“Este juicio, para los familiares y víctimas, es también una ceremonia de la memoria". FOTO: Helen Zout, CPM
 
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Inés Seoane: “Mi hermana militaba por un mundo mejor”

El conmovedor relato de la docente de Periodismo en el juicio La Cacha. Por Sebastián Pellegrino

“Reptando en la noche se acercan las sombras; con formas siniestras, se acercan… se acercan…”, comienza el poema “Las sombras”, escrito en 1981 por la madre de María y de Inés Seoane.

“¿Son sombras sin nombres o malos instintos? ¿Son ramas torcidas, son hombres o bichos?”, se pregunta una madre que, “por los montes y los caminos”, se ha encontrado con otras madres “que dicen lo mismo”.

Con la lectura del poema, Inés Seoane, psicóloga y docente de Periodismo, cerró su declaración testimonial realizada el viernes 28 de febrero durante la novena audiencia del juicio oral y público conocido como La Cacha.

Su hermana María, a quien le decían “gallega”, fue estudiante de psicología, militante barrial en Berisso e integrante de la Juventud Peronista-Montoneros: “Su compromiso era con la transformación del mundo por un mundo mejor”.

El secuestro de María y el derrotero familiar

“Con mi hermana militábamos en una unidad básica que quedaba a tres cuadras de casa. Ese lugar, en 1974, fue incendiado por el Comando de Organización (CdO). Desde ese año, las prácticas militantes cambiaron bastante, pero igualmente la militancia seguía siendo una parte importante de la vida cotidiana de la juventud”, describió Inés Seoane.

Con el tiempo, siendo estudiantes de Psicología, Inés y María serían amenazadas por la Concentración Nacional Universitaria (CNU). Con la irrupción de la última Dictadura, toda la familia sufriría la violencia desbocada del aparato clandestino.

Era el 12 de mayo de 1977. Después de la medianoche, entre la 1 y las 2 de la madrugada, varias ráfagas de disparos resonaron en un barrio de Berisso durante casi un minuto. Cesaron los disparos y, en tono marcial, alguien gritó por altavoz el apellido Seoane. La familia debía encender las luces de la casa y mostrarse con los brazos en alto.

La casa de los Seoane era de habitaciones contiguas, “típicas de Berisso en aquella época”, con una galería que las conectaba a todas perpendicularmente: “Una casa estilo ‘chorizo’”. Delante del jardín, un tejido de alambre y un portal. Aquella noche, en la casa estaban los hermanos Inés, María y Antonio, sus padres y una abuela.

“Yo fui quien abrió la puerta”, recordó Inés, sentada frente a los magistrados del Tribunal Oral Federal en lo Criminal 1 de La Plata. Afuera de la casa llegó a advertir la presencia de, al menos, 15 hombres: llevaban sus cabezas cubiertas con pelucas rubias, medias finas, pasamontañas; algunos estaban apostados en los techos vecinos, iluminando con reflectores hacia el ingreso de la casa de los Seoane.    

El operativo duró 45 minutos. Les pidieron “las armas” (que no había en la casa); los interrogaron a los tres hermanos en habitaciones separadas y fueron salvajemente golpeados; A Inés la amenazaron con “preparar la parrilla”, o quemarla con cigarrillos, o con agua hirviente que chillaba sobre la hornalla de la casa.

Mientras avanzaba con el testimonio, Inés dudó sobre “cómo llamar” a los integrantes del operativo y de la Dictadura en general. Represores, torturadores, genocidas… la duda expresaba la búsqueda de un término que fuera más allá de la referencia directa. Torturador es quien tortura, pero Inés necesitaba otra palabra que no encontró.

“En mi casa revolvieron todo, robaron dinero y bienes de valor. Lo mismo hicieron en otra casa del barrio durante un operativo simultáneo. Fue en la casa de Rubén, el novio de mi hermana, a quien por suerte no encontraron. Hasta rompieron el cable del teléfono”, narró sobre el pillaje durante los operativos.

