ENCUESTAS, DEMOCRACIA Y POLÍTICAS PÚBLICAS
Universidad Nacional
de La Plata (Argentina)
josjorge@hotmail.com / josjorge@sinectis.com.ar
Resumen
La difusión de las encuestas políticas ha sido paralela al
debate acerca de sus consecuencias para la calidad de la democracia y las
políticas de gobierno. La teoría de la democracia sostiene que el gobierno debe
responder a las preferencias de los ciudadanos, pero hay voces críticas que advierten
sobre la práctica de “gobernar para las encuestas”, o de tomar decisiones sobre
políticas públicas basándose en las opiniones no expertas surgidas de los
sondeos. El artículo sostiene que las preferencias del público expresan los
valores y creencias arraigados en la sociedad y que las democracias no deben
apartarse del rumbo definido por la opinión de los ciudadanos.
Palabras clave: encuestas políticas, democracia, políticas
públicas
Las encuestas
políticas han adquirido una importancia central en el funcionamiento de las
democracias modernas. Gobiernos, partidos, medios de comunicación y grupos de
interés, utilizan ampliamente esta tecnología, con una variedad de propósitos,
en distintas instancias del proceso político.
El consenso sobre
el peso creciente de las encuestas, desde su aparición durante los años 30 en
las democracias maduras y desde 1983 en Argentina, se convierte, sin embargo,
en una aguda controversia, cuando se discuten sus posibles efectos sobre la
calidad de la democracia.
La difusión de una
técnica que permite conocer con razonable precisión las opiniones y demandas de
los ciudadanos sobre cuestiones de interés general debería, a primera vista, contribuir
a reforzar y profundizar la democracia. “Responsiveness” -traducido a veces
como “receptividad” o incluso “responsividad”- es el término utilizado para
designar un rasgo que la teoría política considera esencial en el gobierno
democrático: su disposición y capacidad para responder, a través de las
políticas públicas, a las preferencias de los ciudadanos.
Este enfoque
positivo sobre los sondeos es, no obstante, objeto de controversia. Se dice, por
ejemplo, que la técnica ha dado paso a gobiernos demasiado “complacientes”, que
llegan a eludir las medidas necesarias cuando éstas no corresponden a los
deseos del público. Otros, inversamente, arguyen que la administración y los
grupos privados utilizan las encuestas para manipular las opiniones de la
población.
Hay quienes afirman
que los gobiernos no responden, en la práctica, a las preferencias de los
ciudadanos; o que lo hacen sólo parcialmente y en ciertas circunstancias; o
incluso que no deberían hacerlo, con el argumento de que la gente común no
tiene conocimientos suficientes o actitudes formadas para definir el rumbo de
políticas específicas en materia de economía, educación, salud, relaciones
exteriores y otras áreas especializadas.
La discusión sobre
el uso de las encuestas para tomar decisiones de política pública gira, pues,
en torno a dos preguntas fundamentales. Una, descriptiva: ¿qué hacen, en los
hechos, los gobiernos y otros actores políticos?; la otra, normativa: ¿qué
deberían hacer?
Democracia y receptividad del gobierno
La teoría de la democracia
supone, como subraya Giovanni Sartori, que “las elecciones son un medio cuyo
fin es el gobierno de opinión, un gobernar que ampliamente responde y
corresponde a la opinión pública” (1).
Pero esta
afirmación puede entenderse en un sentido amplio o restringido. Por ejemplo, la
mayoría de las definiciones vigentes de democracia son una extensión del
enfoque procedimental de Schumpeter, para quien esta forma de gobierno es un “método”
para arribar a “decisiones políticas”: algunos individuos adquieren “el poder
de decidir” mediante “una lucha competitiva por el voto popular”. Ahora bien,
desde un punto de vista prescriptivo, Schumpeter sostenía que, una vez que los
ciudadanos han elegido a sus representantes, la acción política es asunto
exclusivo de estos últimos; tan limitada era su visión normativa de la democracia,
que se la suele considerar “elitista” (2).
