EL GRAN ACUERDO NACIONAL EN LA NACIÓN, 1971-1972 (1)

                                              

María Fernanda Díaz

Universidad Nacional de Mar del Plata (Argentina)

milay97@yahoo.com.ar

 

 

Resumen

En estas páginas se expondrán los avances del proyecto de investigación que aborda el análisis de las prácticas discursivas de dominación a través de la prensa.  Particularmente nos hemos propuesto demostrar que el diario La Nación fue un actor clave en la construcción del consenso requerido para que el Gran Acuerdo Nacional (GAN) tuviera éxito.

La construcción del consenso como categoría subordinada del conflicto existente fue desarrollada por el diario mediante una estrategia que conjugó la perspectiva del caos con el apoyo explícito al proyecto político que culminaría con el advenimiento del tercer gobierno peronista.  La posición adoptada por este medio antiperonista respecto del movimiento de masas, en un escenario histórico definido por la intensa conflictividad social, nos ha revelado un esfuerzo creativo y consciente para estructurar, junto a otros actores y para la totalidad de la clase dominante, una salida ajustada a los intereses que siempre representó y representa.

 

Palabras clave: Prensa - Diario La Nación - Consenso – GAN - Peronismo - Clase dominante.

 

 

“Y ahora, en las tinieblas, viejos rostros se van abriendo paso a medida que un cálculo de posibilidades los invita a recorrer un camino a cuyo término, otros rostros, también muy conocidos aguardan la iniciación de una ceremonia que en 1853 se dispuso habría de realizarse en la República una vez cada seis años.  Estos viejos rostros recuerdan uno de los grandes dramas políticos argentinos de este siglo, pero aún con toda la carga emotiva este recuerdo libera otro cálculo y deja en disponibilidad en estos días dos esperanzas: que haya frutos provechosos en el sembradío de la experiencia y que las Fuerzas Armadas velen durante el período por iniciarse el cumplimiento intergiversable de la Constitución que nos rige” (2)

 

La nota publicada en diciembre de 1972 se ocupó de trazar un cuadro de la situación en las vísperas de las elecciones que habrían de celebrarse en marzo de 1973.  El llamamiento a meditar sobre la significación del evento no podía ocultar la decepción del matutino ante el posible triunfo de la fórmula Cámpora-Solano Lima.

¿Cómo explicar entonces que el declarado antiperonista diario La Nación se haya entusiasmado y haya prestado su apoyo a una propuesta política que tenía por finalidad la reincorporación del movimiento de masas a la lucha electoral?

La pregunta no es ociosa porque más allá de considerar las caracterizaciones que sobre este medio se han realizado, su actitud convoca al análisis de su desempeño en una coyuntura histórica precisa.

Existe en general un consenso en señalar que el diario de los Mitre está dirigido hacia y es leído por los sectores propietarios.

José Claudio Escribano dijo en 1996 al periodista Carlos Ulanovsky “Si Usted dijera: ‘Ustedes hacen un diario conservador-liberal’, contestaríamos: ‘Está bien’. Ahora si en cambio la expresión fuera: ‘Ustedes hacen un diario elitista’: nosotros diríamos que mal nos ha entendido usted, o que mal hacemos nosotros las cosas para que usted nos entienda como lo hace” (3). Ricardo Sidicaro lo ha caracterizado como uno de los representantes más destacados de la corriente de pensamiento de la derecha liberal (4) y Benclowicz coincide en que La Nación no sólo es el medio más destacado de esta corriente ideológica, sino que su importancia radica en que “se dirige a quienes se encuentran en las estructuras del poder social, político y económico, a la hora de fijar la agenda de discusión de los asuntos nacionales” (5).  En el mismo diario los profesionales no dudan: La Nación sigue siendo “la institución” del establishment (6).

Acérrimo enemigo de las “ideologías foráneas” expresadas por el anarquismo, el socialismo y el comunismo, mantuvo sin embargo una actitud pendular respecto del nazismo (7) y como ya se ha mencionado, su particular concepción de la democracia lo ubicó en una posición de  militante antiperonismo que sin embargo debió estacionar en ese momento particular en el cual el Gran Acuerdo Nacional pretendía conjurar la contrapartida dialéctica del gran “Desacuerdo” nacional. 

Este trabajo aborda al centenario matutino desde una perspectiva que considera a los medios gráficos como objeto de estudio y no como fuentes de información, como es habitual.  En este sentido, es posible considerar a la prensa escrita, entre otros medios masivos, como un actor social en relaciones de conflicto con otros actores y como una pieza clave en la producción del consenso en la medida en que éste aparece como categoría subordinada del primero.  “El consenso entre dos o más actores –afirma Borrat- encuentra su explicación precisamente en el conflicto al cual se refiere” (8). 

Tomar la dimensión del conflicto como variable en la categoría de análisis resulta significativo a la hora de comprender la posición del periódico no sólo en relación con el contexto social, sino también en función del marco teórico utilizado desde el cual se aborda la investigación, pues se conoce que un periódico puede ser un partido (entendido como la expresión de un grupo social), una fracción de partido e incluso que puede actuar como un “Estado Mayor Intelectual”, como si fuese una fuerza dirigente, independiente y superior a las fracciones del grupo (9).

