sostener su “modelo de
revolución” o la “autonomía”, juega un rol ciertamente reaccionario. En este
sentido, considero que seguir desarrollando y sosteniendo una política
estudiantil o docente centrada en las luchas y debates intestinos por un lugar
más o un espacio menos en el cogobierno es una medida anacrónica. Hace 90 años
los reformadores establecieron que “Se
había obtenido una reforma liberal mediante el sacrificio heroico de una
juventud”. Hoy, ha llegado el momento de superar estos criterios. Desde
el 17 de octubre y durante las décadas del 60 y del 70, sin distinción
partidaria, las consignas de las “reformas liberales de la Universidad”
fueron reactualizadas por la necesidad de alcanzar las “reformas sociales y
económicas del país”. Desde mediados del siglo XX, con avances y
retrocesos, América Latina camina hacia la segunda independencia inconclusa y
actualmente y de manera más o menos acertada, lo hace en democracia. En este
contexto, los enfrentamientos de la Universidad con el país tras las rencillas
del cogobierno podrían formar parte del pasado.
La democratización
real tiene que ver con la posibilidad de relacionar la Universidad con las
demandas de los argentinos que, entre otras cuestiones, se manifiestan en el
sistema político de partidos: hospitales, medios de comunicación, rutas,
energía, política social, educación, forman parte de las agendas públicas y los
temas que la comunidad delega a sus representantes y sobre los cuales la
Universidad debería tomar partido. La Universidad no puede, ni debe, exigir
“autonomía” alguna de las políticas del Estado del que forma parte. Esa
consigna era “comprensible” hace 90 años a “la sombra de los jesuitas”
como dice el Manifiesto escrito a solo seis años de la Ley Sáenz Peña y en el
marco de un sistema político represivo y previo al Estado de bienestar.
Actualmente, seguir sosteniendo que el “Estado es represivo y viola la autonomía”
es una posición cercana al despotismo liberal ilustrado profesado por
Mitre o por Rivadavia: declarar la autonomía como un fin en sí mismo ante el
peligro del “mal gobierno” o la injerencia estatal, supone previamente,
sostener que las mayorías electorales son “permeables a los aparatos” e
irracionales y por eso, dignas de ser gobernadas por terceros. Este planteo
tras 25 años de democracia en el país, es una justificación de un sistema
político en el que sólo pueden tomar decisiones los “ilustrados”: si realmente
creemos que las decisiones de las mayorías populares y sus representantes del
Estado o corporativos, no pueden opinar sobre las agendas de investigación, de
extensión o acerca de los perfiles profesionales que forma la Universidad, estamos
dando por hecho la supremacía intelectual, moral y política de la clase media
universitaria sobre el resto del país. Si es así, proponemos públicamente:
volvamos al voto restrictivo e ilustrado y que los profesionales desde la
Universidad gobiernen la Argentina. Está claro, que considero esa coartada como
errónea y además, genera una noción profundamente peligrosa para la juventud
del país al escindir, por un lado, la Universidad y su mundo interno, y por
otro, el país concreto y la marcha de sus organizaciones económicas, sociales y
políticas. Actualmente, distanciándonos de ciertos planteos de la
autodenominada escuela reformista, creemos que la Universidad no necesita
autonomía sino que por el contrario, requiere vincularse y consustanciarse con
las políticas del Estado, con los productores nacionales y con las
organizaciones libres del pueblo.
La juventud podría
problematizar los planteos de la supuesta “tiranía del Estado” o de la teórica
“privatización neoliberal”, ya que ambas consignas pueden utilizadas como
pretextos para bloquear la democratización universitaria. Por un lado, demás
está decir, que ambas consignas no son históricamente verdaderas: el Estado,
con sus defectos, fue y sigue siendo en la actualidad la única oportunidad de
los argentinos de medianos y bajos recursos para acceder a un sistema de
seguridad social o a una apoyatura económica. La supuesta acechanza de
“privatización” de la Universidad no es actual, sino y como ya lo señaláramos,
la inició el presidente radical Arturo Frondizi cuando en el año 1958 permitió
el ingreso de Universidades privadas y católicas. Por el contrario, es bueno
hacer hablar a las estadísticas: entre 1989 y 2004 se abrieron once universidades
estatales (15) y más allá de que se crean varias privadas, éstas no varían su
representación proporcional en la matrícula en relación con las primeras (16).
La falacia de la acechante privatización debería revisarse a la luz de la
historia, abandonando además los planteos tales como que la CONEAU (17) es una
herramienta de las Universidades privadas o del Banco Mundial y que la
existencia actual de una Secretaría de Políticas Universitarias se relaciona
con el intento de privatizar (18) el sistema público de Educación Superior.