El mismo Sartori
cree que el votante aplica, en la mayor parte de los casos, una racionalidad
puramente utilitarista, que busca maximizar la relación costo-beneficio para el
propio individuo. Los ciudadanos, en su mayoría, no tienen, a entender del
autor, la información y la competencia cognoscitiva para decidir sobre las políticas
de gobierno; poseen “doxa”, opinión, no “episteme”. Sostiene en consecuencia
que “las elecciones no deciden las cuestiones a decidir, sino quién será el que
las decida”. La democracia funciona, en su concepción, gracias al principio de
las “reacciones previstas”: los representantes electos toman decisiones
previendo la posible reacción de sus electores, un mecanismo que incluye a los
sondeos de opinión. Esto aseguraría la necesaria receptividad -“responsiveness”-
que es esencial a la democracia (3).
Podemos preguntarnos,
sin embargo, sobre la consistencia de la solución de Sartori. Si suponemos que
los ciudadanos no están bien informados ni son competentes, ¿por qué las “reacciones
previstas” o los resultados de las encuestas serían, generalmente, una guía
adecuada para quienes toman las decisiones? Y en este contexto, la receptividad
del gobierno ¿no sería más la excepción que la regla? Lo cierto es que la
democracia ideal de Sartori es una “poliarquía selectiva”, un gobierno de “muchos”
(concepto tomado de Robert Dahl), electos por ser “los mejores” (que es el
significado original, paretiano, de “elite”).
George Gallup, que
a mediados de los años 30 inventó la encuesta política basada en los métodos
científicos que hoy conocemos, creía en la capacidad del público y advertía
sobre aquellos que pensaban que la gente común, debido a su falta de instrucción,
debía mantenerse “lo más lejos posible de la elite cuya función es elaborar las
leyes”. Defendía las encuestas como una forma de promover la democracia; se
trataba de “un nuevo instrumento que puede ayudar a cerrar la brecha entre la
gente y quienes son responsables de tomar decisiones en su nombre” (4).
Su visión optimista
del rol de las encuestas llevaba implícita la idea de un gobierno dirigido por
el público. Las objeciones no tardaron en aparecer en su misma época. Un cientista
político, Lindsay Rogers, replicó en un libro crítico titulado “Los Encuestadores”
(1949), que el marco constitucional de la democracia no preveía un gobierno de
la mayoría puro y simple, sino que protegía los derechos de las minorías. Los
órganos representativos hacían posible la negociación y el compromiso entre
opiniones e intereses contrarios, algo vedado al mecanismo de consulta popular
por medio de los sondeos; éstos tampoco creaban un espacio para la deliberación
entre los ciudadanos, un proceso que requería discusión y tiempo. Existía,
finalmente, el riesgo de que los dirigentes políticos dejaran de ejercer la
función de liderazgo; en una democracia, los líderes debían escuchar a la
opinión pública, pero también, si era necesario, educarla (5).
El interés y la información del público
Los estudios
sociológicos de carácter empírico realizados en aquellos años revelaban un
ciudadano poco informado, aún en tiempos de elecciones presidenciales; el voto
parecía estar determinado por ciertas características demográficas del
individuo y por la influencia interpersonal, más que por los temas en debate
(6). A fines de los 50, Philip Converse halló que al encuestar a las mismas
personas cada dos años, sus respuestas a las mismas preguntas sobre política
pública variaban en forma aleatoria; infirió que la mayor parte de la gente no
tiene actitudes reales sobre muchos temas, sino que, al ser entrevistada,
simplemente se siente obligada a dar una respuesta. Esto planteaba otro
interrogante: ¿las encuestas miden la opinión pública o la construyen
artificialmente allí donde no existe?
En la actualidad,
la política sigue siendo un aspecto relativamente periférico en la vida de la
gente. Según la Encuesta Mundial de Valores, en 1995 sólo el 10% de la población
de la Argentina consideró que la política era un aspecto “muy importante” en su
vida, lejos de la familia (87%), el trabajo (70%), los amigos (49%), la
religión (35%) y el tiempo libre (27%). La proporción de entrevistados que “nunca”
habla de política con los amigos subió del 36% en 1995 al 49% en 1999 (7).
Aún más grave es el
argumento de que el público puede ser manipulado, pues ataca por la base la teoría
de la democracia, que supone una opinión autónoma. La “industria cultural”,
afirmaron Adorno y Horkheimer en 1944, controlaba a través de los medios las
conciencias individuales, para ponerlas al servicio del sistema económico de la
que aquélla formaba parte.