La propuesta se dirige entonces a evidenciar el esfuerzo realizado por La Nación en la producción del consenso en torno a un plan político que culminaría con el advenimiento del tercer gobierno peronista.  Para ello abordaremos sus editoriales, por ser éstas los espacios reservados por los medios para expresar su opinión y desplegar su propio discurso y analizaremos también las crónicas ya que ellas nos permitirán rastrear los mensajes a veces ocultos que favorecen en el lector la aprehensión de la realidad desde la perspectiva que ofrece el diario.

 

Un Acuerdo para el Gran Desacuerdo

 Cuando en 1969, el Cordobazo selló la suerte de Onganía, La Nación sostuvo una actitud reflexiva que expresaba de manera bastante clara la legitimidad de las protestas. Para entonces el Comandante en Jefe del Ejército, Alejandro A. Lanusse, había delineado en el mes de noviembre una propuesta política para lograr la apertura electoral que fue desestimada por el Gral. Francisco Imaz, Ministro del Interior.

En junio de 1970 el Gral. Levingston se convertía en el segundo de los presidentes autoritarios de la autodenominada Revolución Argentina, pero no iba a permanecer mucho tiempo en el poder.  Luego del Viborazo (10), Lanusse lo reemplazaría por disposición de la Junta Militar e intentaría por todos los medios dar una solución a la crisis de dominación de la burguesía que se encontraba amenazada tanto por sus conflictos internos como por la progresiva radicalización de las masas y el crecimiento paralelo de la izquierda.

La inestabilidad política que caracterizó el período 1955-1973 y que  ilustró la ausencia de un consentimiento social, no se remitió exclusivamente al antagonismo peronismo-antiperonismo.  Si bien es cierto que el problema seguía en pie, y que en la percepción de los sectores dominantes éste se había agravado sensiblemente a partir de la constatación de un proceso de peronización acelerado que evidenciaba signos de radicalización sin precedentes; hacia fines de los ’60, el desarrollo de un conglomerado de fuerzas sociales y políticas que reivindicaban la transformación social, había contribuido a impregnar una sensación de amenaza a la ya conflictiva atmósfera política.

Fue este clima de efervescencia social, alimentado por una intensa lucha entre las fracciones de la burguesía (11), el que provocó que los sectores más lúcidos de las Fuerzas Armadas advirtieran que ya no se trataba de resolver sólo el problema del peronismo.  Las tendencias que planteaban sus demandas hablando el lenguaje de la “liberación nacional”, el “socialismo” y la “revolución” crecían por fuera y por dentro de ese movimiento e involucraban no sólo a la clase obrera sino también a importantes franjas de sectores medios, ilustrando un nivel ascendente de la lucha de clases (12).

Frente al desafío generalizado, antes de convertirse en Presidente, Lanusse convocó en un discurso a un Gran Acuerdo Nacional (GAN) con el fin de superar –dijo-  prejuicios y antinomias pertenecientes al pasado (13).

A los observadores de la escena política no se les escapaba que Lanusse se refería a la incorporación legal del peronismo a la lucha electoral.

El propósito consistía en asumir la reaparición de lo político aceptando la legalidad del movimiento de masas.  Promover una puja electoral donde se le ganara y aislar a la guerrilla favoreciendo el protagonismo de los sectores moderados que tendían a verse superados por los más exaltados (14).

Este objetivo se articularía mediante la constitución de una alianza que incluiría tanto a los políticos peronistas como a los radicales, a las Fuerzas Armadas y a las organizaciones empresarias y sindicales.

Así lo había explicado Lanusse en una reunión con brigadieres y almirantes en actividad a fines de abril de 1971: “El Gran Acuerdo Nacional no incluye solamente a los partidos. También es una convocatoria a los sectores empresarios, financieros, laborales.  El GAN también significa crear el clima de paz necesario para desarrollar las posibilidades potenciales de nuestro país” (15).

En lo básico el GAN quería una alianza entre amigos y adversarios para enfrentar a los enemigos.  Los enemigos de ayer –los peronistas– habían mudado ahora a la categoría de adversarios, en tanto que los nuevos y a los que debía enfrentarse se corporizaban en aquellos grupos y sectores que, cuestionando el orden instituido y la legitimidad de la dominación existente, estaban planteando la transformación radical de la sociedad.  Que esto era así puede advertirse por ejemplo en las declaraciones de Balbín a un periodista de la revista Panorama: “los radicales estamos en el gran acuerdo”, afirmó.  Ante la pregunta “el acuerdo peronista-radical es la barrera contra el marxismo”; el jefe del partido centenario respondió: “en lo básico sí. Se trata de defender al gobierno que prometió con seriedad la institucionalización en contra de una aventura totalitaria” (16).

 

No nos une el amor sino el espanto

Como Lanusse, el diario La Nación deseaba el éxito de la propuesta, pero no había abandonado la usina del antiperonismo; ambos coincidían en el diagnóstico: un clima de distensión de la antinomia peronismo-antiperonismo era la única manera de convertir al movimiento de masas en el muro de contención del conflicto social y llegado el caso, ante una eventual victoria electoral que lo reinstalara en el fórmula de dominación, constituirse en el resguardo del sistema capitalista.  El peronismo era entonces un problema pero también una solución y así lo había evaluado Lanusse: “Cuando ingresé a la Casa de Gobierno, como presidente de la Junta Militar que había asumido la responsabilidad de conducir al Estado, ya tenía conciencia de que era imposible fingir la inexistencia de Juan Domingo Perón: me gustara o no –aseguro que no me gustaba-, se había convertido en un impresionante punto de referencia para la realización de cualquier política”.  Confesaba que había intentado “crear una alternativa al movimiento justicialista y a su líder: éramos, entonces, los dos polos de atracción que se repelían y, de alguna manera, también se habían comenzado a necesitar” (17).

