Hernán Fair (1)
Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Argentina)
Resumen
El trabajo analiza el rol ejercido por el Plan de
Convertibilidad en la articulación discursiva del menemismo. Parte de la
premisa de que el Plan excede su configuración como una simple ley al incluir
múltiples políticas que permiten su sostenimiento. Desde allí, aborda su
función articuladora de los diferentes sectores sociales (bajos, medios y
altos). Tomando como base un marco conceptual basado en la teoría de la
hegemonía de Ernesto Laclau, sostiene que la Convertibilidad funcionará como un
significante que logrará vaciar su inherente particularismo y articular a una
amplia y heterogénea gama de sectores sociales a partir de la satisfacción de
sus demandas equivalenciales. En esas circunstancias, el presidente Menem
logrará obtener una investidura afectiva en torno a su liderazgo. De ese modo,
logrará constituir una sólida hegemonía que se mantendrá en el tiempo y le
permitirá ser reelecto en las elecciones de 1995.
Palabras clave:
Significante – Convertibilidad – Menemismo – Discurso – Hegemonía.
1. Introducción
Durante
la presidencia de Carlos Menem se llevó a cabo un drástico proceso de reformas
de mercado que transformó de raíz la estructura económica y social del país.
Estas reformas estructurales, de orientación neoliberal, contrastaban con las
tradicionales políticas económicas asociadas a su partido, el peronismo. No
obstante ello, el Presidente obtendrá el respaldo de una amplia y heterogénea
gama de sectores sociales, que incluirá desde los sectores populares hasta los
grupos empresariales. En esas circunstancias, Menem logrará constituir una
sólida hegemonía, lo que le permitirá ser reelecto en las elecciones de 1995.
Frente a este panorama, surgen inevitablemente una serie de interrogantes:
¿cómo es posible que los principales perjudicados, los sectores populares,
hayan apoyado las políticas de transformación económica?, ¿cómo logrará
unificar detrás de su liderazgo a sectores tan disímiles y, en algunos casos,
con intereses antagónicos?, ¿cómo se explica que Menem haya sido reelecto por
casi la mitad del electorado cuando el país contaba con una desocupación
inédita e índices de corrupción alarmantes? Varias han sido las explicaciones
al respecto: el establecimiento de un orden frente al caos del alfonsinismo, el
logro de la estabilidad económica, el carisma del líder e incluso la
manipulación política. En esta investigación, sin embargo, colocaremos el eje
en el Plan de Convertibilidad. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de los
trabajos, que se centran en los beneficios materiales del Plan para los
sectores dominantes, o lo consideran una “simple ley”, haremos hincapié en la
imbricación del Plan dentro del discurso menemista. En efecto, no se ha
investigado aún la relevancia que adquiere la constitución discursiva del Plan
de Convertibilidad dentro de la identidad política menemista. En la misma
línea, hemos hallado pocos trabajos que profundicen en la articulación
discursiva de los diversos sectores sociales en apoyo al Plan de
Convertibilidad. Partiendo de un marco conceptual basado en la teoría de la
hegemonía de Ernesto Laclau, en el siguiente trabajo nos proponemos
precisamente indagar en la función articuladora ejercida por el Plan de
Convertibilidad. Según sostendremos, la Convertibilidad funcionará como un
significante que logrará vaciar su inherente particularismo y hegemonizar la
identidad menemista.
2. Contexto de
emergencia y constitución del discurso menemista
En medio de una crisis
económica, política y social en la que se conjugó el “terrorismo económico”
(Martínez, 1991:16) de los sectores empresariales y la impotencia del
radicalismo para resolver la propia crisis, el presidente Raúl Alfonsín se verá
obligado a llamar a elecciones anticipadas. En las elecciones celebradas el 14
de mayo de 1989, la fórmula del PJ, Carlos Menem - Eduardo Duhalde, resultará
vencedora con un 47,49% de los votos. A pesar de la elección del nuevo
Gobierno, el ánimo de la población no se apaciguará. En efecto, la caída en los
salarios y en la ocupación, junto al incesante incremento de los precios, había
generado un vertiginoso aumento de la marginalidad social. Esto desembocará en
fenómenos inéditos hasta entonces como fueron los saqueos de alimentos a
supermercados y comercios en cientos de barrios pobres de Córdoba, Rosario,
Mendoza y el Gran Buenos Aires. En una muestra de su incapacidad para resolver
la crisis, el 29 de mayo el Presidente decretará el estado de sitio. Poco
después, la imposibilidad de controlar la situación lo obligaría a renunciar y,
el 8 de julio de 1989, cinco meses antes de finalizar el plazo constitucional,
se producirá el traspaso del mando.
En ese contexto de
hiperinflación inédita, con índices que llegarán al 114,5% en junio, sumando un
total de 613% en sólo 6 meses (Clarín, 07/07/89),
y mientras sus votantes esperaban el “Salariazo” y la “Revolución Productiva”,
Menem emprendió el rumbo contrario. Con el respaldo de los grandes empresarios,
expresado en la incorporación a su gobierno de directivos de Bunge & Born,
y de Álvaro Alsogaray, símbolo del neoliberalismo, se dedicó a aplicar el
recetario neoliberal. Como consecuencia, se asistirá en esos años a una
verdadera reestructuración económica y social que terminará por descomponer la
antigua “matriz estadocéntrica” (Cavarozzi, 1997). En su reemplazo, se
consolidará una nuevo modelo de acumulación, un programa que venía
implementándose desde mediados de la década del setenta (Basualdo, 2006).