Pocos suponen
actualmente un público alienado -el lejano heredero de la teoría crítica, Jürgen
Habermas, defiende hoy la posibilidad de una “racionalidad comunicativa”, capaz
de revitalizar la “esfera pública” democrática mediante una deliberación
realmente libre-, pero hay consenso en que los políticos y grupos de interés
buscan con frecuencia crear o dirigir estados de opinión, y a veces engañar a
la gente, mediante tácticas retóricas, operaciones de prensa y otros
procedimientos, con la intención de lograr el respaldo de la población para sus
políticas.
Las encuestas, que
proporcionan los datos para planear estas acciones y medir sus resultados, se
han convertido en parte integral del marketing político, disciplina que convoca
a un gran número de consultores profesionales, especialmente en épocas de
campaña electoral. El enfoque de marketing tiende naturalmente a adaptar la “oferta”
a las necesidades y demandas de la población, pero también a convertir al
político en un “producto”, al ciudadano en mero “consumidor” y a la comunicación
política en un conjunto de “promesas” no siempre genuinas.
V. O. Key ha
destacado la influencia que la elite política ejerce sobre las opiniones de la
población; pero en su teoría, ese pequeño grupo de dirigentes y personas
activas en política se halla, al mismo tiempo, condicionado por las
preferencias del ciudadano común. La opinión pública sería, pues, el producto
de una interacción entre el pueblo y la elite. Para que la democracia sea viable,
afirma Key, la “subcultura política” de los grupos dirigentes requiere
creencias y valores compatibles con el sistema; en particular, el principio de
que las preferencias del público deben influir en las acciones de gobierno. Los
políticos, sin embargo, disponen según el autor de un amplio campo de discreción,
y no deberían eludir la tarea de “educar al pueblo” (8).
El público racional
El debate sobre la
capacidad o las limitaciones del público puede remontarse, al menos, hasta
Maquiavelo. En este, como en otros puntos, Maquiavelo parece contradecirse. En “El
Príncipe”, por ejemplo, dice que “de la inmensa mayoría de los hombres puede
decirse que son ingratos, volubles, engañosos, deseosos de evitar peligros y
ansiosos de ganancias”. Pero en sus “Discursos sobre la primera década de Tito
Livio”, que según muchos estudiosos es la obra que refleja más cabalmente su
pensamiento, afirma que “un pueblo es más prudente, más estable y de mejor
juicio que un príncipe”, y que “no sin razón la voz de un pueblo se parece a la
voz de Dios, porque vemos que la opinión general produce efectos asombrosos en
sus pronósticos (…) por oculta virtud, prevé su mal y su bien” (9).
¿Es posible que el
ciudadano individual esté poco informado, pero que el público, considerado como
un todo, tenga opiniones definidas y racionales? Esa es la conclusión de Benjamin
Page y Robert Shapiro en “The Rational Public” (1992), luego de analizar las
respuestas a miles de preguntas de encuestas nacionales en un período de 50
años. Las posiciones de los individuos, como observó Converse, suelen variar en
forma transitoria; pero en cada punto del tiempo, las mutaciones aleatorias
individuales se anulan entre sí, de modo que, a nivel agregado, la opinión del
público es estable o cambia de un modo significativo. Cada individuo tiene,
además, una tendencia central de opinión a largo plazo, que es el promedio de
sus posiciones en distintos momentos (10).
El estudio destaca
otros mecanismos. Las personas no necesitan gran cantidad de información para
llegar a preferencias razonables de política pública; pueden apoyarse en el
proceso de deliberación colectiva y en la confianza en determinadas personas y
grupos que les proporcionan claves de interpretación. La deliberación pública,
a su vez, se basa en una división del trabajo de naturaleza similar al procesamiento
paralelo de información: grupos especializados realizan investigación sobre las
políticas públicas; los resultados se difunden a través de libros, artículos y
debates a cargo de expertos, comentaristas y políticos; el producto de esta
discusión llega al público general a través de los medios masivos; finalmente,
la información se refina, interpreta y disemina a través de las conversaciones
entre los ciudadanos, por ejemplo en la familia y el grupo de trabajo.
Debido a estos y
otros procesos, con la importante condición de que en el entorno político haya
suficiente transparencia e información exacta y útil, el público es, según Page
y Shapiro, mucho más competente de lo que afirman sus críticos. Sus
preferencias sobre las políticas de gobierno son coherentes y diferenciadas;
reflejan los valores predominantes en la sociedad y tienen estabilidad; si
cambian, lo hacen de un modo comprensible y predecible.
