EL GRAN ACUERDO
NACIONAL EN LA NACIÓN, 1971-1972 (1)
Universidad
Nacional de Mar del Plata (Argentina)
Resumen
En estas páginas se expondrán los avances
del proyecto de investigación que aborda el análisis de las prácticas discursivas
de dominación a través de la prensa. Particularmente nos hemos propuesto demostrar
que el diario La Nación fue un actor
clave en la construcción del consenso requerido para que el Gran Acuerdo Nacional
(GAN) tuviera éxito.
La construcción del consenso como categoría
subordinada del conflicto existente fue desarrollada por el diario mediante
una estrategia que conjugó la perspectiva del caos con el apoyo explícito
al proyecto político que culminaría con el advenimiento del tercer gobierno
peronista. La posición adoptada por
este medio antiperonista respecto del movimiento de masas, en un escenario
histórico definido por la intensa conflictividad social, nos ha revelado un
esfuerzo creativo y consciente para estructurar, junto a otros actores y para
la totalidad de la clase dominante, una salida ajustada a los intereses que
siempre representó y representa.
Palabras clave: Prensa - Diario La Nación - Consenso – GAN - Peronismo - Clase dominante.
“Y ahora, en las tinieblas, viejos
rostros se van abriendo paso a medida que un cálculo de posibilidades los
invita a recorrer un camino a cuyo término, otros rostros, también muy conocidos
aguardan la iniciación de una ceremonia que en 1853 se dispuso habría de realizarse
en la República una vez cada seis años. Estos viejos rostros recuerdan uno de los grandes
dramas políticos argentinos de este siglo, pero aún con toda la carga emotiva
este recuerdo libera otro cálculo y deja en disponibilidad en estos días dos
esperanzas: que haya frutos provechosos en el sembradío de la experiencia
y que las Fuerzas Armadas velen durante el período por iniciarse el cumplimiento
intergiversable de la Constitución que nos rige” (2)
La nota publicada en diciembre de 1972 se ocupó de trazar un cuadro de la
situación en las vísperas de las elecciones que habrían de celebrarse en marzo
de 1973. El llamamiento a meditar sobre
la significación del evento no podía ocultar la decepción del matutino ante
el posible triunfo de la fórmula Cámpora-Solano Lima.
¿Cómo explicar entonces que el declarado antiperonista diario La Nación se haya entusiasmado y haya prestado
su apoyo a una propuesta política que tenía por finalidad la reincorporación
del movimiento de masas a la lucha electoral?
La pregunta no es ociosa porque más allá de considerar las caracterizaciones
que sobre este medio se han realizado, su actitud convoca al análisis de su
desempeño en una coyuntura histórica precisa.
Existe en general un consenso en señalar que el diario de los Mitre está dirigido
hacia y es leído por los sectores propietarios.
José Claudio Escribano dijo en 1996 al periodista Carlos Ulanovsky “Si Usted
dijera: ‘Ustedes hacen un diario conservador-liberal’, contestaríamos: ‘Está
bien’. Ahora si en cambio la expresión fuera: ‘Ustedes hacen un diario elitista’:
nosotros diríamos que mal nos ha entendido usted, o que mal hacemos nosotros
las cosas para que usted nos entienda como lo hace” (3). Ricardo Sidicaro
lo ha caracterizado como uno de los representantes más destacados de la corriente
de pensamiento de la derecha liberal (4) y Benclowicz coincide en que La
Nación no sólo es el medio más destacado de esta corriente ideológica,
sino que su importancia radica en que “se dirige a quienes se encuentran en
las estructuras del poder social, político y económico, a la hora de fijar
la agenda de discusión de los asuntos nacionales” (5).
En el mismo diario los profesionales no dudan: La
Nación sigue siendo “la institución” del establishment (6).
Acérrimo
enemigo de las “ideologías foráneas” expresadas por el anarquismo, el socialismo
y el comunismo, mantuvo sin embargo una actitud pendular respecto del nazismo
(7) y como ya se ha mencionado, su particular concepción de la democracia
lo ubicó en una posición de militante
antiperonismo que sin embargo debió estacionar en ese momento particular en
el cual el Gran Acuerdo Nacional pretendía conjurar la contrapartida dialéctica
del gran “Desacuerdo” nacional.
Este trabajo aborda al centenario matutino desde una perspectiva que considera
a los medios gráficos como objeto de estudio y no como fuentes de información,
como es habitual. En este sentido,
es posible considerar a la prensa escrita, entre otros medios masivos, como
un actor social en relaciones de conflicto con otros actores y como una pieza
clave en la producción del consenso en la medida en que éste aparece como
categoría subordinada del primero. “El
consenso entre dos o más actores –afirma Borrat- encuentra su explicación
precisamente en el conflicto al cual se refiere” (8).
Tomar la dimensión del conflicto como variable en la categoría de análisis
resulta significativo a la hora de comprender la posición del periódico no
sólo en relación con el contexto social, sino también en función del marco
teórico utilizado desde el cual se aborda la investigación, pues se conoce
que un periódico puede ser un partido
(entendido como la expresión de un grupo social), una fracción de partido
e incluso que puede actuar como un “Estado Mayor Intelectual”, como si fuese
una fuerza dirigente, independiente y superior a las fracciones del grupo
(9).
La propuesta se dirige entonces a evidenciar el esfuerzo realizado por La Nación
en la producción del consenso en torno a un plan político que culminaría con
el advenimiento del tercer gobierno peronista.
