ENTRE PARÍS Y SANTIAGO DE CHILE. CIRCULACIÓN DE IDEAS

Y REDES INTELECTUALES EN LA RECEPCIÓN DE ARMAND MATTELART

DE LA SEMIOLOGÍA Y LA PROBLEMÁTICA IDEOLÓGICA *

 

 

Mariano Zarowsky

Universidad de Buenos Aires (Argentina)

marianozarowsky@yahoo.com.ar

 

Resumen

El siguiente trabajo se propone dar cuenta de algunas de las condiciones en las que se inscribió el pasaje de Armand Mattelart hacia la semiología y el estructuralismo. Llegado a la Universidad Católica de Santiago, como demógrafo, en 1962, Mattelart se abocó a los estudios de población y de sociología del desarrollo. Será a partir de los problemas que estas cuestiones le planteaban que irá acercándose a los temas de la comunicación de masas. Pero no será hasta 1969 cuando, en el marco de determinados procesos sociales, políticos e institucionales, comience a abordar estos fenómenos desde la perspectiva de la semiología estructural. Un cambio de objetos, pero también de marcos teóricos y perspectivas metodológicas. Sin embargo, lejos de tratarse de una importación de ideas sin beneficio de inventario -como leyó en su momento Eliseo Verón-, este desplazamiento suponía, por un lado, cierta continuidad con los interrogantes abiertos por las investigaciones en materia de demografía y sociología del desarrollo. Por otro, se insertaba en una red de circulación de saberes donde encontramos cierto vínculo informal con algunas formaciones intelectuales argentinas: el propio equipo que Verón había formado en el Instituto Di Tella y el núcleo vinculado a Pasado y Presente. 

 

 

Presentación

Es conocido el temprano balance que hacía Eliseo Verón en torno a la inserción de la semiología en Argentina y Chile en el primer número de la revista Lenguajes (Verón, 1974). En ese trabajo Verón señalaba uno de los rasgos de la dependencia cultural latinoamericana, tanto respecto de la producción de significaciones como de conocimientos: se trataba de una distorsión intrínseca por la cual se producía la “importación” de ideas disociadas de la “práctica que las engendra” en los países centrales. Esto no significaba que Verón planteara la necesidad de desarrollar un “pensamiento nacional”. Por el contrario, distinguía entre un proceso de apropiación del conocimiento -dado por su inserción en una práctica teórica- y una situación de no apropiación -definida por la ausencia de un trabajo productivo que dejaba al pensamiento a merced de la última moda teórica. Si determinados elementos teóricos, orientaciones o campos de trabajo tenían, evidentemente, un origen externo, se trataba para Verón de delimitar los obstáculos y generar condiciones para la apropiación práctica de ese conocimiento por la que entendía: “(...) el esfuerzo de aplicación de ciertos conceptos al análisis de un objeto empírico o bien de un problema teórico específico. En el transcurso de ese esfuerzo, los conceptos necesariamente se alteran, se transforman, se corrigen” (Verón, 1974: 113).     

Como ejemplo de esta apropiación práctica de conocimiento Verón entendía que el trabajo de Oscar Masotta en Argentina, quien había pasado del existencialismo sartreano y la fenomenología de Merleau Ponty al estudio y trabajo con y sobre la obra de Lacan, era una “producción teórica que adquiere su autonomía en el seno mismo del proceso de la reflexión”. Así Masotta “llega a Lacan, no lo ‘recibe’ por la moda” (Verón, 1974: 110).

Por el contrario, señalaba el sociólogo que el caso de la inserción de la semiología en Chile parecía ser un caso donde la circulación de determinados conocimientos de origen externo aparecía disociada de un trabajo productivo. Son conocidas estas observaciones -en especial del trabajo de Armand Mattelart- y han sido ampliamente revisadas. En resumen: Mattelart y su grupo practicaban una “lectura intuitiva”, adolecían de la ausencia de un corpus teórico delimitado y de toda preocupación metodológica, etc. En última instancia, entendía Verón, el problema estaba dado en torno una segunda contradicción objetiva: aquella que se presentaba entre la inmediatez que exigía la demanda política y las reglas que debían gobernar el proceso de apropiación y producción de conocimiento (Verón, 1974: 122).

En otro trabajo hemos señalado lo que entendemos, a diferencia de Verón, fue el carácter productivo del vínculo entre práctica política y producción de conocimiento en los trabajos de Armand y Michelle Mattelart, sobre todo a partir de 1970, es decir, del triunfo de la Unidad Popular y la intensa participación del campo intelectual en este proceso (Zarowsky, 2007). Lo que nos interesa en este trabajo, más bien, es referirnos al itinerario de Armand Mattelart previo al gobierno de la UP. Queremos mostrar –a contrapelo de la lectura de Verón, que no analiza el proceso anterior a 1969- las condiciones de producción a partir de las cuales se van planteando las posibilidades de apropiación y recepción de la problemática semiológica, sus teorías y sus métodos, por parte de Mattelart y su equipo.

