"El viernes pasado no sabía que hacer y me fui a Periodismo donde estaban organizando el caos"
 
Prensa
 

Periodistas al agua

Por Carlos Barragán*

Leo en La Nación “Distinguen a Lanata por su denuncia permanente de la clase política corrupta". Y después: “El periodista fue premiado por la Academia Española de las Ciencias y las Artes de la Televisión con el Premio Iris Internacional; fue considerado "uno de los íconos del periodismo argentino".

Y yo discutiendo con Juan Miceli por una pechera. Y el Cuervo Larroque explicando para qué sirve usar pechera: el tipo tres días sin dormir por organizar la distribución de ayuda más compleja para la más compleja de las catástrofes que recordamos. El país a veces se vuelve tan berreta que uno difícilmente zafe de esa berretización.

Yo lo ví. El viernes pasado no sabía que hacer y me fui a la Facultad de Periodismo donde estaban organizando el caos. Me dejaron entrar al centro de organización del desastre. Me conocen de la tele y eso me abrió las puertas al meollo mismo. Repartí mate a las 30 personas que daban vueltas, cada una con dos o tres celulares, con planos sobre la mesa, planos en la pared, computadoras que anotaban todo lo que entraba, lo que salía y a dónde iba.

El Pata Medina –un buen muchacho de la UOCRA- cagó a trompadas a los militantes que habían ido a llevar mercadería a una escuelita en el Barrio Aeropuerto. Gente con armas. Larroque fue a ver qué había pasado. Lo echaron los muchachos de los fierros. Lanata se preguntará por qué la Cámpora no utilizó las armas que Lilita, Fernández Díaz y Castels dicen que tienen. La mercadería no llegó. El sindicalismo de derecha es un monstruo: prefiere que la gente se quede sin comida y sin colchones a que vengan de otras agrupaciones a solucionar esas faltas. Se dicen peronistas. Escucho decir a Larroque que podrían mandar a alguien en un auto particular sin identificación. Voy yo, digo. Y así entregué algunas cosas ahí y en otros lugares. Junto con Francisco, un militante al que le indicaron sacarse la pechera para su seguridad. Gente que se quedó sin nada, y uno que le lleva algo. Algo que durará algunos días. Parches. Uno reparte parches. Mientras sabe que todavía hay miles que no recibieron nada. Pero entre la nada y el parche está la cosa cuando la devastación es la que manda.

Sacate la remera la puta que te parió, es el grito de los muchachos de la UOCRA. Fernando Bravo si no fuera un locutor bien educado quizás gritaría lo mismo. Pepe Eliaschev repite a diario que vivimos en un país que da vergüenza, pero él es feliz y le va muy bien sin pechera.

Se bajan de unos autos y los golpean a los pibes de la Cámpora. La señora que deja un mensaje en lo de Bravo dice “yo dejé mi donación en la Cruz Roja, para que no se la roben esos de la Cámpora”. Bravo no dice nada. Debe sonreír para sus adentros. Les pegan a las pibas, les pegan a los pibes, les pegan a todos y quieren arrancarles las remeras.

En Villa Elvira apenas terminó de secarse el barro. Oscar tiene una casita de ladrillos huecos, techo de chapa y adelante un cuarto que es un almacén todo de material. El agua llegó hasta el metro ochenta. Todos arriba del auto -que no tiene asientos ni nada adentro- y cuando el agua llegó al techo del auto fue el problema. Oscar me explica que parecía imposible llegar al techo del almacén que es de loza. No entendí cómo, pero pudieron llegar. “Toda la noche ahí”, me dice. Con su mujer, y un nene de nueve, uno de siete y el último que tiene tres meses. Ahora una tía le está dando la mamadera.

Miceli escuchó lo que le dijo Mocca pero me contestó a mí. Quizá le pareció que con mis años en Radio Mitre tenía una carta fuerte para tirarme en la cara: pensó que podía decirme “corporativo”. Hizo bien. Antes de atacar hay que calcular. Yo le había dado mi solidaridad (fue una ironía, pero fue verdad también) le dije que me solidarizaba con él porque estaba siendo besuqueado por lo peor y más corrupto del periodismo argentino, y le aconsejé “no te dejes besuquear, Juan”. Pero no me hizo caso.

