LOS
DESENCUENTROS DE LA COMUNICACIÓN, LA POLÍTICA Y LA ÉTICA: REFLEXIONES
CONCEPTUALES PARA UN MARCO DE INTERPRETACIÓN SOCIAL
Universidad
Nacional de Córdoba (Argentina)
Resumen
El siguiente
artículo propone una primera aproximación analítica a los espacios de
intersección dominantes entre una serie de pensamientos de la comunicación, la
política y la ética; partiendo del supuesto que resulta indispensable integrar
y obtener una relación positiva entre dichas áreas y un nuevo orden lógico que
las contemple con vistas a la estructuración futura de un marco de
interpretación sociológica de los procesos sociales de comunicación y de
tecnocomunicación. La hipótesis general que guía
la siguiente exploración es la falta de
diálogo o el desencuentro del
pensamiento de la comunicación, la política y la ética. En esta dirección,
proponemos el desarrollo de tres líneas de argumentación: 1) El (des)encuentro
de comunicación y política, 2) El (des)encuentro de comunicación y ética, y el
3) El (des)encuentro de política y ética. Partiendo de las líneas de
argumentación seleccionadas nos introducimos a diferentes posibilidades
combinatorias entre dichos elementos. Se trata de un primer ensayo
especulativo. La comprobación y profundización del conjunto de articulaciones y
premisas esbozadas exceden los objetivos del presente trabajo. Esperamos poder
desarrollar y someter a juicio estas consideraciones preliminares en
investigaciones posteriores.
Palabras
clave: comunicación política -
ética de la comunicación - procesos sociales de comunicación.
1.
Introducción: el diálogo de comunicación, política y ética
Desde la interrogación teórica y práctica, ¿por
qué recuperar la pregunta por la comunicación al interior del campo político y
asociado a la cuestión ética? ¿Por qué no circunscribir la
comprensión de la práctica y el proceso social de comunicación a la relación de
comunicación y política (como en muchos casos se observa), o bien a la relación
de comunicación y ética? ¿Cuál es la relación de lo político y lo ético que
justificaría en términos concretos la integración de ambas instancias en el
estudio de los proceso de comunicación? ¿Estaríamos
hablando en algún sentido de “recuperar” en conjunto lo político y lo ético al
interior de la agenda actual de la disciplina de la comunicación? ¿Para qué
interpretaciones y explicaciones de qué teoría social resulta valioso
reflexionar sobre el encuentro de comunicación, política y ética?
Lo que aquí presentamos como preguntas
introductorias se constituye a grandes rasgos en el marco problemático del
presente trabajo. Ensayaremos una serie de respuestas preliminares a dichas
preguntas, que asumen carácter hipotético, pero fundamentalmente buscaremos
abrir nuevos debates que consideramos críticos, y que esperamos nos permitan
sentar las bases para nuevos horizontes prácticos de investigación social (1).
Partimos de suponer, en términos abstractos, que el diálogo entre el
pensamiento de la comunicación, la política y la ética, o bien la recuperación
de la centralidad conjunta de lo político y lo ético, es condición necesaria
para estructurar un primer marco de interpretación global de los procesos
concretos de comunicación. Nuestro interés se concentra en el pensamiento
sociológico reflexivo (en los términos de Bourdieu) de los procesos de
comunicación. Pensar e interpretar procesos sociales o bien las dinámicas de
ciertos procesos, nos pone en la necesidad de adoptar esquemas de
interpretación amplios, que incorporen una perspectiva de situación y de
totalidad. En tal sentido, sostenemos
que la omisión de lo político y lo ético-moral desde un pensamiento social de
la comunicación implica en cierta forma “desnaturalizar” la propia condición
práctica de los actores sociales, la dimensión constitutiva de sus relaciones
sociales, así como la especificidad que adoptan las estructuras organizativas y
las conformaciones técnicas o tecnológicas que se construyen conflictivamente
en sociedad.
