DEL MITO DE LA CAVERNA A LA TEORÍA
DEL FRAMING:
UNA LECTURA DE LA OBRA QUE INSTITUYÓ
EL DISCURSO PREDOMINANTE
EN LA RELACIÓN ENTRE LOS MASS-MEDIA Y LA OPINIÓN PÚBLICA
Universidad del Salvador (Argentina)
natalio.stecconi@mail.salvador.edu.ar
/ nstecconi@hotmail.com
Resumen
En 1922 apareció La opinión pública (Public opinion) de Walter
Lippmann, obra fundadora del estudio de este colectivo social en concordancia
con el papel desempeñado por los nacientes medios de comunicación de masas. Más
de ocho décadas después, este artículo presenta un análisis de las ideas de
Lippmann desde las proposiciones contenidas en las teorías de la construcción
social de la realidad, el establecimiento de agenda y el framing.
El objetivo es señalar que en La opinión pública ya estaban presentes
las bases conceptuales que luego serían incorporadas por las tendencias analíticas
sobre la creación, difusión y recepción de significados colectivos a través de
los medios. La revelación de esta constante octogenaria permite observar una
estructura paradigmática que se exhibe como el “discurso fuerte” de la
tradición investigativa y reflexiva sobre el particular.
Palabras clave: Opinión pública, Walter Lippmann,
medios de comunicación, construcción social de la realidad, agenda-setting o establecimiento de
agenda, framing o encuadre.
–Cuando yo uso una palabra -dijo Humpty Dumpty- esa palabra significa
exactamente lo que yo decidí que signifique… ni más ni menos.
–El asunto es -replicó Alicia- si se puede hacer que las palabras signifiquen
cosas tan distintas.
–El asunto es -replicó Humpty Dumpty- saber quién manda. Eso es todo.
Lewis Carroll
A través del espejo (1871)
Introducción
Tal como lo indica la
historia analítica, “opinión pública” es un término acuñado durante el
iluminismo, momento en el que la filosofía política conjeturaba sobre la
conformación de una voluntad general que, ordenada a la razón, podría debatir
los asuntos públicos y controlar la legitimidad de los nacientes estados modernos.
La concepción ilustrada
de la opinión pública entró en crisis con el advenimiento de la sociedad de masas,
cuando los movimientos colectivos provocados por la paulatina democratización,
la industrialización y el urbanismo concluyeron en sonantes proclamas sobre la
alta dosis de irracionalidad presente en la muchedumbre. Así, el péndulo de la
naturaleza psíquica de la opinión pública se trasladó de una primera asignación
de carácter racional y reflexivo hacia un estado de fluctuante emotividad (1).
En el primer cuarto del
siglo pasado, la ocurrencia y repercusiones de la Gran Guerra fueron los fundamentos
que permitieron a Walter Lippmann trazar los esbozos vinculares entre la
naturaleza contemporánea de la opinión pública y el ascenso inexorable de la
prensa de masas. De esta manera, si bien podemos hablar de “opinión pública”
desde el siglo XVIII, sólo será a partir de los años veinte del siglo pasado
que observamos cómo este objeto se transformó en un fenómeno poco factible de
ser analizado en forma independiente de la acción mediática. Es en el
reconocimiento de este punto donde se encuentra la base para el desarrollo de
las ideas alojadas en el presente artículo.
Este trabajo comienza con la
exposición de dos de los principales aportes de Lippmann al estudio de la
opinión pública: las “imágenes mentales” y los “estereotipos”, nociones que
creemos pueden ser observadas desde la oferta teórica de la sociología del
conocimiento cotidiano y la construcción social de la realidad. Incorporado lo
anterior, enfocamos luego el rol de los medios de difusión en los procesos
constructores de significados colectivos, utilizando como referencia a las
teorías del establecimiento de agenda (agenda-setting)
y del encuadre (framing). Integrando
lo precedente, reflexionamos sobre la probable conformación de una visión
paradigmática predominante en el estudio de la opinión pública y los medios de
comunicación durante la última centuria.
