INMIGRANTES, TRABAJADORES, BOLIVIANOS. LA REPRESENTACIÓN

DEL “OTRO” CULTURAL A TRAVÉS DE LA PALABRA “ESCLAVO”

 

 

Gabriela Leonor Rivas y María Jimena Cartechini

Universidad de Buenos Aires (Argentina)

jimenacartechini@yahoo.com.ar

 

 

Resumen

El propósito de nuestro trabajo es analizar la representación del “otro” cultural a partir de la construcción simbólica de los trabajadores inmigrantes, realizada por los medios gráficos de comunicación masiva. El caso particular del cual partiremos es el incendio de un taller textil en el barrio de Caballito de la Ciudad de Buenos Aires, el 31 de marzo de 2006, en el que murieron dos trabajadores y cuatro niños de nacionalidad boliviana. Tras este episodio circuló la nominación de “esclavo” hacia los trabajadores costureros, en tanto el incendio motivó a los periódicos a denunciar las condiciones de precarización laboral.

Consideramos a los medios masivos productores poderosos de significación social; en este sentido la importancia que le damos a la representación masiva de un sujeto (popular) que como tal no se autonomina, es decir que es hablado por la voz del otro. Sin embargo, es en lo masivo donde lo popular se escenifica, de este modo podemos acceder a la representación “propia” de los trabajadores costureros a través de la prensa, que le da un espacio que si bien es fragmentado denota una tensión con la construcción periodística.

En consecuencia, sostenemos que el estatuto de la palabra “esclavo” es estigmatizante, en tanto metáfora naturalizada, y en este sentido interesa indagar cómo su uso neutraliza eufemísticamente la lógica del conflicto, en la cual lo popular construye su identidad.

 

Palabras clave: Representación – Identidad – Estigmatización.

 

 

“EL COMIENZO DEL LARGO VIAJE A LA ESCLAVITUD” (1)

Introducción

Tras un incendio en una fábrica textil del barrio de Caballito en el que murieron varios trabajadores bolivianos el 31 de marzo de 2006, la prensa escrita comenzó a utilizar una nominación particular sobre los trabajadores inmigrantes, sumidos en una profunda precarización laboral: “esclavos”. Esclavo, aquel cuya vida y muerte no dependen de sí sino de otro, la extrema falta de libertad, el que vive y trabaja en condiciones precapitalistas. Los medios utilizan esta palabra como parte de la denuncia de la situación en la que viven los trabajadores, buscan construir un discurso de neutralidad puesto que el discurso periodístico supone ciertas modalidades de decir que se apoyan en el verosímil de la objetividad. Ahora bien, aún en condiciones de concentración de poder simbólico en favor de los medios de difusión, estas definiciones encontraron rechazo por parte de los trabajadores textiles representados por la prensa.

Podemos acceder al propio entendimiento de los trabajadores textiles a través de la prensa, aun cuando el espacio que le otorgan es fragmentado producto de su posición de subalternidad, ya que diremos, con de Certeau (1999), que lo popular no tiene discursos propios sobre sus prácticas sino que es narrado por su “otro” cultural y, en la actualidad, ese otro es la cultura massmediática. Es a través de las representaciones de los medios masivos que podemos dar cuenta de esta disputa simbólica que existe entre la construcción de la prensa –que llama “esclavos” a los trabajadores bolivianos- y la reivindicación de los propios costureros que se ven a sí mismos como trabajadores, que viven y trabajan en pésimas condiciones.

Ford describe a la cultura massmediática como “la cultura dominante, la cultura reproductora del sistema elitista y dependiente, naturalizadora del orden existente, la cultura de la apropiación, de la alienación, de la reificación, de la mitificación, de la represión, etc.” (1985: 59). Entonces podemos preguntarnos, ¿las condiciones en las que trabajan los inmigrantes limítrofes son precapitalistas o éstas, junto con las protestas devenidas luego y los pedidos de “precio justo” forman parte del sistema capitalista? Ese sistema que intenta ser naturalizado por la cultura dominante. Pensamos que es preciso abordar esta disputa simbólica preguntándonos por los modos de interpelación mediática y su ¿legitimidad? en la constitución de subjetividades.

Con este trabajo nos proponemos explorar las representaciones del “otro” cultural que circularon a través de diversos medios gráficos de difusión masiva sobre los trabajadores de la comunidad boliviana en Buenos Aires. Tomaremos como corpus diferentes notas de los diarios Clarín, Página 12 y La Nación de los días inmediatamente posteriores al incendio (del 1 al 10 de abril), en los cuales no sólo es recurrente el uso de la denominación de “esclavos” a los trabajadores bolivianos, sino también las notas de investigación sobre el estilo de vida, la forma en que llegan al país y los rasgos culturales de los trabajadores inmigrantes. Así, los medios se transforman en una parte esencial en la construcción de la hegemonía simbólica.