 La posibilidad de lograr un consenso en torno a una conciliación con el movimiento proscrito residía en un diseño que estimaba a priori su incorporación a la vida política, pero desvinculada del eje de subordinación con Madrid ya fuera porque el líder exiliado se negaba a condenar a las “formaciones especiales” (18), como porque se lo seguía juzgando como demagogo y autoritario.

La convocatoria de Lanusse fue por lo tanto bien recibida por La Nación que reflexionó sobre la conveniencia del acuerdo, señalando que “ello suponía un dilatado y honesto intercambio de juicios entre todos los participantes de la vida política nacional” (19). Sus primeras planas comenzaron a ofrecer desde entonces las explicaciones de quien se convertiría en el último mandatario del proyecto autoritario iniciado en 1966: “El GAN es el imperativo de la hora presente.  Sólo así podrá llevarse a feliz  término la gran empresa de encauzar al país en la senda de la libertad, el progreso y la justicia, como condición básica para el pleno reestablecimiento de ‘una democracia representativa, eficiente y estable’” (20).

A través de sus titulares y crónicas empezó a mostrar la predisposición a promocionar la propuesta política anunciando la citada convocatoria e informando que “las Fuerzas Armadas categorizaron oficialmente la obtención de un Gran Acuerdo Nacional como el objetivo supremo de la Revolución y que los civiles quedaron convocados a participar del compromiso” (21).

Cuando el 1 de mayo de 1971, desde la ciudad de Río Cuarto, el flamante presidente Lanusse ratificó el GAN, La Nación publicó al día siguiente en su editorial que “La incorporación de lo que se ha dado en llamar el justicialismo a la vida política activa, sin más restricciones que las surgidas de su propia sensatez, supone la existencia de garantías convincentes acerca de que tal incorporación contribuirá a consolidar una democracia cabal.  La experiencia indica que no se puede tomar como un verdadero compromiso la sola palabra del jefe de ese movimiento.  Para que un acuerdo sea efectivo debe tenerse la seguridad de que todas las partes comprometidas procedan con igual sinceridad y similar estimación del honor” (22).

A las reservas expresadas respecto de Perón, el periódico sumaría su alarma por la ebullición ideológica de la juventud y del movimiento obrero que, como señalaba un comunicado oficial del gobierno, estaban siendo captados por “grupos ideológicamente extranjeros”, cuyos intereses antiargentinos intentaban cambiar el “claro sentido nacional” de los trabajadores y “apartar de la disciplina del estudio a nuestra juventud universitaria” (23). Un editorial, refiriéndose a los sucesos del Viborazo, decía que “los grupos insurreccionales venían preparando cuidadosamente sus dispositivos de guerra a fin de emplearlos bajo la cobertura de un despliegue popular” y que “los sindicatos opuestos a los metalúrgicos tradicionales se mueven en la misma órbita ideológica del ERP” (24).

Sin retacear espacios para registrar la serie de acontecimientos que comprometían la supervivencia del sistema de dominación, toda la artillería de una fuerza social y política amenazante fue expuesta en sus páginas, desde sus discursos hasta sus prácticas: asaltos, secuestros, levantamientos populares, huelgas, ocupaciones de fábricas con rehenes, sabotajes,  copamiento de pueblos, manifestaciones callejeras.

En lo que se refiere a los grupos armados, éstos fueron precisamente identificados en cuanto a su extracción ideológica y si bien fue habitual que el diario los catalogara como “extremistas”, “terroristas” “subversivos”, “delincuentes”, “saboteadores”, “secuestradores” y “asesinos”, resultó también frecuente advertir el uso de estos términos por parte algunos sectores castrenses identificados en la jerga política y periodista como los “duros” frente al peronismo y al comunismo y partidarios de dar una firme respuesta represiva al fenómeno guerrillero.  Así, las afirmaciones y advertencias de dos claros exponentes de esta tendencia, Juan Carlos Sánchez y Alcides López Aufranc, conductores del II y III Cuerpo del Ejército, fueron publicadas sucesivamente por el matutino que difundió también el intento golpista del Gral. Labanca, subrayando al gobierno la necesidad de homogeneizar su autoridad en el terreno militar, “ante sectores castrenses que se dividen en dos bandos: aquellos que no pueden convenir nada con el peronismo mientras Perón viva y los que, temerosos de una revolución de izquierda contra las Fuerzas Armadas, promueven un giro autoritario” (25).

Aquel levantamiento que proclamaba la “profundización de la Revolución”, pese a que fue rápidamente conjurado, logró apoyos importantes para el GAN que La Nación se encargó de publicar: “Si Lanusse estuviera comprometido porque alguien tratara de impedir la salida, nosotros saldríamos en su apoyo” (26), declaraba Paladino, entonces delegado personal de Perón.