 

De la demografía a los estudios en comunicación

Hemos abordado en otro trabajo el itinerario de Armand Mattelart en Chile, desde su llegada a los 26 años, en 1962, como profesor de demografía en la Universidad Católica hasta su participación en la fundación del CEREN, a fines de 1968 (Zarowsky 2007b). Allí intentábamos dar cuenta de cómo a partir de su investigación e inscripción en los debates sobre políticas de población y control de la natalidad, primero, y del papel de la sociología en la planificación y los problemas de desarrollo rural, después, va elaborando una perspectiva crítica tanto de las políticas de modernización como de las perspectivas -y del papel- de las sociología vinculada al empirismo y funcionalismo americano. Hemos planteado que desde el abordaje de estas problemáticas –mediado por los procesos sociales, institucionales y políticos- se irá configurando como campo autónomo el de los fenómenos de comunicación y cultura de masas.

Lo cierto es que, en el caso de Mattelart sus trabajos dedicados primero al debate sobre control de la natalidad, y luego a cuestiones de desarrollo rural e integración regional, lo llevan a plantearse cuestiones vinculadas a la dimensión cultural del desarrollo y pronto a la necesidad de estudiar el papel de los medios masivos de comunicación en este proceso. Este campo problemático estaba planteado hacia 1968 y se expresaba en dos trabajos de ese año que Armand escribe junto a Michèle Mattelart (1968, 1970). Sin embargo, las cuestiones de la comunicación de masas y la ideología no estaban claramente demarcadas de manera autónoma, ni en su objeto ni en su modo de abordaje. Será recién hacia 1969 en que se dé este viraje, con la consolidación del grupo de investigación en el Centro de Estudios de la Realidad Nacional de la Universidad Católica (CEREN) junto a Michèle Mattelart y Mabel Piccini.

Nos interesa detenernos en estos dos trabajos, ya que los podemos pensar como parte de un momento de transición, tal como lo define Lenarduzzi en su estudio sobre Comunicación y Cultura: aquel en el que se plantea una redefinición parcial de cierto marco teórico o campo problemático a partir de un cuestionamiento que abre el camino a una elaboración posterior (Lenarduzzi, 1996: 53).

La mujer chilena en una nueva sociedad. Un estudio exploratorio acerca de la situación e imagen de la mujer en Chile se publica en los primeros meses de 1968. Según se enuncia en la presentación, se había iniciado a partir de una iniciativa personal, pero luego se inscribía como parte de las investigaciones que realizaba Armand Mattelart en el Instituto de Capacitación e Investigación en Reforma Agraria (ICIRA), donde era profesor e investigador en los años de gobierno de la Democracia Cristiana (DC). En líneas generales, se puede decir que el trabajo planteaba el problema del papel de la “imagen” de la mujer en el proceso de modernización, en el marco de una serie de investigaciones sociológicas que, ya desde inicios de la década del sesenta, llamaban la atención sobre la cuestión del cambio sociocultural como factor dinámico de los procesos de desarrollo y modernización.

El punto de partida de los Mattelart es conocido en la literatura sociológica de la época: el proceso de industrialización económica no había tenido su correlato en un proceso de modernización social y cultural dado su carácter de industrialización incompleta. Y es a partir de esta situación que los autores explicaban la convivencia en la sociedad chilena de elementos tradicionales y modernos. Desde esta perspectiva y planteada la problemática, Armand y Michèle Mattelart definían los objetivos de la investigación. Se trata de establecer en qué medida la imagen que el hombre y la mujer poseen de la casada, se halla centrada únicamente en su papel ancestral de madre y esposa, o si el proceso de modernización ha comenzado a crear nuevas imágenes de la mujer. Se trata, también, de establecer si la asimilación de las imágenes se traduce en comportamientos reales (...) aquellos que crean una nueva pareja, aquellos que dan origen a un nuevo tipo de familia (Mattelart, Mattelart, 1968: 27).

Inspirados en Chombart de Lauwe -un sociólogo francés estudioso de las “aspiraciones colectivas” y quien fuera un lejano heredero de la tradición microsociológica de la escuela de Chicago- los Mattelart formulaban una encuesta para explorar la situación de la mujer (condiciones particulares de vida: matrimonio, situación en el hogar y laboral, participación política y social, etc.) y las imágenes en torno a ella de la sociedad chilena (cómo hombres y mujeres de distintas clases representan su posición en la sociedad). Este tipo de abordaje metodológico se presentaba como una alternativa crítica frente al que predominaba en la sociología “difusionista” inspirada en el funcionalismo y guiada por las premisas de la “revolución de las expectativas crecientes”, cuyas encuestas se realizaban con el objetivo de conocer la actitud de las mujeres (sobre todo frente al control de la natalidad) y se orientaban por los principios de los estudios de mercado y de marketing que, en boga por entonces, tenían como fin extender un plan de control de nacimientos y sensibilizar la opinión. Frente a este enfoque fragmentario, que suponía una perspectiva “tecnocrática de la evolución de la sociedad”, se hacía necesario, señalaban los autores, tener en cuenta el contexto, es decir, tener una “comprensión macrocósmica del cambio social”; fundamentalmente, inscribir la problemática de la emancipación femenina en sus inscripciones de clase y en relación con su dimensión nacional (Mattelart, Mattelart, 1968: 18).