Entendemos que la falta de
diálogo entre los tres territorios de pensamiento señalados, revitalizan la
necesidad de una aproximación analítica que dé cuenta de ello. De aquí se
desprende la posición hipotética del presente trabajo, y no sólo el título: el desencuentro del pensamiento de la
comunicación, la política y la ética. En esta dirección, a partir del
próximo punto, desarrollamos tres líneas de argumentación: 1) El (des)encuentro de comunicación y política, 2) El (des)encuentro de comunicación
y ética, 3) El (des)encuentro de política y ética.
Por otra parte, la comprensión del vínculo teórico-práctico conformado
entre la comunicación, el campo político y la cuestión ética exige atender a
las condiciones de apropiación de dichas perspectivas, en las situaciones
concretas de construcción social del saber. En tal sentido, y aspecto que aquí
descuidamos, es importante registrar las voluntades, capacidades y
posibilidades de articulación real de dichos espacios.
A su vez el criterio de “cierre” o delimitación de estas hipótesis de
trabajo, se produce desde una línea poco explorada de problematización. Se
trataría de la integración simultánea de los tres espacios
(comunicación-política-ética), desde una mirada sociológica -aún no
esclarecida- a las operaciones e interacciones comunicativas (procesos).
Partiendo de las líneas de argumentación seleccionadas nos introducimos a
diferentes posibilidades combinatorias entre elementos, adoptando cierto
perspectivismo que pretende ampliar el campo de observación de la problemática.
De todas formas, por su carácter introductorio y general, cada línea asume
fuertes limitaciones. Optamos por priorizar la relación argumentativa entre los
campos sobre la profundización argumentativa de cada línea. Pero se trata de un
primer ensayo especulativo. La comprobación y profundización del conjunto de
articulaciones y premisas propuestas exceden los objetivos del presente
trabajo. Esperamos poder desarrollar y someter a juicio estas consideraciones
en investigaciones posteriores.
2. Del (des)encuentro de comunicación y política
Entendemos que las posibilidades de diálogo del saber y del saber-hacer de
la comunicación y la política no se reducen al ámbito actualmente formalizado
de lo que se entiende como “comunicación política”.
La comunicación política es un concepto reciente que surge desde el campo
de los estudios de la comunicación. A decir de Arancibia (2000) “se trata de
una noción emergente y problemática que parece atender al fenómeno histórico
material de transformación de la política en donde sus propias delimitaciones,
recortes y restricciones aún no están perfectamente reconocidas. De modo que el
concepto mismo no está lo suficientemente instalado, legitimado y mucho menos
reconocido unívocamente al interior de la disciplina de la comunicación”.
Es precisamente desde las aproximaciones tecno-administrativas a este
último donde identificamos o bien situamos cierto (des)encuentro entre
comunicación y política. Estas aproximaciones se vienen desarrollando desde un
tiempo a esta parte, principalmente en Europa y Norteamérica. Se trata, como
señala Gringras (1995), de la
investigación y el desarrollo del conjunto de técnicas modernas de comunicación
política, desde una perspectiva determinista.
Mientras los esfuerzos de integración del pensamiento crítico de la comunicación
y la política, como región de conocimiento relativamente inexplorada, intentan
abrirse a la crítica desde el diálogo transdisciplinario, integrando en
dimensiones variables el momento de la filosofía y la sociología política y la
teoría crítica de la comunicación (como es el caso de Caletti y Mattelart), en
varios casos con pretensiones de teoría social, la segunda se restringe al
desarrollo de capacidades de gestión técnica de lo social desde la agenda de
intereses de un conjunto de actores corporativos, desarrollando a ritmos de
mercado teorías y metodologías no siempre compatibles con la primera.
Si bien compartimos con Gosselin (1995) que la comunicación política, como
esfera de actividades y campo de investigación puede ser ciertamente objetivo
de múltiples divisiones conceptuales, observamos un proceso de creciente
homogeneización a partir del avance de la lógica mercantil en la configuración
de las prácticas sociales y en la esfera de la producción de conocimientos,
particularmente asociado a la gestión del Estado.