En esta tensión entre “esclavos” y “trabajadores” intentamos dar cuenta de la construcción de la subjetividad de los inmigrantes bolivianos en la Argentina, en relación con un “otro” no boliviano (2), pero también patrón, explotador. De esta forma, podremos sostener que el uso de la palabra “esclavo” es estigmatizante, en la medida que funciona como metáfora naturalizada, y en este sentido interesa indagar cómo su uso neutraliza eufemísticamente la lógica del conflicto, en la cual lo popular construye su identidad.

 

“¿LO QUE MÁS ME IMPACTÓ? EL MIEDO QUE NOS TENÍAN (…) LA MAYORÍA NO QUIERE HABLAR, NI IDENTIFICAN PATRONES NI RESPONSABLES” (3)

Categorización del “otro”: esclavo

“Si algo de lo popular toca el terreno de lo literario, en un punto, deja de serlo”. La afirmación de Imperatore (1999: 169) resume la complejidad de indagar un sujeto empírico que al convertirlo en objeto de estudio no hacemos más que violentar su propia naturaleza. Como anticipamos, sostenemos con Michel de Certeau (1995) que es el carácter afásico lo que caracteriza lo popular: lo popular no se autonomina, no tiene discursos propios, sino que es hablado a través de su otro cultural. La lengua docta goza de la legitimidad de hablar de y por el “otro” o, dicho en otros términos, el saber docto cuenta con el monopolio de la palabra “autorizada” respecto de sus “otros”: los excluidos de la palabra (Bourdieu, Lebaron y Mauger, 1998).

Ahora bien, en las sociedades contemporáneas lo popular se manifiesta en la cultura masiva. Las costumbres o prácticas populares son atrapadas por los sistemas de representación. Se puede decir con Hall, que no existe práctica social por fuera de los discursos; si los sistemas de representación “son aquellos sistemas de significado a través de los cuales representamos el mundo ante nosotros mismos y ante los demás” (1998: 45) entonces todo conocimiento ideológico es el resultado de prácticas específicas, implicadas en la producción del significado. De todos modos, como comprende Hall, están aquellas prácticas cuya función predominante es la de producir representaciones ideológicas: “los medios de difusión producen, reproducen y transforman el campo mismo de la representación ideológica. Tienen una relación diferente, con respecto a la ideología en general, de la que tienen aquellos que están produciendo y reproduciendo el mundo de los artículos de consumo” (1998: 46).

Esta “relación diferente” con respecto a los medios de producción y reproducción cultural es sumamente importante cuando nos referimos a la “aparición” de lo subalterno en los medios masivos de comunicación. Las implicancias de la concentración del poder cultural no hacen más que lograr que “unos pocos” adapten y reconfiguren constantemente lo que representan e impongan, mediante la repetición y la selección, aquellas definiciones de nosotros mismos que más fácilmente se ajusten a las descripciones de la cultura dominante (Hall, 1984). Si bien no decimos que no hay resistencia, rechazo o resignificación a las nominaciones de los medios, es incuestionable que los propietarios de los medios de producción cultural son los que “tienen la palabra”, quienes enuncian desde un lugar legítimo y se encargan de incluir o excluir, neutralizar u ocultar ciertas posiciones y no otras (Bourdieu, Lebaron y Mauger, 1998).

Referirnos a la exclusión de la palabra y a su contrapartida, la concentración de poder ideológico, nos remite a la definición misma de lo popular, constituido, como decíamos, por el conflicto. Lo que nos preocupa aquí es entonces ¿qué sucede cuando lo representado en la prensa está doblemente vetado de la palabra, resultado de su doble subyugación: de clase y de etnia? Si la cultura de las clases subalternas, sus ideas, creencias y percepciones sólo nos llegan a través de filtros (Ginzburg, 1981), ¿qué grado de legitimidad tienen las definiciones mediáticas respecto de su “otro” cultural definido en términos de clase, nación y etnia? Si sostenemos, con Van Dijk (1997), que el desconocimiento controlado acerca de los grupos marginales, combinado con el autointerés de grupo, favorece el desarrollo de estereotipos y prejuicios por parte del periodismo podemos establecer que la denominación de “esclavo” funciona totalizando una cadena de significaciones estigmatizantes:

“en muchas ocasiones, en condiciones prácticamente de esclavitud. Los empresarios que llevan adelante estas actividades aprovechan la extrema necesidad de personas pobres, generalmente inmigrantes indocumentados y muchos de ellos de nacionalidad boliviana” (“Tragedia por una actividad ilegal”, Editorial, Clarín, 01-04-06). [la cursiva es nuestra]