Creemos que es
cardinal que los docentes, los graduados, los no docentes y los estudiantes
hagan un análisis histórico de los alcances concretos de los planteos de 1918 y
de las acciones de 1955, ambas, reivindicadas como fechas “fundacionales” de la
universidad. El desafío actual no debería ser mantener la autonomía sino que
por el contrario, de lo que se trata es de introducir al país dentro de la
Universidad: acompañar, analizar y debatir junto con las organizaciones libres
del pueblo y con el Estado, cómo superar los dramas sociales y la dependencia
económica y cultural de la nación Argentina. Y por otro lado, una mirada en
perspectiva, nos debe permitir problematizar la posibilidad de reivindicar los
“medios” de la Reforma sin pensar en los fines de la misma.
En lo concerniente
a la transformación universitaria actual es importante abandonar el misticismo
de suponer que la ley Nº 24.521 (19) de 1995 es la responsable total de la
crisis de la institución. Incluso, es importante reconocer que este marco legal
le permite a las Universidades alcanzar y superar los medios y los fines del
Manifiesto del año 1918. El punto de vista que atribuye las culpas a factores
exógenos a la Universidad podría dar paso al necesario debate de la comunidad
nacional sobre el tipo de Universidad que se necesita para la Argentina,
cuestión que no se arregla meramente con la tinta y el papel de los archivos
oficiales. Con este objetivo, es oportuno traer a consideración algunas
palabras de Ernesto Villanueva (20) que sostiene como punto de partida para una
reforma del sistema universitario la emergencia de discutir cuatro aspectos
fundamentales: “Una primera pregunta
está referida a qué carreras necesitamos, una segunda relacionada con el perfil
de estudiantes deseable, una tercera sobre las características que deberían
reunir los docentes, y una cuarta, teniendo en cuenta las respuestas a las tres
primeras, acerca de las estructuras de poder necesarias para esos cambios”.
La posibilidad de
que la juventud promueva y acompañe la transformación que el país necesita es
el verdadero legado de la reforma del año 1918.
Notas
1 Editor de
http://sociologia-tercermundo.blogspot.com.
2 Alen Lascano, Luis C., Yrigoyen,
Sandino y el panamericanismo, Centro Editor de América Latina, Buenos
Aires, 1986.
3 Extraído de Galasso,
Norberto, Jauretche y su época, Corregidor, Buenos Aires, 2003, pp. 112
y 170.
4 Extraído de Ramos, Jorge
Abelardo, El Sexto Dominio, Plus Ultra, Buenos Aires, 1972, p. 118.
6 Ramos, Op. Cit., p. 136.
6 Ambos textos fueron
extraídos de http://www.houssay.org.ar
7 Recalde, Aritz y
Recalde, Iciar, Universidad y Liberación nacional, Nuevos Tiempos,
Buenos Aires, 2007.
8 “Universidad y
Peronismo, hacia una superación histórica de la Reforma”. En:
http://sociologia-tercermundo.blogspot.com/
9 Según el Manifiesto se
debe: “Reformar la ley que nuestra salud moral lo está exigiendo”.
10 Además de la gratuidad
al eliminar aranceles, el gobierno desarrolló una economía de bonanza, único
medio para el ingreso concreto de los trabajadores a la universidad.
11 Decretos Nº 29.337/49 y
Nº 4.493/52.
12 Surgió la Ciudad
Universitaria, la obra del Hospital Escuela, la Facultad de Farmacia (antes
Escuela) y se formularon los proyectos de las Universidades Nacionales del Sur
y de la Mesopotamia. Para ampliación ver Taiana, Jorge, “La Universidad
Peronista”, Primera Plana, Buenos Aires, N° 498, 15/VIII/72.
13 Los antecedentes del
Mercosur se pueden buscar en el pacto ABC firmado por Perón. Asimismo, a nivel
sindical se desarrollaría el ATLAS. La integración latinoamericana no era un
proyecto meramente universitario.
14 Jauretche,
Arturo, Los profetas del Odio y la Yapa, Corregidor, Buenos Aires, 2004,
p. 236.
15 Universidad
Nacional de Quilmes (1989), Universidad Nacional de la Matanza (1989),
Universidad Nacional de General San Martín (1992), Universidad Nacional de
General Sarmiento (1992), Universidad Nacional de la Patagonia Austral (1994),
Universidad Nacional de la Rioja (1994), Universidad Nacional de Lanús (1995),
Universidad Nacional de Tres de Febrero (1995), Universidad Nacional de Villa María
(1995), Universidad Nacional del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires
(2002), Universidad Nacional de Chilecito (2002). Actualmente, además, el
gobierno avanza en la apertura de la Universidad Nacional de Río Negro.