Para ello abordaremos sus editoriales, por ser éstas los espacios reservados
por los medios para expresar su opinión y desplegar su propio discurso y analizaremos
también las crónicas ya que ellas nos permitirán rastrear los mensajes a veces
ocultos que favorecen en el lector la aprehensión de la realidad desde la
perspectiva que ofrece el diario.
Un Acuerdo para el Gran Desacuerdo
Cuando en 1969, el Cordobazo selló la suerte
de Onganía, La Nación sostuvo una
actitud reflexiva que expresaba de manera bastante clara la legitimidad de
las protestas. Para entonces el Comandante en Jefe del Ejército, Alejandro
A. Lanusse, había delineado en el mes de noviembre una propuesta política
para lograr la apertura electoral que fue desestimada por el Gral. Francisco
Imaz, Ministro del Interior.
En
junio de 1970 el Gral. Levingston se convertía en el segundo de los presidentes
autoritarios de la autodenominada Revolución Argentina, pero no iba a permanecer
mucho tiempo en el poder. Luego del
Viborazo (10), Lanusse lo reemplazaría por disposición de la Junta Militar
e intentaría por todos los medios dar una solución a la crisis de dominación
de la burguesía que se encontraba amenazada tanto por sus conflictos internos
como por la progresiva radicalización de las masas y el crecimiento paralelo
de la izquierda.
La
inestabilidad política que caracterizó el período 1955-1973 y que ilustró la ausencia de un consentimiento social,
no se remitió exclusivamente al antagonismo peronismo-antiperonismo. Si bien es cierto que el problema seguía en
pie, y que en la percepción de los sectores dominantes éste se había agravado
sensiblemente a partir de la constatación de un proceso de peronización acelerado
que evidenciaba signos de radicalización sin precedentes; hacia fines de los
’60, el desarrollo de un conglomerado de fuerzas sociales y políticas que
reivindicaban la transformación social, había contribuido a impregnar una
sensación de amenaza a la ya conflictiva atmósfera política.
Fue
este clima de efervescencia social, alimentado por una intensa lucha entre
las fracciones de la burguesía (11), el que provocó que los sectores más lúcidos
de las Fuerzas Armadas advirtieran que ya no se trataba de resolver sólo el
problema del peronismo. Las tendencias
que planteaban sus demandas hablando el lenguaje de la “liberación nacional”,
el “socialismo” y la “revolución” crecían por fuera y por dentro de ese movimiento
e involucraban no sólo a la clase obrera sino también a importantes franjas
de sectores medios, ilustrando un nivel ascendente de la lucha de clases (12).
Frente
al desafío generalizado, antes de convertirse en Presidente, Lanusse convocó
en un discurso a un Gran Acuerdo Nacional (GAN) con el fin de superar –dijo- prejuicios y antinomias pertenecientes al pasado
(13).
A los observadores de la escena política no se les escapaba que Lanusse se
refería a la incorporación legal del peronismo a la lucha electoral.
El propósito consistía en asumir la reaparición de lo político aceptando la
legalidad del movimiento de masas. Promover
una puja electoral donde se le ganara y aislar a la guerrilla favoreciendo
el protagonismo de los sectores moderados que tendían a verse superados por
los más exaltados (14).
Este objetivo se articularía mediante la constitución de una alianza que incluiría
tanto a los políticos peronistas como a los radicales, a las Fuerzas Armadas
y a las organizaciones empresarias y sindicales.
Así lo había explicado Lanusse en una reunión con brigadieres y almirantes
en actividad a fines de abril de 1971: “El
Gran Acuerdo Nacional no incluye solamente a los partidos. También es una
convocatoria a los sectores empresarios, financieros, laborales. El GAN también significa crear el clima de paz
necesario para desarrollar las posibilidades potenciales de nuestro país”
(15).
En lo básico el GAN quería una alianza entre amigos y adversarios para
enfrentar a los enemigos. Los enemigos de ayer –los peronistas– habían
mudado ahora a la categoría de adversarios, en tanto que los nuevos y a los
que debía enfrentarse se corporizaban en aquellos grupos y sectores que, cuestionando
el orden instituido y la legitimidad de la dominación existente, estaban planteando
la transformación radical de la sociedad. Que esto era así puede advertirse por ejemplo
en las declaraciones de Balbín a un periodista de la revista Panorama: “los radicales estamos en el gran acuerdo”, afirmó. Ante la pregunta “el acuerdo peronista-radical es la barrera contra el marxismo”; el
jefe del partido centenario respondió: “en
lo básico sí. Se trata de defender al gobierno que prometió con seriedad la
institucionalización en contra de una aventura totalitaria” (16).
No nos une el amor sino el espanto
Como Lanusse, el diario La Nación
deseaba el éxito de la propuesta, pero no había abandonado la usina del antiperonismo;
ambos coincidían en el diagnóstico: un clima de distensión de la antinomia
peronismo-antiperonismo era la única manera de convertir al movimiento de
masas en el muro de contención del conflicto social y llegado el caso, ante
una eventual victoria electoral que lo reinstalara en el fórmula de dominación,
constituirse en el resguardo del sistema capitalista. El peronismo era entonces un problema pero también
una solución y así lo había evaluado Lanusse: “Cuando ingresé a la Casa de Gobierno, como presidente de la Junta Militar
que había asumido la responsabilidad de conducir al Estado, ya tenía conciencia
de que era imposible fingir la inexistencia de Juan Domingo Perón: me gustara
o no –aseguro que no me gustaba-, se había convertido en un impresionante
punto de referencia para la realización de cualquier política”. Confesaba que había intentado “crear una alternativa al movimiento justicialista
y a su líder: éramos, entonces, los dos polos de atracción que se repelían
y, de alguna manera, también se habían comenzado a necesitar” (17).