“el gobierno porteño clausuró 18 fábricas clandestinas de costura, donde fueron encontrados más de 300 bolivianos que eran reducidos a condiciones de esclavitud (…) En todos los casos, los bolivianos que trabajaban en esos lugares clandestinos no contaban con documentación.” (“Clausuraron 18 fábricas clandestinas”, La Nación, 04-04-2006). [la cursiva es nuestra]

El significante “esclavitud”, si bien es tomado en principio para denunciar las condiciones de extrema precariedad en que los trabajadores desarrollan sus prácticas -que sin dudas, son condiciones de extrema precarización laboral- luego es asociado a otros como “ilegalidad”, “indocumentados”, “clandestinidad” y, por supuesto, “bolivianidad”. El desconocimiento al que se refiere Van Dijk (1977), esta vez por parte de la prensa argentina, se refuerza en la medida que las voces autorizadas para referirse a los “esclavos” no son los bolivianos sino las autoridades del Gobierno de la Ciudad que, como sabemos, constituyen fuentes legitimadas en las rutinas periodísticas (Gomis, 1997).

“’En los últimos tres días se presentaron los dueños de muchísimas fábricas que trabajan con empleados bolivianos y coreanos’, contó el ministro Rodríguez. El funcionario agregó: La mayor parte de los empresarios también son de esos países. Son muchos más de los que nosotros creíamos: en total, unos 1.600. Allí trabajan unas 15.000 personas, de los cuales calculamos que unos 3.000 lo hacen en condiciones de esclavitud” (“Trabajo esclavo: declaran que pagaban coimas a la Policía”, Clarín, 3/04/2006).

En este sentido, es preciso señalar la dominancia simbólica del término “esclavo” en tanto a lo largo de la serialización que provoca el seguimiento del tema de los talleres clandestinos asociados a la inmigración ilegal, “esclavo” se expande topográficamente: sigue apareciendo en el cuerpo de la noticia (como cita y asumida por los periódicos) y en los titulares, pero lo notable es que deviene en cintillo de la serialización de Clarín. Si, al tematizar, la prensa organiza y clasifica, el cintillo “Trabajo esclavo” es profundamente estigmatizante, puesto que resume todas las significaciones antedichas sin necesidad aún de descripción (4).

El peso connotativo de todo titular cobra más fuerza ya que el cintillo funciona como etiqueta de identificación. Van Dijk (1997), reconoce que los titulares son algo más que un conjunto de frases iniciales “encima” de una información; los títulos y los titulares aportan el marco semántico necesario para la interpretación de las noticias y normalmente expresan la información que mejor recuerda el lector. Por eso es interesante dar cuenta de ciertos gestos estigmatizantes aun cuando se pretende significar cierta defensa o solidaridad con el “otro” oprimido.

 

“EL DRAMA DE VIVIR COMO ESCLAVOS” (5)

Espectacularización y estigmatización: explorar al otro exótico

El titular “Trabajo esclavo”, además, juega un rol importante al añadir un elemento sensacionalista al enunciado, puesto que este término, y otros tales como “reclusión”, “infierno”, “hacinamiento”, “servidumbre” suponen maneras de informar apoyadas en modalidades dramáticas de la enunciación que intentan causar impacto en el público desde la escenificación, la impresión y las sensaciones. Al mismo tiempo, el contenido valorativo (negativo y degradante) de los términos favorece la percepción del mundo en términos de conmoción permanente, lo cual funciona obturando toda identificación, conocimiento y debate sobre los conflictos contemporáneos (Martini, 2004).

Si inscribimos la serialización del “trabajo esclavo” dentro de lo que Ford y Longo (1999) llamaron “casuística”, bien podemos entender por qué los medios incluyen a los conflictos migratorios de modo errático en la agenda periodística. La casuística remite a un suceso microsocial (o individual) que es expuesto mediante una estructura discursiva básicamente narrativa. La casuística, como un conjunto de casos que más que agruparse para ejemplificar, problematizar o completar un corpus normativo específico, se agrupa o se mueve de manera errátil, en la agenda de los medios a partir de su valor como “noticia”.

En este sentido, insistimos, las minorías migrantes son incluidas en los medios de modo fortuito, esto es, el caso desaparece de la agenda periodística luego de dos semanas de haberse instalado; y alimentando una lógica sensacionalista atravesada por el mercado y el marketing. Esto supone, como advierte Stella Martini (2004) que para “vender” la prensa, lejos de instalar una discusión pública desde los medios, asiste a “colorear” el “caso” con relatos acerca de las penurias de la vida de los trabajadores bolivianos, se diluye la división entre los asuntos públicos que es necesario tematizar y, en cambio, se invade la intimidad de aquellos “otros”, cuyos ingredientes de inmigrantes, pobres e ilegales permiten aumentar el sensacionalismo del discurso:

“Había 60 personas viviendo en cubículos de un metro cincuenta, divididos por cartones. Y todos usando un baño nauseabundo (...). Notamos que había menos camas que gente; evidentemente, mientras algunos duermen otros trabajan”. (“Clausuran 18 talleres ilegales en los que vivían 45 familias”, Clarín, 4/04/2006.) [la cursiva es nuestra]

“allí trabajaban y vivían hacinadas entre 50 y 60 personas de nacionalidad boliviana en condiciones similares a la esclavitud.” (“Mueren seis personas en un incendio”, La Nación, 31/03/2006.) [la cursiva es nuestra]

“’Algunos tenían colchones, pero nosotros dormíamos sobre unos pedazos de cartón tirados en el piso, al lado de las máquinas’, cuenta Sonia, que, además, tenía que soportar el sufrimiento de su hijo Hugo, que en ese momento tenía ocho años. ‘El me decía: «Mamá, yo quiero ver la tele», pero los hijos del dueño le pegaban, así que yo lo traía conmigo y le pedía que me ayudara con las etiquetas para que no se aburriera’, relata. Huyó luego de tres meses, en los que recibió sólo $ 40 y tres garrafas de gas.” (“El drama de vivir como esclavos”, La Nación, 1/04/2006.) [la cursiva es nuestra]

Debemos agregar que los significantes que  constituyen este discurso sostenido por modalidades sensacionalistas subrayan lo que, con Goffman, llamamos estigmatización. Se afirma la distancia entre un “nosotros” y un “ellos” portador de estigma. Desde diversas posiciones de enunciación, con diferentes objetivos, con o sin sentido de denuncia, los términos se convierten en estigmatizantes.

Goffman (1963) llama estigma a un “atributo profundamente desacreditador” construido en relación con determinados estereotipos y marcas que poseen algunos sujetos y que significan posicionamientos desde quien los construye; quienes pertenecen al grupo de los “normales”. Por esto, el autor describe el estigma como un concepto relacional, ya que un atributo que estigmatiza al otro puede confirmar la normalidad de uno. Lo que nos interesa aquí, es señalar que los medios al constituirse como “identificadores” construyen discursivamente aquella “normalidad” y por oposición, la “anormalidad” de la que son parte los sujetos estigmatizados.

Al decir que pensamos a los medios como “identificadores”, nos referimos al “poder de identificación” del que gozan. La identidad se pone en juego en las luchas sociales y este “poder” depende de la posición que se ocupa en el sistema de relaciones, en tanto y en cuanto: “no todos los grupos tienen la misma autoridad para nombrar y nombrarse” (1999: 113). Los medios (al igual que el Estado) son poderosos “identificadores” pues poseen el material y los recursos simbólicos para imponer categorías y esquemas clasificatorios. Detentar el poder simbólico significa fundar las categorías de representación y provocar con un mismo gesto la “etnitización de los subalternos” (Cuche, 1996), de aquellos que no se acomodan al patrón de identificación dominante.

El contenido particular de los discursos representados en la prensa gráfica participa de la construcción de lo que, con Cuche, llamamos heteroidentidad –la identificación impartida desde el grupo dominante hacia “los otros”- que en este caso se traduce en una identidad “negativa” puesto que deviene estigmatización de los grupos minoritarios. Encontramos un acto de fijación de características culturales consustanciales e inmutables hacia los trabajadores inmigrantes: “ellos” comparten ciertas categorías (bolivianos, inmigrantes, aymaras) cuya pertenencia supone además sesgos “esenciales”, pues se señala una relación directa y tácita entre la categoría y las cualidades adosadas a los trabajadores migrantes. Dicho en otros términos, veremos recurrente la justificación implícita de la nominación de “esclavo” a razón de la construcción de un “otro” con atributos esenciales, como portador de una identidad natural, a manera de estigma: los bolivianos-inmigrantes-indígenas pueden soportar ser tratados como esclavos y trabajar bajo condiciones pre-capitalistas porque son, entre otras cualidades, sumisos, callados, tranquilos e ignorantes:

“’Eligen a los más tontos o reservados: campesinos de zonas muy agrestes. A los inteligentes y a los que viven en el centro de La Paz los desechan. No quieren gente que se pueda rebelar. Buscan sumisos’, cuenta Quea.” (“El comienzo del largo viaje a la esclavitud”, La Nación, 9/04/2006.) [la cursiva es nuestra]

“esas jaulas infernales llenas de prisioneros voluntarios que vienen aquí a rendirse ante la evidencia de que sus vidas son accidentes de los que deben ocuparse ellos mismos de prolongar, de la manera que sea, de la que encuentren.” (El sistema, Página 12, 01/04/2006.) [la cursiva es nuestra]

El discurso estigmatizante es compartido por medios y autoridades, por un lado, porque los medios construyen un discurso acerca de esa normalidad, pero con el lenguaje propio del Estado: neutralizado y despolitizado. Y, por otro lado, comprobamos que  las fuentes oficiales aparecen sobrerrepresentadas en el discurso gráfico, lo cual, no sólo legitima tal discurso sino que también lo hace con las mismas voces autorizadas. Como sostiene Rodrigo Alsina (1996), las fuentes oficiales recontextualizan los acontecimientos extraordinarios, brindan sentido y, a su vez, no son cuestionadas en su verosimilitud. 