1. Imágenes mentales y
construcción social de la realidad
Como ha sido ampliamente difundido
desde la aparición de La opinión pública en
1922, el pensamiento de Walter Lippmann, al respecto de esta entidad, se
sostiene en el reconocimiento y la operacionalización de unos constructos
cognitivos denominados “imágenes mentales”. Si bien esto es sabido, suele
omitirse en la mayoría de las reseñas un vector indispensable para la asimilación
de la cosmovisión lippmanniana: en el prólogo a su obra figura, única y
decisiva, la alegoría de la caverna de Platón. Esto determina que la concepción
de Lippmann resulte explícita desde el inicio: para hablar de opinión pública y
mass-media primero deberemos
considerar cómo los sujetos perciben el mundo; y esta percepción, para el
autor, se fundamenta en la gnoseología platónica. Así, no percibimos cosas,
sino las sombras de esas cosas; no percibimos cabalmente la realidad, sino que
construimos una imagen de ella improbable de ser considerada como un fiel
reflejo de su compleja totalidad. Ante un mundo que conocemos de manera cada
vez más indirecta, tomamos lo que creemos es una imagen verdadera por el
auténtico ambiente; tomamos mapa por el territorio. A esta síntesis ficcional y
explicativa del mundo alojada en nuestra mente es a lo que Lippmann denomina
“imagen mental”.
El problema detectado por el autor
es que la distinción entre “sombra” y realidad nos es esquiva en lo común; pero
esto, de todas formas, no impide que pensemos y actuemos en consecuencia. En
efecto, “lo
que hace el hombre no se basa en el conocimiento directo y seguro, sino en las
imágenes hechas por él mismo o que le han sido dadas. Si su atlas le dice que
la Tierra es plana, no navegará cerca de lo que él cree que es el borde de
nuestro planeta, por miedo a caerse […] La manera como imaginan el mundo
determina en todo momento lo que harán los hombres (Lippmann, 1922/1964: 27).
Se destaca en lo anterior la importancia de las consecuencias
factuales de la imagen mental. Esta representación ficcional del ambiente tiene
su correlato en el ambiente real mismo. Un pseudoambiente se inserta entre el
hombre y el ambiente real, y “el comportamiento del hombre responde a ese pseudoambiente, pero, como
es comportamiento efectivo, las consecuencias, si son actos, obran no en el
pseudoambiente donde el comportamiento encuentra su estímulo, sino en el
verdadero ambiente donde se desarrolla la acción” (Lippmann, 1922/1964: 21). Por lo tanto, lo que dicta la imagen mental tiene sus
derivaciones en la determinación de objetivos, de acciones o inacciones, de
esperanzas, esfuerzos y sentimientos de los individuos. Esto también fue visto
por el sociólogo William Thomas, quien en 1923 aseguraba que “las situaciones
definidas como reales son reales en sus consecuencias, de manera que la
realidad interpretada pasa a constituirse como la realidad social por
excelencia” (Thomas, citado por Sádaba, 2001: 145).
Ahora bien, ¿de qué manera estas reflexiones
iniciales de Lippmann han afectado la especulación sobre la construcción de un
conocimiento social?
En 1967, Berger y Luckmann sistematizaron el campo de estudios de la
perspectiva sociológica encargada de elucidar las claves de la construcción
social de la realidad. Para estos autores, la sociología del conocimiento encuentra
su objeto de estudio en todo lo que la sociedad considera como “conocimiento”,
independientemente de la validez objetiva de este último. Entienden que la
realidad está establecida y aceptada por un hombre común despreocupado del
grado de verdad presente en la construcción simbólica y lingüística del
acontecer, pues “la vida cotidiana se presenta como una realidad interpretada
por los hombres y que para ellos tiene el significado subjetivo de un mundo
coherente” (Berger y Luckmann, 1967/2005: 34). Esta vida cotidiana, aprehendida
ya sea por contacto directo o indirecto, es la base de la relación que
posibilita una convivencia del hombre en su marco social. De la misma manera,
este pasaje de lo individual a lo colectivo descrito por Berger y Luckmann también
está alojado en la visión de Lippmann, pues para este último es radical el peso
que las imágenes mentales socialmente aceptadas tienen en la cosmovisión
individual. Ese mismo significado predeterminado como coherente, que es
estudiado por la construcción social de la realidad desde la sociología, es la
materia prima que le permite a Lippmann trazar la escala de relaciones que
deriva en su noción de opinión pública, ya que “las imágenes mentales de estos
seres humanos, las imágenes de ellos mismos, de los demás, de sus necesidades,
propósitos y relaciones, constituyen sus opiniones públicas. Aquellas imágenes,
influidas por grupos de personas o por individuos que actúan en nombre de
grupos, constituyen la Opinión Pública, con mayúscula” (Lippmann, 1922/1964:
30).