2.1. La comunicación política
El mismo Gosselin (1995) señala que “a fin de comprender la comunicación
política (se) debe incluir en un
primer nivel, los esquemas de interpretación que utilizan los gobernantes, los
estrategas de los partidos, los encuestadores, los publicistas, los asesores en
comunicación y en marketing político, los periodistas, los voceros oficiales y
todos aquellos cuyo oficio es hacer o sencillamente comentar la dinámica
política, particularmente a través de los medios”. Dicha constatación resulta
de utilidad, desde el momento que cualquier crítica que incorpore lo
estratégico con el objetivo de trascender las prácticas y el campo de
investigación actual, deberá poder dar cuenta de “lo que hay” desde el interior de la racionalidad
instrumental en uso.
El pensamiento administrativo de la comunicación política no integra desde
la constelación de sus intereses aquellas reflexiones críticas que puedan estar
en condiciones de problematizar el campo de la comunicación y política. Esta
perspectiva reduccionista representa un firme obstáculo epistemológico al
progreso del pensamiento, en primera instancia a partir de su incapacidad para
recrear una crítica razonable a los fines de la investigación.
En esta dirección, Caletti (2002) hace referencia al dominio de la técnica
en el (des)encuentro de la comunicación y la política: “[…] una cierta
reflexión sobre el punto de encuentro queda obstruida desde el vamos, en la
misma medida en que las ideas implicadas de comunicación la restringen a una
perspectiva técnico-instrumental y las ideas implicadas de política la
restringen al funcionamiento de sus instituciones”.
De forma similar, Gringas (1998) nos advierte sobre la hegemonía del
pensamiento gerencialista (o tecno-administrativo) de la comunicación política:
“Con excesiva frecuencia se asimila la “comunicación política” a un conjunto de
recetas que apuntan a manejar las técnicas que permiten pasar con éxito el test
mediático. Esta tendencia adquiere mayor importancia aún en la medida en que
cierta ‘ciencia política’ analiza los usos de tales técnicas, con lo cual las
legitima y les da una apariencia “científica”.
Por su parte, Miege (1992) da cuenta de la aparición en los años 70 de las
técnicas de relaciones públicas o lo que denomina como “comunicación
generalizada”, actualmente dominantes en la gestión política del Estado,
principalmente a partir del crecimiento exponencial de los servicios de
consultoría externa: “En adelante, los estados, las grandes empresas y aún las
menos grandes, y poco a poco todas las organizaciones sociales […] se apoderan
de técnicas de gestión de lo social y de las técnicas de comunicación y
desarrollan estrategias de comunicación cada vez más perfeccionadas […] apunta
a producir adhesión y tiende a dirigirse
sobre todo a individuos / consumidores / ciudadanos antes que a los
grupos y las audiencias”.
La extensión de las prácticas políticas y de conocimiento mencionadas no se
desvincula en ningún caso de su contexto histórico y sus condiciones de
apropiación social. Durante la década del 90 del siglo pasado, en tiempos de
avance continental del programa neoliberal formalizado en el llamado “Consenso
de Washington”, precedido a su vez por la instauración cultural de lo que
Ramonet llamó “el pensamiento único”, un conjunto de autores reaccionan a una
serie de grandes discursos identificados con la tesis del fin de la historia,
popularizada por Francis Fukuyama. Entre los relatos de las ciencias sociales
que lograron eclipsar las premisas fundamentales de la modernidad, destacan
aquellos asociados a la postulación del fin de las ideologías, el fin de la
ética y el fin de la política. Si bien el contexto geopolítico mundial de
2008 difiere sustancialmente del
escenario de la década del 90, dichos discursos científicos gozan actualmente
de buena salud. En este punto haremos breve referencia a la idea del fin de lo
político, mientras que más adelante nos ocuparemos de la ética.
2.2. Sobre el fin de la política
El (des)encuentro del pensamiento de la comunicación y la política en las
coordenadas anteriormente descritas, se asocia de manera inescindible a las
formas que asume el pensamiento de la política en sí misma, en las prácticas
teóricas de los actores de conocimiento insertos en el conjunto de lo social.
Como es sencillo suponer, el movimiento que se produce en el encuentro entre
ambos espacios responde a los movimientos suscitados al interior de cada uno de
ellos. ¿Cuál es el pensamiento de lo político de la comunicación política?