Para la cultura que comparten estas personas, nada es más humillante que recibir subsidios: lo que necesitan es preservar su trabajo”. (Gabriel Juricich, representante legal de la Federación Boliviana en la Argentina en “Una pelea después de las llamas”, Página 12, 04/04/2006.) [la cursiva es nuestra]

“La mano de obra boliviana es muy calificada y buscada por los empresarios textiles; son trabajadores muy prolijos, limpios y rápidos (…) los empresarios que compran su producción les pagan ridículamente poco, en forma tal que la única posibilidad que les queda es trabajar en casas tomadas, en malas condiciones y sin beneficios sociales”. (Gabriela Cerruti, Ministro de Derechos Humanos porteña en “Una pelea después de las llamas”, Página 12, 04/04/2006) [la cursiva es nuestra]

Retomando a Goffman, el autor señala que si bien las respuestas a un estigma por parte de los “normales” puedan ser “benevolentes”, no dejan de tener un sesgo discriminatorio, ya que “creemos por definición, desde luego, que la persona que tiene un estigma no es totalmente humana” (1998:15). En este sentido, los inmigrantes bolivianos aparecen en los medios con características que los distinguen de los nacidos en Argentina, y la nominación de esclavos si bien podría parecer como “denuncia” de la situación que vive, termina formando parte de una relación metonímica entre las cualidades de los costureros y la esclavitud.

Así, la conjugación pobre, indocumentado, sumiso aparece en el corpus como equivalente a “esclavo”. Nos valdremos de algunos conceptos de Shohat y Stam (1994), que si bien trabajan sobre la configuración de la superioridad europea en relación con el multiculturalismo, nos son de vital importancia para pensar la construcción del discurso periodístico acerca de la “inferioridad” boliviana, en contraposición al “nosotros” argentino, superior, occidental. Los autores distinguen dentro del discurso de los medios “del Imperio” un tropo infantilizador, según el cual los “no europeos” se mantienen en una etapa temprana del ser humano o del desarrollo cultural.

En el caso de los trabajadores bolivianos en Argentina, los datos acerca de la crisis que atraviesa el país del que provienen, la pobreza, la falta de servicios básicos y los recurrentes conflictos institucionales son utilizados para dar cuenta de la “inmadurez política” en la que está inmersa Bolivia. Por otro lado, se construye un “otro” infantil en la medida en que los inmigrantes bolivianos aparecen desamparados frente a la situación crítica de su país, y a la “esclavitud” y el engaño al que se ven sometidos al cruzar la frontera. Con el matiz sensacionalista del que hablamos arriba, se describe a hombres-niños indefensos y llorosos frente a la situación del desalojo y la inspección, en la cual el Estado argentino, occidental, ¿desarrollado? aparece en un rol pedagógico y protector. En este sentido, los inmigrantes son representados como incapaces de sobrevivir sin esta ayuda:

“’las familias todavía no han querido irse –admitió Cerruti–. Con ayuda de psicólogos y asistentes sociales, seguimos explicándoles que lo mejor es que lo hagan por su propia voluntad, (…) buscamos salidas más estables mediante subsidios o su inclusión en planes sociales’”. (“Una pelea después de las llamas” Página 12, 4/4/2006) [la cursiva es nuestra]

“’Aunque les explicamos que estábamos para ayudarlos, hablaban entre ellos sin que pudiésemos entenderles, lloraban, agregó un inspector” (“Clausuran 18 talleres ilegales en los que vivían 45 familias”, Clarín, 04/04/2006) [la cursiva es nuestra]

“muchos de los bolivianos rechazaron las inspecciones a los talleres y se mostraron temerosos de que se produzcan clausuras que los dejen sin trabajo. Así, se produjo un enfrentamiento interno entre quienes denunciaban la explotación y pedían la erradicación del trabajo esclavo contra aquellos que pedían que se les permita mantener sus fuentes de empleo a cualquier costo” (“Un día con marchas y denuncias entre la comunidad boliviana”, Clarín, 04/04/2006) [la cursiva es nuestra]

En esta última cita se pone en juego la tensión entre quienes definen a los costureros bolivianos como esclavos y quienes se definen como trabajadores –o quieren mantener su fuente de empleo “a cualquier costo”. En este caso, las relaciones complementarias no se invierten en tanto una estrategia de contraestigmatización (Grimson, 2000), pero podemos notar un cambio en ellas: mientras el estigma “esclavo” se mantiene por parte de los medios nominadores, algunos trabajadores niegan ese mote diciendo “acá no hay esclavos, hay trabajadores”, generando así una revuelta contra el estigma, primero invirtiéndolo y luego reconstruyendo una identidad (Cuche, 1996).