La posibilidad de lograr un consenso
en torno a una conciliación con el movimiento proscrito residía en un diseño
que estimaba a priori su incorporación
a la vida política, pero desvinculada del eje de subordinación con Madrid
ya fuera porque el líder exiliado se negaba a condenar a las “formaciones
especiales” (18), como porque se lo seguía juzgando como demagogo y autoritario.
La convocatoria de Lanusse fue por lo tanto bien recibida por La Nación que reflexionó sobre la conveniencia
del acuerdo, señalando que “ello suponía
un dilatado y honesto intercambio de juicios entre todos los participantes
de la vida política nacional” (19). Sus primeras planas comenzaron a ofrecer
desde entonces las explicaciones de quien se convertiría en el último mandatario
del proyecto autoritario iniciado en 1966: “El GAN es el imperativo de la hora presente.
Sólo así podrá llevarse a feliz término
la gran empresa de encauzar al país en la senda de la libertad, el progreso
y la justicia, como condición básica para el pleno reestablecimiento de ‘una
democracia representativa, eficiente y estable’” (20).
A través de sus titulares y crónicas empezó a mostrar la predisposición a
promocionar la propuesta política anunciando la citada convocatoria e informando que “las Fuerzas Armadas categorizaron oficialmente la obtención de un Gran
Acuerdo Nacional como el objetivo supremo de la Revolución y que los civiles quedaron convocados a participar
del compromiso” (21).
Cuando el 1 de mayo de 1971, desde la ciudad de Río Cuarto, el flamante presidente
Lanusse ratificó el GAN, La Nación
publicó al día siguiente en su editorial que “La incorporación de lo que se ha dado en llamar el justicialismo a la
vida política activa, sin más restricciones que las surgidas de su propia
sensatez, supone la existencia de garantías convincentes acerca de que tal
incorporación contribuirá a consolidar una democracia cabal. La experiencia indica que no se puede tomar
como un verdadero compromiso la sola palabra del jefe de ese movimiento. Para que un acuerdo sea efectivo debe tenerse
la seguridad de que todas las partes comprometidas procedan con igual sinceridad
y similar estimación del honor” (22).
A las reservas expresadas respecto de Perón, el periódico sumaría su alarma
por la ebullición ideológica de la juventud y del movimiento obrero que, como
señalaba un comunicado oficial del gobierno, estaban siendo captados por “grupos ideológicamente extranjeros”, cuyos
intereses antiargentinos intentaban cambiar el “claro sentido nacional” de los trabajadores y “apartar de la disciplina del estudio a nuestra juventud universitaria”
(23). Un editorial, refiriéndose a los sucesos del Viborazo, decía que
“los grupos insurreccionales venían preparando
cuidadosamente sus dispositivos de guerra a fin de emplearlos bajo la cobertura
de un despliegue popular” y que “los sindicatos opuestos a los metalúrgicos tradicionales se mueven en
la misma órbita ideológica del ERP” (24).
Sin retacear espacios para registrar la serie de acontecimientos que comprometían
la supervivencia del sistema de dominación, toda la artillería de una fuerza
social y política amenazante fue expuesta en sus páginas, desde sus discursos
hasta sus prácticas: asaltos, secuestros, levantamientos populares, huelgas,
ocupaciones de fábricas con rehenes, sabotajes, copamiento de pueblos, manifestaciones callejeras.
En lo que se refiere a los grupos armados, éstos fueron precisamente identificados
en cuanto a su extracción ideológica y si bien fue habitual que el diario
los catalogara como “extremistas”, “terroristas” “subversivos”, “delincuentes”,
“saboteadores”, “secuestradores” y “asesinos”, resultó también frecuente advertir
el uso de estos términos por parte algunos sectores castrenses identificados
en la jerga política y periodista como los “duros” frente al peronismo y al
comunismo y partidarios de dar una firme respuesta represiva al fenómeno guerrillero.
Así, las afirmaciones y advertencias de dos claros exponentes de esta
tendencia, Juan Carlos Sánchez y Alcides López Aufranc, conductores del II
y III Cuerpo del Ejército, fueron publicadas sucesivamente por el matutino
que difundió también el intento golpista del Gral. Labanca, subrayando al
gobierno la necesidad de homogeneizar su autoridad en el terreno militar,
“ante sectores castrenses que se dividen en
dos bandos: aquellos que no pueden convenir nada con el peronismo mientras
Perón viva y los que, temerosos de una revolución de izquierda contra las
Fuerzas Armadas, promueven un giro autoritario” (25).
Aquel levantamiento que proclamaba la “profundización de la Revolución”, pese
a que fue rápidamente conjurado, logró apoyos importantes para el GAN que
La Nación se encargó de publicar: “Si Lanusse estuviera comprometido porque alguien
tratara de impedir la salida, nosotros saldríamos en su apoyo” (26), declaraba
Paladino, entonces delegado personal de Perón.
A la rebelión de Labanca se agregó en octubre la sublevación de las unidades
militares de Azul y Olavarría que originó el repudio de vastos sectores de
la sociedad. La mayoría de los partidos
políticos, especialmente los nucleados en La Hora del Pueblo atacaron el motín
nacionalista y hasta el proscrito Partido Comunista realizó un llamado para
apoyar al gobierno contra lo que juzgaron como un movimiento fascista.