El público como colectividad,
remarcan estos autores, posee “capacidad para gobernar”; que esa potencialidad
llegue o no a realizarse depende en gran medida de la calidad del “sistema de
información”. La manipulación es posible, pues las elites, en muchos casos,
pueden controlar la agenda de los medios; en materia de política exterior, los
gobiernos están en posición de concentrar casi toda la información y suelen
confundir o engañar a la gente. Hay espacio (leemos una vez más) para mejorar
la “educación política”.
¿Qué hacen los gobiernos?
Las investigaciones
que buscan determinar si los gobiernos democráticos son receptivos a las
preferencias de la gente arrojan resultados mixtos. Esto se debe a las
dificultades de medición: no es fácil establecer si hay o no relación entre la
opinión pública y las decisiones de política, ni cuál es la dirección causal.
Se ha observado, por ejemplo, correspondencia entre la opinión de los
ciudadanos de distintos distritos y las posiciones de sus legisladores o las
políticas de sus gobiernos; pero este examen estático no excluye que hayan sido
los políticos quienes influyeran sobre los ciudadanos, o que un tercer factor
haya determinado las posiciones de ambos.
Para establecer la
dirección causal es necesario introducir la variable tiempo y observar qué
antecede a qué. Relevando un período de 45 años, Page y Shapiro registraron más
de 350 cambios de opinión y los compararon con las medidas de política
adoptadas un año después o más; la política pública cambió en dirección
congruente con la opinión en los dos tercios de los casos.
Cuando a los
cambios en las preferencias de la sociedad le sigue una respuesta afín de las políticas
gubernamentales, otros investigadores hablan de “representación dinámica”. El
cambio de las políticas puede deberse al reemplazo de los funcionarios
electivos, o bien a la reacción de los representantes actuales, que normalmente
buscan anticiparse al resultado electoral. Aunque la gente no esté informada en
detalle sobre políticas específicas, existe un “humor público” -por ejemplo,
más “progresista” o más “conservador”-, cuyo cambio acaba por reflejarse en las
acciones de gobierno; el estudio de series históricas desde los años 50 en EEUU
muestra evidencia de este fenómeno, no sólo en el ejecutivo y legislativo
nacional, sino también en el poder judicial (11).
Una investigación
comparada en Gran Bretaña y Dinamarca encontró, para el lapso 1970-2002, una fuerte
relación entre el “problema más importante del país” percibido por la población
en un año dado, y el peso que ese tema tenía al año siguiente en el discurso
pronunciado por el gobierno durante la apertura de las sesiones parlamentarias.
La conclusión fue que, si bien la opinión y la política pública se influyen
recíprocamente, la dirección de la primera a la segunda es más intensa que la
inversa. Además, el sistema de representación proporcional de Dinamarca -con el
rasgo adicional de frecuentes gobiernos de coalición- era más sensible a las
preferencias del público que la democracia fuertemente mayoritaria que
caracteriza a Gran Bretaña (12).
Las encuestas, de
acuerdo con algunas interpretaciones, han generado una mayor receptividad por
parte de los políticos. Si bien crearon las condiciones para que éstos las
utilicen con fines meramente retóricos, o para difundir sólo los resultados
favorables, también aumentaron en forma exponencial su conocimiento de las
opiniones de la gente y, por añadidura, la probabilidad de que actúen en
concordancia con ellas. Otros llevan el argumento más lejos y atribuyen a los sondeos
la existencia de gobiernos “complacientes”, que evitan pagar costos frente a la
población; entre nosotros, se habla a veces de “gobernar para las encuestas”.
A esta idea de “excesiva
receptividad” se opone otra que no cree que los gobiernos respondan al público,
y que también cita evidencia empírica a su favor. Los funcionarios y representantes,
señalan los defensores de esta versión, tienen considerable autonomía frente a
los ciudadanos; procuran complacer a los sectores políticos y grupos de interés
que les sirven de apoyo, más que al electorado, que votaría rutinariamente o no
tendría actitudes formadas. Suele destacarse, además, la capacidad que posee el
ejecutivo de fijar la agenda pública, mediante los discursos y declaraciones
presidenciales.