 

"ACÁ NO HAY ESCLAVOS, HAY TRABAJADORES" (6)

Autoidentidad: la aparición del “otro”

“La toma de la palabra tiene la forma de un rechazo; es una protesta (...) consiste en decir: ´no soy una cosa´. La violencia es el gesto que rechaza toda identificación: existo. Quien se pone a hablar niega las normas en nombre de las cuales se pretendiera censurarlo”. La cita a de Certeau (1995:40) nos conduce ahora al terreno del “otro”. A partir de la inclusión en los massmedia, la voz recortada y seleccionada de los trabajadores bolivianos da cuenta de conflictos que se producen en torno a las identificaciones diferentes producidas por una relación “intercultural” que  genera “conflictos, negociaciones, acuerdos e innumerables malos entendidos” (Grimson, 2000: 35).

En muchos casos, aquellos que los medios y las autoridades del gobierno identificaron como “esclavos” rechazaron esa denominación: “Nosotros venimos acá para trabajar y no somos esclavos ni tratamos como esclavos a los demás; somos dignos” (“De explotados y explotadores”, Página 12, 5/04/2006). [la cursiva es nuestra]

La dignidad es un significante poderoso para la clase trabajadora, aquella que no tiene más que su fuerza de trabajo. De aquí la importancia semántica de la diferencia entre un esclavo y un trabajador, este último es “libre”, libre de vender su fuerza de trabajo, aunque se trate de una libertad nacida de la carencia. Entonces, los costureros rechazan la identificación externa y moldean su subjetividad desde su propia experiencia como trabajadores. Como dijimos, pensamos con Cuche, que la construcción de la identidad es una negociación en un marco relacional entre “una ‘autoidentidad’ definida por sí misma y una ‘heteroidentidad’ o una ‘exoidentidad’ definida por los otros” (1996: 112). Dicha “autoidentidad” es menos la apropiación por parte de los grupos minoritarios de la identidad dominante que la reapropiación de los medios para definir por sí mismos su identidad (Cuche, 1996).

La “autoidentidad” de los trabajadores es la que desdice la nominación mediática, y lejos de ser una forma pura e inmutable, se trata de identidades fluctuantes en tanto las entendemos como construcción colectiva. Pero insistimos, dado que la capacidad de nombrarse no es la misma según el lugar que cada grupo ocupe en el campo social, “la identidad” será más o menos legítima producto de la relación de fuerzas; esto explica la hegemonía de la nominación “esclavos” del  grupo dominante frente a quienes se entienden como “trabajadores”.

Si la identidad es relacional y depende también del escenario en que cada uno se experimenta a sí mismo, es necesario retomar el concepto de clase de Thompson (1980) a los efectos de dilucidar, en las articulaciones discursivas explícitas de los trabajadores bolivianos, el reconocimiento de un sujeto propio de sociedades industriales y capitalistas. Al indagar los orígenes de la clase obrera, Thompson, sostiene que la clase cobra existencia cuando algunos hombres “de resultas de sus experiencias comunes (heredadas o compartidas), sienten y articulan la identidad de sus intereses a la vez comunes a ellos mismos y frente a otros hombres cuyos intereses son distintos (y habitualmente opuestos a) los suyos” [la cursiva es nuestra] (1980: 14). Desde este punto de vista, los inmigrantes bolivianos reclaman ciertas condiciones en tanto clase trabajadora:

“‘Vera es un mentiroso, un vividor. Nosotros no nos consideramos esclavos, nosotros trabajamos más porque queremos ganar más dinero’, Franklin Robles, uno de los manifestantes” (“Trabajadores textiles bolivianos exigieron precios más justos”, La Nación, 6/04/2006)

Es importante señalar que las identificaciones y categorizaciones dominantes pueden incidir en el propio reconocimiento del grupo minoritario como en el caso que analizamos: la “autoidentidad” no se ve contrarrestada por las definiciones externas sino que, en cambio, se refuerza como gesto contestatario.

“En los diálogos binacionales se le pidió a la Casa Rosada que no se hable de ‘esclavitud’, ya que el cuadro de situación no se parece a lo que se conoce como trabajo esclavo, por ejemplo, en África. La Paz prefiere que se utilice el término ‘servidumbre’”(“Cónsul boliviano con los días contados”, Pagina 12, 8/04/2006).

