“CIEN AÑOS DE SOLEDAD” Y LA MASACRE DE
ARACATACA
Karen
García Delamuta, Priscila Engel e Silvia Beatriz Adoue
Centro Universitario Claretiano (Brasil)
sbadoue@hotmail.com
Resumen
En este trabajo tratamos de las relaciones entre Literatura, Historia
y trauma por medio del estudio Del relato de la masacre ocurrida
en Aracataca (Colombia) en 1928 en la trama de la novela de Gabriel
García Márquez Cien años de soledad. El autor,
nacido en esa ciudad un año antes de la matanza, recuperaría,
por el recurso de la literatura, fragmentos de recuerdos infantiles
y testimonios de sobrevivientes, componiéndolos en una
narración ficcional. Literatura como tentativa de luto.
Palabras
clave: Literatura hispanoamericana - Literatura e Historia
- Literatura y trauma - Gabriel García Márquez -
Cien años de soledad
Un niño de sólo un año, muchos años
después, frente al papel en blanco, recordaría que
unos soldados lo saludaron al pasar por la puerta de la casa de
sus abuelos maternos, donde él estaba sentado. Ese recuerdo
improbable, asociado a un conjunto de relatos familiares, sería
después motivo para la literatura de Gabriel García
Márquez. Palabras para quedar en paz con los muertos dentro
de él, niño que fue creciendo con la presencia fantasmagórica
de esos cadáveres insepultos, alimentada por la memoria
alucinada de los vivos.
Estudiando los elementos de realismo maravilloso en la obra de
Gabriel García Márquez “Cien años
de soledad” (2003), nos encontramos con un acontecimiento
que aquí trataremos en la perspectiva de las relaciones
entre literatura y trauma.
Buscando la fecha de nacimiento del autor colombiano, nos encontramos
con una controversia: mientras él afirma que fue en 1928,
su biógrafo asegura que el escritor es del año 1927.
El hermano Luis Enrique, entrevistado por Dasso Saldívar,
confirma la última fecha, no sin antes aclarar que su hermano
Gabriel se obstina en afirmar que su nacimiento fue en 1928 para
hacerlo coincidir con el año de la gran matanza de Aracataca,
su ciudad natal (Saldívar, 2000: pág. 58).
En la trama de “Cien años de soledad”,
García Márquez ficcionaliza en Macondo, ciudad donde
se desenvuelve la novela, lo ocurrido el 6 de diciembre de 1928,
haciendo una descripción detallada de la masacre, de la
cual el personaje José Arcadio Segundo sería un
sobreviviente.
La
historiografía
En 1905 se había instalado en Aracataca un emprendimiento
de la United Fruit Company que explotaba el banano para exportación.
La llegada de la empresa trajo para ala región tecnologías
hasta entonces desconocidas. El tren era una de ellas. Además
de partir del local cargado de bananas, llegaba con un aluvión
de inmigrantes en busca de empleo que, posteriormente, García
Márquez llamaría de “la hojarasca”
y al cual dedicaría uno de sus relatos (1969).
La mano de obra era intermediada por contratistas y la empresa
extranjera no se responsabilizaba por los encargos sociales. Los
trabajadores, organizados en sindicatos, hicieron un movimiento
por nueve reivindicaciones:
“Seguro
colectivo, indemnización en caso de accidente de trabajo,
descanso dominical remunerado, aumento de salario en cincuenta
por ciento, suspensión de los comisionados dentro de la
región, cambio del pago quincenal por el semanal, suspensión
de los contratos individuales y vigencia de los colectivos, un
hospital para cada cuatrocientos trabajadores, un médico
para cada doscientos e higienización de los campamentos
de trabajadores” (1) (Saldívar, 1997: pág.
59).
Los
dirigentes sindicales, comunistas y anarcosindicalistas, convocaron
a una huelga que duró 28 días y que trajo perjuicios
a la empresa. El gobierno conservador de Miguel Abadía
Méndez declaró “estado de alteración
del orden público” y “toque de queda”
en la víspera de la masacre. Al mismo tiempo, armó
una trampa a los trabajadores: se les dijo que el gobernador y
el gerente de la United Fruit llegarían en tren para proponer
un acuerdo. Al amanecer del día 6 de diciembre, los huelguistas
se concentraron en la estación esperando a las autoridades.