A pesar
de esta metamorfosis en relación con las banderas tradicionalmente asociadas al
peronismo, el Presidente logrará evitar una ruptura inmediata e incluso
mantendrá el respaldo al ajuste en gran parte de los principales afectados: los
sectores populares. ¿Qué es lo que permitió este respaldo? Algunos autores
sostienen que la clave residió en el contexto de fuerte pérdida de legitimación
del gobierno anterior, producto del caos hiperinflacionario, lo que habría
posibilitado un “estado de disponibilidad” social. En esa situación, definida
como “consenso de fuga hacia adelante”, el liderazgo menemista habría obtenido
el respaldo de una heterogénea coalición social garantizando orden y seguridad
(Palermo y Torre, 1992; Palermo y Novaro, 1996). Partiendo de estas premisas,
aunque desde una perspectiva diferente, otros sostienen que el menemismo
edificará su liderazgo mediante una “frontera política” antagónica al desorden
del gobierno de Alfonsín. Según esta perspectiva, su identidad política se
habría constituido como un “discurso hobbesiano de superación del caos” (Aboy
Carlés, 2001 y 2003).
En este trabajo nos apartaremos parcialmente de ambas perspectivas. Si
bien reconocemos la importancia del temor al regreso a la hiperinflación,
debemos recordar los vaivenes con los que tendrá que lidiar su liderazgo hasta
lograr la estabilización efectiva de la economía. En efecto, durante los primeros meses el
Gobierno no logrará dominar del todo la inflación, e incluso experimentará un
nuevo episodio hiperinflacionario, entre fines de 1989 y comienzos de 1990. En
ese contexto, en el que reaparecerán, a su vez, los saqueos a supermercados,
decimos, con Canelo, que el “consenso de fuga hacia adelante” en realidad
durará poco (Canelo, 2002: 18). Por otra parte, a diferencia de esta
perspectiva, creemos que la hiperinflación, si bien necesario para constituir
su liderazgo, resultará insuficiente para consolidarlo. Para alcanzar ese
objetivo sostenemos, en cambio, que el elemento crucial será el Plan de
Convertibilidad. Este Plan, como veremos, le permitirá al Presidente satisfacer
otras demandas que trascenderán el puro orden hobbesiano o decisionista.
2.1. Instauración del Plan
de Convertibilidad
Hacia fines de
enero de 1991, el malestar social generado por la imposibilidad de controlar la
creciente tasa de inflación, a lo que se le sumarán las graves denuncias de
corrupción en el Gobierno (casos Swiftgate y Yomagate), llevarán la popularidad
de Menem a los niveles más bajos desde su asunción. En ese contexto, el
Presidente reconfigurará su gabinete nombrando como nuevo Ministro de Economía
a quien hasta ese momento ocupaba el cargo de canciller, Domingo Cavallo. El
flamante Ministro, aprovechando el alto nivel de reservas, ideará un plan para
establecer una paridad cambiaria legal 10.000 a 1 de la moneda nacional, el
austral (2), con el dólar estadounidense. Luego de la aprobación en ambas
Cámaras, el 1 de abril de 1991 entrará en vigencia la llamada Ley de
Convertibilidad (Ley N° 23.928).
La ley
obligaba al Gobierno a que hubiere una equivalencia entre la base monetaria y
las reservas de oro y divisas del Banco Central. Al mismo tiempo, impedía
emitir moneda que superara el respaldo en reservas. Dado que el tipo de cambio
estaba sobrevaluado, el Estado se vio en la obligación de buscar fuentes de
financiamiento externo que permitieran el ingreso de divisas. Esto lo resolvió,
en un primer momento, desprendiéndose de gran parte de sus empresas (3), y
luego, vía endeudamiento externo. El régimen cambiario no era, por lo tanto,
una “simple ley” (Barros, 2002: 170), sino que implicaba una verdadera reforma
estructural, íntimamente ligada a una multiplicidad de políticas que permitían
su sostenimiento (Kulfas, 2001: 181). En este sentido, resulta más adecuado
denominarlo, y así lo haremos desde ahora, Plan de Convertibilidad.
Con los
recursos provenientes de las privatizaciones, el Plan de Convertibilidad
comenzó a dar paulatinamente sus primeros frutos: se produjo una importante
desaceleración inflacionaria, las firmas cesaron las remarcaciones de precios,
los depósitos comenzaron a retornar a los bancos y reapareció el crédito. De
este modo, y a partir de la desaparición del “impuesto inflacionario”, el poder
de compra de las masas urbanas logró expandirse de manera creciente y la
estabilidad se tradujo en reactivación. En ese contexto de motorización de la
demanda interna y la inversión, estimulados por el abaratamiento del dólar, el
Presidente logrará incrementar considerablemente su legitimidad, constituyendo
una sólida hegemonía. A continuación veremos, a la luz del enfoque laclausiano,
el proceso por el cual el 1 a 1 logrará “vaciarse” hasta consolidar esa hegemonía.
