Ricardo Herrera estuvo detenido en La Cacha desde el 16 de mayo hasta el 20 de agosto de 1977
 
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La Casita Azul: técnicas de “recuperación de subversivos”

El revelador testimonio de Ricardo Herrera en el juicio La Cacha

“Los guardias hablaban de ese lugar. Algunos detenidos también comentaban sobre la existencia de la Casita Azul –aparentemente quedaba en otro lugar, creo que decían en Arana-. Allí se llevaban a determinados detenidos para tratar de ‘recuperarlos’. Se hacían ejercicios de dinámicas grupales con asistencia de psicólogos. Según los relatos, el que lograba la recuperación era pasado a disposición del Poder Ejecutivo Nacional –PEN- y trasladado a alguna unidad penitenciaria como ‘preso legal’”, describió, el viernes 28 de marzo ante el Tribunal Oral en lo Criminal Federal 1 de La Plata, uno de los sobreviviente del CCD La Cacha, Ricardo Herrera.

En el marco de la decimoséptima audiencia del juicio oral y público que se realiza en la sede de la exAMIA, el testigo-víctima narró los tormentos padecidos durante tres meses en el centro clandestino de detención que funcionó en las viejas instalaciones de la planta transmisora de Radio Provincia, en Olmos. En la sala del tribunal, sentados entre el público, lo acompañaban sus dos hijos: Mariano, que en 1977 tenía meses de vida cuando irrumpieron en la casa los secuestradores de su padre, y Lautaro, que nació en democracia y que actualmente es estudiante de Periodismo, militante de la agrupación Rodolfo Walsh y flamante consejero electo por el claustro estudiantil de la Facultad.

Mientras Ricardo Herrera hablaba de la Casita Azul, un grave y apagado rumor circulaba entre la audiencia, el mismo rumoreo de sorpresa e incredulidad que se había producido, días antes, durante la declaración de otro sobreviviente de La Cacha, Roberto René Acharez. El día que lo iban a liberar, a Acharez le realizaron un “test psicológico” en una pequeña oficina del lugar:

-¿Desde cuándo es peronista?

-Desde que nací. Soy peronista y moriré siendo peronista.

-¿Idolatra a alguien del peronismo?

-A Juan Perón y Eva Perón.

-¿Odia a algún antiperonista?

-Sí. A Isaac Rojas.

En el caso de Ricardo Herrera, también se produjo un último interrogatorio. Pero a diferencia de Acharez (cuyas respuestas parecen no haber tenido la claridad suficiente para la burocracia totalitaria), no fue liberado inmediatamente después ni pasado a disposición del PEN.

“El sistema de ‘recuperación’, según lo entendí en aquél momento, consistía en dos interrogatorios, tras los cuales decidían si el detenido pasaba o no a la Casita Azul. Yo estuve alojado en el sótano de La Cacha, junto a más de 10 detenidos. Un día bajó un interrogador, a quien le decían ‘el Francés’, y le pedí que me hicieran el segundo interrogatorio”, recordó Herrera.

“Me sacaron hacia una oficina del lugar y, después de varias preguntas, el Francés me dijo: ‘Pero vos no me aportás nada nuevo’, y me volvieron a llevar al sótano”, agregó. Los torturadores querían saber sobre la militancia de los compañeros de trabajo de Ricardo Herrera, y para eso le habían mostrado más de 30 legajos originales con fotos y datos personales.

“No te hagas el vivo”

En la madrugada del 16 de mayo de 1977, en una casa de Berisso, Ricardo Herrera y su esposa se despertaron sobresaltados por los golpes en la puerta del frente de la casa. Junto a la cama de la pareja dormía el bebé en la cuna. Se oyó un grave vozarrón por altavoz: “¡Esto es un operativo de las fuerzas conjuntas! ¡Que los vecinos de la cuadra no salgan a la calle ni se asomen a las ventanas! ¡Los dueños de esta casa, salgan a la vereda!”.

“Preguntaron por el ‘negrito’ y yo me identifiqué. Me dieron vuelta la cara de un sopapo y me metieron en mi habitación. Llevaban armas largas. Apuntaron hacia donde estaba mi hijo y comenzaron a preguntarme sobre mis actividades en el Frigorífico Swift, donde yo trabajaba”, relató el testigo-víctima.

Meses antes, durante el verano, Herrera y otros trabajadores de Swift que militaban en la Juventud Trabajadora Peronista –JTP- habían realizado una acción de propaganda en la propia fábrica. Al que conducía las acciones lo apodaban “Simón” y se llamaba Rodolfo Jorge Axat, el padre de Julian Axat, actual Defensor oficial del Fuero de Responsabilidad Penal Juvenil de la Plata. Rodolfo Axat fue “chupado” por los secuestradores luego de aquella intervención de propaganda y trasladado a La Cacha junto a su pareja, Ana Inés Della Croce.

En remplazo de Axat, la organización política había decidido trasladar sus funciones a Ricardo Herrera, quien recibió, entre otros materiales, un documento que solo era destinado a la oficialidad de Montoneros. Ese documento fue hallado el 16 de mayo de 1977 en la casa de Herrera, lo que motivó una andanada de preguntas sobre el rango que ocupaba en la organización, mientras seguían apuntando a la cuna del niño.