¿Qué debe hacer el analista de la opinión pública para Lippmann? Debe
desempeñar una tarea asimilable a la del sociólogo del conocimiento para Berger
y Luckmann: situarse en una posición crítica que le permita describir los
procesos por medio de los cuales la opinión pública (en Lippmann) o el hombre
común en su relación con los demás (en Berger y Luckmann) construyen un
significado coherente sobre la realidad. Observamos que para el primero “el
analista de la opinión pública debe comenzar por reconocer la relación
triangular entre la escena de la acción, la representación humana de dicha
escena y la respuesta del hombre a esa representación que se manifiesta en la
escena de la acción” (Lippmann, 1922/1964: 22); mientras que para los segundos
la sociología del conocimiento “deberá tratar de captar los procesos por los
cuales ello se realiza de manera tal que una ‘realidad’ ya establecida se
cristaliza para el hombre de la calle” (Berger y Luckmann, 1967/2005: 13).
Este hombre común acepta la objetividad de su entorno en la medida que
le permite extraer un corpus de referencia indiscutible en tanto imagen mental
de la cosa en sí. La consolidación de
un mundo coherente y ordenado entraña la confianza inmanente a ese orden:
creemos que existe y, por lo tanto, nos desenvolvemos, construimos saber y nos
relacionamos, finalmente, sobre la base de un consenso indispensable para la
vida y la comunicación social. Esta es la reacción que Searle (1995) tiene
hacia las “sombras” que nos habitan y que nos aseveran la objetividad de
nuestro derredor, puesto que “hay porciones del mundo real, hechos objetivos en
el mundo, que son hechos sólo a merced al acuerdo humano. En un sentido, hay
cosas que existen sólo porque creemos que existen” (Searle, 1995/1997: 21).
La fidelidad del conocimiento sobre la realidad queda descartada en
función de su innegable presencia ante nuestra percepción. “La realidad de la
vida cotidiana se da por establecida como
realidad. No requiere verificaciones adicionales sobre su sola presencia. Está ahí, sencillamente, como facticidad
evidente e imperiosa. Sé que es real”
(Berger y
Luckmann, 1967/2005: 39). Así, la cuestión
fundamental en los autores presentados no es la veracidad del conocimiento
sobre la realidad, sino las imágenes y convicciones que, aunque falaces,
permiten comprender cómo imagina, ve y describe el mundo la opinión pública en
particular y la sociedad en general.
2.
Estereotipos y tipificación de la realidad
El enclave cognitivo al que responden las imágenes mentales se
sostiene en un prejuicio explicativo de la realidad. Así, en la mayoría de los
casos “no vemos primero para luego definir, sino que definimos primero y luego
pensamos. Del gran caos del mundo elegimos lo que luego nuestra cultura ya ha definido
para nosotros, y tenemos tendencia a percibir lo que presenta la forma
estereotipada dada por nuestra cultura” (Lippmann, 1922/1964: 70). Como corolario,
esta sistematización de la realidad según parámetros propiciados por nuestro
trasfondo cultural resume un dispositivo económico, pues la voluntad de ver
todo con una mirada detallada e innovadora representa un esfuerzo agotador que
se ve marginado frente al descanso del atajo intelectual provisto por los tipos
y los modelos generales.
Desde la sociología del conocimiento, los estereotipos lippmannianos
aparecen como marcos tipificadores de impecable solución cognitiva. Estas
tipificaciones se maximizan al momento de generar una escala de progresión cuantitativa
que avanza desde la relación interpersonal hasta el reconocimiento de un mundo
colectivo, complejo y fatalmente ignoto: “Los esquemas
tipificadores entran en ‘negociación’ continua cuando se trata de una situación
‘cara a cara’ […] Las tipificaciones de la interacción social se vuelven
progresivamente anónimas a medida que se alejan de la situación ‘cara a cara’.
Toda tipificación entraña, por supuesto, un anonimato incipiente” (Berger y
Luckmann, 1967/2005:
47). En efecto, la opinión pública puede ser concebida
como una representación tipificada de un tercero colectivo y anónimo.
Los estereotipos nos dan la imagen
ordenada de un mundo que no podemos permitirnos concebirlo como caótico. Los
estereotipos nos hablan del mundo antes de que lo miremos, y eso fortalece
nuestro escalafón semántico y axiológico, nuestra agenda intrapersonal,
interpersonal y colectiva del acontecer social. Los estereotipos “podrán no darnos una imagen completa, pero
sí la imagen de un mundo posible, al cual nos hemos adaptado” (Lippmann, 1922/1964: 79).