3. El “vaciamiento” del
significante Convertibilidad
Según señala Laclau,
basándose en Ferdinand de Saussure (1961), las identidades son puramente
relacionales. Esto quiere decir que toda identidad se forma en relación con
otra identidad y, por lo tanto, es diferencial a ella (Laclau, 2005: 92). Ahora
bien, a diferencia de Saussure, quien creía que las diferencias se constituyen
dentro de un mismo sistema, Laclau sostiene que el espacio relacional nunca
logra constituirse como tal. Toda construcción identitaria presupone, por lo
tanto, una serie de límites que se encuentran excluidos del mismo (Laclau,
1996: 96). Estos límites forman lo que denomina una “frontera de exclusión”. En
esta frontera que se delimita, todos los elementos que la componen son
equivalentes entre sí, en la medida en que todos se forman como exclusión de
una primera identidad (Laclau, 2005: 94). Sin embargo, prosigue Laclau,
diferente es la cuestión si el sistema, constituido a través de la “exclusión
radical”, intenta transformar en equivalentes las diferencias positivas que lo
constituyen. Esto anuncia el surgimiento de lo que el autor denomina un
“significante vacío”.
Según Laclau, la condición para que esta operación sea posible es que lo
que está más allá de la frontera de exclusión sea reducido a la “pura
negatividad”, es decir, a la “pura amenaza” que ese más allá presenta a las
diferencias interiores del sistema (Laclau, 1996: 73-74). Pero las categorías
excluidas, para lograr constituirse en los significantes de lo excluido, tienen
que cancelar sus diferencias a través de la formación de una “cadena de
equivalencias” de aquello que el sistema “demoniza” a los efectos de poder
significarse a sí mismo (p. 74). La última condición, en este sentido, es que
las diferencias antagónicas que separan a los dos sistemas formen dos campos
irreductibles estructurados alrededor de dos cadenas equivalenciales que sean
incompatibles entre sí. De este modo, la frontera de exclusión, pese a
conformar una “amenaza externa” al sistema, resulta, a su vez, condición
necesaria para constituir la propia identidad (pp. 104-108).
En resumidas cuentas, un significante vacío se forma mediante la
constitución de una cadena de equivalencias a partir de una dispersión de
demandas fragmentadas que se unifican en un “punto nodal” o “punto de capiton”
que actúa como contraposición a otra cadena de equivalencias amenazante del
sistema (Laclau, 2005: 151). ¿Y cuál es la importancia que adquieren estos
significantes vacíos? Laclau parte de la base de que lo que llamamos sociedad
es, en realidad, la ficción del deseo de “suturar” una estructura que se
encuentra necesariamente ausente (Laclau y Mouffe, 1987: 153-154). En otras
palabras, parte de la idea, basada en el psicoanálisis lacaniano, de que existe
un espacio de relaciones entre individuos y grupos que desean alcanzar una
sociedad unificada (Lacan, 2003 y 2006). Sin embargo, lo que tenemos en
realidad es una “totalidad fallada”, el sitio de una “plenitud inalcanzable”
(Laclau, 2005: 94). La función que cumplen estos significantes (palabras,
imágenes) reside, precisamente, en que, pese a que representan una
particularidad, actúan simbólicamente refiriéndose a la cadena equivalencial
como una totalidad (p. 125). De este modo, cumplen la función política de generar
un “cierre” de la comunidad. Esta “clausura” de todo el espacio social, pese a
ser imposible, resulta, como veremos luego con más detenimiento, necesaria y,
más aún, indispensable, para constituir toda identidad política hegemónica.
Como dijimos anteriormente, durante los primeros meses, a pesar de que
las aguas se habían calmado, el regreso del fantasma de la hiperinflación y del
desborde social continuaba acechando. En ese contexto, el Orden no se expresaba
más que como una “ausente plenitud de la comunidad” (Laclau, 1996: 104), como
una “falta” que ningún objeto podía “llenar”. El 1 de abril de 1991 marcaría,
sin embargo, el inicio de una profunda transformación en el momento en que
entrase en vigencia la llamada Ley de Convertibilidad. Esta ley, que en
realidad actuaba, como dijimos, como un Plan más amplio, marcará un punto de
inflexión, al lograr el control definitivo de la hiperinflación.
Discursivamente, la importancia de la paridad cambiaria se hará presente el 1
de mayo de 1991, cuando el Presidente se refiera por primera vez a los efectos
del Plan:
“En materia económica estamos sentando las bases para la concreción
sostenida y firme de la equidad y de la justicia social (...). En este
contexto, hemos puesto en marcha el Plan de Convertibilidad, que inaugura una
nueva y decisiva etapa de nuestra administración (...). A pesar de los
innumerables vaivenes políticos, estamos otorgándole un marco institucional a
las reformas de fondo de nuestro país (...). Estamos estabilizando la economía.