Mientras que los editoriales de Criterio
(27) sugirieron a Lanusse explotar políticamente la victoria sobre los
insurrectos, en el diario de los Mitre aparecía la voz de uno de sus interlocutores
acompañando la condena: la UIA expresó en aquella oportunidad “no queremos más revoluciones, cualquiera sea
su signo y protagonistas” (28). Estos
sucesos sirvieron a Lanusse para recordar a los suyos que el camino que les
proponía estaba flanqueado por dos abismos: de un lado el desborde de la activación
popular; y del otro, las tendencias internas a las Fuerzas Armadas que conducían
también hacia rumbos sumamente peligrosos.
La preocupación con la que el diario reflejó la oposición de estos sectores,
fue similar a aquella que le producía la evolución de algunos grupos de la
Iglesia que se definían políticamente en términos muy cercanos a los que en
Latinoamérica y en el país impulsaban salidas de izquierda o socialistas (29).
De esta manera y teniendo en cuenta como venían desarrollándose los acontecimientos,
que lejos de seguir el curso deseado parecían encaminarse en sentido opuesto,
La Nación advirtió en el mes de
agosto sobre las consecuencias que podrían derivarse de la inviabilidad del
acuerdo reclamado. La nota denunciaba
a quienes encontraban en la actividad terrorista un excelente pretexto para
justificar el continuismo y obstaculizar así la salida institucional.
Llamaba a neutralizar a aquellos intereses a través del apoyo a la
propuesta presidencial y promovía admirablemente la polarización política.
Decía que “Si es notorio que
las agrupaciones subversivas no quieren que haya elecciones, bastante más
arduo es detectar las funciones activas de los integrantes del sector militar
que tampoco, aunque por motivos distintos a los de los terroristas, desean
que se llegue al momento de una votación popular.
Los ideólogos de la subversión consideran que el advenimiento de una
dictadura les conferiría a su accionar una suerte de justificativo popular.
De ahí su empeño en evitar una solución democrática. A su vez, quienes consideran que las facultades
irrestrictas de un gobierno “fuerte” y desligado de la opinión pública permitiría
un exterminio amplio, quizás indiscriminado de los grupos terroristas, han
comenzado a utilizar la existencia de éstos como una herramienta de captación
de simpatías en los medios con mayor poder de decisión.
Por eso mismo no extraña, que en los días anteriores la versión de
un pronto anuncio sobre la fecha de elecciones haya partido, precisamente
de los sectores militares identificados inequívocamente con la solución democrática”
(30).
El reemplazo de Paladino por Cámpora como vocero de Perón, había marcado un
punto de inflexión entre un peronismo negociador y uno radicalmente intransigente.
A Cámpora se asociaban los sectores del peronismo más contestatarios
al acuerdo ofrecido y ello sumaba aun más dificultades para arribar al objetivo
en los términos que La Nación y el gobierno exigían.
Frente a la creciente actividad de la guerrilla que inquietaba al gobierno
y potenciaba los temores de los sectores dominantes, La Nación publicó una nota en la que registraba los hechos producidos
por el terrorismo desde abril de 1969 a abril del ’71: “252 asaltos a bancos o asociaciones financieras,
682 casos de intimidación pública o sabotaje, 127 golpes de mano, 73 robos
de armas, 3 secuestros y 3 asesinatos” (31).
La conmoción del clima social fue también evidenciada por el periódico a través
de otras voces que, como la de los estudiantes de la Facultad de Filosofía
y Letras, denunciaron torturas y desapariciones (32). Asimismo la Comisión
Internacional de Juristas, en un comunicado “expresó al gobierno argentino su preocupación por el clima de inseguridad
jurídica, imperante desde hace tiempo en dicho país” citando “informes en que se da cuenta de intimidaciones,
vejaciones y detenciones de abogados argentinos, especialmente los que defendieron
las causas de procesados por motivos políticos y numerosas denuncias formuladas a raíz de malos
tratos, e incluso torturas infligidas a reclusos, así como la aparición en
determinadas ciudades de comandos cuya violencia recuerda a los célebres escuadrones
de la muerte en otros países” (33).
En las vísperas de fin de año –el 30 de diciembre de 1971– Lanusse dirigió
un mensaje al país impulsando las definiciones políticas de los diversos sectores
acerca de la violencia o de la posibilidad de recorrer el camino del diálogo
que se había abierto luego de años de incomunicación. El GAN, dijo “no está al servicio de persona alguna.
Todos y yo en especial estamos al servicio del proceso. Las reglas del juego, deben implicar reglas
del juego limpio para todos, pero por su propia voluntad se han marginado
del proceso quienes pretenden hacer de la violencia el medio… para imponer
sus ideas, y aquellos que quieren volver a provocar la lucha entre hermanos”. El discurso presagiaba la necesidad de adoptar
una estrategia frente a las circunstancias que se presentaban: “uno de los partidos considerados con posibilidad
de vencer estaba, cada vez más visiblemente, dominado por los violentos, y
con permiso de su máximo jefe que los alentaba y empujaba” (34).
La complejidad del escenario imponía el inicio de una cuenta regresiva hacia
la necesidad de lograr un pacto rápido capaz de reencauzar la lucha popular
por los caminos tradicionales y poco peligrosos de la democracia electoral.