Una serie de pensadores críticos reflexionan sobre la idea instalada del
fin de lo político (si bien no bajo este concepto en sentido estricto) como
fenómeno ideológico, desde una multiplicidad de argumentos y manifestaciones
convergentes: la secularización de la política; la disminución de lo político
como función pacificadora de la relación social; el inexistencialismo de la
globalización como estrategia de ocultamiento del sujeto, la dominación y la
política; etc.; como borradura del poder constituyente por el poder constituido;
como promotor del analfabetismo político entendido como extensión de la
ingenuidad; etc. Como hipótesis específica, sostendremos que el desencuentro de
comunicación y política es en primer lugar estrategia de suspensión y
ocultamiento de lo político. Si bien la realidad estalla para decirnos lo
contrario, y se constata que en el actual escenario latinoamericano el
conflicto político es una experiencia visible y generalizada, ello no implica
el retorno del paradigma del conflicto en la teoría política asociado a la
comunicación.
Ranciere (1990) nos describe las operaciones de secularización y
disminución de lo político: “[…] secularizar lo político, desmilitarizarlo,
disminuirlo, eliminar en él todo aquello que no esté dirigido a la maximización
de las posibilidades de éxito del ser-en-conjunto, a la simple gestión de lo
social. […] Disminuir lo político significa, en cierto sentido, reducirlo a su
función pacificadora de nexo entre los individuos y la colectividad al
descargarlo del peso y de los símbolos de la división social”.
Respecto a la noción de inexistencialismo, Grüner (1997) se refiere y cita
a Vidal Naquet: “[el autor mencionado] califica de inexistencialismo al rasgo
de la cultura contemporánea, que consiste en postular –apoyándose sobre la celebración de un
triunfo de las imágenes- la desaparición de las realidades sociales, políticas,
ideales, culturales o biológicas, y (cito) “remitir a la inexistencia las
relaciones sexuales, la dominación, la opresión, la sumisión, la historia, lo real,
el sujeto, la naturaleza, el Estado, el proletariado, la ideología, la
política, la locura y los árboles”.
Si bien no la identifica con un rasgo exclusivo de la realidad
latinoamericana contemporánea, esta vez Grüner (2002) hace referencia la supresión
fetichista de lo político como estrategia de dominación, entendida como una
operación política de negación de la política.
La proliferación de las prácticas teóricas sustentadas sobre la cuestión
del fin de lo político, en el orden de lo representado, tiene su correlato en
las experiencias formativas del sujeto. A esto hace referencia Freire (1985)
con el concepto de analfabetismo político. Se trataría de aquellos sujetos que
tienen “[…] una concepción ingenua de las relaciones de
3. Del (des)encuentro de comunicación y ética
Repetimos en sentido similar lo que afirmamos en la introducción del
trabajo. La comprensión del vínculo conformado entre el pensamiento de la
comunicación y de la ética exige dar cuenta de las condiciones de apropiación
de dichas perspectivas, en las situaciones concretas de construcción social del
saber, y del saber ético y comunicativo en lo específico. Entendemos que ello
demanda el esfuerzo de registrar, al menos a grandes rasgos, el aquí y ahora de
las principales expresiones o discursos preexistentes y socialmente reconocidos
que podrían informar las nuevas perspectivas teóricas. De algo de ello tomaremos aquí apunte.
3.1. La comunicación y lo ético
La cuestión de la comunicación y lo ético no queda reducida en el plano
operativo a las micro-éticas de la información, asociadas en gran medida a las
deontologías periodísticas y a las declaratorias de derechos y deberes
informativos de la ciudadanía (no desvinculados de las primeras). Por otro
lado, como visión macro-ética en el debate filosófico, no necesariamente se
tiene que identificar plenamente con la éticas dialógicas o del discurso, al
estilo de Habermas y Apel.
A las corrientes mencionadas cabe agregar la proliferación de un sinnúmero
de micro-éticas de la comunicación asociadas a la corriente de la llamada
comunicación empresarial, esto es, a cierto pensamiento gerencial de la
comunicación, vinculadas a la declaración de códigos de conducta, ya sea
grupal, hacia el interior de las organizaciones, o corporativo, esto último
asociado a ciertas formulaciones de “transparencia institucional”, de
“rendición de cuentas”, de “responsabilidad social corporativa”, etc.