Esta adaptación supone la relación directamente proporcional entre el
estereotipo tipificador y el grado de conocimiento del entorno. Cuanto más
alejado esté del conocimiento directo del ambiente (o cuanto más amplio sea el
entorno que deseo –debo– aprehender), mayor será la probabilidad de utilización
de las preconcepciones ordenadoras del anonimato asimilado a una globalidad que
escapa a la observación directa del suceder.
Lo precedente se presume innovador cuando se recuerda que ya en 1922
Lippmann analizó las nuevas formas de canalización de los marcos cognitivos
para la adopción de la realidad. La palabra oral dejó paso a la impresión tipográfica,
y esta, a partir del siglo XX, fue desbordada por una mass-mediatización generada desde la prensa y los recursos icónicos
incluidos en ella. El antecedente fotográfico observado desde la mirada del
cinematógrafo se convirtió en el paroxismo de la representación de marcos
compartidos diseminados en el colectivo social. Para Lippmann, las fotografías parecen tan reales
que “imaginamos que vienen a nosotros directamente, sin intervención humana,
constituyendo el alimento mental menos agotador que se pueda concebir”, y en el
cinematógrafo “todo el proceso de observar, describir, retratar, y luego
imaginar, ya ha sido efectuado para nosotros. Sin pedirnos un esfuerzo mayor
que el de permanecer despiertos, se proyecta en la pantalla aquel resultado al
cual aspira siempre nuestra imaginación” (Lippmann, 1922/1964: 76).
Esta dinámica simbólica de los recursos lingüísticos y visuales
impregna la producción y recepción social de información, constituyéndose en un
factor de peso dentro de la sociología del conocimiento. La
institucionalización de estas formas tiene su origen primero y desarrollo
último en el lenguaje, incipiente institución humana que, a la vez,
institucionaliza todo lo demás. Tanto para Berger y Luckmann como para Searle,
el lenguaje tiende sus líneas hacia las formas audiovisuales que lo completan,
relevan o reemplazan, y es en la imagen, tal como lo anunciaba Lippmann, el
sitio en el que cobra su mejor forma la hiperrealidad de la “sombra” que
construye nuestra visión social sobre la base de la economía cognitiva a la que
aspiramos en nuestra imaginación.
Los estereotipos y tipificaciones de la realidad, contextualizados en el
ambiente de la acción mediática, imprimen nuevas acometidas teóricas. De la
misma manera, las imágenes mentales aceptadas como representaciones indispensables
para el abordaje del entorno, se erigen como referentes factibles de ser
iluminados desde perspectivas comunicativas de actualidad. Así, el pasaje de
los esbozos de Lippmann complementados con la sociología del conocimiento deja
lugar a las tendencias evaluadoras de los mass-media
en tanto factores determinantes de la co-construcción de significados colectivos.
3. El tránsito hacia el
establecimiento de agenda y la teoría del encuadre
Lippmann dedica un capítulo de su obra a los periódicos,
caracterizándolos como el factor por antonomasia que en la actualidad (léase
1922) genera y difunde los marcos conformadores de opinión pública. A partir de
su diagnóstico sobre un mundo que se nos aparece cada vez más inasible en forma
directa, la prensa se
convierte en el medio de contacto principal con el ambiente no visto, ya que
creemos nos presenta “una imagen fiel de todo ese mundo exterior por el cual
nos interesamos” (Lippmann,
1922/1964: 235). No nos ocupará en este trabajo la conocida crítica postrera de
cuán excesivamente lineal parece haber sido la relación entre la opinión
pública y la prensa para Lippmann, pero incluso teniéndola en cuenta, debe
aceptarse que la configuración de la realidad mental ejercida por el periodismo
es un núcleo seminal de asignación de patrones temáticos y valorativos que se
encastran cognitivamente como indispensables brújulas ante la incertidumbre y
el desasosiego de un acontecer multicausado, alejado y anónimo. Además, la
implicancia sociopolítica de esta variable ve sus frutos en la calidad de la
participación del sujeto en su ambiente: el accionar antes físico y activo pasa
ahora por la incorporación simbólica de una información aceptada como
imprescindible por las convenciones sociales a las que reconocemos supraindividuales
e independientes de nuestra fruición. “El periódico trata una multitud de sucesos más
allá de nuestra experiencia. Y, por su manera de manejar esos sucesos, decidimos
la mayoría de las veces si nos gusta o nos disgusta, si le tenemos confianza o
si nos negamos a que sus páginas entren en nuestra casa” (Lippmann, 1922/1964: 241-242).