Como habíamos señalado, la cultura popular se expresa en la oralidad y en la comunicación corporal; a lo largo de los días en que se desarrolla el conflicto, los trabajadores bolivianos se hacen visibles, ocupan espacios y se manifiestan oralmente: toman la palabra. Bourdieu, Lebaron y Mauger (1998) plantearon que toda acción colectiva y toma de palabra de los que acostumbramos a llamar “excluidos” pone en jaque las denominaciones de quienes tienen el monopolio de la palabra.

“Las mujeres consultadas rechazan la etiqueta de ‘esclavitud’ que usa el periodismo. ‘Hay explotación laboral, sí, y a veces enorme, pero no creo que haya esclavitud. Hay casos -cuenta Dora, costurera- en que los talleristas bolivianos y coreanos explotan a costureros bolivianos’” (La Nación, 10/04/2006).

En este sentido, la tensión que encontramos entre la nominación de parte del periodismo a los trabajadores bolivianos frente a la evidente respuesta del colectivo que rechaza la identificación de “esclavos”, funciona menos que negando una simple metáfora, reivindicando una “autoidentidad” que sobrepasa las fronteras nacionales o étnicas. 

Las categorías de raza, grupo étnico y nación acompañan fuertemente la noción de clase. Así, la identidad de los trabajadores bolivianos está construida no sólo en torno a su posición frente a los medios de producción sino también por su relación con otros grupos étnicos, en este caso argentino (Barth, 1969). Los grupos étnicos son considerados por Barth como una forma de organización social, ya que los actores utilizan las identidades étnicas para categorizarse a sí mismos y a los otros, con fines de interacción. En ésta, aparecen dicotomías étnicas por las cuales la identidad se construye en un derecho de juzgar y de ser juzgado, y conforma en el caso boliviano, un posicionamiento social y político (Grimson, 2000).

“Somos parte de la economía argentina, pero no como seres humanos. No tenemos lugar en esta sociedad. Nos discriminan hasta con la mirada, silenciosamente, y nos empujan hacia la marginalidad. Por eso tantos bolivianos no tienen otro recurso que permanecer encerrados en los talleres textiles con sus paisanos. El de la discriminación es el problema mayor, y el desconocimiento de nuestra cultura. Si no se comprende esto, no se comprende qué ocurre con los bolivianos.” (“La discriminación es la raiz de los problemas bolivianos” La Nación, 09/04/2006.)

Así como con Goffman decíamos que el estigma aparece afirmando una relación entre un “nosotros” normal y un “ellos” anormal, “la identidad social permite que el individuo se ubique en el sistema social y que él mismo sea ubicado socialmente” (Cuche, 1996: 108) situando un adentro y un afuera de esa identidad, construyendo también una distinción nosotros/ellos, basada en la diferencia cultural.

Lo popular, caótico y contradictorio por definición (Ford, 1985) hace posible que a esta tensión entre nosotros/ellos se le agreguen las contradicciones y conflictos internos al colectivo boliviano, pues si encontramos a quienes se dicen “trabajadores” como gesto negador del mote dominante, también podemos distinguir a quienes asumen  la interpelación mediática, en armonía con esa identificación. Asumimos con Hall que no hay correspondencia necesaria, “no hay una ley que garantice que la ideología de un grupo viene ya dada de una forma inequívoca, y que se corresponda con la posición que mantiene ese grupo dentro de las relaciones económicas de la producción capitalista” (1998:32).

“Entre los manifestantes había opiniones encontradas. ‘Es mentira que haya trabajo esclavo: si trabajamos horas extras es porque nos conviene’, justificó un hombre. Otro desmintió: ‘Muchos de los que están hoy vienen obligados, porque no tienen documentos y nuestros mismos paisanos los esclavizan’” (“Cerraron otros 11 talleres y 3.000 bolivianos marcharon en protesta”, Clarín, 06/04/2006).

Estas oposiciones se entienden en tanto toda identidad está inmersa en la complejidad de lo social, y si negamos la identidad en términos puros e inmutables, es porque asumimos la potencialidad de lo heterogéneo dentro de los grupos identitarios. Introyectar las identificaciones “desde arriba”  es una de las caras del interjuego colectivo en sociedades atravesadas por la relación dominante/ dominado en términos de clase, etnia, género.  

 

“INMIGRANTES, GO HOME” (7)

Palabras finales

Señalamos que la toma de palabra cuestiona las divisiones metódicamente mantenidas esta vez entre esclavos, servidumbre, explotados y trabajadores, en la medida que todos pueden ser sometidos a la degradación de las condiciones de trabajo y la precarización laboral. El gesto de los bolivianos reivindicándose como trabajadores intenta precisamente este cuestionamiento, pues las circunstancias en las que trabajan y viven los inmigrantes en los talleres textiles mantienen relación directa con las condiciones de trabajo y las posibilidades de conseguir empleo en la Argentina. En efecto, cada cara que asume el trabajo en el capitalismo, lejos de entenderla de forma atomizada, se puede leer como la contracara de otras formas de degradación laboral.