Estamos eliminando la causa más cruel y salvaje de injusticia social, que
residió en el impuesto inflacionario, pagado por los sectores más humildes. Ha
renacido el crédito en la Argentina. Han bajado las tasas de interés a niveles
internacionales. Comenzamos a recomponer los salarios de una manera paulatina
en términos reales. Generamos condiciones para que se incremente la creación de
nuevos puestos de trabajo, a través de la removilización de nuestro aparato
productivo. Se han terminado las oportunidades de especulación de los actores
económicos (...). Es una auténtica economía popular, insisto popular, de
mercado” (01/05/91: 107-108) (4).
Este nuevo orden logrará, en primer lugar, satisfacer la demanda social
de “gobernabilidad política”. En efecto, el reestablecimiento de un “país
civilizado” y “en vías de crecimiento” trazaba una “frontera de exclusión” en
relación con una “cadena de equivalencias” representada por los significantes
“caos” = “disgregación” = “ingobernabilidad” = “guerra civil”, todos relacionados
con los episodios de 1989:
“Entiéndase bien: la primera y fundamental batalla que deberá ganar esta
economía de emergencia, es la batalla contra la hiperinflación. El principal
enemigo contra la justicia social es la hiperinflación, que devora salarios y
bienestar en millones de hogares argentinos” (09/07/89: 17).
“(A)l
hacernos cargo del gobierno, nuestro primer objetivo fue combatir el más
injusto impuesto que recaía no tan sólo sobre los jubilados, sino sobre toda la
sociedad argentina: largos períodos de inflación y, además, como si esto fuera
poco, una hiperinflación que dejó al país, cuando nosotros asumimos la
responsabilidad de conducir su destino, con más de un 200% mensual y cerca del
3.000% anual de inflación” (03/07/91: 18).
“(N)uestro
Gobierno ha puesto límite a un cáncer voraz que, al tiempo que distorsiona la
economía misma, la contamina con un vocabulario ocultista. Este proceso
ahuyenta toda posibilidad de confianza de nuestra sociedad. Me refiero
concretamente a la hiperinflación” (07/06/91: 170).
“Basta volver a 1989, con un proceso hiperinflacionario impresionante,
con empleados de comercio que antes de vender se dedicaban a remarcar, porque
de un día para otro, la inflación superaba todo. Era el peor impuesto que
teníamos, y fíjense que, después de muchos años, en este mes la inflación no ha
superado el 2,6% y en cuanto a los precios mayoristas es récord en los últimos
30 años, con el 0,4%; de la construcción, el 0,1% y se está reactivando la
economía en la República Argentina” (05/08/91: 95-96).
De
este modo, se alcanzará la tan preciada “estabilidad”:
“(E)ste
Presidente (...) nos ha llevado a la conquista de algo que parecía casi
imposible para esta Argentina: la estabilidad económica. En este país
aparentemente agotado en marchas y contramarchas, de ineptitud funcionarial, de
inmoralidad administrativa, la estabilidad constituye un logro histórico. Así,
derrotamos la hiperinflación y tomamos por las astas un Estado herrumbroso para
transformarlo eficientemente. Las arcas vacías comenzaron a llenarse con la
recaudación fiscal. La moneda empezó a tener valor real, luego de años de haber
sido papel de colores. En definitiva, resucitamos un país que parecía condenado
al olvido de los que viven dentro y fuera de él” (29/08/91: 159).
“La Ley de Convertibilidad ha otorgado estabilidad a la economía
argentina, manteniendo una paridad cambiaria que no sufre alteraciones, y
registrando los índices de inflación más bajos de hace muchísimos años”
(18/11/91: 126).
Pero la
alteridad no se agotará en la “pura amenaza” que representaba la hiperinflación.
El Presidente, al mismo tiempo, centrará también su artillería en una
despiadada crítica al intervencionismo estatal, culpable de todos los males de
la sociedad:
“Argentina entró en crisis, no hay ninguna duda, pero esa crisis es
producto, casualmente, de una pésima organización estatal. El Estado ha servido
para favorecer a determinados sectores de la comunidad y no estuvo al servicio
de la comunidad en su conjunto” (27/05/91: 138).
“Todos conocemos que los
servicios estatales son caros e ineficientes. Que la iniciativa privada se
encuentra agobiada por regulaciones excesivas y continuamente cambiantes, que
la incapacidad burocrática impone trabas durísimas y que el déficit fiscal crea
gravámenes intolerables. Como ustedes saben, el gobierno se ha comprometido a
fondo en la eliminación de estos males (...). Basta a los monopolios y a los
subsidios irracionales. Basta a la trabazón burocrática y al gasto público
improductivo. Basta a la sobreprotección y a la ineficacia. Basta al
intervencionismo estatal y a la complicidad de la incompetencia privada. Basta
a la evasión y a la presión fiscal esterilizante” (01/09/89: 48-50).
“El Estado se retira, a
partir de hoy, de un conjunto de obstrucciones, regulaciones arcaicas, e
intervencionismos que de ningún modo se justifican (...). El Estado dice
“basta” a estas regulaciones, para hacer mejor sus tareas indelegables: el
fomento de la educación. La justicia. La salud. La seguridad" (31/10/91:
63-64).