Pero fueron sorprendidos por la llegada del general Carlos Cortés
Vargas, jefe civil y militar de la zona, acompañado por
unos 300 soldados. El general leyó a la multitud cuatro
decretos ordenando que se dispersase bajo amenaza de abrir fuego.
Como la muchedumbre no se retiraba, Cortés Vargas dio un
minuto más. Según la historiografía, una
voz en el medio de la masa respondió: “Puede
quedarse con el minuto que falta” (Roberto Herrera
Soto y Renán Veja apud Saldívar, 1997: pág.
60). Los militares abrieron fuego. La masacre ocurrió entre
la una y media y las dos de la madrugada. El cálculo de
los cadáveres ocurrió sólo a las seis de
la mañana. Se supone que entre las dos y las seis hubo
procedimientos para hacer desaparecer la gran mayoría de
los cuerpos, reduciendo el número oficial a 9, que coincidía
con el número de reivindicaciones levantadas por el movimiento,
y 3 heridos. Existen documentos gráficos de la fosa común
en que fueron enterrados esos 9. El historiador Herrera Soto instala
la controversia, sin embargo, diciendo, en su libro “La
zona bananera del Magdalena”, que el cálculo
completó el número de 13 muertos y 19 heridos. El
diario “La prensa” de Barranquilla habló de
100 muertos. El general conservador Pompillio Gutiérrez,
cinco meses después de la masacre, dio entrevista al diario
“El Espectador” afirmando que tenía pruebas
irrefutables de que los muertos eran más de 1000 y que
el gobierno lo ocultaba. Carlos Arango, en su libro “Sobreviviente
de las bananeras”, habla de centenas de muertos y cita
testimonios como los de Carlos Leal y Víctor Gómez
Bovea, chofer de uno de los vehículos que llevaron los
cadáveres hasta las lanchas para echarlos al mar antes
de las 6 de la mañana. El propio cónsul de Estados
Unidos, en un informe ahora público, afirmó que
los muertos pasaban de 1000 (Saldívar, 1997: pág.
57).
La United Fruit sufrió un proceso parlamentar iniciado
por el liberal Jorge Eliecer Gaitán. Un año después,
en 1929, se redujeron las cotas de exportación como consecuencia
de la crisis en las bolsas. En 1932 hubo inundaciones, motivadas
por las grandes lluvias. Pero, en Aracataca, fueron aun mayores,
resultado del desastroso desvío de los ríos Aracataca,
San Joaquín y Ají, que la United Fruit había
realizado. Todo eso llevó a la retirada de la compañía
de la región.
La
literatura
El relato de la masacre ocurrida en Aracataca ocupa cuatro páginas
de “Cien años de soledad”. La matanza
es descripta de manera tan detallada que acaba transformándose
en una denuncia frontal, con sólo un pequeño episodio
realista maravilloso, registro que, sin embargo, impregna el resto
de la novela. José Arcadio Segundo estaba en el medio de
la multitud que se había concentrado en la estación,
porque, habiendo participado de la reunión de dirigentes
sindicales, había sido encargado de mezclarse con los trabajadores
para orientarlos según las circunstancias.
“[...]
esperando un tren que no llegaba, más de tres mil personas,
entre trabajadores, mujeres y niños, había desbordado
el espacio descubierto frente a la estación y se apretujaban
en las calles adyacentes que el ejército cerró con
filas de ametralladoras” (García Márquez,
2003: pág. 363.).
“- Señoras y señores –dijo el capitán
con una voz baja, lenta, un poco cansada-, tienen cinco minutos
para retirarse.
La rechifla y los gritos redoblados ahogaron el toque de clarín
que anunció el principio del plazo. Nadie se movió.
- Han pasado cinco minutos –dijo el capitán en el
mismo tono-. Un minuto más y se hará fuego.
José Arcadio Segundo, sudando hielo, se bajó al
niño de los hombros y se lo entregó a la mujer.
‘Estos cabrones son capaces de disparar’, murmuró
ella. José Arcadio Segundo no tuvo tiempo de hablar, porque
al instante reconoció la voz ronca del coronel Gavilán
haciéndoles eco con un grito a las palabras de la mujer.
Embriagado por la tensión, por la maravillosa profundidad
del silencio y, además, convencido de que nada haría
mover a aquella muchedumbre pasmada por la fascinación
de la muerte, José Arcadio Segundo se empinó por
encima de las cabezas que tenía enfrente, y por primera
vez en su vida levantó la voz.