La inclusión de los elementos moderados del peronismo pero excluyendo a la
persona de Perón como posible candidato, para que el GAN fuera validado por
los militares y por las fuerzas políticas más significativas reunidas en La
Hora del Pueblo, no sólo había encontrado la oposición de sectores castrenses,
de la guerrilla y de los grupos radicalizados.
Las negociaciones con el líder exiliado no resultaban fáciles, y la
indefinición de Perón entre aceptar un acuerdo o asumir una posición de enfrentamiento
creaban a Lanusse un problema de difícil resolución, que lo colocaba en una
posición ambivalente frente a sus camaradas de armas a quienes debía tranquilizar
y de cara a los políticos que debían creer sus promesas y la necesidad de
la conciliación planteada.
La estrategia pendular de Perón, de alentar al ala insurreccional del movimiento
(Montoneros, FAP, FAR), de reforzar el ala sindical y de mantener el diálogo
oficial con el gobierno a través de su vocero personal, volvían crítica la
situación para un Presidente apremiado por un tiempo que no tenía y del que
sí parecía disponer Perón.
A comienzos de 1972 el líder exiliado en Madrid dio la señal que en apariencia
lo acercaba a un acuerdo. El 14 de
febrero comenzó a circular en Buenos Aires un mensaje de Perón en el que proponía
la formación de un Frente Cívico de Liberación Nacional.
La Nación informó entonces que “El presidente Lanusse ha dicho que parece
aceptable la declaración escrita por Perón con el título ‘la única verdad
es la realidad’ y en la cual el ex dictador propuso ‘una alianza de clases
y la formación de un frente con todas las tendencias representativas’”.
Resaltó que “después de siete días de
conocer las declaraciones de Perón el ala izquierda del peronismo sigue en
silencio, pero sus voceros han confesado que han sido puestos en una situación
difícil”, ya que en ese documento Perón había criticado los “hechos de terrorismo y guerrilla urbana” y planteado que había que
“canalizarlos hacia una acción colectiva
y fecunda” (35).
Con el claro objetivo de explicitar los pliegues de la división interna del
peronismo, La Nación sugería conservar
la voluntad de diálogo con su jefe en función de la reciente declaración que
implicaba un avance respecto de actitudes anteriores.
El secuestro por el ERP de Oberdam Sallustro, director general de la Fiat
Concord, le proveyó a La Nación
el motivo para definir nítidamente los extremos de la oposición: “el ERP es de todas las organizaciones la menos
vinculada ideológicamente con el peronismo”, es –dijo- “un grupo marxista de línea trotskista que
está irremediablemente aislado” y que “el
resultado es el de perder contacto con la realidad de una nación que tiene
una solución concreta a la vista: la de su normalización con la convocatoria
del pueblo a las urnas, pero precisamente después que el camino ha sido despejado
por la superación, de los antagonismos clausurantes” (36).
En abril las rebeliones conocidas como el Cuyanazo, el hallazgo del cuerpo
muerto de Sallustro y la intimación del Gral. Juan Carlos Sánchez en Rosario,
llevaron a Lanusse a hablar nuevamente al país.
Cosechó algunos triunfos: el 29, Día del Ejército, varios oficiales
superiores emitieron discursos de respaldo al plan de institucionalización,
y el 30 en el Hotel Savoy una concentración de dirigentes políticos organizada
por el peronismo se pronunciaba contra la reforma constitucional y por el
pedido de adelanto de la fecha de elecciones.
Desde San Nicolás, el 31 de mayo volvió a llamar al acuerdo como único medio
para la futura estabilidad política (37), y aunque durante todo el año continuaron
las protestas, las huelgas, los atentados, los raptos, la represión y las
muertes en el país, en agosto la violencia conocería un ascenso dialéctico.
Los sucesos de Trelew, que conmovieron al país entero y que habrían
de proyectar una polémica histórica y política de gran magnitud, adquirieron
una repercusión nacional e internacional imprevisible.
En este anticipo de la institucionalización del Terrorismo de Estado, la masacre del 22 de agosto a los 16 guerrilleros
fugados del Penal de Rawson, no fue reproducida en los medios argentinos como
tal. La versión de que los prisioneros
habían asaltado a los guardias sirvió de argumento para justificar el asesinato
al enemigo ideológico de una forma
criminal. Todos los diarios y revistas,
a excepción de Panorama (38), reprodujeron la explicación militar sobre Trelew.
Se diferenciaron en su prosa, más o menos agresiva para con los guerrilleros,
según fuera la intensidad de su alineamiento con el poder.
El Chango Mendieta, “un pintoresco y famoso
periodista salteño” fue -según recuerda Armando Vidal, periodista de Clarín–
quien cubrió para La Nación los hechos de agosto (39). El
diario había publicado una nota
el día 21 refiriéndose a las normas jurídicas que apoyaban el pedido de extradición
de los fugados a Chile realizado por el gobierno argentino. En ella se había referido a los activistas como
“delincuentes” y “agentes del caos” en un tono visiblemente violento y argumentando
que “Es lícito preguntarse, cuál es
la diferencia concreta entre estos supuestos ideólogos que tienen siempre
el dedo sobre el gatillo y los delincuentes comunes; que línea visible separa
a unos de otros, puesto que éstos y aquellos acuden a idénticos trámites y,
por lo que se advierte, marchan detrás de objetivos que no difieren sino en
rótulos” (40).