Luego de los interrogatorios, a María la subieron a un Ford Taunus y le ordenaron al resto de la familia que no se moviera de la casa hasta el amanecer. La madre de María llegó a preguntar: ¿A dónde la llevan? “Pregunten en la Brigada de Investigaciones”, respondieron. La Brigada de Investigaciones de La Plata fue una de las dependencias policiales reconvertida en Centro Clandestino de Detención que formó parte del conocido Circuito Camps.

En aquella época, María trabajaba en una empresa petroquímica, subsidiaria de YPF, con aproximadamente 500 empleados. Uno de los jefes de María, de apellido Barragué, les había advertido a los trabajadores de la empresa que, si en algún momento llegaban a tener algún problema, se comunicaran con él. Eso fue lo que hicieron los hermanos Inés y Antonio Seoane horas después del secuestro de su hermana.

Diez días después, Barragué les informó que María estaba con vida, pero que no sabía dónde. La pesquisa del jefe, sin embargo, sería abandonada por orden directa de un superior suyo.

“A partir de ahí comenzó el derrotero que atravesaron todos los familiares de secuestrados y desaparecidos: presentamos habeas corpus sin tener demasiadas expectativas; nos reunimos con el Rey de España, que había llegado de visita a la Argentina; hicimos gestiones ante el Vaticano y la respuesta que recibimos fue que seríamos ‘acompañados en la oracion’; peor nos fue ante el Arzobispado de La Plata desde donde se ejercía una complicidad muy fuerte con la represión”, enumeró Inés.

La primera noticia de su hermana llegó con un hombre de mediana edad “que golpeó a la puerta de casa. Lo único que dijo fue que mi hermana estaba viva y que no podía decir más. Le pidió que le entregara ropa para llevarle a María. No volvimos a tener noticias hasta agosto de ese año, cuando supimos que una persona que había sido liberada de un centro clandestino de detención había compartido el cautiverio con María y otros compañeros”.

El centro clandestino, según la única referencia que llegó a Inés, quedaba a media hora del casco urbano de La Plata. Décadas después, la familia Seoane sabría que ese lugar era La Cacha. Fue la última noticia que recibieron de María.

Sobre las ráfagas de disparos, Inés contó que habían sido dirigidas contra un joven del barrio que regresaba a su casa después de haber estado con su novia: “Los del operativo le habían dado la voz de alto y él, asustado, había querido escapar en su auto”.

“Todos nos convertimos en otras personas”

La declaración de Inés Seoane duró casi 40 minutos. Habló también del impacto de la desaparición de su hermana en la vida familiar: “Hoy miro hacia atrás y me pregunto cómo hicimos los familiares para soportar todo aquello. También pienso en que, en general, todos nos convertimos en otras personas, algo así como una destitución subjetiva que afectó a la sociedad durante y después de aquellos años”.

“Saint Jean había dicho que irían, primero, por los más comprometidos, luego por los indiferentes, y por último, contra los tímidos. Fue una amenaza contra toda la sociedad y, de alguna manera, todos nos comenzamos a sentir como personas distintas a las que éramos”, agregó.

“Este juicio, para los familiares y víctimas, es también una ceremonia de la memoria, y por eso quisiera leer un poema de mi madre. Ella no encontraba la forma de nombrar la condición humana de las personas que habían instalado el terror. Finalmente, encontró una metáfora, Las sombras, para poder representarlos”, continuó Inés ante una sala colmada y sumida en absoluto silencio.

Al final del poema, dice la madre de María y de Inés: “Una triste noche me tocó vivirlo y desde esa noche voy por los caminos, igual que otras madres buscando a mis hijos (…) Ver juntos de nuevo a la madre y al hijo, juntos los pichones en el tibio nido; sin faltar ninguno, eso es lo que pido”.

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