ANÁLISIS CRÍTICO DE LA IDEOLOGÍA DE
Mariano Fernández Constantinides Universidad Nacional de La Plata (Argentina)elcadri@yahoo.com.ar
Presentación
Lo que se ofrece en
las páginas que siguen es la traducción del inglés del artículo Objetividad
y noticias sesgadas, publicado por Theodore L. Glasser (1) en el libro Cuestiones
Filosóficas en periodismo (2).
Un criterio simple
ha signado la elección de este artículo: no, precisamente, el origen
norteamericano del autor; más bien y en rigor, la tesis que el autor propone: la
ideología periodística de la objetividad es perjudicial para el ejercicio de un
periodismo responsable. Como debe notarse, se trata de una reflexión más
que viene a sumarse a una ya larguísima fila de posiciones que buscan discutir,
confirmar, rechazar, apoyar o despegarse de una de las máximas profesionales
más extendidas y más debatidas del periodismo contemporáneo: la obligación de
la objetividad.
Es decir: no hace
falta llegar a este texto de Glasser para elaborar una crítica al periodismo objetivo
y sus defensores. Ya en
En el fondo, este
debate tiene mucho de gratuito: sabemos que la objetividad es la ilusión de
nuestros genes positivistas. La ilusión imposible. La ilusión innecesaria. Sin
embargo seguimos aquí, debatiendo tal vez por deporte acerca de esta cara
pretensión humana.
Por eso, el interés del artículo reside menos en su definición de lo que
es periodismo objetivo y la posibilidad o la imposibilidad de lograrlo que en
su observación de las consecuencias de una práctica periodística guiada por esa
patrón.
Y más precisamente: lo interesante del artículo de Glasser es el
recorrido histórico que ensaya para explicar el surgimiento del periodismo
objetivo como patrón de la praxis periodística en Estados Unidos. Con ese
gesto, pretende revelar la historicidad y por tanto las condiciones sociales
específicas en que “lo objetivo” pasa a consignarse como deber profesional, se
institucionaliza, se expande como criterio social válido para evaluar al
periodismo, y, simultáneamente, desplaza a otras variantes históricamente
posibles de ejercer el oficio.
Desde ya, se trata de un texto que
no reclama lectura urgente, que puede evitarse, saltearse, ignorarse. Siglos
atrás, el francés Blas Pascal comparó la fe en Dios con una apuesta singular;
para poner en juego esa fe, dijo, “es,
por tanto, preciso apostar. Pesemos la ganancia y la pérdida tomando el partido
de que Dios existe. Si ganáis, ganareis todo; si perdéis, no perderéis nada”.
Algo similar ocurre con este texto: nada se pierde si no se lo lee; mucho se
gana si se le presta aunque más no sea un poco de atención.
Un
poco, no más, porque la vida es corta y el tiempo no para ni sobra.
Objectivity and news bias/ Objetividad y
noticias sesgadas, por Theodore L. Glasser
Por objetividad me refiero a una particular perspectiva del periodismo y
la prensa, un cuadro de referencia que los periodistas utilizan para orientarse
en la redacción y en la comunidad. Por objetividad entiendo, en cierto sentido,
ideología; y por ideología, un conjunto de creencias que funcionan como el
“derecho de acción” de los periodistas.
Como conjunto de
creencias, la objetividad parece estar arraigada en un punto de vista
positivista, en un persistente compromiso con la supremacía de los hechos
observables y verificables. Este compromiso, a su vez, afecta al principal producto
de la organización de las noticias: la noticia del día (3). Entonces, mi
argumento, en parte, es el siguiente: la noticia es, en efecto, tendenciosa
–como inevitablemente debe ser- y este sesgo puede ser mejor entendido si se
entiende el concepto, las convenciones y la ética de la objetividad.