A la rebelión de Labanca se agregó en octubre la sublevación de las unidades militares de Azul y Olavarría que originó el repudio de vastos sectores de la sociedad.  La mayoría de los partidos políticos, especialmente los nucleados en La Hora del Pueblo atacaron el motín nacionalista y hasta el proscrito Partido Comunista realizó un llamado para apoyar al gobierno contra lo que juzgaron como un movimiento fascista. 

Mientras que los editoriales de Criterio (27) sugirieron a Lanusse explotar políticamente la victoria sobre los insurrectos, en el diario de los Mitre aparecía la voz de uno de sus interlocutores acompañando la condena: la UIA expresó en aquella oportunidad “no queremos más revoluciones, cualquiera sea su signo y protagonistas” (28).  Estos sucesos sirvieron a Lanusse para recordar a los suyos que el camino que les proponía estaba flanqueado por dos abismos: de un lado el desborde de la activación popular; y del otro, las tendencias internas a las Fuerzas Armadas que conducían también hacia rumbos sumamente peligrosos. 

La preocupación con la que el diario reflejó la oposición de estos sectores, fue similar a aquella que le producía la evolución de algunos grupos de la Iglesia que se definían políticamente en términos muy cercanos a los que en Latinoamérica y en el país impulsaban salidas de izquierda o socialistas (29).

De esta manera y teniendo en cuenta como venían desarrollándose los acontecimientos, que lejos de seguir el curso deseado parecían encaminarse en sentido opuesto, La Nación advirtió en el mes de agosto sobre las consecuencias que podrían derivarse de la inviabilidad del acuerdo reclamado.  La nota denunciaba a quienes encontraban en la actividad terrorista un excelente pretexto para justificar el continuismo y obstaculizar así la salida institucional.  Llamaba a neutralizar a aquellos intereses a través del apoyo a la propuesta presidencial y promovía admirablemente la polarización política.  Decía que “Si es notorio que las agrupaciones subversivas no quieren que haya elecciones, bastante más arduo es detectar las funciones activas de los integrantes del sector militar que tampoco, aunque por motivos distintos a los de los terroristas, desean que se llegue al momento de una votación popular.  Los ideólogos de la subversión consideran que el advenimiento de una dictadura les conferiría a su accionar una suerte de justificativo popular. De ahí su empeño en evitar una solución democrática.  A su vez, quienes consideran que las facultades irrestrictas de un gobierno “fuerte” y desligado de la opinión pública permitiría un exterminio amplio, quizás indiscriminado de los grupos terroristas, han comenzado a utilizar la existencia de éstos como una herramienta de captación de simpatías en los medios con mayor poder de decisión.  Por eso mismo no extraña, que en los días anteriores la versión de un pronto anuncio sobre la fecha de elecciones haya partido, precisamente de los sectores militares identificados inequívocamente con la solución democrática” (30).

El reemplazo de Paladino por Cámpora como vocero de Perón, había marcado un punto de inflexión entre un peronismo negociador y uno radicalmente intransigente.  A Cámpora se asociaban los sectores del peronismo más contestatarios al acuerdo ofrecido y ello sumaba aun más dificultades para arribar al objetivo en los términos que La Nación y el gobierno exigían.

Frente a la creciente actividad de la guerrilla que inquietaba al gobierno y potenciaba los temores de los sectores dominantes, La Nación publicó una nota en la que registraba los hechos producidos por el terrorismo desde abril de 1969 a abril del ’71: “252 asaltos a bancos o asociaciones financieras, 682 casos de intimidación pública o sabotaje, 127 golpes de mano, 73 robos de armas, 3 secuestros y 3 asesinatos” (31).

La conmoción del clima social fue también evidenciada por el periódico a través de otras voces que, como la de los estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras, denunciaron torturas y desapariciones (32). Asimismo la Comisión Internacional de Juristas, en un comunicado “expresó al gobierno argentino su preocupación por el clima de inseguridad jurídica, imperante desde hace tiempo en dicho país” citando “informes en que se da cuenta de intimidaciones, vejaciones y detenciones de abogados argentinos, especialmente los que defendieron las causas de procesados por motivos políticos y numerosas denuncias formuladas a raíz de malos tratos, e incluso torturas infligidas a reclusos, así como la aparición en determinadas ciudades de comandos cuya violencia recuerda a los célebres escuadrones de la muerte en otros países”  (33).

En las vísperas de fin de año –el 30 de diciembre de 1971– Lanusse dirigió un mensaje al país impulsando las definiciones políticas de los diversos sectores acerca de la violencia o de la posibilidad de recorrer el camino del diálogo que se había abierto luego de años de incomunicación.  El GAN, dijo “no está al servicio de persona alguna.  Todos y yo en especial estamos al servicio del proceso.  Las reglas del juego, deben implicar reglas del juego limpio para todos, pero por su propia voluntad se han marginado del proceso quienes pretenden hacer de la violencia el medio… para imponer sus ideas, y aquellos que quieren volver a provocar la lucha entre hermanos”.  El discurso presagiaba la necesidad de adoptar una estrategia frente a las circunstancias que se presentaban: “uno de los partidos considerados con posibilidad de vencer estaba, cada vez más visiblemente, dominado por los violentos, y con permiso de su máximo jefe que los alentaba y empujaba” (34).

La complejidad del escenario imponía el inicio de una cuenta regresiva hacia la necesidad de lograr un pacto rápido capaz de reencauzar la lucha popular por los caminos tradicionales y poco peligrosos de la democracia electoral.