- ¡Cabrones! –gritó-. Les regalamos el minuto
que falta.” (pág. 364).
El
narrador relata el episodio en tiempo real. Llegamos a sentir
la respiración de los manifestantes, oír el barullo
de las ametralladoras...
“Al
final de su grito ocurrió algo que no le produjo espanto,
sino una especie de alucinación. El capitán dio
la orden de fuego y catorce nidos de ametralladoras le respondieron
en el acto. Pero todo parecía una farsa. Era como si las
ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de
pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se veían
sus escupitajos incandescentes, pero no se percibía la
más leve reacción, ni una voz, ni siquiera un suspiro,
entre la muchedumbre compacta que parecía petrificada por
una invulnerabilidad instantánea. De pronto, a un lado
de la estación, un grito de muerte desgarró el encantamiento:
‘Aaaay, mi madre.’ Una fuerza sísmica, un aliento
volcánico, un rugido de cataclismo, estallaron en el centro
de la muchedumbre con una descomunal potencia expansiva. José
Arcadio Segundo apenas tuvo tiempo de levantar al niño
mientras la madre con el otro era absorbida por la muchedumbre
centrifugada por el pánico.” (pág. 364-365).
Después
de este trecho, el punto de vista deja de ser el de José
Arcadio Segundo para pasar al de un niño que éste
levanta del piso, para evitar que sea pisoteado. Pero este cambio
comienza con una referencia al recuerdo que el niño tendría
posteriormente:
“Muchos
años después, el niño había de contar
todavía, a pesar de que los vecinos seguían creyéndolo
un viejo chiflado, que José Arcadio Segundo lo levantó
por encima de su cabeza, y se dejó arrastrar, casi en el
aire, como flotando en el terror de la muchedumbre, hacia una
calle adyacente. La posición privilegiada del niño
le permitió ver que en ese momento la masa desbocada empezaba
a llegar a la esquina y la fila de ametralladoras abrió
fuego. (pág.365).
Ese
juego de avance y retroceso puntúa algunos momentos de
“Cien años de soledad” a partir de
la frase que abre la novela: “Muchos años después,
frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano
Buendía había de recordar aquella tarde remota en
que su padre lo llevó a conocer el hielo” (p.9).
Según Josefina Ludmer:
“Inaugurar
la ficción como un retroceso [...] implica delimitar el
material de la historia como lo pasado; inaugurarlo como recuerdo
de un personaje implica, además, regresar a ese pasado
a través de la memoria.” (1989: pág. 23-24).
Pasamos
a conocer lo que ocurrió por un recuerdo de infancia. En
el caso del párrafo que sigue, de alguien que fue testigo
privilegiado, por haber sido elevado por arriba del mar de cabezas,
única manera de tener una visión de conjunto. Sin
embargo, su testimonio, años después, sería
recibido como el de un loco, de ningún modo confiable:
“Los
sobrevivientes, en vez de tirarse al suelo, trataron de volver
a la plazoleta, y el pánico dio entonces un coletazo de
dragón, y los mandó en una oleada compacta contra
la otra oleada compacta que se movía en sentido contrario,
despedida por el otro coletazo de dragón de la calle opuesta,
donde también las ametralladoras disparaban sin tregua.
Estaban acorralados, girando en un torbellino gigantesco que poco
a poco se reducía a su epicento porque sus bordes iban
siendo sistemáticamente recortados en redondo, como pelando
una cebolla, por las tijeras insaciables y metódicas de
la metralla. El niño vio una mujer arrodillada, con los
brazos en cruz, en un espacio limpio, misteriosamente vedado a
la estampida. Allí lo puso José Arcadio Segundo,
en el instante de derrumbarse con la cara bañada en sangre
antes de que el tropel colosal arrasara con el espacio vacío,
con la mujer arrodillada, con la luz del alto cielo de sequía,
y con el puto mundo donde Úrsula Iguarán había
vendido tantos animalitos de caramelo.” (p. 365-366).
La
referencia a la venta de “animalitos de caramelo”
informa sobre la perplejidad de las víctimas por el hecho
de encontrarse con la catástrofe en un escenario marcado
por los recuerdos de un cotidiano apacible y delicado. La masacre
marca entonces un antes y un después. La memoria de la
inocencia violentada en la hora de la carnicería y la memoria
posterior de la propia carnicería.
