Prensa
 

Un militar bueno

*Por Pablo Llonto

En casa solía repetirse y estirarse una frase de rutina: “no hay milico ni policía bueno”. Una cuestión de tiempo, y tal vez de madurez, demolió la majestad de tal afirmación.

Pero sin dudas fue Hugo Chávez quien removió las certezas y acudió con urgencia a sacarnos de las penumbras. Es cierto, Chávez se parecía cada vez menos a un militar. Pero también es cierto que como en toda regla, hay excepciones. Y si no las hubiera, no habría tal regla.

Ha muerto una de esas excepciones. Quizás la más enorme de ellas, el militar más bueno de la historia. Cuatro veces lo vimos, siempre en la Argentina, Cosas del periodismo. De todas ellas, rescato una crónica, pocas horas después de finalizada la Cumbre de Mar del Plata en 2006:

“La escena ocurre mientras 150 personas esperan apretujadas en un salón. Alguien, que parece un asistente, pone sobre la mesa un portalápices repleto de marcadores y colores, otro despliega revistas previamente subrayadas, carpetas, hojas recién impresas desde Internet. Finalmente, otro ayudante trae una mesita, la coloca al lado de la silla y sobre ella apoya una docena de libros. Se diría que sólo falta un minuto para que aparezca el profesor mientras los alumnos disfrutan del recreo.

Pero no es el aula de una escuela. Quien aparece es el presidente de Venezuela Hugo Chávez, a quien aguardan periodistas de toda América en la Sala de Conferencias del Hotel República.

Al parecer, este hombre no viene dispuesto a hablar por media hora y a responder, apresurado y con frases hechas, el interrogatorio de los colegas. Se sabe que a Chávez le encanta hablar y entonces no asombra que, el primer periodista que pregunta le pide: “si puede decirnos, en dos minutos, su impresión de lo que acaba de ocurrir”.

Se trata de Jorge Gestoso, la ex cara de CNN en español, a quien una integrante del staff de prensa de Venezuela le ha alcanzado el micrófono, sin que él lo pidiera, para abrir el fuego en la conferencia. Es evidente que los venezolanos pretenden que “alguien de nivel” inicie la ronde de consultas. Gestoso, entre sorprendido y avergonzado, tarda un par de segundos en formular su pedido.

La respuesta de Chávez se extiende por 40 minutos. No solamente da detalles sabrosos sobre la disputa interna de la Cumbre de las Américas, revela diálogos semiocultos entre presidentes, saca una libretita del bolsillo de su saco en la que había anotado las respuestas que le iba a dar al presidente de Perú Toledo antes de que éste huyera de Mar del Plata, recomienda la lectura de un libro sobre el ALCA del que lee toda la contratapa y, políticamente, eleva las figuras de los 4 presidentes del MERCOSUR a quienes llama “los mosqueteros” por haber , según él, enfrentado al ALCA.

Buena parte del auditorio se ríe de sus ocurrencias. De a ratos nos aparece la figura de Alí, el boxeador que nunca aburría a la prensa en sus diálogos y que dejaba material para diez títulos de tapa. Pero Chávez sigue hablando y cuando nos llega el turno de preguntar, luego de Gestoso, tratamos de hacernos los simpáticos:

- Nosotros también le vamos a recomendar la lectura de un libro…

-  ¿Sí, cómo se llama? – pregunta Chávez.

-  “El poder de síntesis” -, le decimos, mientras velozmente contraataca: “pues mándamelo, veré si puedo aprender algo”.

A nuestra pregunta sobre si esto que acaban de firmar en Mar del Plata no es un fuego artificial en el que el ALCA sobrevive escondido bajo la figura de “si eliminasen los subsidios lo firmamos”, Chávez responde que “los tiempos de cada gobierno son distintos” y que él no puede acelerar las “condiciones objetivas de cada país”. Insiste en que cada país debe elegir su camino, que ellos han optado por la vía del socialismo y por un modelo de construcción y, luego, recita de memoria todos los acuerdos celebrados con la Argentina para demostrar que están en un camino de cooperación por el que pretenden mostrar el espejo de la revolución bolivariana. Algo así como “miren lo que estamos haciendo para que nos copien”. No se enoja cuando le decimos que los “cuatro mercosurianos” están muy lejos de construir modelos de sociedades distintas. La diplomacia prima con sus hoy aliados.

