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Movimientos Sociales
La
expresión “nuevos movimientos sociales”
comienza a ser utilizada en las últimas décadas
y corresponde a unas formas de acción colectiva diferentes
de aquellas basadas en el conflicto central puesto en el
Estado y en las divisiones entre clases sociales. De un
modo “empírico”, es posible decir que
a fines de las décadas del setenta y el ochenta en
América Latina, y antes en Europa, hemos asistido
a la emergencia en el espacio público de nuevos actores
y nuevas formas de expresión política.
Estos movimientos (de mujeres, homosexuales, migrantes,
de derechos humanos) aparecen como novedosos frente a los
actores políticos tradicionales. Son movimientos
sociales con minúscula y en plural por oposición
al Movimiento Social, con mayúscula y en singular,
que fue generalmente el movimiento obrero y que se constituyó
en relación a una matriz sociopolítica clásica
o nacional popular, donde el Estado ocupaba un lugar de
referencia central para las acciones políticas.
Pero estos movimientos se mueven en los campos o “gramáticas”
del mundo de la vida, orientados hacia metas específicas
en la mayoría de las veces, cuestionando los modos
de participación en el espacio público consagradas
durante la modernidad.
Es que hasta los años setenta, las definiciones del
común, de la esfera pública, estaban centradas
en el sistema político: partidos políticos
y elecciones para la transformación social democrática,
guerras de liberación para la transformación
societal. El Estado estaba en el centro; las estrategias
de la toma del poder eran el eje de la discusión.
Inclusive los actores corporativos tradicionales -burguesía,
movimiento obrero, militares- eran mirados fundamentalmente
en cuanto a su capacidad de intervenir en el espacio político
del poder del Estado. Los otros actores sociales eran débiles;
lo que había eran protestas, demandas, espacios de
sociabilidad y de refuerzo cultural local. En el plano internacional,
la centralidad del aparato del Estado llevaba a acuerdos
y convenciones, elaboradas y ratificados por los gobiernos.
La sociedad civil tenía poca cabida directa y poco
espacio en ese mundo.
Pero la centralidad del Estado y la matriz que le daba sentido
se resquebrajó en un contexto de ruptura o crisis
debido a múltiples y complejos procesos: la globalización
económica y cultural; el pasaje de una sociedad industrial
de Estado Nacional hacia sociedades post industriales globalizadas,
con la consiguiente crisis y declinación del paradigma
del trabajo como eje organizador de la vida común
y de la política.
En este nuevo contexto, los actores sociales y los movimientos
tienen un rol doble: por un lado, son sistemas colectivos
de reconocimiento social, que expresan identidades colectivas
viejas y nuevas, con contenidos culturales y simbólicos
importantes. Por otro, son intermediarios políticos
no partidarios, que traen necesidades y demandas de las
voces no articuladas a la esfera pública y las vinculan
con los aparatos institucionales del Estado. Es así
que el rol expresivo en la construcción de identidades
colectivas y de reconocimiento social, y el rol instrumental
que implica un desafío a los arreglos institucionales
existentes que portan estos movimientos, se transforman
en esenciales para la vitalidad de la democracia.
Pero junto a esta afirmación positiva nos interesa
destacar algunos de los nudos que aparecen como problemáticos
o conflictivos a la hora de pensar la acción colectiva
desde los movimientos, con el objeto de abrir ciertos interrogantes
tanto para la reflexión como para la acción
política.
La gran pregunta que surge al analizar sus papeles en el
espacio social se relaciona con la capacidad o no de los
nuevos actores de “marcar una diferencia”, es
decir, de ejercer poder de transformación de las
relaciones sociales hegemónicas. Porque si bien es
posible afirmar que la emergencia de nuevos sujetos y nuevas
demandas ha significado un efecto democratizador (se han
cristalizado voces e identidades ante silenciadas o parcialmente
ausentes en el espacio público), se plantea la duda
en torno a la posibilidad de acción cuando la fragmentación
de actores y demandas muchas veces torna difuso los oponentes
y las vías de canalización.
El surgimiento de nuevas formas de expresión o representación
políticas, que actúan al margen de los sistemas
partidarios tradicionales, fortalecen la conformación
de una ciudadanía y una sociedad civil autónomas
y fuertes, pero no llegan a reemplazar la función
de los partidos, cuya finalidad es acceder al control de
poder del Estado, de sus recursos materiales y simbólicos
y de su capacidad regulatoria.
Ligado a lo anterior, la siguiente cuestión que suscita
interés se refiere al porvenir de la vinculación
entre esas nuevas demandas y el sistema político
¿Irán a mantener su autonomía? ¿Irán
a ser cooptados por los partidos políticos? Sus reivindicaciones
y demandas, ¿serán apropiadas por instituciones
políticas y sociales? Y si fuera así: ¿esto
implicaría la pérdida de legitimidad o la
fuerza de estos movimientos?
Sin duda, la vinculación entre los movimientos sociales
y las instituciones políticas, las agencias estatales,
los partidos políticos, es altamente cambiante y
el panorama es absolutamente heterogéneo. En el diagnóstico
del presente, imprescindible para el diseño posible
de lo que vendrá, la presencia de los nuevos movimientos
sociales es insoslayable. Es así que el material
que se presenta en este número de Tram(p)as
de la comunicación y la cultura tiene como
objeto aportar herramientas a un debate ya iniciado, pero
desde ya inconluso, no sólo en ámbitos académicas
sino en el espacio social amplio.