Consideramos por lo tanto que el territorio de (des)encuentro de lo ético y
lo comunicativo se define en primera instancia a partir de una serie de
formulaciones micro-éticas, caracterizadas por un doble reduccionismo: podemos
hablar de un reduccionismo mediacéntrico
(Ética de los Medios), al que se asocia la deontología periodística, la propia
actividad de los medios como empresa, y las proclamatorias de derechos y
deberes ciudadanos vinculados principalmente a los medios (Cuenca Molina, 1999;
Rodríguez Betancourt, 2006; Becerra, 2001), y un reduccionismo corporativo (Ética de
La segunda consideración tiene que ver con las éticas dialógicas o del
discurso de tipo contractualistas, principalmente de Habermas y Apel, dada su
hegemonía actual. La producción ética que integra el mundo de la comunicación y
la política no se agota en esta corriente teórica. No toda ética de la
comunicación es de tipo contractualista, como comunidades ideales de
comunicación. Producciones menos conocidas, pero igualmente desarrolladas, como
son el caso de Dussel y Rebellato, dan cuenta de otras aproximaciones, en
libros de debate con los primeros. Estas perspectivas serán profundizadas en
futuros trabajos de investigación.
3.2. Sobre el fin de la ética
Las diversas estructuraciones éticas de las ciencias de la comunicación y
el desarrollo del pensamiento ético en su conjunto, pese a encontrarse
“incrustadas” en un espacio y tiempo social compartido, no necesariamente se
explican de forma satisfactoria desde una misma estructura de adjudicación
causal. Partiremos del supuesto de que los elementos críticos del problema de
articulación planteado se ubican antes en la propia ética “general”,
actualmente en crisis en su sentido moderno, y recién a posterior en la
intersección con la ética de la comunicación y en la propia ética específica de
la comunicación. Consideramos por lo tanto que el territorio de (des)encuentro
de lo ético y lo comunicativo se define en segunda instancia a partir de la
propia situación ética general.
Orientado en tal dirección, llamamos la atención sobre una serie
manifestaciones de actualidad en el campo de la práctica y la filosofía moral,
asociada a grandes rasgos a la idea ya mencionada del fin de la ética (y que
continúa la cadena de argumentación iniciada en el punto anterior, respecto al
fin de lo político). De forma provisoria, seleccionamos tres cuestiones que han
sido señaladas por diferentes autores (y a las cuales suscribimos). Ellas se
hallan asociadas de forma inextricable, y a nuestro entender contribuyen a la
problematización del estado actual de la ética, y en consecuencia preparan el
espacio para analizar las implicancias que ello supondría para el pensamiento
de la comunicación: se trata de la proliferación
de micro-éticas, del poder normativo
de lo fáctico y del avance del individualismo
ético.
El planteo de la primera de las cuestiones corre por cuenta de Fernández
Buey. El autor señala que el discurso del ‘fin de la ética’ no es más que el
fin de una determinada ética, acompañada de la multiplicación creciente de micro-éticas. En palabras del autor: “[…] así también el proclamado "fin de
la ética" es, en realidad, fin (ocaso, declive, crepúsculo, decadencia) de
alguna de las maneras característicamente modernas de entender el discurso
ético. […] la (supuesta) época del ‘fin de la ética’ se caracteriza por una
proliferación tal de éticas que lo primero que se necesita es un mapa para
orientarse en un territorio tan feroz […]. Nos encontramos con la paradoja de
que la ética no sólo sigue existiendo sino que hasta se ha puesto moda, y no
sólo en los ambientes académicos, ni sólo bajo el rótulo de ‘bioética’. […] Hoy
se están escribiendo éticas de la vida y de los negocios, del medioambiente y
de la empresa, del periodismo e interculturales” (Fernández Buey, 2002).