Una posición
intermedia es que la opinión pública puede o no influir sobre las políticas del
gobierno, dependiendo, entre otras cosas, del tema específico o de su
visibilidad (cuanto más baja, menor la probabilidad de influencia); de lo que
piensan los mismos representantes; del número y el peso de los grupos de
presión e interés; del costo presupuestario de las demandas de la gente; del
grado de consenso o disenso dentro del público sobre la política en debate; de
la atención y el compromiso que el tema despierte entre los ciudadanos.
Encuestas y “responsiveness” en Argentina
Debemos esperar
hasta 1983 para asistir a la difusión de las encuestas como un elemento central
de la vida política argentina. La intermitencia y los condicionamientos de las
experiencias democráticas previas impidieron el desarrollo de los sondeos,
fuera de trabajos esporádicos.
El autor de este
artículo tiene en sus manos un número especial de la revista Atlántida de marzo
de 1965, con un único y sugestivo título de tapa: “¿Vale la pena votar?”. El 14
de ese mismo mes tendrían lugar elecciones legislativas, en las que se
impondría el peronismo. La revista incluye los resultados de una encuesta de
850 casos, realizada en Capital Federal, un mes antes de los comicios, por la
filial argentina de Gallup. Los datos son consistentes con la idea de que las
opiniones del público -y por lo tanto, los valores y creencias del ciudadano
común- son relevantes para la consolidación democrática. Aunque el 84% de los
entrevistados cree que los gobiernos electos fueron mejores que los surgidos de
“revoluciones”, sólo el 28% opina que “los golpes nunca estuvieron justificados”;
un 52% los justifica “algunas veces”; un 6%, “siempre”. En junio del año
siguiente, se producía un nuevo golpe militar.
La expansión del
uso de las encuestas desde 1983 se dio en conjunto con la adopción del marketing
político y de las técnicas de publicidad comercial en las campañas electorales.
La relación entre las preferencias registradas por las encuestas y las acciones
de gobierno es un campo prácticamente inexplorado en nuestro país.
Consideremos, sólo para ilustrar posibles vías de análisis, algunas de las
políticas más controversiales y de mayor impacto, como el programa de
privatizaciones masivas del gobierno de Menem.
En abril de 1988,
todavía durante la gestión de Alfonsín, en medio de una situación económica que
se estaba deteriorando luego del éxito inicial del Plan Austral, sólo un 25% de
los entrevistados de la Capital y el Conurbano bonaerense proponía privatizar
las empresas públicas. La mayoría consideraba que funcionaban mal,
especialmente teléfonos y ferrocarriles, pero se inclinaba por reorganizarlas,
controlarlas o dejarlas como estaban. El 52% pensaba que la actividad petrolera
debía estar en manos del Estado (YPF), con alguna participación de las empresas
privadas; otro 23% prefería directamente el monopolio estatal (13).
Entre mayo y julio
de 1989 se produjo la primera hiperinflación; la segunda, entre enero y marzo
de 1990, durante la administración Menem. En septiembre de 1990, con las
privatizaciones en marcha, la opinión pública estaba dividida: un 25% de los encuestados
del Gran Buenos Aires no estaba “Nada de acuerdo” con la forma como se llevaban
a cabo; un 8%, “Poco de acuerdo”; otro 25% se manifestaba “Completamente” o
“Muy de acuerdo”; un 21% se ubicaba en un punto intermedio: “Más o menos de
acuerdo”; la categoría “No sabe” ascendía a un significativo 21% (14).
En síntesis, al
menos en el público del área metropolitana, no parece haber existido un
consenso previo sobre la política de venta de las empresas estatales. La
gestión de Menem recibió, empero, un fuerte respaldo en las elecciones
posteriores. Los hechos sugieren que, al menos en el caso de las
privatizaciones, es probable que la política haya influido sobre la opinión más
que a la inversa. Pero ya en 2005, con el antecedente de una nueva y más
profunda crisis, sólo el 25% de los entrevistados por Latinobarómetro en toda la
Argentina consideraba que las privatizaciones habían sido “beneficiosas para el
país”; en Brasil, donde el proceso tuvo características distintas, la cifra
ascendía al 41% (15).
En otro orden,
también a fines de 1990, el 62% de los ciudadanos de la región metropolitana
estaba de acuerdo en incluir la reelección presidencial en una eventual reforma
de la Constitución, como efectivamente ocurrió años después. En contraste,
aunque el 77% se oponía al envío de tropas argentinas al Golfo Pérsico, éstas
participaron finalmente de una fuerza multinacional encabezada por EEUU, luego
de la invasión iraquí a Kuwait.