Específicamente, la
objetividad en periodismo, da cuenta de –o al menos ayuda a entender- los tres
principales desarrollos del periodismo norteamericano, cada uno de los cuales
contribuye al sesgo o ideología de las noticias. En primer lugar, el periodismo
objetivo está inclinado contra lo que la prensa define típicamente como su rol
en la democracia (en tanto Cuarto Poder, Perro Guardián, Prensa Opositora). En
efecto, la objetividad en el periodismo está inclinada en favor del statu quo;
es inherentemente conservadora en la medida en que alienta a los periodistas a
depender de lo que el sociólogo Alvin Gouldner apropiadamente describió como
“los gerentes del statu quo”. En segundo lugar, el periodismo objetivo va en
contra del pensamiento independiente; debilita el intelecto tratándolo como un
espectador desinteresado. Finalmente, el periodismo objetivo está inclinado
contra la idea misma de responsabilidad. La noticia es vista como algo sobre lo
que el periodista está obligado a informar, y no algo de cuya creación es
responsable.
Creo que este
último punto es el más importante. A pesar de un renovado interés en la ética
profesional, la discusión continúa evadiendo la cuestión de la moralidad y de
la responsabilidad. Claro, esto no significa que los periodistas sean
inmorales. En todo caso significa que hoy los periodistas son amorales. La
objetividad en el periodismo efectivamente erosiona la verdadera base sobre la
que se funda una prensa responsable.
Para la mayor parte
de los informes sobre la historia de la objetividad en el periodismo, la
objetividad periodística empezó más como un imperativo comercial que como un
patrón de periodismo responsable. Con la emergencia de una verdadera prensa
popular a mitad del siglo XIX –“the penny press”, la prensa de un centavo- una
prensa que no estaba ligada a los partidos políticos ni a las élites
empresarias, la objetividad proporcionó un punto de vista supuestamente
desinteresado.
Pero la “penny press” era sólo una de tantas fuerzas sociales,
económicas, políticas y tecnológicas que convergieron en las últimas décadas
del siglo XIX para producir fundamentales y duraderos cambios en el periodismo
norteamericano. En primer lugar, se inventó el telégrafo, que por primera vez
separó la comunicación del transporte. Se sucedieron cambios radicales en la
tecnología de impresión, incluida la imprenta a vapor y luego la imprenta
rotativa. También en esa época se fundó la Associated Press, un temprano
esfuerzo de los editores para monopolizar la nueva tecnología –en este caso el
telégrafo-. Y ocurrió, finalmente, la disolución de la comunidad y el
crecimiento de la sociedad; ahora había ciudades, “asentamientos humanos” donde
“los desconocidos pueden encontrarse”.
Estas son algunas de
las tantas condiciones que crearon el clima para el surgimiento de la
objetividad periodística, un clima que se entiende mejor en términos de la
emergencia de nuevos medios masivos y de la necesidad de esos medios de operar
eficientemente en el mercado.
Eficiencia es aquí
la palabra clave, ya que eficiencia es el sentido central del periodismo
objetivo. Resultó eficiente para Associated Press distribuir sólo “hechos
puros” y dejar la oportunidad de interpretación de esos hechos a los miembros
individuales de la comunidad. Resultó eficiente para los diarios no ofender a
lectores y anunciantes con una prosa partidaria. Resultó eficiente –tal vez
conveniente- para los periodistas tomar distancia del sentido y la sustancia de
aquello sobre lo que estaban informando.
Para sobrevivir en
el mercado, y para fortalecer su estatus como una prensa nueva y más
democrática, los periodistas –y especialmente los editores, quienes fueron cada
vez más desplazados del proceso de escritura- comenzaron a transformar la
eficiencia en un estándar de competencia profesional, un estándar que más tarde
(décadas más tarde) fue descripto como objetividad. Esta transformación fue
favorecida por dos importantes desarrollos en los albores del siglo XX:
primero, el esfuerzo de Oliver Wendell Colmes (4) por emplear una metáfora del
mercado para definir el significado de la Primera Enmienda (5); en segundo
lugar, la creciente popularidad del método científico como la herramienta más
apropiada para descubrir y entender una realidad cada vez más alienante.