La segunda cuestión hace referencia al creciente desplazamiento de lo ideal
por lo real como universo privilegiado de constitución ética de los actores
sociales. En este punto suscribimos a la perspectiva de Rebellato, quien hace
referencia a los procesos de valorización actual, y cita la idea de Lechner
sobre el poder normativo de lo fáctico. Citamos en extenso al autor: “[…] lo
que es vigente como mero hecho adquiere una dimensión ética. Lo que es, no sólo
es, sino que además vale y en cuanto valor es un deber ser. El orden vale
porque es. Lo fáctico ha adquirido un poder normativo. Se trata de lo que
Lechner denominó como el poder normativo
de lo fáctico. Por el contrario,
la utopía pierde valor porque no es verificable, aún no es. No existen
criterios de validación de lo que es, por la sencilla razón de que es un hecho
constatable. De este modo, el orden vigente, el capitalismo triunfante,
encuentra en su misma factibilidad el poder de su valor y la legitimidad para
rechazar cualquier alternativa. Se ha producido una inversión, en virtud de la
cual lo que es debe ser y el deber ser que aún no es no vale. El poder
normativo de lo fáctico se refuerza a través de una estructuración del poder
que funciona como maquinaria del poder” (Rebellato,
1995).
Finalmente, en tercer lugar, acordamos nuevamente con Rebellato quien nos
advierte sobre la cuestión del individualismo
ético como expresión del avance
del proceso de privatización de la sociedad. El autor retoma las reflexiones de Castoriadis acerca de los
peligros del repliegue de las éticas privatistas, y las ideas de Lipovetsky
sobre la época del posmoralismo y el crepúsculo del deber.
Respecto al primero señala: “En forma similar, Cornelius Castoriadis alerta
sobre el taparrabos de la ética, es
decir, sobre el refugio en una ética que se repliega hacia la esfera privada.
En el mundo actual se multiplican los recursos a la ética, en cuestiones tales
como la bioética, la eutanasia, el aborto. En todas partes se reproducen los
llamados comités de ética. Sin desconocer la validez y pertinencia de estas cuestiones, lo probable es el olvido
operado por una ética privatista frente a los graves problemas de la
distribución de los recursos de una sociedad, enfrentada a los cruciales problemas
de la sobrevivencia de los excluidos” (Castoriadis, 1993b, en Rebellato, 1995).
Finalmente, asociado al individualismo ético, alude al escenario de decadencia
moral ilustrado por Lipovetsky: “Se trata del diagnóstico de una nueva época,
caracterizada dramáticamente por el crepúsculo del deber, por una moral débil,
dispuesta a aceptar el hedonismo de una sociedad que no percibe o no quiere
percibir los niveles crecientes de pobreza y de exclusión. La época del
posmoralismo, que ha sido descrita con lucidez por Gilles Lipovetsky, como la disolución
de las liturgias del deber y del afianzamiento de un individualismo ético. Una
época donde el individualismo gana en todas partes sin porvenir para las
minorías desheredadas. Novedad de una época que no dispone de ningún modelo de
conjunto que se crea creíble y de ninguna mística de la entrega. […] Se trata
de la ética realista, sorda frente a los clamores del sufrimiento y la
exclusión” (Gilles Lipovetsky, 1994, en Rebellato, 1995).
4. El (des)encuentro de política y ética
La relación entre política y ética es tema vasto. Admite una multiplicidad
de abordajes, que atraviesa y enfrenta, particularmente en el campo de la
política a corrientes de pensamiento normativo y realistas. Actualmente no está
en nuestras posibilidades ni es nuestro objetivo inmediato dar cuenta del
recorrido histórico de dicha relación. En este punto, a modo de registro,
simplemente daremos cuenta de la existencia de las posiciones (y no así el
debate) que plantea la inseparabilidad de la política y la ética, como forma de
contribuir al trabajo conceptual de la comunicación en ambos espacios, por
considerar que contribuyen al marco problemático del trabajo, y a las
perspectivas futuras de construcción teórica.
4.1. La (in)separabilidad de la política y la ética
En este punto, partiremos del supuesto que la problematización sistemática
de la interrelación de ética y política no se constata frecuentemente en el
tratamiento que se hace de ellos en el campo de los estudios de comunicación.
Es más frecuente observar desde los diferentes marcos de análisis un conjunto
de abordajes diferenciados, antes que integrados. Aquí apuntaremos algunas
cuestiones más bien generales.