“(T)odo
lo posible al sector privado, todo lo necesario en manos del Estado (...). ¿Y
qué es lo necesario que debe quedar en manos del Estado? Hemos dicho hasta el
cansancio que es la educación, la salud pública, la justicia, la seguridad. Lo
demás, todo lo posible al sector privado” (14/06/91: 184).
Esto
posibilitará reforzar la dicotonomía entre una Argentina “vieja” = “atraso” =
“involución” = “decadencia”= “aislamiento” = “frustración” = “estancamiento”,
frente a una cadena equivalencial representada por una Argentina “nueva” =
“moderna” = “progreso” = “desarrollo”= “crecimiento” = “triunfo” =
“proyección”:
“(H)ay una Argentina vieja, la del atraso, la de la involución, que se
va, y una Argentina nueva, la del progreso, la del crecimiento, con una nueva
mentalidad que está naciendo” (25/04/91: 90).
“Pésimas y fraudulentas
administraciones dieron como resultado un Estado elefantiásico, con tremendos
déficit constantes en las cuentas fiscales, el desborde continuo de los gastos
públicos y la evasión delictiva en el campo de los impuestos y también en el
campo previsional. Había, sin duda, un aislamiento de la Argentina en el mundo
(...) (Ahora) nos estamos dirigiendo hacia el mundo desarrollado, moderno y en
crecimiento” (30/10/91: 55).
En resumen, mediante la
institución del régimen cambiario se logrará satisfacer la demanda de una
“falta originaria” (Laclau, 1996: 162) en el orden social, la existencia de un
bien ausente como era la estabilidad política, en contraposición a la violencia
y la descomposición social. Las demandas, sin embargo, excedían el puro orden
político. En efecto, el “orden de la comunidad” sólo llegaría cuando se
terminase con el “impuesto inflacionario” y se lograse la estabilidad
económica. Precisamente el Plan de Convertibilidad, a partir de la
sobrevaluación cambiaria, la reducción de las tasas de interés y la apertura de
la economía al capital transnacional, incentivará un “boom” de inversión y
consumo interno que permitirá un rápido control de los episodios hiperinflacionarios.
Así, la inflación, que en marzo de 1991 había alcanzado un 11% (Clarín, 04/04/91), disminuirá a sólo 3,1% en
junio y 2,6% en julio, llegando a un mínimo de 1,3% en agosto (Página 12, 05/07/91; La Nación, 02/08/91 y
31/08/91). De este modo, con tasas que registraban el índice más bajo desde
marzo de 1974 (Clarín,
04/09/91), y que al mes siguiente decaerían aún más, al sumar sólo un 0,4% (Página
12, 04/10/91), el Presidente terminará de coronar la demanda,
incompletamente satisfecha hasta ese momento, de estabilización económica (6):
Ahora bien, a partir del éxito del Plan, se logrará trascender las
demanda de estabilidad, posibilitándose, al mismo tiempo, el acceso a un
“suplemento” o “plus” (Derrida, 1989). Este suplemento se expresará en una
doble dimensión. Por un lado, a través del acceso a beneficios materiales. Por
el otro, mediante la incorporación de un conjunto de prácticas de consumo
masivas. Ambas dimensiones, como veremos, resultarán claves para consolidar la
hegemonía menemista.
3.1. La función de los beneficios materiales
Como dijimos, durante la presidencia de Menem se llevó a cabo un
drástico proceso de transformación del Estado. Este proceso tenía como premisas
la necesidad de privatizar las empresas públicas para reducir el déficit fiscal
y mejorar los servicios. Mediante estos argumentos, prácticamente la totalidad
de las empresas que históricamente habían pertenecido al Estado pasaron a manos
privadas. Como consecuencia, miles de trabajadores perdieron sus empleos. Sin
embargo, muchos de ellos continuaron apoyando al Plan económico. ¿Cómo se
explica este respaldo de los principales perjudicados? Una de las claves, a
nuestro entender, debe buscarse, más allá de la estabilización, en los
beneficios materiales que otorgará el Gobierno. En efecto, en lo que se
denominará Programa de Propiedad Participada (PPP), el Gobierno le concederá a
los ex trabajadores una participación accionaria del orden del 10% en los
servicios públicos privatizados. Este programa será acompañado, al mismo
tiempo, por otros beneficios, entre ellos, incrementos salariales, como en el caso de los gremios de Luz y Fuerza, la
Unión Ferroviaria y los Empleados de Comercio (Clarín, 02/05/93) y regímenes de retiros voluntarios que
beneficiarán a los ex empleados públicos con importantes indemnizaciones. Desde
su discurso, el Presidente afirmaba que, mediante los Programas de Propiedad
Participada, se buscaba darles participación activa a los trabajadores en la
propiedad de esas empresas:
“Este
Gobierno procura fundamentalmente, sobre la base de reglas de juego claras,
precisas, coherentes, darles una participación activa a los trabajadores en lo
que hace a la transformación del Estado. Estos procesos de transformación
procuran, y procuramos, que el trabajador tenga alguna titularidad en todas las
empresas que estamos transformando, ya sea vía de las acciones, ya sea vía de
cualquier tipo de resoluciones y disposiciones que se vayan tomando. Es por eso
que los convocamos permanentemente. No vamos a dar un solo paso en el proceso
de transformación, por ejemplo, de Obras Sanitarias de la Nación, si no tienen
participación los trabajadores que integran esta empresa (...). Quiero que
ustedes estén y participen en la propiedad de esta empresa, que evidentemente
se tiene que convertir en una de las empresas líderes en el contexto de las
empresas nacionales” (26/04/91: 93-94).