Las preferencias
del público son, en definitiva, la expresión de los valores y creencias
arraigados en la sociedad. Las democracias no deberían apartarse del rumbo
general definido por la opinión, salvo en situaciones excepcionales, como
aquellas en las que se manifiesta una contradicción de valores -intolerancia
racial, xenofobia-, o entre los deseos y la realidad; son los estados de
opinión como éstos, en los que subyacen conflictos potencialmente destructivos,
el objeto principal de la educación política y el liderazgo democrático.
Notas
(1) Sartori,
Giovanni: ¿Qué es la democracia? Taurus, Buenos Aires, 2003, p. 87.
(2) Así lo hace, por
ejemplo, Guillermo O’Donnell: “Democratic Theory and Comparative Politics”,
Studies in Comparative Internacional Development, Vol. 36, Nº 1, Spring 2001.
(3) Sartori, op.
Cit., en especial pp. 87-169.
(4) Gallup, George and Saul F. Rae: The Pulse of
Democracy (1940). Citado en Fried, Amy: “The Forgotten Lindsay Rogers and the
Development of American Political Science”, American Political Science Review, Vol.
100, Nº 4, November 2006, pp. 555-561.
(5) Fried, A., op.
Cit.
(6) Ver, por
ejemplo, Paul Lazarsfeld, Bernard Berelson y Hazel Gaudet: El pueblo elige,
Ediciones 3, Buenos Aires, 1960 [1944].
(7) Los datos son de
elaboración propia, sobre la base de procesamientos realizados sobre el archivo
integrado de las cuatro ondas de la Encuesta Mundial de Valores.
(8) Ver V. O. Key:
Opinión Pública y Democracia, Bibliográfica Omeba, Buenos Aires, 1967 [1961],
en especial Tomo II, pp. 299-328.
(9) Ver Maquiavelo:
Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Losada, Buenos Aires, 2003,
pp. 193-194.
(10) Benjamin I. Page and Robert Y. Shapiro: The
Rational Public: Fifty Years of. Trends in Americans’ Policy Preferences, The
University of Chicago Press, Chicago, 1992.
(11) Ver Jeff Manza and Fay Lomas Cook: “Policy
Responsiveness to Public Opinión: The State of the Debate”, IPR Working Papers,
Northwestern University, July 2001. El concepto de “representación dinámica”
pertenece a James Stimson, Michael McKuen y Robert Erikson.
(12) Sara Binzer Hobolt and Robert Klemmemsen: “Responsive
Government? Public Opinion and Government Policy Preferences in Britain and
Denmark”, Political Studies, Vol. 53, 2005, pp. 379-402.
(13) Susana Beer y
Alberto Guilis: Informe Kolsky Nº 8, abril de 1988.
(14) Informe Kolsky
Nº 17, septiembre de 1990.
(15) Corporación
Latinobarómetro: Informe Latinobarómetro 2005.
Bibliografía
Binzer Hobolt, Sara and Robert Klemmemsen: “Responsive
Government? Public Opinion and Government Policy Preferences in Britain and
Denmark”, Political Studies, Vol. 53, 2005, pp. 379-402.
Heifetz, Ronald A.:
Liderazgo sin respuestas fáciles. Paidós, Barcelona, 1997.
Key, V. O.: Opinión
Pública y Democracia. Bibliográfica Omeba, Buenos Aires, 1967 [1961],
Manza, Jeff and Fay L. Cook: “Policy Responsiveness to
Public Opinion: The State of the Debate”, IPR Working Papers, Northwestern
University, July 2001.
O’Donnell, Guillermo: “Democratic Theory and
Comparative Politics”, Studies in Comparative Internacional Development, Vol.
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Page, Benjamin I. and Robert Y. Shapiro: The Rational
Public. The University of Chicago Press, Chicago, 1992.
Sabatier, Paul A. and Hank C. Jenkins-Smith: Policy
Change and Learning. Westeview Press, Boulder, 1993.
Sartori, Giovanni:
¿Qué es la democracia? Taurus, Buenos Aires, 2003.
Soroka, Stuart N. and Christopher Wlezien: “Opinion–Policy
Dynamics: Public Preferences and
Public Expenditure in the United Kingdom”, British
Journal of Political Science, vol. 35, 2005, pp. 665–689 a frase “y otros” en
el caso de varios autores.