Lo cierto es que la encuesta los llevaba a diversas consideraciones respecto a la situación de lo que poco tiempo después se describiría como “dependencia cultural”. Así, si encontraban ciertos “clichés” de la cultura ibérica “tradicional” -como el machismo, el recato femenino, el culto a la virginidad- señalaban sobre todo que en la sociedad chilena “se proyectaban” otros lugares comunes vinculados a la “revolución de las expectativas crecientes”, es decir, a una imagen de la “mujer emancipada” según moldes europeos o norteamericanos, un modelo femenino que había exportado la “propaganda comercial” y que era reforzado por la “prensa femenina” que unificaba a la mujer de todos los continentes. El problema para los Mattelart estaba planteado cuando estos “clichés” no se correspondían con la situación de la mujer en la sociedad chilena. Estas eran las contradicciones del proceso de modernización latinoamericano. En suma, a la consideración sobre el papel de los medios masivos de comunicación se llegaba a partir de preguntarse por lo que serían los efectos de la dependencia cultural (aunque aún no lo formulen en estos términos).

En las conclusiones del trabajo los autores “se permitían” proponer una serie de iniciativas de reforma social y cultural. En estas conclusiones quizás utilizaban por primera vez la noción de ideología –aunque no en el sentido que le darán posteriormente- al plantear la necesidad de elaboración de una “ideología de la emancipación femenina”. Este objetivo a alcanzar implicaba necesariamente “un conjunto de ideas explícitas” a elaborar. En el marco de una serie de reformas globales que proponían (como la extensión de los jardines maternales, la laicización de las leyes que regulaban los matrimonios y la maternidad, etc.) señalaban el papel que debería tener una nueva prensa femenina: “Por lo demás, la movilización de las mujeres en una óptica revolucionaria requiere medios de comunicación que no estén contaminados con la ideología liberal. La transmisión de los ideales femeninos en una sociedad clasista se hace a través de la prensa o de programas radiofónicos que no suscitan conciencia nacional (...) Una prensa femenina favorable a la emancipación tiene que servir de canal para las aspiraciones reales y no ofrecer solamente modelos de evasión (tales como las revistas románticas y la prensa sentimental) o de complicidad con valores opuestos a la integración (revistas calcadas sobre la prensa liberal extranjera)” (Mattelart, Mattelart, 1968: 215). 

Evidentemente este tipo de consideración se iba enmarcando en el proceso de radicalización política general (que señalaba los límites del programa de la “Revolución en Libertad” de la Democracia Cristiana) y de creciente influencia del marxismo. De allí que, en consonancia con el planteo de buena parte de la izquierda pero también de sectores críticos en el interior de la DC (a la que Mattelart había adherido) se plantee que la consideración de la nueva sociedad implique “la exigencia de apartarse de la ideología liberal y de la vía capitalista del desarrollo”. Lo cierto es que encontramos por primera vez en la bibliografía de Mattelart un hincapié en las cuestiones de clase y referencias a la literatura marxista.

Juventud chilena: rebeldía y conformismo es el resultado de una investigación realizada en el año 1968 (aunque publicada en 1970). Los autores, en las primeras palabras de la introducción al texto –escrita en septiembre-, lo enmarcaban entre dos acontecimientos: la investigación se inició en enero de 1968, cuatro meses después de la gran movilización estudiantil por la reforma universitaria y cuatro meses antes del mayo francés (Mattelart, Mattelart, 1970: 10). Frente a la emergencia de un “poder joven” “como nuevo detonador del enjuiciamiento de la sociedad”, los Mattelart se proponían -a través de una amplia encuesta- dar cuenta empíricamente de las imágenes, situaciones, actitudes y aspiraciones de la juventud chilena. Hasta aquí las coincidencias con el trabajo previo. Sin embargo, si éste apuntaba -dicho de manera rápida- a medir y dar cuenta de las imágenes y la situación de la mujer en la sociedad chilena en función de que la investigación sociológica sirviera de guía para la planificación de políticas para el desarrollo y la modernización social, ahora la investigación se asume desde una concepción que, podíamos decir, se ha desplazado hacia la crítica.

El punto de partida para comprender este desplazamiento es la noción de mito. “Interpretamos el mito como un modelo de representación de la realidad impuesto dogmáticamente a las masas, con el fin de controlar y manejar el comportamiento de los individuos”, afirmaban en la introducción del trabajo y enumeraban algunos procedimientos que aludían al funcionamiento “mistifcante de la opinión pública”. En líneas generales, “una de las misiones específicas del mito –que es, por definición, universalizante en el sentido que nosotros lo entendemos- es presentar una visión armoniosa de la sociedad. Elude las fuentes de tensión latente que serían capaces de manifestarse a través de la diferenciación de los diversos sectores, y que desembocarían en la evidencia de la lucha de clases (...) [y se convierte] en la única vía de acceso a la realidad” (Mattelart, Mattelart, 1970: 13).

