El CCD La Cacha, creado en febrero de 1977, funcionó en la explanta transmisora de Radio Provincia, en Olmos
 
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“Una noche oí cantar un himno del fascismo español”

El relato de Juan Bozza en juicio La Cacha. *Sebastián Pellegrino

Era de noche. Juan Alberto Bozza, encapuchado y con sus manos esposadas, caminaba hacia el baño acompañado por uno de los guardias. Antes de llegar, oyó gritos, golpes y alguien que caía al suelo porque otros lo empujaban y pateaban. Los ‘otros’ eran miembros de las patotas de La Cacha que se dedicaban a secuestrar a las personas ‘marcadas’ por los servicios de inteligencia. Juan Alberto ingresó al baño y, entre los ruidos, descifró un himno marcial: “¡Cálzame las alpargatas, cárgame el fusil, voy a matar tantos rojos como flores tienen marzo y abril!”, cantaba la patota en burdas alabanzas al fascismo español.

“Yo conocía ese himno porque era estudiante de Historia de la UNLP. Ese himno también lo cantaban, en aquella época, las organizaciones políticas universitarias de ultraderecha”, explicó el testigo-víctima, el viernes 7 de febrero, ante los magistrados del Tribunal Oral en lo Criminal Federal 1 de La Plata. Ya había hablado por más de 70 minutos desde el inicio de la decimoprimera audiencia del juicio conocido como La Cacha.

Juan Alberto Bozza es profesor de la cátedra 2 de Historia Argentina de la Facultad de Periodismo. Durante su juventud fue militante del Partido Socialista de los Trabajadores –PST- y estudiante de Historia de la Facultad de Humanidades, hasta que se vio forzado a postergar ambas actividades para realizar el servicio militar obligatorio en el Batallón de Comunicaciones 601 con asiento en City Bell.

El secuestro

La tarde del 19 de abril de 1977, faltando sólo 20 días para ser dado de baja, Bozza y sus compañeros salían de la guarnición por una jornada de franco. Sin embargo, al llegar al último puesto de guardia, el capitán de la compañía, Santiago Silvestre Badías, ordenó a todos que regresaran -excepto a Juan Alberto- para que se afeitaran antes de salir.

El conscripto que no fue alcanzado por la orden, finalmente, se dirigió hacia la parada del micro y esperó. Allí, lejos de cualquier mirada, sería secuestrado y trasladado –con una capucha en la cabeza y una lona sobre su cuerpo- en un Chevy hasta un predio desconocido por él. Aún en abril de 1977, sin contar a sus “administradores”, casi nadie conocía la existencia de La Cacha.

“Cuando me sacaron del auto se oían ladridos de perros y voces de varias personas. Me golpearon allí afuera y luego me ingresaron a un lugar en el que, advertí, había mucha gente tirada en el piso. Yo llevaba las manos esposadas y con ellas me tabicaron a una especie de gancho amurado en una baldoza. Pasé tres días en el piso, con la capucha puesta, inmovilizado y sólo con una frazada. Después me traerían una colchoneta”, relató Bozza.

La víctima-testigo describió a los jueces la dinámica interna del centro clandestino y explicó las funciones que cada grupo de operarios realizaba en La Cacha: había un grupo de guardias, que ingresaba por las mañanas, cuyos integrantes se hacían llamar los ‘carlitos’: Carlitos, el bueno; Carlitos, el cordobés; Carlitos, puente roto; eran las identidades de algunos.

Otro grupo de guardias, cuyas funciones estaban directamente vinculadas al trato cotidiano con los detenidos –les servían el “rancho”, los acompañaban al baño y hasta les daban algunas tareas para los “tiempos muertos”, como enrollar hilos de cobre-, brindaban a los secuestrados un trato más cordial, al menos en lo relativo a la violencia física. Sus integrantes también tenían apodos: “Palito”, “Pollito”, “Jota”, “Pablo” –a quien varias víctimas han identificado con el imputado Claudio Grande, exempleado civil del Destacamento de Inteligencia 101 de La Plata-, “Gallego”, “Santos”, “Mister X”, “Willy”, “El griego”.

Y un tercer grupo, a quien varias víctimas-testigos han categorizado como el “equipo de torturadores oficiales”, estaba integrado por las mayores jerarquías de La Cacha. Los interrogadores eran temidos por todos: llegaban por las mañanas, cerca de las 11, y se iban al caer la noche. Durante todo ese tiempo los detenidos oían los gritos y jadeos de dolor de quienes estaban siendo torturados.

Los más reconocidos durante el juicio, hasta ahora, han sido “el inglés”, “el francés”, “el amarillo” y “el oso”, éste último –el expenitenciario Héctor Acuña- apodado de esa manera por su contextura física, su vozarrón temerario y su imparable violencia.