En 1919, en una
postura disidente, Holmes popularizó la imagen del “mercado de las ideas”, una
metáfora introducida por John Milton varias centurias antes. Metáfora o no, los
editores la tomaron literalmente. Sostuvieron –y continúan haciéndolo hoy en
día con el mismo argumento- que su oportunidad de competir y en última
instancia de sobrevivir en el mercado era su derecho consignado en la Primera
Enmienda, un privilegio constitucional. La Asociación Americana de Editores de
Diarios [ANPA, según sus siglas en inglés: American Newspapers Publishers
Association] organizada en 1887, lideró la causa de una prensa libre. En nombre
de la libertad de expresión, ANPA rechazó el decreto-ley de Alimentos y
Medicamentos Puros de 1906 en nombre de sus anunciantes; rechazó el decreto ley
de la Oficina de Correos, de 1912, que obligaba a declarar bajo juramento la
propiedad y la circulación y de este modo amenazaba con revelar demasiado a los
anunciantes; combatió los esfuerzos por regular el trabajo infantil, que podía
interferir con el control y la explotación de los canillitas; rechazó los
convenios colectivos de provisiones de la Ley de Reconstrucción Nacional
(National Recovery Act) a mediados de la década de 1930; por similares razones
se opuso al Sindicato Americano de Diarios [American Newspaper Guild, la
confederación de periodistas]; trató –aunque sin éxito- de evitar que los
servicios de cable vendieran noticias a las estaciones de radio antes de que
esas noticias fueran publicadas en la edición del periódico correspondiente.
Además de usar la
Primera Enmienda para proteger y defender sus intereses económicos en el
mercado, los editores fueron capaces también de usar los cánones de la ciencia
para justificar –en rigor, legitimar- los cánones del periodismo objetivo. En
este caso, los editores fueron consolados por los escritos de Walter Lippman a
principios de la década de 1920, en particular por su pedido por un periodismo
científico, por un nuevo realismo; un llamado a que los periodistas permanecieran
limpios y libres de sus prejuicios irracionales, irreflexivos, nunca
reconocidos.
Hacia los inicios
del siglo XX la objetividad se había convertido en el modo aceptable de hacer
periodismo –o, al menos, el modo respetable-. Era respetable porque era confiable,
y era confiable porque estaba estandarizado. En la práctica, esto significó una
preocupación por el modo en que las noticias eran presentadas, es decir, si su
forma era confiable. Y esta preocupación por la credibilidad muy pronto
oscureció cualquier interés por la validación de las realidades que los
periodistas presentaban.
De esta manera,
surgieron las convenciones de la objetividad periodística, un conjunto de
procedimientos rutinarios que los periodistas usaban para objetivar las
historias de sus noticias. Estas son las convenciones que la socióloga Gaye
Tuchman describe como una suerte de estrategia social que los periodistas usan
para desviar las críticas, el mismo tipo de estrategia utilizan los científicos
sociales para defender la calidad de su trabajo. Para los periodistas esto
significa entrevistas con fuentes, y ordinariamente significa fuentes oficiales
con impecables credenciales. Significa yuxtaponer afirmaciones conflictivas que
son presentadas como “hechos”, sin importar su validez. Significa emitir un
juicio sobre el valor de noticia que tiene una determinada aseveración, aun si
ese juicio sirve sólo para dar autoridad a lo que se sabe es falso o erróneo.
Ya en 1924 la
objetividad aparecía como una ética, como un ideal subordinado sólo a la verdad
misma. En su estudio Ética del periodismo, Nelson Crawford dedicó tres
capítulos enteros a los principios de la objetividad. Treinta años después, en
1954, Louis Lyons, entonces director del Programa de Becas Nieman de la
Universidad de Hardvard, describía la objetividad como principio fundamental.