A partir de esta noción se definía la función de la investigación como una “perspectiva crítica frente a los mitos”: “Una función no despreciable que incumbe a la investigación social nos parece ser el desmitificar la realidad en que se inscribe; en otras palabras, el someter a discusión los prejuicios de una sociedad conformista y las representaciones e imágenes prefabricadas bajo las cuales se transmiten a la opinión pública los diversos fenómenos sociales a través de los medios de comunicación de masas, entendidos como técnicas de persuasión” (Mattelart, Mattelart, 1970: 10).

En esta introducción los Mattelart enumeraban –aunque no desarrollaban en el cuerpo del trabajo-, una serie de procedimientos específicos del funcionamiento mítico: el modelo de la “marginalidad natural” con que la prensa liberal intenta explicar la rebelión juvenil; la universalización de estereotipos juveniles (reducido al de joven de clase media); la explicación psicológica de la rebeldía, entre otros. Y si bien la definición de mito y las consideraciones acerca de su modo de operar se acercaban mucho a la propuesta por Barthes en Mitologías, lo cierto es que este ensayo no aparecerá citado y trabajado por Armand Mattelart hasta exactamente un año después, en el Nº 1 de los Cuadernos del CEREN, de septiembre de 1969 (tampoco se hacía aquí mención a otro marco teórico que funcione como referencia). Es que, -si damos crédito a su testimonio, como veremos- Mattelart tendrá su primer contacto con los referentes de la semiología francesa y el estructuralismo –entre ellos Barthes- hacia fines de 1968 a partir de un breve retorno a Francia. Es así que 1969 será el año de la “transición” hacia el marxismo y la “lectura ideológica” a partir de la investigación que, junto a Mabel Piccini, los Mattelart emprenderán acerca de la cobertura del diario El Mercurio de los acontecimientos de la revuelta universitaria de 1967. Lo que queremos sugerir es que quizás hacia 1968, momento de desarrollo de la investigación a la que hacemos mención, aún no estuviera formulado el marco teórico y el método que permitiría una lectura (ideológica) de los mensajes de la cultura de masas. Los Mattelart partían aquí de un tipo de abordaje de los efectos, empírico y cuantitativo.       

Es así que Juventud chilena... es una encuesta que mide y presenta diversos elementos que hacen a la imagen (la propia representación de la estratificación social, del amor y las relaciones de pareja, de la política, aspiraciones laborales, etc.) y la situación (el nivel de dependencia familiar, participación política, consumos culturales, entre otras cuestiones) de la juventud de diversas clases sociales. Lo que nos interesa señalar -además de cierto desplazamiento en la concepción de la función de la investigación- es cómo en este libro se aborda por primera vez de modo específico la cuestión de los medios masivos de comunicación y los consumos culturales, aun cuando fuera desde un marco teórico y metodológico que pronto se abandonaría.

En efecto, en el capítulo VI, “La determinación cultural”, los Mattelart realizaban un análisis cuantitativo de los consumos culturales de la juventud y se proponían dar cuenta del universo cultural de los jóvenes “tal como lo configuran los diversos medios de comunicación a los cuales tienen acceso”; esto es, medir su influencia diferencial atendiendo a las estratificaciones de clase. Así, la encuesta de consumos culturales correlacionaba la estratificación social con la frecuencia y el “contenido” del consumo, distinguiendo géneros -información o evasión- perfil de los diarios –de derecha o de izquierda, cine -de autor o de género-, literatura -nacional o extranjera-, etc. Se trataba de “verificar este aserto apriorístico y estimar la penetración diferencial de los diversos medios de cultura en los distintos sectores juveniles, capaz de contribuir al aislamiento de las subculturas” (Mattelart, Mattelart, 1970: 161). Lo cierto es que los autores partían de un supuesto, que era la “influencia masiva de los medios de comunicación, que producen un efecto de erosión sobre los ideales sociales y tienden a imponer aspiraciones hacia el desarrollo situadas esencialmente bajo el signo del avance tecnológico” (Mattelart, Mattelart, 1970: 201). Es así que reconocían la limitación de su estudio cuantitativo que daba por supuesto –es decir, dejaba sin indagar- los textos o, en sus palabras, el contenido “alienante” de los mensajes de los medios. Es por ello que se preguntan: “¿Cuál es el contenido cultural de estos dos medios de comunicación? [imagen y libro] ¿Cuáles son los valores transmitidos por las producciones literarias y cinematográficas que los jóvenes dicen frecuentar? El marco de un capítulo resulta infinitamente estrecho para responder a esta pregunta fundamental y monstruosa. Nos contentaremos, pues, con señalar este terreno virgen de investigaciones y abordarlo, por nuestra parte, desde un ángulo de percepción del fenómeno de la alienación cultural, que permanecerá morfológico” (Mattelart, Mattelart, 1970: 161).

Más allá del “marco estrecho” de un capítulo al que hacen referencia, podemos pensar que los Mattelart no se han apropiado aún de los elementos teóricos y metodológicos para abordar esa “pregunta fundamental y monstruosa”. Sin embargo, podemos decir que, en la medida que ha sido planteado como problema, estamos frente a un momento de transición hacia el estudio específico de los fenómenos de la comunicación y la llamada “lectura ideológica” de los mensajes.