La relación directa de la fuga a Chile con los asesinatos como su consecuencia
fue comentada por García Lupo: la matanza había significado –dijo-
para la mayoría de las organizaciones políticas del país, un escarmiento
fríamente concebido por la Junta de Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas,
en venganza por la fuga de los diez guerrilleros a Chile, sin embargo, la
versión oficial del gobierno -agregaba- no se vio controvertida por los diarios
(41).
Por el contrario, la prensa en general interpretó los hechos como una muestra
más de la oposición de los sectores castrenses al acuerdo reclamado, aunque
el discurso dirigido por Lanusse al país dos días después de la matanza asegurara
que “Los que estiman que el diálogo
es imponer su voluntad con un arma o con el miserable y cobarde acto de colocar
bombas, tendrán una respuesta que no será precisamente la de la palabra, sino
la del peso máximo de la ley y también –que no quepan dudas– la fuerza de
nuestras armas” (42).
Por otro lado, las confesiones en las que el general asumía no creer “en un complot dirigido contra mí, para teñir
de sangre mis esfuerzos de conciliación con los argentinos”(43) revelaban
hasta que punto esta idea que reflejaba la adicción al GAN, había circulado
entre importantes sectores de opinión.
Pero mientras La Nación continuaba
condenando la actitud del gobierno socialista de Chile por haber abierto “el
camino que más convenía a los terroristas” (44) y subrayaba el reconocimiento
de Perón a las “formaciones especiales como parte del movimiento”
(45); las expresiones de los “duros”
respecto a estos “psicópatas y enfermos”
(46) a los que se debía destruir; marcaban el ritmo de un tiempo en el
que la necesidad por lograr los entendimientos con Perón se había tornado
imprescindible.
Esta apreciación empujó al Presidente a manifestar “con algo de estupor y mucho desencanto, que no se advierte por parte
de los dirigentes de algunas agrupaciones políticas la adecuada manifestación
en respuesta del deseo del gobierno y de las Fuerzas Armadas… que hemos sostenido
el imperativo del acuerdo... y aquí cabe una advertencia… el tiempo se va
agotando” (47).
Tras el anuncio de Héctor Cámpora de que Perón regresaría al país el 17 de
noviembre, Lanusse habló al día siguiente por radio y televisión, y en un
tono tranquilizador, el diario informó que el Presidente había instado a seguir
dialogando, reafirmando que nada alteraría la vida nacional.
Dos días después del anuncio, el 9 de noviembre, La Nación esgrimió en su editorial todos los posibles comportamientos
políticos del líder, invitando a mantener una voluntad vigilante respecto
de “un político en el cual los antecedentes
no inducen a confiar”. El texto era tal vez, como apuntó Sidicaro,
uno de los más importantes del período y planteaba con un gran realismo tres
posibilidades de acuerdo al contenido que el protagonista le asignara al viaje:
“a) puede ser el símbolo de regreso
de una forma de mando bajo la cual se pretendió identificar a la Nación con
un partido, aplicando por extensión forzada el método sectario con que ese
partido se identificó con la variable, pero siempre tiránica, voluntad de
su jefe, b) puede ser una acción calculada para generar condiciones adversas
al proceso conducente a la normalización constitucional, y c) puede ser una
misión concebida con finalidad autorreivindicatoria de abrir el camino a los
dirigentes de su partido más inclinados a la tesis de un compromiso de coalición
con la mirada puesta en un futuro gobierno en el cual las Fuerzas Armadas
habrán de asumir activamente su cuota de responsabilidad para afianzar las
respectivas autoridades. Para el primer
caso se impone una inmediata y enérgica respuesta negativa. Una respuesta
tan clara que llegue a equivaler a una convocatoria al reagrupamiento combativo…
La segunda posibilidad…es reiterar errores de los que sólo han extraído beneficio
los grupos cuyas propuestas revolucionarias son imitaciones… de actitudes
políticas que tanto en su simpatía
hacia el fascismo, como en su simpatía hacia el comunismo son anteriores a
la extraordinaria transformación tecnológica de nuestro tiempo. A quienes se aprecien de su independencia de
juicio convendrá que el tercero de los posible motivos del viaje se limite
a extraer como indicio positivo la decisión a favor del diálogo” (48).
Finalmente, luego de que Perón desplegara en suelo argentino una amplia actividad
política aparentemente orientada hacia la tercera de las posibilidades conjeturadas,
La Nación valoró como positivo el giro que
estaban tomando los acontecimientos y sin abandonar todas las prevenciones,
pero con gran expectativa y alivio, aspiró a que “una nueva realidad disipe las desconfianzas subsistentes y alguna forma
de acuerdo honesto y sincero revista los caracteres de una fuerza más poderosa
que la proveniente de antiguas frustraciones” (49).
A modo de conclusión
El 25 de mayo de 1973 el presidente Cámpora recibió los atributos de su cargo
por parte de un consecuente antiperonista. En medio de una multitud festiva y enardecida
que no dejaba de insultar a los militares, Lanusse se retiró de la Casa Rosada
con la certeza del deber cumplido. Había
logrado el fin de dieciocho años de proscripción del peronismo y que Perón
se incorporara al sistema quitándose el traje de víctima que lo habría convertido
en una especie de mito revolucionario si continuaba exiliado o fallecía en
Madrid.
Plantear que la relación histórica de enfrentamiento entre los dos generales
culminó con la derrota del presidente de facto -porque fue Perón y su movimiento,
y no Lanusse, La Hora del Pueblo y las Fuerzas Armadas los que terminaron
por convertirse en la absorción de la activación popular y liquidar a la guerrilla-,
no es más que invertir el problema, porque en primer término, lo que el gobierno
militar intentó mediante el GAN fue ceder una parte ante el riesgo de perderlo
todo.