Es la mirada del niño desde el claro protegido de las balas
(único elemento realista maravilloso de todo el fragmento
de cuatro páginas) que nos informa del desvanecimiento
de José Arcadio Segundo, que se desmaya y sólo se
despierta dentro de un vagón del tren que carga millares
de muertos. Entonces percibe la amplitud de la matanza ocurrida
en Macondo:
“Tratando
de fugarse de la pesadilla, José Arcadio Segundo se arrastró
de un vagón a otro, en la dirección en que avanzaba
el tren, y en los relámpagos que estallaban por entre los
listones de madera al pasar por los pueblos dormidos veía
los muertos hombres, los muertos mujeres, los muertos niños,
que iban a ser arrojados al mar como el banano de rechazo. [...]
Cuando llegó al primer vagón dio un salto en la
oscuridad, y se quedó tendido en la zanja hasta que el
tren acabó de pasar. Era el más largo que había
visto nunca, con casi doscientos vagones de carga, y una locomotora
en cada extremo y una tercera en el centro. No llevaba ninguna
luz, ni siquiera las rojas y verdes lámparas de posición,
y se deslizaba a una velocidad nocturna y sigilosa. Encima de
los vagones se veían los bultos oscuros de los soldados
con las ametralladoras emplazadas.” (pág. 366-367).
José
Arcadio Segundo camina más de tres horas bajo un aguacero
torrencial y entonces vislumbra una casa en la cual es recibido
por la propietaria que se asusta al verlo, pues él parece
haber sido tocado “por la solemnidad de la muerte”.
Él comenta a la mujer que deben haber sido tres mil muertos
y la mujer niega diciendo que “Desde los tiempos de
tu tío, el coronel, no ha pasado nada en Macondo”
(pág. 368). Después él pasa por tres casas
donde le dicen lo mismo: “No hubo muertos”
(pág. 368).
José Arcadio Segundo se clausura en el silencio, retorna
a su casa y se esconde en el cuarto de Melquíades. Pero
una noche de febrero seis oficiales invaden la casa de Úrsula,
revisan cuarto por cuarto. Los oficiales entran en el taller de
orfebrería, donde José Arcadio Segundo está
sentado y no lo ven, retomando el contexto de realismo maravilloso.
“Eran más de tres mil –fue todo cuanto
dijo José Arcadio Segundo-. Ahora estoy seguro que eran
todos los que estaban en la estación” (pág.
374).
Josefina Ludmer, que elaboró una interpretación
sobre “Cien años de soledad”, analiza
la estructura narrativa en la secuencia de veinte capítulos
que componen la novela: los diez primeros narran la misma historia
que los diez últimos, de forma invertida, con avances de
movimiento entre presente y pasado (1989). Según este esquema,
el relato de la masacre, en el décimo quinto capítulo,
daría inicio al desenlace. En este sentido reconocemos
la centralidad de la matanza dentro de la estructura, mas también
reconocemos en él una centralidad del punto de vista semántico:
a partir de ese episodio, comienza una lluvia que dura 4 años,
11 meses y 2 días y todo se pudre, la narrativa anda para
atrás. El personaje sobreviviente afirma que su único
miedo es el de ser enterrado vivo y Santa Sofía de la Piedad
le promete “luchar por estar viva hasta más allá
de sus fuerzas, para asegurarse de que lo enterraran muerto”
(pág. 374).
Trauma.
Historia y Literatura
Ese improbable recuerdo infantil que abre nuestro trabajo, relatado
por Gabriel García Márquez a su biógrafo
y considerado por el escritor como su primera recordación,
tal vez sea una llave para comprender la poética del escritor
y los vínculos de esta poética con la historia de
América Latina. Pero tal vez sea también una clave
para aproximarnos a las complejas relaciones entre trauma, historia
y literatura.
Las motivaciones íntimas del escritor coinciden con las
de los lectores. El genocidio y su ocultamiento son experiencias
compartidas en nuestro continente. El ejercicio de la escritura
y de la lectura puede ser un intento de elaborar colectivamente
el luto por esa pérdida. Porque a la omnipresencia de la
muerte, la realidad exasperada de la muerte, debe sumarse la censura
de su relato, su negación.