La inclusión de los elementos moderados del peronismo pero excluyendo a la persona de Perón como posible candidato, para que el GAN fuera validado por los militares y por las fuerzas políticas más significativas reunidas en La Hora del Pueblo, no sólo había encontrado la oposición de sectores castrenses, de la guerrilla y de los grupos radicalizados.  Las negociaciones con el líder exiliado no resultaban fáciles, y la indefinición de Perón entre aceptar un acuerdo o asumir una posición de enfrentamiento creaban a Lanusse un problema de difícil resolución, que lo colocaba en una posición ambivalente frente a sus camaradas de armas a quienes debía tranquilizar y de cara a los políticos que debían creer sus promesas y la necesidad de la conciliación planteada.

La estrategia pendular de Perón, de alentar al ala insurreccional del movimiento (Montoneros, FAP, FAR), de reforzar el ala sindical y de mantener el diálogo oficial con el gobierno a través de su vocero personal, volvían crítica la situación para un Presidente apremiado por un tiempo que no tenía y del que sí parecía disponer Perón.

A comienzos de 1972 el líder exiliado en Madrid dio la señal que en apariencia lo acercaba a un acuerdo.  El 14 de febrero comenzó a circular en Buenos Aires un mensaje de Perón en el que proponía la formación de un Frente Cívico de Liberación Nacional. 

La Nación informó entonces que “El presidente Lanusse ha dicho que parece aceptable la declaración escrita por Perón con el título ‘la única verdad es la realidad’ y en la cual el ex dictador propuso ‘una alianza de clases y la formación de un frente con todas las tendencias representativas’”. Resaltó que “después de siete días de conocer las declaraciones de Perón el ala izquierda del peronismo sigue en silencio, pero sus voceros han confesado que han sido puestos en una situación difícil”, ya que en ese documento Perón había criticado los “hechos de terrorismo y guerrilla urbana” y planteado que había que “canalizarlos hacia una acción colectiva y fecunda”  (35).

Con el claro objetivo de explicitar los pliegues de la división interna del peronismo, La Nación sugería conservar la voluntad de diálogo con su jefe en función de la reciente declaración que implicaba un avance respecto de actitudes anteriores.

El secuestro por el ERP de Oberdam Sallustro, director general de la Fiat Concord, le proveyó a La Nación el motivo para definir nítidamente los extremos de la oposición: “el ERP es de todas las organizaciones la menos vinculada ideológicamente con el peronismo”, es –dijo- “un grupo marxista de línea trotskista que está irremediablemente aislado” y que “el resultado es el de perder contacto con la realidad de una nación que tiene una solución concreta a la vista: la de su normalización con la convocatoria del pueblo a las urnas, pero precisamente después que el camino ha sido despejado por la superación, de los antagonismos clausurantes” (36).

En abril las rebeliones conocidas como el Cuyanazo, el hallazgo del cuerpo muerto de Sallustro y la intimación del Gral. Juan Carlos Sánchez en Rosario, llevaron a Lanusse a hablar nuevamente al país.  Cosechó algunos triunfos: el 29, Día del Ejército, varios oficiales superiores emitieron discursos de respaldo al plan de institucionalización, y el 30 en el Hotel Savoy una concentración de dirigentes políticos organizada por el peronismo se pronunciaba contra la reforma constitucional y por el pedido de adelanto de la fecha de elecciones. 

Desde San Nicolás, el 31 de mayo volvió a llamar al acuerdo como único medio para la futura estabilidad política (37), y aunque durante todo el año continuaron las protestas, las huelgas, los atentados, los raptos, la represión y las muertes en el país, en agosto la violencia conocería un ascenso dialéctico.  Los sucesos de Trelew, que conmovieron al país entero y que habrían de proyectar una polémica histórica y política de gran magnitud, adquirieron una repercusión nacional e internacional imprevisible.

En este anticipo de la institucionalización del Terrorismo de Estado, la masacre del 22 de agosto a los 16 guerrilleros fugados del Penal de Rawson, no fue reproducida en los medios argentinos como tal.  La versión de que los prisioneros habían asaltado a los guardias sirvió de argumento para justificar el asesinato al enemigo ideológico de una forma criminal.  Todos los diarios y revistas, a excepción de Panorama (38), reprodujeron la explicación militar sobre Trelew.  Se diferenciaron en su prosa, más o menos agresiva para con los guerrilleros, según fuera la intensidad de su alineamiento con el poder. 

El Chango Mendieta, “un pintoresco y famoso periodista salteño” fue -según recuerda Armando Vidal, periodista de Clarín– quien cubrió para La Nación los hechos de agosto (39). El diario había publicado una nota el día 21 refiriéndose a las normas jurídicas que apoyaban el pedido de extradición de los fugados a Chile realizado por el gobierno argentino.  En ella se había referido a los activistas como “delincuentes” y “agentes del caos” en un tono visiblemente violento y argumentando que “Es lícito preguntarse, cuál es la diferencia concreta entre estos supuestos ideólogos que tienen siempre el dedo sobre el gatillo y los delincuentes comunes; que línea visible separa a unos de otros, puesto que éstos y aquellos acuden a idénticos trámites y, por lo que se advierte, marchan detrás de objetivos que no difieren sino en rótulos” (40).