En un contexto en el que la experiencia cotidiana se traducía en un auge de
la lucha de clases, el “duelo de los generales” iba a ser abandonado porque
ahora ambos tenían coincidencias objetivas: amigos
(militares y aliados) y adversarios
(peronismo) habrían de enfrentar juntos a un enemigo común: la creciente radicalización social y el accionar de
la guerrilla que ante un retroceso de la alianza entre las clases dominantes
y los militares, colocaban en peligro la supervivencia misma del capitalismo en el país.
La importancia de lograr la preservación del sistema en el marco de un proceso
definido por la lucha interburguesa, por el intenso faccionalismo al interior
de las Fuerzas Armadas y por el desarrollo de un nuevo principio de
legitimidad que se venía gestando desde el Cordobazo y que se erigía
como alternativa de poder, colocando en peligro la estabilidad social obligó
a la burguesía a recurrir a Perón, por ser éste el único con suficiente peso
social como para revertir lo que se percibía como un sostenido avance revolucionario.
Si bien retrospectivamente podemos afirmar que la serie de hechos que condujeron
a 1976 evidenciaron la resolución temporaria de la crisis de dominación, lo
que aquí cabe destacar es el esfuerzo realizado por estos actores para conjurar
y aislar una potencia realmente amenazante.
En este escenario La Nación desempeñó
un papel destacado en la promoción del Acuerdo. Los ejes desarrollados buscaron
evidenciar la intensa confrontación social ubicando en primer plano los dos
polos de la oposición. El “problema de la subversión” y las posturas de los
militares “duros” constituyeron los elementos de una campaña que mediante
la perspectiva del caos, ilustró la existencia de una guerra civil en ciernes
y se orientó a atraer hacia el GAN a los sectores políticos, empresarios y
sindicales que se negaban a una alianza con los militares. A su vez frente
a los sectores castrenses que obstaculizaban el GAN porque sostenían que “profundizar
la Revolución” era un requisito para elegir gobierno, el diario realizó el
esfuerzo de presentar una visión en la que el mal menor consistía en la reincorporación
del peronismo a la vida política legal frente a la movilización popular y
la guerrilla. Las críticas de estos
numerosos enemigos en las filas de las Fuerzas Armadas, que planteaban tácitamente
que los peronistas no votaran, o la prolongación sin límite de las elecciones,
fueron cuidadosamente atendidas a través de la ofrenda de un panorama que
contribuyó a homogeneizar sus ideas con las de quienes, como La
Nación, se enfrentaban a la necesidad imperiosa de llegar a las elecciones
para conjurar cualquier cuestionamiento serio al orden social.
Paralelamente al desarrollo de esta campaña que tenía por objetivo desarrollar
el miedo recíproco, la prédica del matutino demostró un apoyo explícito al
proyecto político que habría de culminar con el advenimiento del tercer gobierno
peronista.
En esta iniciativa que se había propuesto custodiar los intereses de la dominación
de clase existente a través de la incorporación del peronismo como la nueva
frontera al desborde socializante, y que fue llevada adelante por un sector
de la burguesía y un sector del ejército, el diario La Nación actuó como un “Estado Mayor Intelectual” porque fue capaz
de estructurar junto a sus principales promotores una propuesta para la totalidad
de la clase dominante y no sólo para alguna de sus fracciones.
Sin alterar ante sus lectores los principios históricamente defendidos en
la confrontación política peronismo-antiperonismo, se involucró en la construcción
del consenso en torno al GAN entendiendo que este dispositivo era capaz de
garantizar las condiciones de salvataje.
Ello nos revela un esfuerzo consciente para elaborar una salida ajustada a
los intereses que siempre representó y que representa, porque si como dijo
Horowicz, “el general gorila, el preso
del justicialismo, el cursillista liberal, el nieto del almacenero de ramos
generales y el terrateniente de la caballería blanca, hizo honor a su inteligencia
y a su clase social” (50), el diario La Nación también llegó hasta allí.
Notas
(1) Una versión preliminar de este trabajo ha sido presentada
en las IV Jornadas Nacionales “Espacio, Memoria e Identidad”, desarrolladas
en la ciudad de Rosario los días 4, 5 y 6 de octubre de 2006.
(2) “La fórmula del Frente”, en La Nación,
26/12/72, p. 3.
(3) Ulanovsky, Carlos; Paren las rotativas,
Espasa–Calpe Argentina, Bs. As., 1997.
(4) Sidicaro, Ricardo; La política mirada desde arriba. Las ideas políticas del diario La Nación, 1909-1989,
Sudamericana, Bs. As., 1993.
(5) Benclowicz, José D.; “La Nación y el consenso, del tercer peronismo al
golpe del ‘76”, en Taller Vol. 7 N° 20- abril
de 2003.
(6) “Quién es quién en La Nación: de Escribano a los Saguier”, en Diariosobrediarios, Grupo Consenso comunicación.
http://www.diariosobrediarios.com.ar/dsd/diarios/zona_dura
/7/10/03 y 20/5/03.
(7) Efron, Gustavo y Brenman Darío; “Los medios gráficos argentinos durante
el nazismo”, en Question Revista
de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional
de La Plata.