Pero, ¿por qué la ficción? ¿Es acaso
porque sólo la ficción literaria puede, en la batalla
de las narrativas, enfrentar a la ficción oficial? Recordemos
que, para lo ocurrido en Aracataca, el Estado y la compañía
también construyeron una ficción. Ese relato tiene,
también él, una poética de muerte. Pensemos,
por ejemplo, que la versión del ejército hablaba
de 9 cadáveres, uno por cada reivindicación de los
huelguistas.
Para relatar el episodio, García Márquez mantiene
el narrador en tercera persona -que utiliza del comienzo al fin
de la novela-. El punto de vista, sin embargo, cambia: pasa de
José Arcadio Segundo, uno de los organizadores de la huelga,
a un niño que fue alzado por aquél, arriba de un
mar de cabezas. El cambio nos parece no sólo un recurso
que permite lo imposible: una mirada panorámica que no
hubo. La historiografía consiguió, por la colecta
de testimonios de sobrevivientes, reconstruir muchos de los detalles
del episodio, pero las informaciones fragmentadas no permitieron
observar el conjunto. Por ese motivo, las víctimas sobrevivientes
poco pudieron ayudar en la determinación del número
de muertos. Esa es una información que sólo los
que recogieron los cadáveres podrían dar y, aun
ellos, sufrieron la amenaza de la represión ante la revelación
de lo que habían visto. Según Lyotard, el encuentro
con lo real, en el caso de los testigos de una catástrofe,
es de antemano perdido, porque “no se da en el registro
de una conciencia soberana” (ápud Seligmann-Silva,
2000: pág. 86).
La mirada del niño podía mantener, hasta cierto
momento, un registro de los detalles, en la medida en que, en
su inocencia, su falta de experiencia, no asociaba los acontecimientos
con la muerte. Era, tal vez, su primer contacto con ella. Su perspectiva
era, del punto de vista espacial, la de un testigo privilegiado.
Pero, también por ese motivo, la muerte le dio con todo:
una muerte inaugural, digamos, y simultáneamente tan excesiva.
Al mismo tiempo pierde la madre y el mundo conocido y tranquilo,
donde compraba “animalitos de caramelo”.
Se produce una “quiebra de confianza” (Seligmann-Silva,
2001: pág. 106) en todo aquello que hasta entonces parecía
amigable. La infancia es el ideal de la condición en que
se encuentra la víctima del trauma. Como ese personaje,
también el niño Gabriel García Márquez
vio pasar a los soldados, que lo saludaron, y él los miró
con la inocencia de quien no percibe el paso de la muerte frente
a la puerta de la casa familiar. Como el personaje, también
Gabriel García Márquez fue alejado de la madre en
seguida de nacer. El testimonio del niño, ya crecido, será
descalificado como delirio o ficción. El niño observa
también la “muerte”, el desmayo, de José
Arcadio Segundo. Y, entonces, también él, desaparece
del relato. Hay una pérdida de sentido, de la conciencia
y, por lo tanto, de la capacidad de testimoniar.
El relato en tiempo real, esa memoria del detalle, de la minucia,
no coincide con el registro general de la novela. Las cuatro páginas
que relatan el episodio son como una piedra incrustada en el texto.
La imagen coincide con una descripción del trauma que Márcio
Seligmann-Silva hace: “como una especie de quiste autónomo
que representa un núcleo duro resistente a la simbolización
y al significado” (2001: pág. 109). La opción
por ese registro coincide con las “exigencias” del
texto testimonial: la literalidad en la vuelta a la escena traumática,
porque la generalización supone el ejercicio de la abstracción,
de la universalización que es imposible (Seligmann-Silva,
2000). ¿Cómo incluir tal exceso en un modelo explicativo,
en un modelo de representación universal y en una cronología
que jerarquice los acontecimientos y seleccione lo esencial? Esa
memoria exasperada del detalle es resultado de una conciencia
no soberana justamente porque el sujeto que pretende conocer es
también objeto, víctima de la violencia. El sobreviviente
precisa guardar todos los detalles para “tiempos mejores”,
si los hubiere, para cuando esté en condiciones de pensar
racionalmente sobre lo sucedido. Entonces, como “Funes
el memorioso”, personaje de Borges (Borges, 1995),
recuerda absolutamente todo. Y, para recordar los acontecimientos,
precisa tanto o más tiempo que para vivirlos. Por eso el
relato en tiempo real. Pero el presente del acontecimiento traumático
es un presente que desborda y se expande para el pasado y para
el futuro, impregnando todos los recuerdos y constituyéndose
en la única realidad. Instaurando un tiempo en el cual
los acontecimientos no cesan, no nos preservan más de su
presencia permanente: “Estar en el tiempo ‘post’catástrofe
significa habitar estas catástrofes” (Seligmann-Silva,
2000: pág.103). En las catástrofes, los relojes
paran. Más que recordado, el trauma es revivido.