En este sentido, la utilización del significante esclavo funciona desvinculando del capitalismo ciertas condiciones laborales extremadamente devaluadas, y de este modo suprime la relación conflictiva en la que se inscribe. La posibilidad de identificar a los trabajadores como esclavos es factible producto de operaciones, como dijimos, estigmatizantes en tanto se asocia la categoría de clase con la raza, la nacionalidad y la condición de ilegalidad en que se encuentran los inmigrantes. Pero es a partir de la toma de la palabra por parte de los inmigrantes que el conflicto reaparece, ya que la disputa de sentido en torno al significante esclavo y su oposición con el de trabajadores da cuenta de un rechazo al estigma que se construye a partir de características “naturales” como la sumisión, la tranquilidad, la docilidad de los bolivianos.

Por otro lado, adelantamos en la introducción que así como la protesta hace “aparecer” a los bolivianos no sólo en la toma de la palabra sino también ocupando el espacio público, saliendo de sus lugares de trabajo precario; los pedidos de “precio justo” también forman parte de una denuncia del sistema de explotación que genera que mientras ellos cobran centavos por prenda que confeccionan, las grandes marcas ganan cientos de pesos por cada una de ellas. Por esta razón, y en esta lucha en torno a la equiparación entre los salarios y el precio final de la prenda, podemos decir que los costureros bolivianos se afirman como parte de la clase trabajadora, productora de plusvalía en el capitalismo, ponen al descubierto el conflicto, en donde lo popular se construye. Y de esta forma, ponen en cuestión la “naturalización” del sistema que parece estar fuertemente cimentado y sin fisuras.

Además, la toma de palabra como resistencia nos habla de la lucha simbólica que se juega en esta experiencia de los inmigrantes ocupando espacios y haciéndose oír frente al poderoso sistema de medios. Y si gesto, cuerpo y voz sugieren la posibilidad de resignificar las representaciones que vienen “de arriba”, al mismo tiempo, como vimos, también anuncian lo complejo y contradictorio de la cultura de las clases subalternas, ya que hay quienes aceptan la representación y recogen de allí las fuerza para hacer públicas denuncias y demandas igualmente legítimas.

Según Cuche los estados modernos han asistido a la conformación de una “monoidentificación” al reconocer sólo una identidad cultural como nacional, excluyendo particularismos y diferencias culturales. Podemos pensar que los medios colaboran con esto al tratar a ese “otro” etnocultural a través de enunciaciones sensacionalistas, incluido en la agenda por su índole de “espectacular” conforme a una necesidad de mercado. Y en ese acto “sensacionalista”, el estigma que se construye en torno a los inmigrantes bolivianos se inscribe en un lenguaje que niega la multiculturalidad en la Argentina, que aparece despolitizado y neutral y mantiene excluido de la palabra a un sector que, en la medida que dice “existo” expone una relación de interculturalidad que no está exenta de conflictos, sino que éstos la constituyen en tanto “aparición” del sujeto popular.

 

 

Notas

(1) Titular de La Nación, 09/04/2006.

(2) Podríamos hablar de un “otro” argentino, pero en este caso la figura de la alteridad también aparece en otras nacionalidades y culturas como la coreana o la judía, respectivamente, a quienes muchos parecen señalar como los “amos” de los “esclavos”.

(3) Testimonio de una inspectora del Gobierno de la Ciudad, en “Clausuran 18 talleres ilegales en los que vivían 45 familias”, Clarín, 04/04/2006.

(4) “Trabajo esclavo: declaran que pagaban coimas a la policía”, Clarín, 03/04/2006.

“Trabajo esclavo: el incendio con seis muertos en una fabrica textil disparo un operativo de inspecciones”, Clarín, 04/04/2006.

“Trabajo esclavo: el cónsul, dueños de locales y muchos trabajadores rechazaron las inspecciones”, Clarín, 04/04/2006.

“Trabajo esclavo: alcanza a un millón de personas provenientes de nueve países sudamericanos”, Clarín, 04/04/2006.

“Trabajo esclavo: más clausuras y denuncia contra un diplomático”, Clarín, 07/04/2006.

“Trabajo esclavo: más de dos mil manifestantes protestaron contra el cierre de talleres”, Clarín, 08/04/2006.

“Por el incendio de caballito y el escándalo del trabajo esclavo” Clarín, 10/04/2006.

“Ayer clausuraron otros seis talleres por trabajo esclavo” Clarín, 11/04/2006.

(5) Titular de La Nación, 01/04/2006.

(6)  “Cerraron otros 11 talleres y 3.000 bolivianos marcharon en protesta” en La Nación, 06/04/2006.

(7)  Titular La Nación, 07/04/2006.

 

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