(8) Borrat, Héctor; El periódico, actor político, Editorial Gustavo Gili,
S.A., Barcelona, 1989.
(9) Gramsci Antonio; Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el
Estado moderno, Nueva Visión, Bs. As., 2003.
(10) A fines de febrero de 1971 Levingston colocó como gobernador de Córdoba
a Camilo J. Uriburu (sobrino del general golpista del ’30) quien anunció su
decisión de cortar la cabeza de la víbora
de la subversión. El 12 de marzo
los sindicatos cordobeses dispusieron una huelga general que contó con el
apoyo de los estudiantes. Actuó la
policía, pero el 15 la violencia volvió a estallar. Durante todo el día hubo enfrentamientos y saqueos
y recién por la noche la fuerza pública logró dominar la situación.
Desde entonces los comandantes de las tres Fuerzas consideraron
sin dudas que el tiempo de la denominada Revolución Argentina había
expirado. Levingston fue destituido y la Junta Militar asumió el poder designando
luego a Lanusse como Presidente.
(11) Portantiero, Juan Carlos; “Clases dominantes y crisis política en la
Argentina actual”, en Braun, Oscar (comp.), El capitalismo argentino en crisis,
Siglo XXI Editores, Bs. As., 1973.
(12) Torti, María Cristina; “Protesta social y “Nueva Izquierda”, en Camarero,
Hernán, Pozzi, Pablo y Shneider, Alejandro: De la revolución libertadora al
menemismo, Imago Mundi, Bs. As., 2003.
(13) Lanusse juró el cargo de Presidente el viernes 26 de marzo de 1971, pero
propuso el GAN en un discurso el 2 de marzo ese año.
(14) De Amézola, Gonzalo; Levingston y Lanusse o el arte de lo imposible.
Militares y políticos de la Argentina a fines de 1970 y principios
de 1971, Ediciones Al Margen, Centro Editorial de la Universidad Nacional
de La Plata, La Plata, 2000.
(15) Lanusse Alejandro A.; Mi testimonio, Laserre Editores, Bs. As., 1977.
(16) Panorama, Año IX – N° 12, Bs. As., 29 de junio
al 5 de julio de 1971, p. 17.
(17) Lanusse, Alejandro A.; Confesiones de un general, Editorial Planeta,
Bs. As., 1994.
(18) Ante la aspiración del gobierno reiterada por el embajador Rojas Silveyra
de obtener de Perón una condena explícita a los grupos armados, el líder respondió:
“totalmente inaceptables son esas condiciones”
en Panorama, Año IX – N° 223, Bs.
As., 3 al 9 de agosto de 1971, p. 9.
(19) La Nación, 4/3/71, p. 8.
(20) La Nación, 8/3/71, p. 1.
(21) La Nación, 28/3/71, p. 8.
(22) La Nación, 2/5/71, p. 8.
(23) “Grupos ideológicamente extranjeros”, en La Nación, 15/3/71, p.1
(24) La Nación, 17/3/71, p. 8.
(25) La Nación, 16/5/71, p.2.
(26) La Nación, 12/5/71, p. 2.
(27) Botana, Natalio, Braun, R. y Floria C.A.; El régimen militar 1966-1973,
Ediciones La Bastilla, Bs. As., 1973.
(28) La Nación, 10/10/71, p. 10.
(29) La Nación, 2/5/71, p. 8.
(30) “Hay medidas; no hay plan. A quién
ayuda el terrorismo “, en La Nación, 9/8/71, p. 2.
(31) La Nación, 5/10/71, p. 2.
(32) “Alumnos de la facultad de Filosofía
y Letras denunciaron la desaparición de estudiantes, miembros de cuerpos de
delegados”, en La Nación, 8/11/71,
p. 2.
(33) “Preocupación por situación argentina”,
en La Nación, 27/12/71, p. 2.
(34) Lanusse, Alejandro A.; Ibídem Nota Nro. 14.
(35) De todo, un poco”, en La Nación,
21/2/71, p. 2.
(36) “Primer balance”, en La Nación, 3/4/72, p. 2.
(37) “Lanusse habló sobre el futuro
del país”, en La Nación, 1/6/72,
p. 1.
(38) La revista publicó el texto firmado por su director, Tomás Eloy Martínez,
pero fue secuestrada el 29 de agosto en virtud del decreto 17787.
(39) Cheren, Liliana; La masacre de Trelew - 22 de agosto de 1972, Ediciones
Corregidor, Bs. As., 1997.
(40) “El derecho apoya la extradición”, en La Nación, 21/8/72, p. 3.
(41) García Lupo, Rogelio; Mercenarios y monopolios en la Argentina, Editorial
Legasa, Bs. As., 1984 (1ª. Ed. 1972).
(42) Lanusse Alejandro, A.; Ibídem Nota Nro. 14.
(43) Lanusse, Alejandro A.; Ibídem
Nota Nro. 16.
(44) “Una decisión desafortunada”,
en La Nación, 28/8/72, p. 8.
(45) “Perón reconoce a grupos extremistas”,
en La Nación, 25/9/72, p. 8.
(46) “Psicópatas enfermos”, en La Nación, 23/10/72, p. 1.
(47) La Nación, 28/10/72, pp. 1-18.
(48) “El viaje que se anuncia”, en
La Nación, 9/11/72, p. 8.
(49) “Valorización de
una etapa”, en La Nación, 25/11/72,
p. 8.
(50) Horowicz, Alejandro; Los cuatro peronismos, Editorial Edhasa, Bs. As.,
2005.