La masacre de la compañía bananera, de alguna manera,
“ilumina” y atribuye un sentido a acontecimientos
anteriores. La introducción de nuevas tecnologías
por fin muestra su rostro siniestro en las ametralladoras. Impregna
de desconfianza la aproximación a inventos inofensivos
que habían producido fascinación como el hielo mantenido
en medio del clima tropical de Macondo, presentado como atracción
de circo, o la pianola que animaba las fiestas de adolescentes
casaderas. El progreso trae junto con él la destrucción.
La acción humana sobre la naturaleza sólo trae la
catástrofe. Del desvío de los ríos a la masacre.
Del primero zigurat a la bomba neutrónica. La naturalización
del universo mágico de la tradición y la perplejidad
frente a la introducción de aquello que viene de la racionalidad
europea, procedimientos propios del realismo maravilloso para
poner de punta cabeza el discurso que opone civilización
y barbarie, parece el recurso adecuado para hablar de la realidad
latinoamericana. La acción humana sobre la naturaleza sólo
todo lo arruina. La lluvia que pudre todo. La lluvia de 4 años,
11 meses y 2 días es un llanto largo que está impedido
a los sobrevivientes por el ocultamiento y la censura. A partir
de esa acción de la compañía bananera, Macondo
camina para el deterioro. La naturaleza recupera lo que le fue
retirado. “El tiempo pasa, pero no tanto”,
dice Úrsula.
El sobreviviente es una especie de muerto/vivo que ni siquiera
es “visto” por las fuerzas de la represión.
A partir de aquel momento, José Arcadio Segundo, se dedica
a descifrar los pergaminos. Los pergaminos están escritos
en sánscrito. Ellos contienen un mensaje “encriptado”.
El trauma también queda “encapsulado”
en la memoria, inscripto en ella como en una tumba donde permanece
como “algo que conocemos, pero de lo cual nos ‘olvidamos’...”
(SELIGMANN-SILVA, 2001: p. 112). Su contenido no se despega de
una “concretud” que no admite simbolización
ni sentido. Para atribuir significado es preciso “desencriptar”
ese material, como si tratásemos con una escritura cifrada.
En los pergaminos está el sentido de todos los hechos de
la historia de la familia Buendía, de Macondo, de Colombia,
de América Latina, de toda la historia humana... El desciframiento
de los pergaminos permite al penúltimo de la especie organizar
los hechos, darles un sentido, conocer el origen, la falla de
origen, el “pecado original” que provocó la
caída, la expulsión del paraíso, de la Arcadia,
de la Edad Áurea, a la estirpe de Arcadios y Aurelianos,
y que los llevará a su ruina. Ese desciframiento se da
por la escrita y la lectura:
“La
literatura está en la vanguardia del lenguaje: ella nos
enseña a jugar con lo simbólico, con sus flaquezas
y artimañas. Ella es marcada por lo ‘real’
y busca caminos que lleven a él, procura establecer vasos
comunicantes con él. Ella nos habla de la vida y de la
muerte que está en su centro [...], de lo visible de su
marco que no percibimos en nuestro estado de vigilia y de constante
‘Angst’ –delante del pavor del contacto con
las catástrofes externas e internas.
De cierto modo podemos afirmar que la literatura es también
la portera de la cripta. Una figura que tanto viene ‘de
dentro’ como está ‘fuera’, delante de
la cripta, de espaldas a ella. Esa cripta evidentemente –así
como la noción fuerte de ‘real’ –posee
la misma característica de la concepción freudiana
de ‘Unheimlich’: como algo de familiar que no puede
ser revelado. ¿Qué puede habitar esta tumba sino
el propio histórico?” (Seligmann-Silva, 2001: pág.112).