Luego lo ingresaron, con los ojos vendados y una capucha negra sobre la cabeza, al baúl de un Peugeot 404. Imaginó el recorrido en dirección a La Plata. El Peugeot y otros vehículos se detuvieron a realizar otro operativo y una segunda persona pasó a integrar la carga del baúl.

Herrera avanzó con su relato: “Cuando nos ingresaron a La Cacha, a mí me dejaron en una habitación en la que había dos interrogadores: ‘Pituto’ y ‘el Francés’. Volvieron a preguntarme sobre el documento de la oficialidad de Montoneros y por qué estaba en mi poder. Les respondí: ‘Es que vamos quedando pocos’. Se enojaron, me golpearon: ‘No te hagas el vivo’, dijo ‘el francés’”. Desorientado emocional y espacialmente, el detenido fue llevado al sótano del centro clandestino, donde permaneció la mayor parte de su cautiverio.

El presidente del Tribunal, Carlos Rozanski, lo interrumpió para preguntar: “¿Recuerda algún episodio ocurrido en el sótano con motivo de alguna fecha patria?”. Sí, Herrera lo recordaba.

El 9 de julio de 1977 los más de 10 detenidos en el sótano comenzaron a cantar el himno nacional. La puerta de acceso al lugar se abrió abruptamente e ingresó un hombre corpulento, maciso, de bigote y cabeza calva: “¡Apátridas, ustedes no pueden cantar el himno!”, les gritó furioso. Era “el oso”, Héctor Raúl Acuña, expenitenciario bonaerense recordado por sus víctimas por la brutalidad y temeridad de cada una de sus apariciones.

Atravesando el techo del sótano, había un riel con ganchos que se había utilizado para trasladar los transformadores y otras máquinas de la planta transmisora. Sobre el riel fueron maniatados todos los detenidos y golpeados, indefensos, por ‘el oso’, uno de los principales torturadores de La Cacha. Mientras era golpeado, las esposas de Ricardo Herrera se abrieron y él cayó pesadamente al suelo.

Casi todo el relato del testigo-víctima se basó en los recuerdos auditivos de aquellas interminables jornadas de cautiverio: “En una de las primeras noches, antes de que me pasaran al sótano, escuchaba el ruido de un motor que producía la energía para la picana”.

Casi siempre se escuchaban ladridos de perros provenientes del exterior del centro, como si los tuvieran enjaulados. También explicó que, por los pasos de las botas y calzado de los guardias que bajaban al sótano, podía advertir de qué tipo de personal se trataba: interrogadores o simples guardias.

Recordó los nombres de compañeros de cautiverio: la “negra” Benavidez, que era un joven, lo habían torturado tanto con la picana que él había intentado suicidarse con grandes ingestas de agua (la electricidad provoca sobreoxigenación en el cuerpo, que conduce a un paro cardíaco); la negra Corvalán, que estaba embarazada; la “ratita” de Mercedes y su novio “Pepón”, que había sido secuestrado mientras hacía la conscripción en el Batallón 601 de City Bell; Berenstein, a quien habían maltratado y torturado con saña por su origen judío; y entre cuatro y cinco jóvenes militantes de la UES, estudiantes del Normal de Banfield.  

La liberación

“Un día me ordenaron que me bañara y me afeitara. Luego me subieron a un auto y me llevaron hasta La Plata, a la zona de diagonal 73 y calle 64. Me ordenaron que no me diera vuelta hasta que ellos desaparecieran”, describió Herrera, quien a los pocos días regresó a su trabajo en Swift. Durante su cautiverio, su esposa llegó a percibir un salario por única vez. A él, desde que retomó sus tareas en el laboratorio, no le preguntaron acerca de dónde había estado durante su ausencia.

“Siempre creí que la empresa no sólo sabía qué me había pasado sino que también tenía relación con las fuerzas del Estado. Los legajos de trabajadores que me habían mostrado durante los interrogatorios en La Cacha deben haber sido suministrados por la misma empresa. Sería raro que se los hubieran quitado por la fuerza”, explicó.

Durante los dos siguientes años, el sobreviviente tuvo que acudir a las periódicas citas a las que era convocado en la zona de Plaza Italia. Le preguntaban por las actividades en el Frigorífico. Sugestivamente, el jefe del laboratorio de Swift, de apellido Pizzoni, era quien recibía las llamadas telefónicas por parte de un teniente y luego transmitía a Herrera el lugar y la fecha de las citas. Pizzoni también era trabajador de una planta de ácido sulfúrico de Fabricaciones Militares.

Ya en libertad, Herrera se encontró un día con una vecina del barrio que trabajaba en la casa de una pareja mayor: eran los abuelos de un niño cuyos padres habían sido secuestrados y desaparecidos.

Por las descripciones de la mujer, Ricardo Herrera supuso que se trataría del hijo de Rodolfo Axat y Ana Inés Della Croce. “Si te dejan, tráelo algún día para que lo conozca”, dijo a la vecina del barrio. “Lo trajo a los pocos días y yo los llevé, a él y a mi hijo, a pescar mojarritas al pequeño delta de Berisso. Nos sacamos varias fotos”, continuó el testigo-víctima.

“Muchos años después, en 2008, me contactó gente del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), porque sabían que yo había estado secuestrado en La Cacha. Les mostré las fotos tomadas en el delta de Berisso. Por la información que ellos tenían, me confirmaron que aquél niño era efectivamente el hijo de ‘Simón’ y de Ana Inés: Julián Axat”, concluyó Herrera.

Correo Perio