Sobre esta base se erige la estipulación de los medios como entidades
conformadoras de la agenda temática priorizada por la opinión pública. Esta
hipótesis cobró forma a principios de los años setenta del siglo pasado, cuando
McCombs y Shaw (1972) reconocían en Lippmann el dibujo original de su apertura
investigativa. Se recordaría luego que “el fundamento intelectual
de la agenda-setting se centra en la
obra Public opinion de Walter Lippmann.
[…] Lippmann se refiere al modo en que la gente llega a conocer el mundo exterior
a su propia existencia, cómo forman las ‘imágenes en sus mentes’ sobre el mundo
y la gente que lo habita […] los medios de difusión moldean estas imágenes al
seleccionar y organizar símbolos de un mundo real que es demasiado amplio y
complejo para un conocimiento directo” (McCombs y Evatt, 1995: 9).
Como se sabe, la hipótesis original
de la agenda-setting sostiene que la
forma en que la opinión pública considera el acontecer del mundo está signada
por una prioridad de ciertos temas por encima de otros. Así, la visión de la realidad
está influida “de una manera directa y mensurable por los medios de comunicación”
(McCombs y Evatt, 1995: 7), y esta realidad, en forma contundente, aparece como
un objeto de segunda mano que recrea la complejidad del mundo en instancias
facilitadoras del desempeño social.
Lippmann observó la incertidumbre de
los individuos ante la carencia de parámetros evaluadores del “mundo exterior”.
En tal sentido, las noticias emanadas por los periódicos se estructuraron como
dispositivos semafóricos para la reducción de esa disonancia generadora de
incomodidad personal y social. Hoy la visión contemporánea señala que “la
necesidad de orientación se fundamenta en la suposición psicológica de que los
individuos no familiarizados con una situación se sentirán incómodos hasta que
se orienten […] La influencia de la agenda-setting
de los medios de información aumenta con el grado de necesidad de orientación
entre la audiencia” (McCombs, 1994/1996: 30).
Así como McCombs recrea la posición
lippmanniana, las extensiones de la agenda-setting
siguen reconociendo la influencia de aquellas ideas originales en los
desarrollos de actualidad. Este es el caso de Semetko (1995) y Rey Lennon,
López Escobar y Llamas (1996), para quienes la autoridad de Lippmann ha
impactado en la especulación de periodistas y eruditos contemporáneos. Al
profundizar en el detalle de los distintos niveles del establecimiento de
agenda, se observa que la premisa sustancial es el diagnóstico octogenario que
reza que el verdadero
ambiente es “demasiado vasto, demasiado complejo y demasiado fugaz para el
conocimiento directo. No estamos equipados para tratar con tanta sutileza,
tanta variedad, tantas permutaciones y combinaciones. Y aunque debemos actuar
en ese medio, tenemos que reconstruirlo sobre un molde más sencillo antes de
poder manejarlo. Los hombres necesitan mapas del mundo para poder recorrerlo…” (Lippmann, 1922/1964: 21).
Estos mapas del mundo se diseñan, en gran parte, desde los medios de
comunicación y su construcción social de la información circulante. Las
investigaciones sobre el establecimiento de agenda se ubican dentro del corpus
semántico de valoración de los efectos de los media en la esfera cognitiva del
hombre, dimensión que, categóricamente, delinea el puzzle de la interacción social generadora de un conocimiento que
se registra compartido y coadyuvante de la significación ordenadora del mundo.
El énfasis analítico traza una constante unificadora que une a Lippmann
con la teoría de la construcción social de la realidad y con la agenda-setting, dirimiendo los indicadores que permiten elucidar de qué manera la
tradición del estudio de la opinión pública resuena en los enfoques actuales
sobre una acción mediática que ya no debe ser entendida en términos de
manipulación lineal y básica, sino dentro de un marco ecológico que integra
múltiples procesos sociales de negociación de significados. En el seno de esta
negociación, los medios tienen como rol primordial aportar aquellos
estereotipos e imágenes mentales que co-construyen el conocimiento indirecto de
un universo que ocupa los distintos escalones de una agenda intrapersonal,
interpersonal y colectiva. La opinión pública, fatalmente, acusará recibo de
esta última al incorporar y priorizar los temas de debate del acontecer
percibido como cotidiano y común.