Por otra parte, se plantean aquí otras cuestiones vinculadas, por ejemplo, al estudio de la estructura de los sistemas de medios. Se describen las actividades de los dos monopolios editoriales: Zigzag  y el grupo Edwards. Esta es la primera aproximación al estudio de la estructura de propiedad, realizada a partir del único documento que existía en ese momento sobre la concentración de los medios de comunicación de masas en Chile, que era un informe del Senado de noviembre de 1966.

Lo cierto es que será en septiembre de 1969, con la publicación del artículo Prefiguración de la ideología burguesa. Lectura ideológica de una obra de Malthus, en el Nº 1 de los Cuadernos del CEREN, donde Mattelart presente en el momento en que estaba realizando la investigación sobre la prensa liberal junto a Michèle y Mabel Piccini- un análisis ideológico de El ensayo sobre el principio de población de Malthus. En él convergerán por primera vez la aplicación sistemática de algunas categorías marxistas sobre todo la noción de ideología- y de la noción de mito barthesiana. Con nuevas preguntas, Mattelart  retoma una crítica a Malthus que ya había realizado en El reto espiritual de la explosión demográfica, (Mattelart, 1965) y en ¿A dónde va el control de la natalidad?, (Mattelart, 1967), pero ahora aplicadas a otro objeto de interés y desde otro marco teórico y epistemológico. Este texto que no podemos analizar en este trabajo-, evidencia que se había consumado un pasaje.

 

París, 1968

Si 1969 es el año que marca el clímax de la moda estructuralista en Argentina, correspondía en Chile, según Verón, con los primeros signos de una actividad local sistemática y productiva en el plano de la teoría y la investigación inspiradas de una u otra manera por el estructuralismo y o la semiología (Verón, 1974: 114). Para el autor no cabían dudas de que había sido la coyuntura política que culminaría con el triunfo de Allende la causa principal del proceso cultural -en sentido amplio- y, más específicamente, de la emergencia de trabajos inspirados en el estructuralismo. Durante la campaña electoral una de las tareas prioritarias había sido analizar y denunciar las trampas ideológicas de los principales medios opositores a la Unidad Popular. En esta área Verón reconocía que el trabajo primordial se realizaba en la Universidad Católica de Santiago, en especial en el equipo de investigación formado en el CEREN a fines de 1968 por Armand Mattelart.

Es cierto que en el año 1969 se dan, según el recuerdo del propio Mattelart, sus primeros contactos sistemáticos con la “biblioteca” semiológica, de la que él mismo habría oficiado como importador directo desde Francia. Vale citar, aunque algo extenso, el testimonio del propio Mattelart: “A fines de 1968, cuando volví a Francia por un mes, Jacques Chonchol [Director del CEREN] me encargó la compra de libros para reforzar el centro de documentación del CEREN sin darme instrucciones precisas. Abundaban en las librerías parisienses las obras sobre el Mayo. Compré las más significativas. Un libro de Michel de Certeau sobre la “prise de parole” (la toma de palabra), uno de los más penetrantes. (...) Recuerdo también haber comprado los ensayos de Bertold Brecht sobre el cine y la radio. El grueso de las adquisiciones concernía el estructuralismo, sus exponentes y las numerosas controversias de que ya era objeto. Para el estudio de las ideologías, me llevé los textos clásicos de lingüística y semiología (Saussure, Barthes, Greimas, Kristeva, Pleynet, Chomsky), los números de la revista Communications, creada en 1961 por Morin y Barthes. Algunos textos de filósofos como Baudrillard, Ricoeur, Marcuse, consagrados por el Mayo del 68; de Louis Althusser que proponía una nueva lectura de Marx pero que aún no había publicado su articulo sobre los “aparatos ideológicos del Estado” (1970); de Henri Lefébvre sobre la vida cotidiana; de Sartre (Qu’est ce que la littérature?).... de Lukacs.... libros de sociólogos de la literatura, Le Dieu caché de Lucien Goldmann, en especial. De sociólogos del conocimiento como el polaco disidente Adam Schaff. Un número especial de las revistas Espirit y Temps Modernes sobre el estructuralismo. Por fin, una antología de los escritos de Antonio Gramsci” (Beigel, 2005).

Como decíamos, es para Verón la demanda política a partir de la cual se da la “importación” de los referentes principales de la semiología francesa lo que habría “inspirado” o señalado un punto de partida para el desarrollo de la semiología en Chile. Sin embargo, este proceso estaba dado por múltiples presiones: la expectativa que había abierto el Mayo Francés no sólo en Francia, la radicalización del proceso político chileno y los recientes acontecimientos institucionales en el campo académico, como la creación del CEREN a fines de 1968 a partir de la rebelión estudiantil de 1967. Por otra parte, en el plano de la teoría, sería reduccionista pensar que se trató de un proceso de “importación directa” y de circulación de las ideas en una sola mano. La cuestión fue más compleja. Vimos en el itinerario de Mattelart -inserto a su vez en una doble red estatal y académica- el proceso que lo va llevando hacia los estudios en comunicación a partir de un trabajo original desde otro campo. Ahora nos interesa destacar otro aspecto: el vínculo de Mattelart y su equipo con dos núcleos intelectuales o -en términos de Williams- “formaciones culturales” (Williams, 1994) argentinas que, desde situaciones concretas de trabajo teórico, conformarían una suerte red (se trata de un vínculo no orgánico) con el equipo de Mattelart: uno en Buenos Aires, el equipo de investigación del propio Eliseo Verón; otro, más ligado al debate marxista y la militancia político cultural, en Córdoba, la revista Pasado y Presente. Veamos.