Aparentemente imperturbado por Joseph Mc Carthy, senador por Wisconsin,
Lyon describió la objetividad como la disciplina más importante del periodismo.
“Está en la base de la información confiable e indispensable por ser la esencia
de la calidad de escritor”. Más recientemente, en 1973, la Sociedad de
Periodistas Profesionales [SPJ: Society of Professional Journalists], consagró
formalmente la idea de la objetividad cuando adoptó, como parte de su Código de
Ética, un párrafo que la caracterizaba como un objetivo alcanzable y un
estándar de desempeño profesional hacia el cual los periodistas deben dirigir
sus esfuerzos. “Honramos a aquellos que lo logran”, proclamó
Tan arraigados
están los principios del periodismo objetivo que la justicia está empezando a
reconocerlos. En un fallo federal de 1977, sobre el caso Edwards vs.
National Audubon Society, (un caso que fue descripto por Floyd Adams,
abogado de medios, como una “decisión histórica” en tanto sería una etapa más
en el desarrollo de la Ley de Difamación) emergió un nuevo y novedoso
privilegio. Fue la primera vez que las cortes reconocieron explícitamente al
periodismo objetivo como un estándar del periodismo digno de la protección de
En lo que parecía
ser una noticia sin mayores consecuencias, publicada en The New York Times, en
1972, cinco científicos fueron acusados de haber cobrado dinero de parte de la
industria pesticida para mentir sobre el uso de DDT y sus efectos en la vida de
los pájaros. De acuerdo con la forma del periodismo objetivo, la acusación fue
totalmente atribuida –a un oficial de la National Audubon Society-. Los
científicos, por supuesto, tuvieron la oportunidad de rechazar la acusación.
Sólo uno de ellos, sin embargo, fue citado por su nombre y describió la
acusación como “difamatoria”. Lo que la historia tenía de interés periodístico,
obviamente, era la acusación; y con la excepción de un párrafo corto, el
periodista en cierta manera proveyó un foro a la National Audubon Society.
Tres de los cinco
científicos hicieron juicio. Aunque negó los daños y perjuicios, un tribunal
ordenó compensaciones contra el Times y un integrante de la Sociedad. El Times,
a su turno, apeló a una Corte Federal de Distrito para cambiar el veredicto. Argumentó que no
se había incurrido en malicia; como los científicos eran figuras
públicas, ellos fueron llamados a probar que el Times había publicado
información falsa a sabiendas de la falsedad, o que hubo, de parte del Times,
una imprudente desatención sobre si la acusación era verdadera o falsa. La
evidencia previa a la Corte claramente indicó lo segundo. El periodista no hizo
ningún esfuerzo por confirmar la validez de las acusaciones de la National
Audubon Society. Además, la historia no fue del tipo de las “noticias
calientes” (“hot news” es un término técnico usado por las cortes) que
requieren de inmediata difusión; de hecho, diez días antes de que la historia
fuera publicada, el Times descubrió que dos de los cinco
científicos no estaban trabajando para la industria pesticida y que no podían
haber cobrado dinero para mentir.
El Times
apeló al Segundo Circuito de Corte de Apelaciones, donde la decisión de la
Corte inferior fue revocada. Al contrario de la Corte del Distrito, la Corte de
Apelaciones creó un nuevo derecho de la Primera Enmienda, una nueva defensa
Constitucional en leyes por difamación –el privilegio de “reportaje neutral”
(6)-. “No creemos”, sentenció la Corte de Apelaciones, “que debamos exigir a la
prensa que suprima declaraciones de interés periodístico solamente porque se
tiene serias dudas respecto a su verdad”. La Primera Enmienda, dijo la Corte,
“protege el periodismo preciso y desinteresado” de las acusaciones de interés
periodístico “más allá del punto de vista privado del periodista
respecto a su validez”.