La misma duda que teníamos desde hace cinco años, madura y arreglada, nos vuelve a acechar: ¿este hombre es realmente socialista?

 Desde la primera década del siglo pasado, y estimulada por aquel gigante de ébano Jack Johnson, cuando el ambiente de boxeo se cansa de tener a un boxeador negro o blanco como campeón del mundo durante muchos años, la prensa saluda la aparición de un rival que puede destronarlo bajo el mote de “La Esperanza Blanca” o “La Esperanza Negra”.

Algo así ocurre con este venezolano. Frente a todo lo que hay, para bien o para mal (creemos que para bien), en el mundo no hay otro líder al que se pueda poner como referencia más que este locuaz militar nacido en Sabaneta hace 51 años.

En las próximas horas, la izquierda argentina, cargará contra él y lo que llamará su “show” desde su prensa. No lo ignoramos.

Nos gustaría que, con seriedad, en vez de usar el dinero para comprar diccionarios en la búsqueda de los sinónimos más hirientes contra Chávez (“cómplice de Kirchner”, “oportunista”, demagogo”, “populista” “Perón de izquierda”), utilizasen ese dinero para enviar dos o tres, o diez periodistas partidarios para seguir por un tiempo lo que está ocurriendo en Venezuela y comprobar por qué razón, gran parte del pueblo parece defender no sólo a Chávez sino a un modelo de gobierno.

En la conferencia se reivindica cristiano, destaca que Fidel sigue ateo, exalta a Jesús como el primer socialista que pretendía la igualdad, a Luther King, a Rosa Luxemburgo, no nombra a Marx a diferencia del discurso en el estadio, muestra carpetas con encuestas internacionales sobre la opinión de los ciudadanos acerca de la democracia sus países y en las que venezolanos y uruguayos son los primeros satisfechos, vuelve otra vez a recomendar libros, en especial una novela de Saramago, comete el pecado de pedir que compren Clarín del sábado porque en Ñ ha salido un reportaje a Fukuyama en el que uno de los cerebros del fin de las ideologías ahora reconoce sus errores, insiste con los lemas socialismo o barbarie, socialismo o muerte, dice que en su país tiene también ultraizquierda que lo critica y vaticina que, algún día, veremos nosotros o nuestros hijos la muerte del capitalismo.

Se levanta después de dos horas y una decena de guardaespaldas negros como Jack Johnson lo protegen de un asedio que se parece al que sufre Maradona. Lo quieren tocar, saludar, alguien le entrega una bandera blanca con unos círculos rojos que, jura, es “la nueva bandera de la paz”; en la vereda lo esperan cincuenta marplatenses que le piden un autógrafo. Una madre llega a su lado con su hijo y le exhibe su drama “presidente, soy la esposa de un obrero de la construcción que no tiene empleo, tengo cuatro hijos”. Chávez, conmovido, abraza al niño de diez años, lo pone contra su pecho y luego de recomendarle a la dama que se junte con otra gente para poner un pequeño negocio o algo, llama a su asistente y le ordena, con voz calma, que inmediatamente la embajada de Venezuela en Buenos Aires haga algo. Diez segundos después se le ocurre: “oye, llamalo a Paolo Rocca, el de Techint, con quien acabamos de firmar un acuerdo, para ver qué puede hacer por esta mujer. Dile que se lo pido yo”.

Ayer fue Fidel Castro, hoy es Chávez. El segundo parece ser más democrático que el primero.  La vida nos ha curado para las desilusiones. No así para las esperanzas.

 

 *Periodista y Abogado de Derechos Humanos

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