La relación directa de la fuga a Chile con los asesinatos como su consecuencia fue comentada por García Lupo: la matanza había significado –dijo-  para la mayoría de las organizaciones políticas del país, un escarmiento fríamente concebido por la Junta de Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas, en venganza por la fuga de los diez guerrilleros a Chile, sin embargo, la versión oficial del gobierno -agregaba- no se vio controvertida por los diarios (41).

Por el contrario, la prensa en general interpretó los hechos como una muestra más de la oposición de los sectores castrenses al acuerdo reclamado, aunque el discurso dirigido por Lanusse al país dos días después de la matanza asegurara que “Los que estiman que el diálogo es imponer su voluntad con un arma o con el miserable y cobarde acto de colocar bombas, tendrán una respuesta que no será precisamente la de la palabra, sino la del peso máximo de la ley y también –que no quepan dudas– la fuerza de nuestras armas” (42).

Por otro lado, las confesiones en las que el general asumía no creer “en un complot dirigido contra mí, para teñir de sangre mis esfuerzos de conciliación con los argentinos”(43) revelaban hasta que punto esta idea que reflejaba la adicción al GAN, había circulado entre importantes sectores de opinión.

Pero mientras La Nación continuaba condenando la actitud del gobierno socialista de Chile por haber abierto “el camino que más convenía a los terroristas” (44) y subrayaba el reconocimiento de Perón a las “formaciones especiales como parte del movimiento” (45);  las expresiones de los “duros” respecto a estos “psicópatas y enfermos” (46) a los que se debía destruir; marcaban el ritmo de un tiempo en el que la necesidad por lograr los entendimientos con Perón se había tornado imprescindible.

Esta apreciación empujó al Presidente a manifestar “con algo de estupor y mucho desencanto, que no se advierte por parte de los dirigentes de algunas agrupaciones políticas la adecuada manifestación en respuesta del deseo del gobierno y de las Fuerzas Armadas… que hemos sostenido el imperativo del acuerdo... y aquí cabe una advertencia… el tiempo se va agotando” (47).

Tras el anuncio de Héctor Cámpora de que Perón regresaría al país el 17 de noviembre, Lanusse habló al día siguiente por radio y televisión, y en un tono tranquilizador, el diario informó que el Presidente había instado a seguir dialogando, reafirmando que nada alteraría la vida nacional. 

Dos días después del anuncio, el 9 de noviembre, La Nación esgrimió en su editorial todos los posibles comportamientos políticos del líder, invitando a mantener una voluntad vigilante respecto de “un político en el cual los antecedentes no inducen a confiar”.  El texto era tal vez, como apuntó Sidicaro, uno de los más importantes del período y planteaba con un gran realismo tres posibilidades de acuerdo al contenido que el protagonista le asignara al viaje: “a) puede ser el símbolo de regreso de una forma de mando bajo la cual se pretendió identificar a la Nación con un partido, aplicando por extensión forzada el método sectario con que ese partido se identificó con la variable, pero siempre tiránica, voluntad de su jefe, b) puede ser una acción calculada para generar condiciones adversas al proceso conducente a la normalización constitucional, y c) puede ser una misión concebida con finalidad autorreivindicatoria de abrir el camino a los dirigentes de su partido más inclinados a la tesis de un compromiso de coalición con la mirada puesta en un futuro gobierno en el cual las Fuerzas Armadas habrán de asumir activamente su cuota de responsabilidad para afianzar las respectivas autoridades.  Para el primer caso se impone una inmediata y enérgica respuesta negativa. Una respuesta tan clara que llegue a equivaler a una convocatoria al reagrupamiento combativo… La segunda posibilidad…es reiterar errores de los que sólo han extraído beneficio los grupos cuyas propuestas revolucionarias son imitaciones… de actitudes políticas  que tanto en su simpatía hacia el fascismo, como en su simpatía hacia el comunismo son anteriores a la extraordinaria transformación tecnológica de nuestro tiempo.  A quienes se aprecien de su independencia de juicio convendrá que el tercero de los posible motivos del viaje se limite a extraer como indicio positivo la decisión a favor del diálogo” (48).

Finalmente, luego de que Perón desplegara en suelo argentino una amplia actividad política aparentemente orientada hacia la tercera de las posibilidades conjeturadas, La Nación valoró como positivo el giro que estaban tomando los acontecimientos y sin abandonar todas las prevenciones, pero con gran expectativa y alivio, aspiró a que “una nueva realidad disipe las desconfianzas subsistentes y alguna forma de acuerdo honesto y sincero revista los caracteres de una fuerza más poderosa que la proveniente de antiguas frustraciones” (49).

 

A modo de conclusión

El 25 de mayo de 1973 el presidente Cámpora recibió los atributos de su cargo por parte de un consecuente antiperonista.  En medio de una multitud festiva y enardecida que no dejaba de insultar a los militares, Lanusse se retiró de la Casa Rosada con la certeza del deber cumplido.  Había logrado el fin de dieciocho años de proscripción del peronismo y que Perón se incorporara al sistema quitándose el traje de víctima que lo habría convertido en una especie de mito revolucionario si continuaba exiliado o fallecía en Madrid.

Plantear que la relación histórica de enfrentamiento entre los dos generales culminó con la derrota del presidente de facto -porque fue Perón y su movimiento, y no Lanusse, La Hora del Pueblo y las Fuerzas Armadas los que terminaron por convertirse en la absorción de la activación popular y liquidar a la guerrilla-, no es más que invertir el problema, porque en primer término, lo que el gobierno militar intentó mediante el GAN fue ceder una parte ante el riesgo de perderlo todo.