“(E)ste acto de venta de acciones de un ex
patrimonio público implica una trascendencia fundamental por cuanto por primera
vez en la Argentina, y aunque resulte paradójico, estamos dando la posibilidad
a nuestro pueblo de ser verdaderamente partícipe de lo público” (23/05/91:
133).
Según Menem,
con el otorgamiento de las acciones se lograba que hubiese “menos proletarios y
más propietarios”:
“He expresado en muchas oportunidades que quería también una patria, un
país, una Argentina con menos proletarios y más propietarios, y esto se está
dando actualmente. Este acto importa convertir en propietarios a quienes
durante muchos años, y a través de varias generaciones, trabajaron
incansablemente para ir encontrando un lugar en el contexto de la comunidad
organizada (...)” (25/04/91: 89).
“Quiero significar que no tan sólo hay un mejoramiento en lo que hace al
trabajador, al empleado, sino que pasan a ser, además, propietarios de la
empresa, porque ellos participan en el paquete accionario y esto se compadece
con lo que dije en muchas oportunidades. En la Argentina, quiero menos proletarios
y más propietarios” (02/05/91: 120).
Este apoyo, predominantemente instrumental,
se agota, sin embargo, en el análisis de una porción relativamente pequeña de
los trabajadores. En este sentido, creemos que debe ser acompañado, al mismo
tiempo, de un análisis más amplio que dé cuenta de la importancia clave que
ejercieron las prácticas de consumo que acompañaron la puesta en marcha del
Plan de Convertibilidad. Estas prácticas, como veremos, no sólo resultarán
cruciales para entender el apoyo de los sectores populares, sino que, además,
trascenderán las divisiones sociales para incluir el respaldo de sectores
medios y altos.
3.2. La función de las prácticas de consumo
Como
señala Laclau, los significantes vacíos no son meras construcciones conceptuales,
sino que además, se sedimentan en prácticas y rituales (Laclau, 2005: 138-139).
Esta cuestión, mencionada, pero nunca desarrollada por este autor, tiene
importantes implicancias a los efectos de este trabajo. Ello se debe a que los
beneficios que traerá aparejada la vigencia del Plan de Convertibilidad a
partir del abaratamiento del dólar, posibilitarán, principalmente a los
sectores medios y medios-bajos, el acceso a un conjunto de bienes de consumo
(desde televisores y equipos de música hasta aires acondicionados) y, a
sectores medios y medios-altos, el acceso al crédito barato para adquirir casas
y automóviles importados, además de la posibilidad de realizar viajes de
turismo a Europa y a Estados Unidos y acceder a tecnología de alta calidad e
indumentaria que hasta ese momento les era, en muchos casos, imposible adquirir
materialmente.
Estos
beneficios impactarán en la identidad menemista, consolidando la frontera de
exclusión en relación con los significantes pobreza, involución, postración,
atraso y estancamiento del alfonsinismo. Como contraparte a este pasado de la
“pura negatividad”, se logrará estabilizar, al mismo tiempo, la cadena de
equivalencias interna, ya que la paridad de la moneda local con el dólar
permitirá constituir, dejando de lado cualquier distancia que pudiese haber en
la fortaleza mundial de ambas monedas, una equivalencia 1 a 1 con los Estados
Unidos. De este modo, se vaciaba toda dimensión diferencial con este país, y
junto a él, con los demás países “desarrollados”, y se consolidaba, al mismo
tiempo, la fortaleza de la moneda nacional:
“Desde hoy, nos ponemos
a la altura de los grandes países del mundo” (En el momento de firmar el
decreto de derogación del Austral y establecer la paridad 1 a 1 del peso con el
dólar. Citado en Página 12, 17/10/91:
9).
“Hemos conseguido la estabilidad y, a partir de la Convertibilidad,
nuestro signo monetario tiene idéntico o mayor valor que cualquier otra moneda
extranjera” (29/12/93: 279).
Pero no sólo se consolidará la cadena equivalencial interna ya
conformada, sino que el “significante unificador” (Laclau, 2005: 269)
Convertibilidad permitirá, al mismo tiempo, ampliar esa cadena. Para ello,
debemos tener en cuenta que el Plan será acompañado de una fuerte rebaja de los
encajes bancarios por parte del Banco Central para incentivar la reducción de
las tasas de interés y el incremento del crédito (Clarín, 28/03/91). Al mismo tiempo, el
Gobierno dispondrá un acuerdo para bajar el precio de los electrodomésticos
entre un 13,5% y un 35% por un año, a cambio de una reducción de la carga
impositiva del 15% sobre los precios de venta al público y entre un 14 y un 15%
a los fabricantes. Además, acordará una reducción de 25,5% en la fabricación de
neumáticos y 30% en los precios de los automotores (Clarín, 10/04/91). Como consecuencia de
ello, la tasa de interés, que oscilaba entre un 10 y 40% en marzo, se reducirá
a sólo 0,8 y 4% en los primeros días de vigencia del Plan (Clarín,
03/04/91). Estas medidas producirán un “boom” de la inversión y el consumo que
permitirá, entre 1991 y 1994, un crecimiento en la venta de autos de un 304,6%,
un aumento de 136,4% en la venta de heladeras, aires acondicionados y
lavarropas y un 112,1% en cocinas, calefones y termotanques (Porta, 1995: 88).