 

Entre París y Santiago (I): Buenos Aires, 1968

Nos interesa señalar el vínculo –insistimos, no orgánico ni sistemático- del grupo de investigación que forma Mattelart en el CEREN con el equipo de investigación sobre mecanismos ideológicos en las comunicaciones masivas que conducía Verón en Buenos Aires.

Los primeros proyectos del programa “Comunicación y Neurosis” habían comenzado en el marco del departamento de Sociología de la Universidad de Buenos Aires. Al año siguiente de la represión en la Universidad en 1966, el grupo que dirige Verón desarrolla algunas actividades preliminares en el CICSO (Centro de Investigación en Ciencias Sociales) y luego se establece en el Centro de Investigaciones Sociales del Instituto Di Tella, donde se conforma un “Programa de Investigación en Comunicación Social” dirigido por el propio Verón junto a Carlos E. Sluzki (Verón, Sluzki, 1969).

Verón describía este marco como parte de una institucionalización “igualmente marginal” de las ciencias sociales, en comparación a los llamados “grupos de estudio” que proliferaban en Buenos Aires desde 1966. En el reporte de investigación 1968-1969 del Instituto Di Tella, Verón y Sluzki presentaban los distintos proyectos de investigación interdisciplinarios que participaban en el programa. Revisando problemas teóricos y metodológicos de las perspectivas vigentes, presentaban lo que entendían como una nueva orientación para los estudios en “Comunicación social” y destacaban como “la principal contribución de la lingüística estructural” al estudio de la comunicación la construcción de modelos algebraicos o combinatorios para definir la constricciones semánticas de los diferentes tipos de sistemas sociales de comunicación. Esta operación, piedra de toque del análisis estructural, distinguía al análisis propuesto de la tradición de la sociología funcionalista de la comunicación de masas dedicada al análisis de contenido manifiesto, que se basaba en el análisis de la frecuencia de aparición de ciertas categorías de contenido previamente definidas y aplicadas a unas pruebas de material verbal dadas (Verón, Sluzki, 1969: 1).    

De las discusiones de algunos de los proyectos de investigación de este programa surgiría el trabajo Ideología y comunicación de masas: la semantización de la violencia política (Verón, 1967) que el autor presentaría en un simposio realizado en Buenos Aires en 1967 (1) y cuyos trabajos serían publicados dos años más tarde en forma de libro en una compilación realizada por el propio Verón: Lenguaje y comunicación social en la editorial Nueva Visión (Verón, 1968).

¿Por qué nos remitimos a la actividad  de este grupo? ¿Cómo se da la relación con el equipo de Mattelart en Chile? En el citado artículo de 1974, crítico de la semiología chilena, Verón destacaba que las actividades de este grupo [su grupo] parecen haber ejercido una cierta influencia en colegas chilenos (Verón, 1974: 111).

Efectivamente, Verón está leyendo la “Advertencia” del libro de Armand Mattelart, Carmen y Leonardo Castillo, La ideología de la dominación en una sociedad dependiente, publicado en el año 1970, donde Mattelart -quien firma esa presentación- proponía una suerte de filiación para situar e inscribir su trabajo. “El presente estudio no puede ser aprehendido en tanto fenómeno aislado”, informaba, “se inscribe en una línea heurística que desde hace algún tiempo sirve de eje a nuestras observaciones” (Mattelart, Castillo, Castillo, 1970: 11). ¿Cuál es y dónde comienza esa línea heurística? Mattelart refería a las preocupaciones que habían dado forma a la investigación realizada junto a Michèle Mattelart y Mabel Piccini ya mencionada, Los medios de comunicación de masas. Señalaba este trabajo, publicado en marzo de 1970, como un “primer peldaño que nos permitió desdibujar un marco para el estudio crítico de los mensajes”. Como segundo elemento informaba que el trabajo presentado “integra a su vez una corriente de trabajos inaugurados en América Latina por Eliseo Verón y sus colaboradores” (p. 5). La caracterizaba como una corriente crítica, “y por desgracia aún minoritaria, que desahucia los postulados del empirismo.” Explícitamente, la perspectiva de análisis que hacía suya Mattelart era el programa que había presentado Verón para el análisis de los fenómenos ideológicos en “Ideología y comunicación de masas: la semantización de la violencia política”. Así la sintetizaba: “A través de la lectura ideológica de los discursos de la clase dominante, esta corriente [se refiere a la corriente “inaugurada” por Verón] se niega a considerar el habla o el mensaje de dicho emisor como un mensaje cuyo sentido sería posible agotar de inmediato en una lectura primaria. Suscribe la necesidad de despejar la ilusión objetiva –que el empirismo ha sacralizado como objetividad suprema- para que emerjan las estructuras ocultas o los significados segundos que hacen inteligibles los mensajes funcionales de la dominación social” (p. 5).