En un contexto en el que la experiencia cotidiana se traducía en un auge de la lucha de clases, el “duelo de los generales” iba a ser abandonado porque ahora ambos tenían coincidencias objetivas: amigos (militares y aliados) y adversarios (peronismo) habrían de enfrentar juntos a un enemigo común: la creciente radicalización social y el accionar de la guerrilla que ante un retroceso de la alianza entre las clases dominantes y los militares, colocaban en peligro la supervivencia misma del  capitalismo en el país.

La importancia de lograr la preservación del sistema en el marco de un proceso definido por la lucha interburguesa, por el intenso faccionalismo al interior de las Fuerzas Armadas y por el desarrollo de un nuevo principio de  legitimidad que se venía gestando desde el Cordobazo y que se erigía como alternativa de poder, colocando en peligro la estabilidad social obligó a la burguesía a recurrir a Perón, por ser éste el único con suficiente peso social como para revertir lo que se percibía como un sostenido avance revolucionario.

Si bien retrospectivamente podemos afirmar que la serie de hechos que condujeron a 1976 evidenciaron la resolución temporaria de la crisis de dominación, lo que aquí cabe destacar es el esfuerzo realizado por estos actores para conjurar y aislar una potencia realmente amenazante.

En este escenario La Nación desempeñó un papel destacado en la promoción del Acuerdo. Los ejes desarrollados buscaron evidenciar la intensa confrontación social ubicando en primer plano los dos polos de la oposición. El “problema de la subversión” y las posturas de los militares “duros” constituyeron los elementos de una campaña que mediante la perspectiva del caos, ilustró la existencia de una guerra civil en ciernes y se orientó a atraer hacia el GAN a los sectores políticos, empresarios y sindicales que se negaban a una alianza con los militares.  A su vez  frente a los sectores castrenses que obstaculizaban el GAN porque sostenían que “profundizar la Revolución” era un requisito para elegir gobierno, el diario realizó el esfuerzo de presentar una visión en la que el mal menor consistía en la reincorporación del peronismo a la vida política legal frente a la movilización popular y la guerrilla.  Las críticas de estos numerosos enemigos en las filas de las Fuerzas Armadas, que planteaban tácitamente que los peronistas no votaran, o la prolongación sin límite de las elecciones, fueron cuidadosamente atendidas a través de la ofrenda de un panorama que contribuyó a homogeneizar sus ideas con las de quienes, como La Nación, se enfrentaban a la necesidad imperiosa de llegar a las elecciones para conjurar cualquier cuestionamiento serio al orden social.

Paralelamente al desarrollo de esta campaña que tenía por objetivo desarrollar el miedo recíproco, la prédica del matutino demostró un apoyo explícito al proyecto político que habría de culminar con el advenimiento del tercer gobierno peronista.

En esta iniciativa que se había propuesto custodiar los intereses de la dominación de clase existente a través de la incorporación del peronismo como la nueva frontera al desborde socializante, y que fue llevada adelante por un sector de la burguesía y un sector del ejército, el diario La Nación actuó como un “Estado Mayor Intelectual” porque fue capaz de estructurar junto a sus principales promotores una propuesta para la totalidad de la clase dominante y no sólo para alguna de sus fracciones. 

Sin alterar ante sus lectores los principios históricamente defendidos en la confrontación política peronismo-antiperonismo, se involucró en la construcción del consenso en torno al GAN entendiendo que este dispositivo era capaz de garantizar las condiciones de salvataje.

Ello nos revela un esfuerzo consciente para elaborar una salida ajustada a los intereses que siempre representó y que representa, porque si como dijo Horowicz, “el general gorila, el preso del justicialismo, el cursillista liberal, el nieto del almacenero de ramos generales y el terrateniente de la caballería blanca, hizo honor a su inteligencia y a su clase social” (50), el diario La Nación también llegó hasta allí.

 

 

 

Notas

(1) Una versión preliminar de este trabajo ha sido presentada en las IV Jornadas Nacionales “Espacio, Memoria e Identidad”, desarrolladas en la ciudad de Rosario los días 4, 5 y 6 de octubre de 2006.

(2) “La fórmula del Frente”, en La Nación, 26/12/72, p. 3.

(3) Ulanovsky, Carlos; Paren las rotativas,  Espasa–Calpe Argentina, Bs. As., 1997.

(4) Sidicaro, Ricardo; La política mirada desde arriba.  Las ideas políticas del diario La Nación, 1909-1989, Sudamericana, Bs. As., 1993.

(5) Benclowicz, José D.; “La Nación y el consenso, del tercer peronismo al golpe del  ‘76”, en Taller  Vol. 7 N° 20- abril de 2003.

(6) “Quién es quién en La Nación: de Escribano a los Saguier”, en Diariosobrediarios, Grupo Consenso comunicación.  http://www.diariosobrediarios.com.ar/dsd/diarios/zona_dura /7/10/03 y 20/5/03.

(7) Efron, Gustavo y Brenman Darío; “Los medios gráficos argentinos durante el nazismo”, en Question Revista de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata.

(8) Borrat, Héctor; El periódico, actor político, Editorial Gustavo Gili, S.A., Barcelona, 1989.