Oscar me agradece. Le llevamos un viejo colchón de dos plazas que Pepe Eliaschev no le daría ni a sus perros de Punta del Este, alimentos, pañales, y un nebulizador para su mujer. Me agradece y me da vergüenza. Su barrio semirural que debió haber tenido esa belleza mínima de zanjas con pasto, cielos amplios, arbolitos y pobreza prolija ahora es un asco desastroso. El viernes llegaron cinco mil colchones a la Facultad. La ví llena de colchones y pensé que cuando se repartiera eso el problema estaría solucionado. El domingo faltan colchones por todas partes. Nelson Castro dice que es lo peor que vio en su vida eso que Larroque le hizo a Juan Miceli. Juan está de acuerdo, se calla y otorga. Se otorga a sí mismo como una víctima periodística de la barbarie política que se aprovecha de la inundación. Nelson lo trata como a una mujer golpeada: “vos no podés hablar, dejá que hable yo”. Y Juan lo deja hablar. Se deja hablar. Es el crucificado por la política pechera.

El sábado a la noche Wado De Pedro y otros de esos hijos de puta que conforman La Cámpora le insisten a Larroque para que se vaya a dormir un rato. Al final se va a tirar en un colchón en un aula de la facultad. Nadie sabe cuántos días hace que no duerme. Una mujer en la calle 20 me cuenta que veía pasar víboras y cucarachas sobre el agua que pasaba a la altura de su ventura. Que no era agua, según me aclaró: salía de las cloacas. Le dejo lavandina, agua y algunas palabras inútiles de inútil aliento. Hay que escuchar las historias. A algunos les cuento que cuando yo me inundé en City Bell tuve pesadillas durante años. Soñaba que me inundaba. Y cuando caían dos gotas no podía dormir. Se los digo con la esperanza de que vayan preparándose.

Trabajé en Radio Mitre en la época en que estaban Lalo Mir, Mex Urtizberea, Sandra Russo, Guinzburg, escribían los guionistas de Barcelona, estaba Halperín, Gabriel Rolón, Gilespi, Castelo. Mi trabajo era el de humorista. Nuestro programa era el que mejor rating tenía en la radio. Nos echaron un 21 de diciembre y nos dejaron sin trabajo. Debimos haber sido más corporativos para mantener nuestro laburo. O menos kirchneristas. Pero todos tenemos trabajo.

Y Oscar me muestra la heladera de su almacén que el agua le dio vuelta y le rompió el vidrio. Una heladera que terminó de pagar hace tres meses. Le costó dieciseismil pesos, me cuenta. Y pienso que algún comerciante miserable lo robó con el argumento de darle cuotas: esa heladera no puede costar más que una tercera parte de ese precio. Me dice que el vidrio le costará tres mil. En la planta baja de la facultad hay cientos de jóvenes que suben y bajan y cargan mercadería, y reciben directivas y preguntan qué hacer por sus celulares. Arman los pedidos, seleccionan la mercadería, no paran y duermen tirados por ahí una horas nomás, porque al día siguiente vuelven a trabajar. El lunes voy con dos militantes a entregar insulina a Los Hornos. Al Campito del Gauchito Gil. Un baldío que administra Mary, oriunda de Mercedes donde tambien nació y mataron al Gauchito. Ella levantó el primer altar. Me cuenta que el Gauchito robaba a los ricos y les daba a los pobres. Y que hace milagros. Ahora hay un par de decenas de altares y dos galpones donde el ocho de cada mes se junta el barrio a bailar chamamés y a tomar y comer. Los promeseros llegan todos los días. Son los que hacen promesas, claro. Mary me cuenta que los albañiles del barrio salen a trabajar y cuando vuelven se dan una ducha y se van para la capilla del Gauchito a dejarle su vaso de vino o un cigarrillo para que los siga ayudando.