En el mismo sentido, en el trabajo que Mattelart describía como el “primer peldaño” en la perspectiva de investigación que allí presentaba -Los medios de comunicación de masas- se afirmaba: “Los métodos del análisis del contenido latente propios de la semántica estructural, introducen al investigador en el terreno nuevo de la estructura –instrumento conceptual metodológico- del discurso y escapan a la yuxtaposición descriptiva, un terreno que no puede satisfacerse con modelos matemáticos ‘cuyas propiedades [la cita es de “La semantización de la violencia política”] hacen imposible formalizar la organización estructural de las significaciones contenidas en los mensajes’” (Mattelart, Piccini, Mattelart, 1970: 17).

Como hemos abordado en otro trabajo, ya en un primer momento la apropiación de la semiología por parte del equipo de Mattelart es una apropiación crítica, cuando se afirme de forma coherente con las investigaciones previas- la necesidad del estudio de la identificación social de los emisores (Zarowsky, 2007).

 

Entre París y Santiago (II): Córdoba, 1968

Como continuidad del proyecto político cultural que supuso la publicación desde principios de los años sesenta de la revista Pasado y Presente, en 1968 José “Pancho”Aricó, Oscar del Barco y Juan José Varas fundaban en Córdoba la editorial Pasado y Presente, cuyo producto principal era la publicación de los Cuadernos Pasado y Presente (Burgos, 2004: 160). En 1970 algunos miembros del grupo cordobés, como Héctor Schmucler, Santiago Funes y José Aricó, junto a dos historiadores porteños, Juan Carlos Garavaglia y Enrique Tandeter creaban en Buenos Aires el sello editorial Signos, que en su inicio cuenta con el fondo editorial de los Cuadernos. El trabajo al que hacemos referencia, La ideología de la dominación en una sociedad dependiente, fue publicado por Ediciones Signos en Buenos Aires, en octubre de 1970. Según el recuerdo de Héctor Schmucler, la motivación para publicarlo se debía a un vínculo más bien azaroso antes que orgánico, donde primaba el interés por el desarrollo de las Ciencias Sociales en Chile -que se había vuelto un espacio de referencia al menos para el entorno de Schmucler- y, por supuesto, por los acontecimientos políticos que allí ocurrían (entrevista concedida al autor, diciembre de 2007).

Lo cierto es que la breve existencia de la editorial Signos fue un antecedente de la más duradera Editorial Siglo XXI Argentina Editores S.A., creada en 1971 a partir de una iniciativa de Orfila Reynal (fundador de la original mejicana), quien propuso la fusión de Signos con la sucursal argentina de Siglo XXI (Burgos, 2004: 160). Entre sus integrantes y cofundadores, encontramos a Santiago Funes, a Aricó -que ejerció como gerente de producción- y a Schmucler -que se desempeñó como gerente editorial (Burgos, 2004, 160). Burgos describe esta política editorial como parte de un proyecto político cultural que vincula a Aricó y al grupo de Pasado y Presente y -más allá de la discusión acerca de la dificultad para delimitar la “organicidad” de este grupo como tal- señala el carácter de esta intervención editorial como una intervención política, sobre todo a partir de la enorme difusión de los Cuadernos, que “fueron un instrumento importante para el surgimiento de un nuevo universo marxista latinoamericano, diferente de aquél producido en la primera mitad del siglo por la tradición de los viejos partidos comunistas, socialistas y trotskistas” (Burgos, 2004: 156-157). De la revista y de los Cuadernos, podemos decir -siguiendo a Aricó (Aricó, 2005), que se trataba de un proyecto intelectual fuertemente ligado tanto al pensamiento y a la intervención sobre los procesos sociales y políticos de la época, como al diálogo y la apertura del marxismo a otras corrientes de pensamiento, en especial a las ciencias sociales. El propio Verón publica en la revista Pasado y Presente en 1965 en un dossier sobre marxismo y sociología (Verón, 1964).  

El resto de la historia en relación con siglo XXI y la obra de Mattelart es conocida: la publicación en 1972 en la editorial argentina -por iniciativa de Schmucler- de Para leer al Pato Donald y su difusión a escala latinoamericana, siendo este vínculo uno de los pasos previos a  la fundación de Comunicación y Cultura, de 1973. Pero lo que me interesa destacar es que esta influencia en el pensamiento marxista que señala Burgos en Latinoamérica a partir de la política editorial de los cuadernos tuvo en el caso de Mattelart un anclaje muy concreto a partir del vínculo con algunos exiliados argentinos en Chile, sobre todo los cordobeses cercanos a Pasado y Presente, quienes oficiaron de “puente” entre el proceso chileno y el campo de problemas que abría la revista y los cuadernos en la cultura marxista: “Es a través de los compañeros y compañeras exiliados de Argentina (muchos eran cordobeses) que empecé a leer los cuadernos “Pasado y Presente”, dirigidos por José Arico, y publicados en Córdoba. Mabel Piccini y su compañero, el historiador [Carlos] Sempat Assadurian, jugaron el papel de “pasadores”. Los textos se revelaron una fuente esencial de crítica al marxismo ortodoxo en todos esos años. Gramsci, Rosa Luxemburgo, Trotski, Alejandra Kollontai y tantos otros y tantas otras que nos abrieron nuevas perspectivas y nos ayudaron a abordar los puntos ciegos de los “problemas de la vida cotidiana”, subtítulo de un cuaderno de Trotski sobre El nuevo curso”. (Entrevista concedida al autor, septiembre de 2007)