16 Sobre el
particular, Juan Carlos Del Bello y Graciela Gimenez establecen que: “En el caso argentino durante la década de
los 90 no se registró a nivel empírico ninguna evidencia de que dicho sector
(universidades privadas) haya
incrementado su participación relativa respecto de 1980 (en torno al 20% del
total de alumnos). Más aún, según datos de la Secretaría de Políticas
Universitarias se estimaba que en 1980 la participación del sector privado
ascendía al 18,3% en un contexto de ingreso selectivo a la universidad estatal,
mientras que para el año 2004 dicha Secretaría estimaba la participación en el
15,3% que contrasta con los datos censales que la ubican en el mencionado 20%”.
Puede consultarse este trabajo en:
http://www.saece.org.ar/docs/congreso2/delbello_gimenez.doc
17Desde el año 1995
todas las iniciativas de creación de instituciones universitarias privadas
deben obligatoriamente contar con un dictamen técnico favorable de la Comisión
Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria. En diez años de
existencia, la CONEAU analizó 97 solicitudes de las cuales aprobó únicamente 11
y ninguna de ellas de universidades sino de “institutos universitarios” que son
aquellas instituciones acotadas a un campo disciplinario (Medicina,
Administración, Psicología). Juan Carlos Del Bello y Graciela Gómez, Op. Cit.,
p.10.
18 “Argentina registra una inversión del 0,8%
del PIB, y para universidades la inversión es del orden del 0,6%, tasa que se
mantiene prácticamente constante desde 1996. Incluso, en la primera mitad de
los noventa es cuando se alcanzan esos guarismos, ya que con anterioridad el
valor era inferior al 0,5%. Esta evidencia pone en duda el supuesto
desfinanciamiento público de las universidades estatales”. Juan Carlos
Del Bello y Graciela Gimenez, Op. Cit., p. 12.
19 Ya emití mi punto
de vista sobre los ejes que debería tener una nueva LES en
http://perio.unlp.edu.ar/estatuto/doc/presentacion_les_aritz.ppt. De los
proyectos para sancionar una nueva ley universitaria es innegable que, el
presentado por Alberto Cantero Gutiérrez, es el más pertinente para la
actualidad nacional. Se puede analizar en:
http://www.ipoliticaspublicas.org/publica.htm.
20 Villanueva, Ernesto,
“¿Necesitamos una nueva Ley de Educación Superior?” Extractado de la Revista
del Instituto de Políticas Públicas, Volumen 1, Número 1. En:
http://www.ipoliticaspublicas.org/publica.htm
Bibliografía
Hernández Arregui, Juan José. Imperialismo y Cultura. La política en
la inteligencia argentina, Amerindia, Buenos Aires, 1957, p. 330.
Cantero Gutiérrez, Alberto, “Anteproyecto de ley.” En:
http://www.ipoliticaspublicas.org/publica.htm.
Del Bello, Juan Carlos
y Gómez, Graciela, “Mitos y
realidades de la privatización de la educación universitaria en Latinoamérica.”
En: http://www.saece.org.ar.
Galasso, Norberto, Jauretche y su época, Corregidor, Buenos Aires,
2003.
Hernández Arregui, Juan José, Imperialismo y Cultura. La política en
la inteligencia argentina, Amerindia, Buenos Aires, 1957.
Houssay, Bernardo A., “Papel e importancia de la investigación científica y
técnica” (1958) y “Problemas universitarios actuales” (1962) En: http://www.houssay.org.ar.
Jauretche, Arturo, Los profetas del Odio y la Yapa, Corregidor, Buenos
Aires, 2004.
Alen Lascano, Luis C., Yrigoyen, Sandino y el panamericanismo, Centro
Editor de América Latina, Buenos Aires, 1986.
Ramos, Jorge Abelardo, El Sexto Dominio, Plus Ultra, Buenos Aires,
1972.
Recalde, Aritz y Recalde Iciar, Universidad y Liberación nacional,
Nuevos Tiempos, Buenos Aires, 2007.
Recalde Aritz, “Universidad y
Peronismo, hacia una superación histórica de la Reforma”.
http://sociologia-tercermundo.blogspot.com/
Taiana, Jorge, “La Universidad Peronista”, Primera Plana, Buenos
Aires, N° 498, 15/VIII/72.
Villanueva, Ernesto, “¿Necesitamos una nueva Ley de Educación Superior?·,
Revista del Instituto de Políticas Públicas, Volumen 1, Número 1. En: http://www.ipoliticaspublicas.org/publica.htm