Respecto al distanciamiento de ética y política, Brandist retoma en algún
sentido la idea del fin de lo político, que expusimos anteriormente. Hace
referencia a cierta intencionalidad política de trasladar la práctica política
al plano (inofensivo) de lo ético. El autor señala que “[…] mientras los
posmodernistas de los 80 intentaban justificar su retirada de la política
colectiva apelando a una pluralidad indefinida de identidades autónomas, en los
90 esta retirada se transformó en un intento de reemplazar la actividad
política con el acto ético”.
Avanzando en la argumentación de la inseparabilidad de política y ética,
Fernández Buey aporta una reflexión sobre la imposibilidad de la no vivencia
trágica entre ambas, y sobre la necesidad de interpelación ética de lo
político: “No hay modos, categorías o formas de pensar y vivir la relación
entre ética y política que sean fijos o fijados de una vez por todos. Antes o
después el realismo político necesitará una fundamentación ética (o llegará a
la proclamación de la transmutación de todos los valores, que es otra forma de
la consideración ética); la repulsa de lo político se convertirá en otra forma
de hacer política (o en qualunquismo, que es la forma de hacer política de los
que afirman que no hacen política). Por consiguiente, ningún ser humano
consciente está libre de la vivencia trágica o dramática de la relación entre
lo ético y lo político” (Fernández Buey, 2005).
Por su parte, Rebellato hace hincapié en la necesidad de una aproximación
ético-política a los grandes problemas sociales de la actualidad: “[…] una
mayor relevancia de la ética no significa desligarla de la dimensión política.
Si así sucediera, el recurso a la ética supondría un refugio y un repliegue
hacia la individualidad y privacidad. […]. Los problemas que más angustian hoy
a las grandes mayorías tienen que ver con el desempleo, la lucha por la sobrevivencia,
la exclusión, la depresión salarial, la pérdida de los puestos de trabajo, la
miseria y el hambre, la injusticia y la opresión, la violencia. Son, pues,
problemas de índole ético-político. O, utilizando la terminología a la que
recurre Castoriadis, son problemas que requiere del aportes de la biopolítica”.
Respecto a la síntesis integrativa de lo ético y lo político en la
biopolítica, Rebellato vuelve a citar a Castoriadis: “se trata de replantear
con urgencia una biopolítica que recupere la integridad entre ética y política,
superando las éticas heterónomas. Necesitamos de una ética de la autonomía,
refrendada por instituciones políticas de la autonomía” (Castoriadis, 1993b, en
Rebellato, 1995).
Dicho esto, consideramos finalmente que se hace imprescindible (si bien no
suficiente) el encuentro de la cuestión ética en el campo político para la interpretación
de los procesos sociales de comunicación.
5.- Conclusión: el componente
político-y-ético de la comunicación
Propusimos en este texto un trabajo no sistemático de
aproximación a la apertura y la exploración de las articulaciones conceptuales
de los elementos (no todos ellos) que componen el proceso de comunicación, en este caso a partir de la problematización
aún imprecisa de la intersección de la comunicación como proceso, el campo
político y la cuestión ética.
La exploración de la dimensión política de la
comunicación o bien de la dimensión comunicativa de la política, exige en
cierta forma atravesar deconstructiva y problemáticamente la disciplina de la
comunicación y la filosofía y sociología política desde sus respectivas
tradiciones, temporalidades y geografías, y desde las enconadas disputas al
interior y exterior de los propios ámbitos disciplinarios que se encargan
directa o indirectamente de ellas. Salvo excepciones, el Otro-disciplinario
representa para cada espacio de saber una forma remota enjuiciada desde un
marcado desconocimiento.