En forma similar, y enfocando el segundo nivel de agenda (aquel que
analiza la predominancia de los “aspectos” por encima de los “temas”), es
posible incluir el efecto encuadre (framing)
como la concretización de esos mapas lippmannianos que, a manera de
cartografías premoldeadas, presentan un marco cognitivo e interpretativo del
pasar sociopolítico. Justamente, “en los medios, tan
importantes como los asuntos que se publican son los argumentos con los que se
definen las realidades sociales, a través de los marcos. De ahí que los marcos
periodísticos resulten, para los teóricos de los movimientos, un tema
recurrente de análisis” (Sádaba, 2001: 154).
Si bien es difícil encontrar un consenso unívoco sobre el significado
de la noción de framing, podemos utilizar la acepción que la
entiende como una “teoría del encuadre”, sin por esto descartar la inclusión de
nominativos asimilables tales como “marco”, “formato”, “cuadro” y “enfoque” (Sádaba,
2001; Amadeo, 2002). De esta manera, “quienes analizan
el framing –en lugar del frame– observan el proceso de
transmisión de información que se da entre los medios y la sociedad a través de
las noticias” (Amadeo, 2002: 7). Consideramos que esta acepción es la más
adecuada a los fines de nuestros argumentos.
Destacamos aquí la inserción
original del framing dentro del
ámbito de la sociología interpretativa de los procesos intersubjetivos de
definición de situación, marco teórico ya señalado en su importancia para este
artículo. Tomando como referente original a Bateson y su derivación conceptual
en Goffmann, la teoría del encuadre se desarrollará a partir de allí en la
sociología y “se trasladará al estudio de los medios de comunicación en cuanto
que también los periodistas interpretan realidades para darlas a conocer a sus
audiencias” (Sádaba, 2001: 148).
Aunque la esencia interpretativa del
encuadre en Sádaba está puesta fundamentalmente en la labor periodística, la
autora reconoce la influencia de Berger y Luckmann al momento de encarar esta
estipulación desde un parámetro socialmente integrador, pues “las personas no
responden directamente a los hechos objetivos, sino que lo hacen como
referencia a su interpretación. Esta interpretación, con contenidos normativos
y sociales, condiciona su respuesta” (Sádaba, 2001: 145-146). En efecto, debe
señalarse que “tanto los encuadres de los medios como los marcos de la acción
colectiva coinciden en la visión constructivista de la realidad. Lo que para
los primeros es simple consecuencia de su papel mediador, con el que
contribuyen generando significados sociales, para los segundos se trata de la
necesidad de aportar su visión particular de los acontecimientos a la sociedad”
(Sádaba, 2001: 155). La convivencia de estas aclaraciones resulta didáctica al
momento de estipular que el framing puede
ser concebido como un núcleo de operaciones cognitivas que trasciende las
particularizaciones sectoriales. En otras palabras, deberá entenderse que la
posible focalización de la teoría del encuadre en los aspectos inherentes a la
producción de la información por parte del sector periodístico no escapa a las
constantes asignadas a todo individuo en su quehacer colectivo. Podemos hablar
de periodistas y noticias, pero tanto Sádaba (2001) como Amadeo (2002)
trasuntan las mismas consideraciones que presentaba Lippmann en el primer
capítulo de su obra: la prensa puede ser considerada una entidad productora de
imágenes mentales… mas no debe olvidarse que la prensa (léase “los media” desde
la actualidad), en tanto cuerpo colectivo sujeto a cosmovisión social, también
está impregnada de esas mismas imágenes. Es decir, la prensa produce framing mientras a su vez está embebida por los frames. La prensa transmite y depende de
los frames. Cíclico, mas no
contradictorio.
De esta manera, Amadeo detalla que
“la investigación sobre framing
muestra que los frames pueden afectar
al individuo en particular o a la sociedad en general. Quienes definen al framing desde un enfoque psicologista se
centran en los efectos que los frames pueden
tener en los individuos que conforman la audiencia. Quienes lo estudian desde
una óptica sociologista buscan influencias de éstos en grupos sociales
definidos (gobierno, grupos económicos, grupos religiosos, etc.) o en la
dinámica social en general” (Amadeo, 2002: 21). A partir de esta proposición,
¿la postura de Lippmann es psicologista o sociologista? La respuesta es
ostensible a esta altura: ambas. Como se indicó, Lippmann parte de un proceso inductivo
que presenta los movimientos cognitivos individuales para alcanzar la
estipulación de toda una estructura semántica colectiva. Esto es, ni más ni
menos, la opinión pública para este autor.