Al mismo tiempo, se expandirá fuertemente el crédito hipotecario (Noticias,
20/03/94) y el turismo.
En ese
contexto, la cadena equivalencial interna del menemismo se ampliará para
incluir una serie de nuevos significantes formados por el ingreso masivo de
inversiones, el acceso al crédito barato para adquirir electrodomésticos, autos
y viviendas, la posibilidad de viajar al exterior y la incorporación a precios
módicos de los adelantos tecnológicos de los países desarrollados:
“Para
aquellos que tienen falsa memoria, para aquellos que, como decimos en la calle,
se “hacen los osos”, les quiero recordar que en 1988-89, un trabajador que
quería comprar un televisor necesitaba 8 sueldos y pagarlo al contado. Ahora,
un trabajador que quiere comprar un televisor necesita un solo sueldo y lo
puede pagar en 12, 18 o 24 cuotas. Hemos recuperado el crédito a partir de la
confianza en la República Argentina” (29/09/93: 496).
“Volvió el crédito a la República Argentina. Yo siempre pongo como
ejemplo el caso de que antes un trabajador necesitaba ocho sueldos, es decir,
ocho meses de sueldo para comprar un televisor. Ahora lo puede comprar con un
sólo sueldo y en cuotas de hasta 18 meses. En 1989 las fábricas de automóviles
no superaban las 90.000 unidades por
año; actualmente, estamos superando las 300.000 por año” (25/10/93: 48-49).
Estos elementos eran equivalentes, a su vez, a los significantes
“progreso” y “crecimiento”. En efecto, el incremento del consumo, que alcanzará
un total de 38,8% hacia 1994 y de las inversiones en maquinaria y equipo,
principalmente construcción, que se expandirán fuertemente por el auge del
crédito y la liberalización comercial, permitirán un fuerte crecimiento del
Producto Bruto Interno (PBI) y una reducción de la pobreza relativa (La
Nación, 15/05/95). En ese contexto, el Presidente afirmará:
“En sólo cuatro años y
medio de gobierno, hemos conseguido esta transformación que, por ejemplo, ha
llevado a la República Argentina a colocarse entre los cuatro países que más
crecieron en estos últimos tres años, en lo que hace a su Producto Bruto
Interno. Ha subido la producción, reitero, ha crecido en forma significativa el
consumo, han disminuido los índices de pobreza y se acrecienta la demanda
laboral” (24/11/93).
Estas transformaciones le permitirán a Menem afirmar con júbilo que el
nuevo orden implicaba para la Argentina la “inserción” al “mundo moderno”:
“Les quiero expresar la inmensa alegría que siento en estos momentos al
compartir (...) un cambio en la República Argentina. Un cambio en su historia,
un cambio en lo que hace a la cuestión económica. Un cambio en lo que respecta
a la Argentina decadente, frustrada, descontrolada entre todos los sectores de
la comunidad. Una Argentina que cambia y se reinserta con posibilidades de
convertirse en un gran país, rector en algunos aspectos a nivel internacional”
(31/07/91).
“Estamos
abriendo y destrabando la economía, mediante una decisión política que también
constituye un camino de integración y de inserción internacional (...). (Esto
implica) acelerar nuestro proyecto de incorporación a los cambios mundiales”
(07/06/91: 166-167).
De este modo, la Argentina recuperaba su espacio de “afinidad natural”
con las grandes potencias mundiales:
“(U)na serie de
dificultades externas e internas nos alejaron del camino del progreso
económico, separándonos de los países con los que compartíamos afinidades
naturales. Hoy, con alegría, puedo asegurar que hemos reencauzado nuestro país
en la senda de la democracia política, el crecimiento económico y una ubicación
internacional al lado de nuestros amigos” (23/11/93: 169).
En esas circunstancias, la Convertibilidad se transformará en un
significante (tendencialmente) vacío que logrará la “sutura” del orden social.
Ello se debe a que el éxito del 1 a 1 logrará unificar simbólicamente a una
pluralidad de demandas sociales equivalenciales. De este modo, logrará vaciar
el contenido particularista inherente a su constitución para abarcar a una
universalidad que lo trascenderá y, a su vez, hegemonizará (7).