Menciono los
detalles del caso Edwards solo porque ilustra muy bien las consecuencias
de la ética de la objetividad. En primer lugar, ilustra una tensión básica
entre objetividad y responsabilidad. La objetividad periodística prácticamente
excluye la responsabilidad periodística,
si por periodismo responsable entendemos buena voluntad por parte del periodista de hacerse
responsable (de dar explicaciones) por lo que se informa. La objetividad requiere
tan sólo que los periodistas sean responsables de cómo informan, no de aquello
sobre lo que informan. El fallo de la Corte a propósito del caso Edwards dejó
esto muy claro: “El interés público de estar bien informado” dijo la Corte
“exige que la prensa pueda disponer de libertad de informar sobre acusaciones
de interés periodístico “sin tener que asumir responsabilidad por ello”.
En segundo lugar,
el caso Edwards ilustra la desafortunada tendencia del periodismo
objetivo –tendencia a favor de dirigentes y oficialistas, de personalidades
prominentes y de élites. Es una tendencia desafortunada porque va en contra de
un importante principio democrático: las declaraciones hechas por
ciudadanos comunes son tan valiosas como
las declaraciones hechas por personajes prominentes y la élite. En una
democracia el debate público depende de la separación de los individuos de sus
poderes y privilegios en la sociedad; de
otro modo, el debate mismo se transforma en una fuente de dominación. Pero el
caso Edwards refuerza la prominencia como un valor de la noticia;
refuerza el uso de fuentes oficiales, grabaciones oficiales, canales oficiales.
Tom Wicker subrayó la tendencia del caso Edwards cuando observó
recientemente que “el periodismo objetivo casi siempre favorece las posiciones
del establishment y existe nada menos que para evitar ofensas hacia ellas”.
La objetividad
tiene además consecuencias desafortunadas para el reportero, para el periodista
individual. El periodismo objetivo ha despojado a los reporteros de su
creatividad e imaginación; les ha robado a los periodistas su pasión y su
perspectiva. El periodismo objetivo ha transformado al periodismo en algo más
técnico que intelectual; ha transformado el arte de contar historias en la
técnica de escribir informes. Y lo más desafortunado de todo, el periodismo
objetivo ha negado a los periodistas su ciudadanía (o su condición de
ciudadanos); como observadores desinteresados, como reporteros imparciales, los
periodistas deben ser moralmente descomprometidos y políticamente inactivos.
Los periodistas se
han transformado en “comunicadores profesionales”, un vínculo relativamente pasivo entre las fuentes y las
audiencias. Sin la necesidad ni la oportunidad de desarrollar una perspectiva
crítica desde la cual evaluar los eventos, los problemas o las personalidades
que él o ella es asignado/a para “cubrir”, el periodista objetivo tiende a
funcionar como un traductor –traduce la lengua especializada de las fuentes en
un lenguaje inteligible para una audiencia lega-.
En su estudio,
frecuentemente citado, sobre los corresponsales de Washington (estudio
publicado en la década del 40) Leo Rosten encontró que “una gran mayoría” de
los periodistas que entrevistó se consideraban a sí mismos incapaces de lidiar
con las complejidades de las políticas y los políticos de su nación. Según la
descripción de Rosten, la prensa de Washington era un grupo frustrado e
irritado de periodistas famosos más o menos resignados a su rol de mediadores,
traductores. “Para hacer nuestro trabajo”, le dijo uno de los periodistas a
Rosten, “lo que uno sepa o entienda no es importante. Vos tenés que saber a
quién entrevistar. Inclusive si no entendés qué dijo el entrevistado vos tenés
que tomar cuidadosamente nota y escribirlo literalmente: Deja que mis lectores
lo comprendan. Soy su reportero, no su maestro”.