Coincidentemente, Sádaba da cuenta
de este pasaje lippmanniano al afirmar que los marcos “ayudan a comprender
definiciones de situaciones sociales concretas, más bien minoritarias, que se
reivindican como objeto de movimientos sociales particulares. El interés parece
pasar de este modo del ‘marco’ de la experiencia individual al ‘marco’
colectivo, donde por primera vez aparecen en el estudio de los medios de
comunicación” (Sádaba, 2001: 152). Es decir, de lo individual y sectorial a lo
colectivo, y de lo colectivo a la acción de los medios de comunicación. Estos últimos
alcanzan la cotidianeidad individual proveyendo temas y frames útiles para el asimiento del mundo y la integración
simbólica de los sujetos; finalmente, estos temas y frames, coronados en la opinión pública, son el principal sustento
retroalimentador del sistema comunicativo constructor de realidad social.
Este carácter integral del proceso
comunicativo está corroborado en Amadeo
(2002), quien en un exhaustivo análisis diferencia y categoriza los niveles de
la comunicación en los que la tradición analítica ha alojado al framing: la elaboración de la noticia,
el texto de la noticia, la recepción y los efectos de la información, y una
apertura hacia el framing en todos
los niveles. Sus conclusiones apuntan a entender que “los frames dejan de ser un mero sistema de selección de temas
noticiables [y] pasan a ser vistos como los patrones persistentes de las mentes
de quienes administran, dominan y manejan los símbolos sociales […] Los
periodistas deben necesariamente apelar a los frames para que tenga sentido lo que quieren informar. Un
periodista, para comunicar, depende de los frames”
(Amadeo, 2002: 12-13). Aquí también se ubica Sádaba (2001) al afirmar que “la
existencia de los movimientos encuentra su razón de ser en la posibilidad de
que sus objetivos lleguen a considerarse en las instancias institucionales y
sociales, y para ello resulta vital el acceso a la agenda política y a la
opinión pública”, y por esto “los medios de comunicación desarrollan un
importante papel tanto en la génesis del movimiento, como en su consolidación:
se les ayuda a difundir sus demandas y estrategias, a crear nuevas controversias
con las que se aumentan las posibilidades de formar otros movimientos y se
refuerza su posibilidad de atraer nuevos integrantes” (Sádaba, 2001: 153).
Si además observamos a las posturas
que entienden a los frames como
“principios de interpretación que yacen ‘almacenados’ en las audiencias […]
Patrones de cognición e interpretación que están insertos en la sociedad”
(Amadeo 2002: 14-15), esto colabora nuevamente con la resignificación de
Lippmann y de los autores de la sociología del conocimiento, puesto que las
características del público y sus criterios de evaluación de la cotidianeidad
se erigen como los dispositivos utilitarios ante un mundo complejo e
inabordable desde la experiencia individual.
Resumiendo lo anterior desde una
visión integral, “el framing pasa a
ser un proceso de transmisión de sentido, un proceso que va de los medios a la
audiencia y de la audiencia a los medios. Involucra tanto recursos de cognición
e interpretación individuales como características de la sociedad en la que se
insertan los medios” (Amadeo 2002: 17). Trascendemos entonces la estricta
estipulación temática para concebir la cuestión desde una ecología semiótica psicosocial:
los marcos hacen a los temas, los temas prefiguran el tipo de marco, y la mente
determina los horizontes individuales y sociales de la comprensión e
interpretación del acontecer. En otras palabras, las imágenes mentales y las
tipificaciones sobre la realidad conforman los patrones cognitivos de los
individuos y sus relaciones sociales constructoras de opinión pública,
estableciéndose a la vez como emergentes de una cotidianeidad simbólica
analizable desde la sociología del conocimiento y desde la teoría de la
comunicación social. En la base, los esbozos de Lippmann; en el centro, la
sociología interpretativa; en la cúspide, agenda-setting
y framing; como constante
unificadora, los medios de comunicación.
4.
Conclusiones: opinión pública, medios y “discurso fuerte”
En forma muy sintética hemos presentado hasta
aquí los argumentos que creemos sirven de base para aproximarnos al
cumplimiento del objetivo perseguido por este trabajo; esto es, señalar que en La opinión pública de Lippmann se
alojaba un precedente conceptual anticipatorio de las profundizaciones y
tendencias teóricas que le siguieron en el tiempo. Como ya ha sido dicho, la
estrecha relación avizorada por Lippmann entre la opinión pública y la prensa
permite el reconocimiento de las semejanzas que pueden ser halladas dentro de
la teoría de la construcción social de la realidad y del corpus temático de la agenda-setting y el framing. A manera de hilvane final, destacamos la importancia de
los esquemas tipificadores y los marcos simbólicos analizados por la sociología
interpretativa que asoman como análogos a las imágenes mentales y estereotipos
lippmannianos. De igual modo también apreciamos las explícitas referencias al
trabajo de Lippmann halladas en la teoría del establecimiento de agenda y, por
derivación (aunque en forma más velada), en los tratados sobre la teoría del
encuadre.