Además de los vínculos personales o entre formaciones culturales, la lectura de algunos artículos de la revista Pasado y Presente sobre cuestiones de epistemología, ideología y marxismo, puede observarse ya en los trabajos de Mattelart del año 1970 (2), es decir, al momento de trabajo con la perspectiva semiológica.

 

A modo de cierre

En la lectura de Verón, 1969 representa un momento inaugural, fundante, en el trabajo semiológico en Chile. Pero presionado por la coyuntura política, no permitía un trabajo de apropiación de conocimiento sino que más bien reproducía una mera moda teórica (a diferencia del trabajo de Massota en Argentina). Creemos haber dado pruebas, por el contrario, que nos habilitan a preguntarnos si la inserción de la semiología estructural no se quedaba acaso en una trama compleja. Esa trama, que excedía el propio trabajo en Santiago estaba hecha de una red donde circulaban revistas, investigaciones y núcleos de investigadores (muchos de ellos exiliados en sus países de origen). Esta circulación y su expresión en los trabajos de Mattelart y su equipo del CEREN, creemos, estaría dando cuenta un trabajo de producción y apropiación de saberes original anclado en los desafíos y problemas teóricos, metodológicos, pero también políticos, que se planteaban en el campo del pensamiento marxista y las ciencias sociales de la época, tanto en Argentina como en Chile. A su vez se vinculaba a un trabajo previo realizado en distintos marcos institucionales (académicos y estatales) que encontraría en el marxismo y la semiología herramientas que le permitían “avanzar” –si se me permite la expresión, no encuentro una mejor- allí donde el paradigma previo presentaba puntos ciegos.

Es cierto que, de alguna manera, la lectura de Verón, que sitúa al año 1969 como un momento inaugural se desprende de la propia “filiación” que, como vimos, construye el propio Mattelart en 1970, donde, al no dar cuenta de sus trabajos previos a 1969, acentúa la idea de un “giro” teórico y epistemológico. Podemos preguntarnos si la “operación” de recorte del trabajo previo y la construcción de una filiación con un claro efecto de fundación disciplinar no obedezca acaso a una “razón” de posicionamiento en un campo - en sentido bourdiano- en formación, no sólo en Chile, sino internacional (y también habría que pensar la polémica con Lenguajes en esta clave) (3). Probablemente también a una concepción epistemológica francesa, y althusseriana en particular, marcada por la idea de “ruptura epistemológica”. Por nuestra parte, frente a la noción de “giro” epistemológico, como un proceso interno al propio pensamiento, como plantearía la línea bachelariana y althuseriana -y de la que de alguna manera Verón, a pesar de todo, creemos no deja de remitir- preferimos señalar el carácter productivo de la red que conforman la circulación de saberes, teorías, y formaciones culturales -algunas de ellas insertas en una práctica política- en el proceso de apropiación práctica y producción de pensamiento.

 

 

 

Notas

* Este trabajo se enmarca en mi investigación de doctorado en torno al itinerario intelectual de Armand Mattelart. Se inscribe en el proyecto UBACyT 2004-2007, Comunicación, cultura, y sociedad. Argentina 1960-2000. Autonomización, institucionalización, y profesionalización de saberes (educación política y mercado), dirigido por Carlos Mangone. Le agradezco a Fernanda Beigel, quien generosamente me enseñó parte de sus materiales de trabajo.

(1) Se trata del simposio Teoría de la comunicación y modelos lingüísticos en ciencias sociales organizado por el centro de Investigaciones Sociales del Instituto Di Tella.

(2) Los trabajos citados por Mattelart son: Cardoso, F., El método dialéctico en el análisis sociológico, en Pasado y Presente, Córdoba, octubre 1964, mayo 1965 Nº 7-8; Marx, K., Introducción general a la crítica de la economía política, (citado en edición francesa y española por Cuadernos de Pasado y Presente Nº 1); Verón, E., Infraestructura y superestructura en el análisis social, en Pasado y Presente, Córdoba, sept. 1964-nov. 1965.

(3) Beatriz Sarlo sugiere una lectura en este sentido al referirse a la revista Lenguajes: (...) no se trataba sólo de teorías y de ensayos con nuevas ideas, había algo más, un gesto de vanguardia, una pelea legítima por posiciones en el campo de los saberes sobre lo simbólico (Sarlo, 2004). Podemos mencionar algunos elementos que dan la pauta del proceso de formación y consolidación del campo: en 1969 se conforma la Asociación Internacional de Semiótica y un año más tarde la Asociación Argentina, presidida por Verón. En 1974 año de aparición de Lenguajes, se realizaba en Milán el primer Congreso Internacional de Semiótica.

 

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