(9) Gramsci Antonio; Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno, Nueva Visión, Bs. As., 2003.

(10) A fines de febrero de 1971 Levingston colocó como gobernador de Córdoba a Camilo J. Uriburu (sobrino del general golpista del ’30) quien anunció su decisión de cortar la cabeza de la víbora de la subversión.  El 12 de marzo los sindicatos cordobeses dispusieron una huelga general que contó con el apoyo de los estudiantes.  Actuó la policía, pero el 15 la violencia volvió a estallar.  Durante todo el día hubo enfrentamientos y saqueos y recién por la noche la fuerza pública logró dominar la situación.  Desde entonces los comandantes de las tres Fuerzas consideraron  sin dudas que el tiempo de la denominada Revolución Argentina había expirado. Levingston fue destituido y la Junta Militar asumió el poder designando luego a Lanusse como Presidente.

(11) Portantiero, Juan Carlos; “Clases dominantes y crisis política en la Argentina actual”, en Braun, Oscar (comp.), El capitalismo argentino en crisis, Siglo XXI Editores, Bs. As., 1973.

(12) Torti, María Cristina; “Protesta social y “Nueva Izquierda”, en Camarero, Hernán, Pozzi, Pablo y Shneider, Alejandro: De la revolución libertadora al menemismo, Imago Mundi, Bs. As., 2003.

(13) Lanusse juró el cargo de Presidente el viernes 26 de marzo de 1971, pero propuso el GAN en un discurso el 2 de marzo ese año.

(14) De Amézola, Gonzalo; Levingston y Lanusse o el arte de lo imposible.  Militares y políticos de la Argentina a fines de 1970 y principios de 1971, Ediciones Al Margen, Centro Editorial de la Universidad Nacional de La Plata,  La Plata, 2000.

(15) Lanusse Alejandro A.; Mi testimonio, Laserre Editores, Bs. As., 1977.

(16) Panorama, Año IX – N° 12, Bs. As., 29 de junio al 5 de julio de 1971, p. 17.

(17) Lanusse, Alejandro A.; Confesiones de un general, Editorial Planeta, Bs. As., 1994.

(18) Ante la aspiración del gobierno reiterada por el embajador Rojas Silveyra de obtener de Perón una condena explícita a los grupos armados, el líder respondió: “totalmente inaceptables son esas condiciones” en Panorama, Año IX – N° 223, Bs. As., 3 al  9 de agosto de 1971, p. 9.

(19) La Nación, 4/3/71, p. 8.

(20) La Nación, 8/3/71, p. 1.

(21) La Nación, 28/3/71, p. 8.

(22) La Nación, 2/5/71, p. 8.

(23) “Grupos ideológicamente extranjeros”, en La Nación, 15/3/71, p.1

(24) La Nación, 17/3/71, p. 8.

(25) La Nación, 16/5/71, p.2.

(26) La Nación, 12/5/71, p. 2.

(27) Botana, Natalio, Braun, R. y Floria C.A.; El régimen militar 1966-1973, Ediciones La Bastilla, Bs. As., 1973.

(28) La Nación, 10/10/71, p. 10.

(29) La Nación, 2/5/71, p. 8.

(30) “Hay medidas; no hay plan.  A quién ayuda el terrorismo “,  en La Nación, 9/8/71, p. 2.

(31) La Nación, 5/10/71, p. 2.

(32)  “Alumnos de la facultad de Filosofía y Letras denunciaron la desaparición de estudiantes, miembros de cuerpos de delegados”, en La Nación, 8/11/71, p. 2.

(33)  “Preocupación por situación argentina”, en La Nación, 27/12/71, p. 2.

(34) Lanusse, Alejandro A.; Ibídem Nota Nro. 14.

(35) De todo, un poco”, en La Nación, 21/2/71, p. 2.

(36)  “Primer balance”, en La Nación, 3/4/72, p. 2.

(37)  “Lanusse habló sobre el futuro del país”, en La Nación, 1/6/72, p. 1.

(38) La revista publicó el texto firmado por su director, Tomás Eloy Martínez, pero fue secuestrada el 29 de agosto en virtud del decreto 17787.

(39) Cheren, Liliana; La masacre de Trelew - 22 de agosto de 1972, Ediciones Corregidor, Bs. As., 1997.

(40) “El derecho apoya la extradición”, en La Nación, 21/8/72, p. 3.

(41) García Lupo, Rogelio; Mercenarios y monopolios en la Argentina, Editorial Legasa, Bs. As., 1984 (1ª. Ed. 1972).

(42) Lanusse Alejandro, A.; Ibídem Nota Nro. 14.

(43) Lanusse, Alejandro  A.; Ibídem Nota Nro. 16.

(44)  “Una decisión desafortunada”, en La Nación, 28/8/72, p. 8.

(45)  “Perón reconoce a grupos extremistas”, en La Nación, 25/9/72, p. 8.

(46)  “Psicópatas enfermos”, en La Nación, 23/10/72, p. 1.

(47) La Nación, 28/10/72, pp. 1-18.

(48)  “El viaje que se anuncia”, en La Nación, 9/11/72, p. 8.

(49) “Valorización de una etapa”, en La Nación, 25/11/72, p. 8.

(50) Horowicz, Alejandro; Los cuatro peronismos, Editorial Edhasa, Bs. As., 2005.