El
retorno a los hechos, a la “realidad tal como ocurrió”,
es al mismo tiempo una necesidad y una imposibilidad. La ficción
de García Márquez, un miembro de la segunda generación
de la gran matanza de Aracataca, es un intento. Su poética
no puede ser separada de esa intención: “¿Cómo
contar una realidad poco creíble [...] cómo suscitar
la imaginación de lo inimaginable a no ser elaborando y
trabajando la realidad, poniéndola en perspectiva?”
(Seligmann-Silva, 2001: pág. 95), es preciso crear
una “poesía que [intente] crear una ‘sepultura
del texto’, literalmente: enterrar los muertos”
(pág. 97).
La representación ficcional de la catástrofe parece,
por otra parte, justificada por el escamoteo de la historia. Podríamos
llenar las lagunas de la historiografía por el recurso
a la ficción. De hecho, ante la controversia a propósito
del número de muertos, “Cien años de soledad”
ha contribuido a fijar una cifra aceptada hoy como verdadera por
el sentido común. ¿Cómo llegó a ella
García Márquez? Aparentemente, según confesó
a su biógrafo, por un procedimiento caprichoso en que calculó
los cachos de banana que cabrían en cada vagón,
multiplicó por el número de vagones y sustituyó
los cachos de banana por cadáveres (SALDÍVAR, 2000:
pág. 57). Al cinismo oficial, que reconoció nueve
cadáveres, uno por cada una de las reivindicaciones de
los huelguistas, el escritor responde con otra ficción,
donde el número 3 también se repite: José
Arcadio Segundo camina 3 horas bajo la lluvia torrencial, pasa
por 3 casas y dice que los muertos fueron 3 mil. La lluvia se
prolonga por 4 años, 11 meses y 2 días.
Fijando una cifra grande, parece que la ficción da idea
de una desmesura que la violencia, aunque fuese cometida contra
un único cuerpo, ya instaló. Como escribe Borges:
“son 14, son infinitos” (Borges, 1957: pág.
69). Es preciso decir de alguna manera que el universo, por esa
acción, que es humana, quedó incompleto. Pero ocurre
también que el ocultamiento, más de 3 décadas
después de la masacre, hizo proliferar los cadáveres
de manera fantasmagórica. Llegar a un número, cualquiera
que sea, también debe tener algo de “tranquilizador”,
porque es acotar, poner un límite.
El distanciamiento favorecido por el espejo ficcional permite
mirar para los hechos, reflexionar sobre ellos sin que la angustia
nos haga “perder el sentido”. Tal vez la necesidad
de luto sea la razón para el relato. Tal vez haya sido
el motivo por el cual el niño Gabo, muchos años
después, frente al papel en blanco, recordaría que
unos soldados lo saludaron al pasar por la puerta de la casa de
sus abuelos maternos, donde él estaba sentado. Ese recuerdo
improbable, despertado por infinidad de relatos familiares, tal
vez haya sido motivo de su literatura, como lo reconoce Márcio
Seligmann-Silva, “portera de la cripta”.
Notas
(1)
La traducción de ésta y las otras citas del portugués
al castellano es de las autoras.
Bibliografía
BORGES,
Jorge Luis. “La casa de Asterión”. El Aleph.
Buenos Aires: Emecé, 1957.
BORGES,
Jorge Luis. “Funes el memorioso” en: Artificios. 2ª.Ed.
Madrid: Alianza, 1995.
GARCÍA
MÁRQUEZ, Gabriel. La Hojarasca. Buenos Aires: Sudamericana,
1969.
GARCÍA
MÁRQUEZ, Gabriel. Cien años de soledad. Buenos Aires:
Debolsillo, 2003.
SALDÍVAR,
Dasso. Gabriel García Márquez. Viagem à semente.
Uma biografia. Río de Janeiro: Record, 2000. Trad. Eric
Nepomuceno.
SELIGMANN-SILVA,
Márcio. “A história como trauma” en:
NETROVSKI, Arthur e SELIGMANN-SILVA, Márcio. (orgs.). Catástrofe
e Representação. São Paulo: Escuta, 2000.
SELIGMANN-SILVA,
Márcio. “Literatura e trauma: um novo paradigma”
en: Rivista di Studi Portghesi e Brasiliani n III, 2001.
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