Leuco dice “cría cuervos y te arrancarán los ojos”. Me preguntó si se habrá sentido muy creativo o si habrá puteado porque no se le ocurrió un juego de palabras menos obvio para hablar mal de Larroque y los militantes que se esparcen para llevar ayuda a los barrios destruídos por el agua. Hay muchas otras agrupaciones trabajando en la facultad. No existen roces. No existe la posibilidad de que ocurra algún problema entre ellos porque unos y otros están dedicados a lo mismo: a llevar ayuda lo mejor y lo más rápido posible a la mayor cantidad de gente, y también a crear una patria más justa y más igualitaria. Todos piensan lo mismo, y eso es un horror para los que trafican las figuritas con brillantina de la libertad de pensamiento.

“No llegó nadie, no vino nadie”, me dice enojada mi prima de la Plata, “el agua llegó de golpe y se quedó, y nos quedamos solos y nadie vino. Así estuvimos toda la noche. Yo ví pasar dos muertos flotando”, me dice. Y pienso que somos un país que no soporta preparar equipos de emergencia. Como si quisiéramos que las desgracias previsibles se quedaran para siempre en el engañoso abismo de lo imposible. Eso no es bueno para un Estado. Pero nadie se atreve a cuestionar la ayuda virginal, la solidaridad sin bandera política. Como si a Cáritas la manejara la computadora de Dios.

El domingo pregunto si están llegando colchones y me dicen que no. El lunes llegan a última hora, dijeron que eran tres mil. Ahora sé que eso tampoco va a alcanzar. Pero sé que si pueden llegar a la escuela del Barrio Aeropuerto muchas personas volverán a dormir como personas.

Lanata se ensaña con Agustina Díaz porque confrontó con Miceli sobre el tema de las pecheras malditas. Si Agustina se hubiera callado, Lanata habría tardado dos segundos en acusarla de cobarde por callarse. Y le habla mintiendo que le está dando un consejo de buen colega. Dice Lanata “mirá, Agustina, yo lo único que tengo es mi nombre (y eso me da risa), y con lo que vos hiciste siempre se acordarán de vos, cada vez que vayas a pedir trabajo se van a acordar de lo que hiciste…” Le da un sermón. Lanata pasó de periodista denunciador, a periodista de varieté, a periodista calumniador, a periodista inventor, a periodista linchador, y ahora a periodista Pastor. Ahora que todo lo que sirva para instaurar el macartismo sobre cualquiera que apoye al gobierno parece estar permitido. Quien apoye a este gobierno será perseguido y estigmatizado por cualquiera de estos supuestos amantes de la libertad. Libertad para ellos y persecución para los demás.

Siempre escuché decir que cuando ocurre una gran tragedia se ve lo peor y lo mejor de las personas. Y parece ser una frase bastante acertada cuando uno es testigo de las cosas que pasan en una tragedia. Pero lo que nunca escuché es que cuando ocurre una gran tragedia también hay gente que se sigue comportando de la misma manera de siempre. Porque no pueden dejar de mirarse el ombligo y de cumplir con sus cobardes obligaciones. Así, mientras se cagan en el dolor y el esfuerzo ajenos, reciben un premio Iris, se compran un departamento en Libertador, sacan un Audi nuevo, venden sus libros, alquilan sus almas, y nos invitan a vivir en un mundo horroroso y cruel donde a ellos les va cada vez mejor y mejor.

Mary me dice que ahora el lugar donde está el Gauchito Gil y sus capillas y sus galpones puede ser vendido. “Nosotros siempre supimos que este baldío no era nuestro, me dice. Ahora vale algo, así que lo pueden vender.” Y mira su obra. “Pero yo siempre les digo: las capillas del Gauchito yo no las voy a sacar, porque él es muy celoso y no le gusta. Así que si quieren… que vengan y tapen todo esto de tierra.” Y me cuenta que la gente del barrio dice “vamos al campito de Mary”, “pero esto no es mío, yo solamente soy una atrevida que cuida y pinta y riega las plantas. Yo no tengo nada.”

Nota: Hay que seguir donando, por más que digan lo contrario. Ahora hacen falta útiles para los pibes que ya pueden volver a la escuela. Útiles, y libros y juguetes.

(Y sé que estas tres frases son las únicas que sirven para algo en toda esta columna)

*Periodista, humorista y guionista de radio y televisión.

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Publicado en Diario Registrado, miércoles 10 de abril de 2013.

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