En todas estas posiciones aparecen los medios de
comunicación como un factor determinante del conocimiento social y los patrones
temáticos y valorativos de un mundo lejanamente cercano (un estigma de la
globalización).
Ahora bien, la mención sobre el hallazgo de un
posible “discurso fuerte” o “discurso predominante” en la relación entre los
medios y la opinión pública nos ocupa en este final. Dijimos anteriormente que
la obra de Lippmann puede ser considerada como un fundamento más o menos
virginal de profundas reflexiones que le sucedieron en el tiempo. Desde esta
visión, evaluamos el trabajo de aquel autor presuponiendo su originalidad a la
luz de lo ocurrido luego. Pero entiéndase lo siguiente: lo “ocurrido luego” no
es un acaso aleatorio ni un azar del libre albedrío teórico. En términos de
Kuhn (1962), el trabajo de Lippmann puede ser considerado un retazo
paradigmático fundador de una tradición que ha sabido (magistralmente)
normalizar las constantes del saber científico a posteriori. En Lippmann está el presupuesto de la acción mediática sobre el alma y la mente de la opinión
pública. Este presupuesto es la premisa sobre la que han girado la mayoría de
los trabajos de efectos de los mass-media
hasta la fecha. Si bien no pueden descartarse los avances de las
investigaciones que intentan elucidar de qué manera los individuos afectan a
los media o cómo éstos son condicionados por las capacidades de recepción de cada
persona y sector en particular, el “discurso fuerte” se ha constituido sobre
aquella primera concepción. Y como cualquier discurso ideológico, el discurso
predominante se halla no sólo en los ámbitos académicos, sino también en el
seno del sentido común y la doxa social. Basta observar cualquier foro en donde
se presente el tema de los efectos de los medios sobre la opinión pública: la
balanza se inclinará (aun sin conciencia de ello) hacia los octogenarios
precedentes lippmannianos.
El discurso predominante de la relación entre
los medios y la opinión pública no es el único discurso, como en tantos otros
aspectos, pero sí es el que prevalece.
De la alegoría de la caverna han surgido las
sombras que nos cuentan de la realidad sin ser ellas más realidad que su
imperfecto diagrama. Las imágenes mentales y los estereotipos son las
refracciones que nos permiten concebir un mundo inabarcable en su totalidad
pero tranquilizador en su sintético esbozo. De nuestras relaciones con los
demás (incluyendo a los medios) y de nuestra puesta en común de las imágenes
sobre la res pública deviene una
Opinión Pública (con mayúscula, en homenaje a Lippmann) que es la tipificación
homologadora por excelencia, renuente de detalles y huidiza de particularidades
epistémicas. El objeto de análisis de la sociología del conocimiento es la
consolidación de un saber compartido no necesitado de la verificación
inmediata, objetivación fatal de un consenso general y subjetivo. La agenda-setting nos decía que estribaba
en el sobre qué pensar, para luego
reconocer que también analiza actualmente el cómo pensar sobre lo que hay que pensar. La teoría del encuadre nos
recuerda que los marcos interpretativos de la realidad son inmanentes al Hombre
y su ser colectivo, y que los medios no están exentos de ellos, sino que más
bien los generan mientras los beben. Y de aquí a Lippmann otra vez, y de
Lippmann a una de las cunas del pensamiento occidental: Platón.
De esto se trata cuando hablamos de “discurso
predominante en la relación entre los mass-media
y la opinión pública”. El asunto es –tal la réplica de Humpty Dumpty– saber
qué discurso manda. Eso es todo.
(1) No es nuestra intención hacer
una historia de la opinión pública. Sólo nos remitimos a un somero
reconocimiento que propicia el adecuado abordaje de este colectivo social. Para
una visión histórica sobre el particular véanse HABERMAS, J. (1962/1990). Historia crítica de la opinión pública.
Barcelona, Gustavo Gili; GERMANI, G. (1962). “Surgimiento y crisis de la noción
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