El cuchillo bajo el poncho

Durante su cautiverio, Juan Alberto Bozza fue interrogado tres veces. Padeció los tormentos y torturas que padeció el resto de los detenidos de La Cacha. Siempre le preguntaron por las armas (que nunca tuvo), y siempre respondió lo mismo sin la esperanza de ser escuchado: como militante del PST, cuya sede en La Plata funcionaba en diagonal 77 y esquina 3, renegaba de la lucha armada y del combate frontal ante la represión de la Dictadura.

El tercer y último interrogatorio fue realizado por un presunto especialista en el PST o, al menos, en organizaciones políticas de izquierda no peronista. Conocía al partido, sus actividades y dinámicas. Su interés estaba centrado en nombres de los compañeros de Bozza quien, sin embargo, nada podía admitir o confesar porque hacía casi un año que había dejado la militancia activa, producto de la conscripción.

El interrogador insistía: “Mirá que, a pesar de las relaciones comerciales con Argentina y la presunta distención y convivencia pacífica con los soviéticos, nosotros sabemos que los rusos tienen el cuchillo bajo el poncho”. Increíblemente, el último interrogatorio comenzó y culminó sin violencia física.

Los compañeros

“Por las noches la violencia ejercida en La Cacha amainaba bastante. Sólo quedaban los guardias que controlaban desde la puerta, y en una ocasión de relativa calma me subí un poco la capucha para poder mirar: vi una escena totalmente desconocida para mí. Había muchos ganchos en el piso; había alambrados y rejas en el interior del edificio, sobre los cuales estaban apoyados y atados varios de los detenidos, y había aparatos y máquinas totalmente insólitos, que luego supe que eran resistencias de la planta transmisora de Radio Provincia”, describió Bozza.

Recordó a sus compañeros de cautiverio: “En esa sala estuve todo el tiempo -desde el 19 de abril del 77 hasta la noche del 28 de junio del mismo año-. Allí estaban Patricia Rolli, una muchacha muy joven de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) que estaba detenida junto a su padre; una joven embarazada de apellido Barroco; un conscripto a quien torturaron al lado mío y los guardias le decían ‘sarnilla’”.

“También recuerdo a un estudiante de Arquitectura; al señor Betinni, un hombre muy mayor que me pareció verlo muy desorientado; un joven de apellido Contardi, que supuse que sería familiar de Bettini pero nunca lo confirmé; otra joven embarazada llamada María Elena Corvalán”, enumeró.

A cada nombre recordado agregó algún detalle o circunstancia “que me llamó la atención”: la edad, las agresiones padecidas, las filiaciones entre detenidos y el avanzado estado de los embarazos. “Había momentos, por las noches, en que podíamos tener algunos diálogos furtivos. Recuerdo que una amplia mayoría de detenidos era integrante de agrupaciones de la izquierda peronista”, dijo.

“Se habrá ido con alguna chica”

El 28 de junio, tras 70 días de cautiverio, recibió la noticia: “Hoy te vas”. Y así fue: salió de La Cacha en el interior de un vehículo, otra vez con una capucha y una lona sobre su cuerpo. Lo dejaron en un baldío, frente al Mercado Regional de Frutas de La Plata: “Corrí las diez cuadras hasta mi casa y me reencontré con mi familia”.

El padre de Juan Alberto, mientras éste permaneció cautivo, había preguntado en el Batallón 601 de City Bell si sabían dónde estaba su hijo. La respuesta del capitán había sido: “Quédese tranquilo, se habrá ido con alguna chica. Ya va a volver”.

Juan Alberto volvió y el Ejército argentino lo recibió con renovado cinismo: fue obligado a un año completo de nueva conscripción por “desertor”.

“Ese año en el Batallón fue demasiado incómodo y difícil porque intentaba, en todo momento, no llamar la atención y pasar desapercibido tanto como pudiera. Tenía que estar en un lugar desde el que habían facilitado mi secuestro. En una ocasión esa incomodidad psicológica llegó al extremo: dos subtenientes del Batallón se acercan a mí con un gesto de extrañeza y me preguntan dónde había estado. Les respondí, sin ningún detalle, que había sido secuestrado y ellos, en un pésimo papel actoral, dijeron: 'Uh, sí. ¡Esos extremistas…!', como si me hubiese secuestrado la guerrilla", relató. Recién en 1978 el conscripto podría retomar sus estudios universitarios.

Concluido el relato de Bozza, sus familiares y amigos salieron a su encuentro. Durante el breve cuarto intermedio dispuesto por el tribunal, los imputados de la causa –entre ellos el “oso” Acuña, Smart y Etchecolatz-, acompañados por el grupo de guardia penitenciaria federal, salieron por un pasillo oscuro en dirección al baño reservado sólo para ellos. Tal vez alguno llegó a descifrar lo que se cantaba, con legítimo derecho, afuera de la sala: “…a donde vayan los  iremos a buscar…”.

 

*Periodista, integrante de la Secretaría de Comunicación y Prensa de la FPyCS

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