Vimos anteriormente que en 1989 la situación era de un desorden radical
debido al aumento desenfrenado de los precios y los saqueos a supermercados, y
que, durante los dos años subsiguientes, el Gobierno sólo lograría calmar las
aguas de manera relativa. No obstante, el éxito en la implementación del
régimen cambiario permitirá, finalmente, terminar con el flagelo
hiperinflacionario y consolidar un orden. Ese orden simbolizará, a través del
Plan de Convertibilidad, el logro de una plenitud (hasta entonces) ausente,
aquello a lo que aspiraba pero no podía alcanzar del todo la comunidad, el
objetivo no totalmente realizado. En otras palabras, la Convertibilidad se
constituirá en una especie de encarnación metonímica de la “Cosa” lacaniana,
ocupando la función del “objeto de deseo” faltante en la sociedad (Lacan,
2003). Pero, ¿a qué se refiere Lacan con la Cosa o con el objeto de deseo? Para
explicar esta cuestión debemos situarnos en la teoría psicoanalítica. Como
señala Laclau, Freud sostiene que la díada anterior al nacimiento entre la
madre y el hijo “contenía todas las cosas y toda la felicidad y a la cual el
sujeto se esfuerza por regresar a lo largo de su vida” (Laclau, 2005: 144).
Dado que, una vez dado a luz, el niño ya no puede regresar a ese estado
anterior de pura satisfacción, incorpora un “objeto parcial” que intenta reproducir
el goce perdido (p. 145). Ese objeto parcial que viene a reemplazar al “objeto
de falta”, y ahora estamos en Lacan, es el pecho de la madre. Las pulsiones que
se satisfacen mediante este objeto no son sólo el placer de succión y el placer
de satisfacer los deseos del estómago (mediante la leche), sino que el “valor
de pecho” excede esta cuestión y se transfiere a otros objetos parciales
pulsionales (pp. 146-147). Pero, ¿por qué considera Laclau que estos conceptos
son tan importantes para la constitución de las identidades políticas? Porque,
dado que el sujeto no puede regresar a la plenitud anterior, debe contentarse
con esos objetos parciales (objetos que Lacan denomina objeto a, petit a u objeto de deseo) que, pese
a que representan siempre una parcialidad, dejan de funcionar como partes para
asumir el rol de la totalidad ausente. Esto es precisamente a lo que se está
refiriendo Laclau cuando habla del rol que cumplen en política los
significantes vacíos. Estos objetos parciales encarnan objetos hegemónicos que,
al igual que los objetos de deseo lacanianos, satisfacen de manera sustitutiva
el verdadero deseo, que es el sueño de una “totalidad mítica” madre/hijo, o su
correlato, la sociedad “reconciliada consigo misma” (Laclau, 2005).
Si partimos de esta perspectiva, podemos decir que el significante
Convertibilidad, constituido mediante la alteridad antagónica al caos
hiperinflacionario del alfonsinismo e identificado con el logro de la
estabilidad, a lo que debemos agregar la incorporación de las prácticas de
consumo y los beneficios económicos, elementos que pueden ser entendidos ahora
como significantes que funcionan como “plus de goce” pulsional (Lacan, 2006), funcionará como un objeto
parcial que logrará sustituir metonímicamente la parte por el todo (Laclau y
Mouffe, 1987: 186), o mejor aún, constituir una metáfora de una parte que es el
todo (Laclau, 2005: 279). En otras palabras, el vínculo metonímico que
relacionaba a la Convertibilidad con una particularidad que actuaba como
representación de una totalidad, pasará a ser ahora una metáfora de ese
vínculo. Ello se manifestará de manera expresa en la metáfora equivalencial
1=1, esto es, un Uno que es igual a otro Uno y, por lo tanto, es un sólo Uno.
Ahora bien, ¿qué lugar ocupa en estas circunstancias el líder? Según
Laclau, “la entidad encarnadora se convierte en el objeto pleno de investidura
catéctica”, en razón de que se presenta como “el exceso fantasmático de un
objeto a través del cual la satisfacción puede alcanzarse” (Laclau, 2005: 153).
En otras palabras, el líder, en tanto representa la entidad que encarna la
satisfacción, adquiere una investidura afectiva. Si tenemos en cuenta que el 1
a 1 permitirá vehiculizar simbólicamente el fantasma de unidad con el otro,
además de simbolizar, al mismo tiempo, el plus de goce del consumo y la
acumulación de capital, podemos decir que el Presidente, en tanto entidad que
funciona como garante del fantasma y la satisfacción pulsional, obtendrá una
investidura catecrética en torno a su liderazgo (Fair, 2007). De este modo,
Menem, en tanto “nombre” que permitirá llenar a través del objeto parcial
Convertibilidad la “falta” y garantizar el plus de goce, logrará consolidar lo
que hasta entonces era una frágil e inestable hegemonía. Así, obtendrá sendas
victorias en las elecciones legislativas de 1991 y 1993 y, dos años después,
prometiendo mantener el objeto parcial, es decir, prometiendo conservar el 1 a
1, no tendrá dificultades en ser reelecto presidente con casi el 50% de los
votos.
(4) Los discursos citados a partir de aquí, salvo expresa aclaración,
corresponden a Discursos oficiales emitidos por el presidente Carlos Menem.
(7) Según
Laclau (2005), cuando se integran diversas demandas, el significante se vacía,
en el sentido de que pierde su particularidad constitutiva para adquirir
“efectos universalizantes”.
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