Esto fue hace
cincuenta años. Hoy en día, la historia es casi la misma. Hace dos años, fue
publicado otro estudio sobre los corresponsales de Washington, un libro de
Stephen Hess titulado Los reporteros de Washington. Hess descubrió que
las historias provenientes de Washington eran poco menos que un “mosaico de
hechos y citas de las fuentes” que eran los que participaban de los hechos o
quienes tenían conocimiento del acontecimiento. Increíblemente, Hess encontró
que, en cerca de tres cuartos de las historias que estudió, los periodistas no
se basaban en documentos –sólo entrevistas. Y cuando usaban documentos, esos
documentos eran típicos recortes periodísticos –historias que ellos habían escrito
o historias escritas por sus colegas-.
Y entonces: ¿qué
significa objetividad? Significa que las fuentes suministran el sentido y la
sustancia de las noticias del día. Las fuentes proveen los argumentos, las
refutaciones, las explicaciones, las críticas. Las fuentes sugieren ideas
mientras otras fuentes las cambian. Los periodistas, en su rol de comunicadores
profesionales, sólo proporcionan un vehículo para esos intercambios.
Pero si la
objetividad significa que los periodistas deben mantener una saludable
distancia respecto del mundo que reportan, este mismo patrón no se aplica a los
editores. De acuerdo con el Código de Ética de la Sociedad de Periodistas
Profesionales (SPJ, siglas en inglés), “los periodistas y sus empleadores deben
conducir sus vidas personales de una manera que los proteja de conflictos de
interés, reales o aparentes”. Muchos periodistas hacen precisamente eso –evitan
incluso hasta una apariencia de conflicto de interés-. Pero no es el caso de
sus empleadores.
Si fuera un conflicto
de intereses para un periodista aceptar un piano muy caro de una fuente de la
Compañía de Piano Steinway, aparentemente esto no significa ningún conflicto de
interés cuando la CBS compra la Compañía de Piano Steinway.
Editores y
productores son hoy parte de una industria gigante, en expansión y
crecientemente diversificada. No sólo existen periódicos pertenecientes a
corporaciones que a su vez son dueñas de propiedades no relacionadas con los
medios, sino que además entre sus directores se encuentran muchos miembros de
la élite. Un estudio reciente de las 25 compañías de diarios más importantes
descubrió que los directores de esas compañías tienden a estar ligados con
“poderosas organizaciones de negocios, no con grupos de interés público; con
las gerencias, no con los trabajadores; con los bien establecidos gabinetes de
estrategia y calidad, no con sus equivalentes populares en la producción”.
Pero los editores y
productores sostienen que esas conexiones no tienen ninguna influencia en el
modo en que las noticias son presentadas, como si ser dueño del diario no
tuviera ninguna influencia en el contenido del periódico; como si las
decisiones comerciales no tuvieran efectos en las decisiones editoriales; como
si no fueran consideraciones económicas, en primer lugar, las que incentivaron
muchas de las convenciones del periodismo contemporáneo.
Sin duda la prensa
ha respondido a muchas de las más serias consecuencias del periodismo objetivo.
Pero lo significativo es que la respuesta ha sido corregir las convenciones de
la objetividad, pero no abandonarlas. La prensa ha refinado los cánones del
periodismo objetivo: de ningún modo se ha deshecho de ellos.
Pero lo que
subsiste, fundamentalmente sin cambiar, es la ingenua mirada empírica que el
periodista tiene sobre el mundo, la creencia en la separación de hechos y
valores, la creencia en la existencia de la realidad –la realidad de los
hechos empíricos-. En ningún lugar es esto más evidente que cuando la noticia
es definida como algo externo al –o independiente del- periodista. La mayor
parte del vocabulario que los periodistas utilizan cuando hablan acerca de las
noticias vuelve notable su creencia en que las noticias están “ahí afuera”,
presumiblemente esperando ser expuestas o cubiertas o, al menos, recolectadas.