Consideramos que la apertura disciplinaria de la
comunicación al pensamiento clásico y contemporáneo de la filosofía política,
podría contribuir al robustecimiento teórico de nuevas miradas analíticas, que
permitan repensar el proceso de comunicación desde la centralidad de lo
político. Por otra parte, cualquier proyecto de investigación de la comunicación
con pretensiones interpretativas de las transformaciones sociales, resultará
indudablemente reforzado desde la posibilidad de recuperar una multiplicidad de
miradas sobre lo político: como posibilidad de producir otras relaciones
(Badiou, 2000), poner en duda las instituciones
(Castoriadis, 1993), como pensamiento capaz de historizar el
acontecimiento (Bensaïd, 1996), recuperar la transversalidad de la lucha, la
fuerza, la potencia y el conflicto como elemento constitutivo de las relaciones
sociales (Schmitt, 1932; Spinoza, 1677; Freire, 1985; Gramsci, 1949), etc.
Ahora bien, dicha apertura debe complementarse con cierta estrategia
instrumentalista que exprese la necesidad de incorporar el registro de lo
existente, y apropiarse críticamente de ciertas herramientas de la tradición de
pensamiento administrativa que pueden resultar de utilidad.
Por otra parte, junto al campo político, se trata de agregar la
recuperación de la dimensión axiológica de la comunicación como modo de
interacción político-ética, desplegada en la tensión de lo público y lo
privado. Transitar hacia la interpelación ética realista del pensamiento y el
proceso social de comunicación. La ética de la comunicación, entendida como
ética-política, está convidada a
desarrollar una serie de principios e instancias de articulación concreta de
cierta racionalidad práctica y estratégica, que permita problematizar y superar
en el conflicto (al menos desde su potencialidad de conceptualización) aquellas
realidades expresivas ya mencionadas, como son la proliferación de
micro-éticas, el poder normativo de lo fáctico y el avance del individualismo
ético.
Desde esta perspectiva de articulación parcial, podríamos afirmar que la
comunicación es proceso de comunicación político-ética. Se diferencia así de las
perspectivas que intentan que establecer una serie de tipologías de acciones en
la comunicación política (Gosselin, 1995) que separan el momento axiológico,
teleológico, comunicativo, afectivo, dramatúrgico, etc. En el marco de las
ideas expuestas buscaremos la definición del proceso social de comunicación,
involucrando como elemento intrínseco al mismo lo político y lo ético. Ahora
bien, el concepto de comunicación que
proponemos es en primera instancia no normativo: en un primer momento la
comunicación la podríamos entender como el proceso
social de construcción de lo común, en el plano de lo material, lo
simbólico y lo imaginario, al interior del campo político y económico. En
segunda instancia, el concepto se somete a una tensión ética y moral: de esta
forma, proponemos definir la comunicación a partir de este momento como proceso
social que expresa la tensión irreductible entre la construcción de lo mío como
lo común a nosotros (comunicación privada); y la construcción de lo común a
todos como lo común a nosotros (comunicación pública) Queda para la próxima exposición el análisis de la
relación que guarda la comunicación, el campo político y la cuestión ética, con
el campo económico.
Notas
(1) En el trabajo se podrá constatar una cierta ambigüedad que nos
propusimos no resolver. Esta tiene que ver con la no definición del concepto de
comunicación que empleamos, y que reproduce gran parte de las prácticas
habituales en los desarrollos teóricos del área, ciertamente confusas. Ello
principalmente porque no se pone aquí en juego sólo lo que nosotros entendemos
por comunicación, sino otras acepciones diferentes pero igualmente poco
definidas. Tal y como lo venimos desarrollando, nuestro concepto de
comunicación es en primera instancia no normativo: en un primer momento la
comunicación la podríamos entender como el proceso de construcción de lo común,
en el plano de lo material, lo simbólico y lo imaginario, al interior del campo
político y económico. En segunda instancia el concepto se somete a una tensión
ética y moral: la comunicación se entiende a partir de este momento como
proceso de tensión irreductible entre la construcción de lo mío como lo común a
nosotros (comunicación privada); y la construcción de lo común a todos como lo
común a nosotros (comunicación pública). Igualmente esta definición guarda una
relación con las ”tecnologías de la comunicación”, que aquí no explicitamos.
Por otra parte el concepto de “proceso de comunicación” está compuesto por
otros elementos (como son el de “operación” y el de “interacción”) que aquí no
consideramos pertinente trabajar. El concepto de comunicación propuesto está en
proceso de desarrollo.
Bibliografía
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