Esta es la esencia
de la objetividad, y esta es la razón por la cual es tan difícil para el
periodismo considerar cuestiones de ética y moral. Como las noticias existen
“ahí afuera” –aparentemente independientes del reportero- el periodista no
puede ser considerado responsable por ellas. Y desde el momento en que no hay
responsable por las noticias, ¿cómo podemos esperar que los periodistas sean
responsables o se responsabilicen de las consecuencias de, simplemente,
informarnos acerca de ellas?
Lo que la objetividad
ha traído, en rigor, es una despreocupación por las consecuencias del modo en
que las noticias se elaboran. Unos años atrás Walter Cronkite (7) ofreció su
interpretación sobre el periodismo: “No creo que sea de nuestra incumbencia cuáles sean los efectos sociales, morales,
políticos o económicos de nuestra tarea de informar. Yo digo: sigamos adelante
con nuestra tarea de informar –y dejemos que las astillas caigan donde deban
caer-”.
Contrasta con esa
apreciación el consejo de John Dewey: que “nuestra principal preocupación moral
es volvernos conocedores y responsables de las consecuencias”.
Yo me inclino hacia
el lado de Dewey. Sólo en la medida en que los periodistas sean responsables de
las consecuencias de sus acciones será posible decir que existe un periodismo
responsable. Pero no estaremos capacitados para cargar a los periodistas esa
responsabilidad mientras ellos no sepan que las noticias son su creación, una
creación por la cual ellos son enteramente responsables. Y no tendremos mucho éxito
en la tarea de convencer a los periodistas de que la noticia es construida, y
no reportada, hasta que no transformemos las convenciones de la objetividad.
La tarea, entonces,
es liberar el periodismo de la carga de la objetividad a través de la demostración
–tan convincentemente como podamos- de que el periodismo objetivo es más una
costumbre que un principio, más un hábito mental que un estándar de desempeño
profesional. Y mostrando, también, que la objetividad es en gran parte un
problema de eficiencia –eficiencia que sirve, según lo que vengo diciendo, sólo
a las necesidades e intereses de los dueños de la prensa, no a las necesidades
e intereses de los escritores talentosos y, por cierto, no a las necesidades e
intereses de la mayor parte de la sociedad.
Notas
(1) Director del Graduate Program in Journalism del
Departamento de Comunicación de la Universidad de Stanford. El artículo se
publica con el expreso permiso de Glasser y por eso se le agradece.
(2)
Philosophical issues in journalism. Elliot Cohen
Editor. Oxford University Press. New York. 1992.
(3) La expresión traducida es: “day’s news”, que apunta a
diferenciar la noticia del periodismo diario de otro tipo de noticias.
(4) N.d.T:
Oliver Wendell Holmes (1841-1935). Abogado y Jurista norteamericano, miembro de la Corte
Suprema de los Estados Unidos en la primera década del siglo XX.
(5) N.d.T: Las primeras diez enmiendas a la Constitución de
los Estados Unidos fueron propuestas a las asambleas legislativas de los
diversos estados por el Primer Congreso, el 25 de septiembre de 1789. Dichas
enmiendas fueron ratificadas posteriormente por los diferentes Estados de la
Unión. La Primera Enmienda a la
Constitución de Estados Unidos data de 1791, dos años después de aprobada la
Carta Magna, y dice: “El Congreso no creará ley alguna respecto a la religión,
ya sea prohibiendo su libre ejercicio o coartar la libertad de expresión, de la
prensa o el derecho de las personas para reunirse en paz, ni en cuanto a la
petición para el gobierno de reparar todo agravio”.
(6) N.d.T: la figura del reportaje neutral (neutral
raportage) no es sino el deber de, en un caso conflictivo, entrevistar a ambas
partes y publicar ambas entrevistas.
(7) N.d.T: Importante periodista que condujo durante más de
20 años el noticiero nocturno de la CBS y que llegó a tener una notable
influencia en la determinación de los temas diarios.