Prensa
 

Un bombardeo “republicano”

Jorge Luis Bernetti*

El 16 de junio de 1955 aparatos de la Aviación Naval de la Armada de la República Argentina (ARA) y de la Fuerza Aérea Argentina (FAA), bombardearon la Plaza de Mayo y la Casa Rosada en procura del derrocamiento del presidente Juan Domingo Perón  a través de su asesinato.

Los aviones de las dos Fuerzas cumplieron así su verdadero “bautismo de fuego”, es decir, la primera vez que actuaban en operaciones reales de combate. Lo hicieron en contra de su propio pueblo y causaron  una cifra indefinida de muertos que es mayor de 300, con seguridad y puede haber trepado hasta los 800 ó 1000 víctimas fatales.

El bombardeo no logró sorprender al Presidente porque anoticiado de la rebelión que operaba desde la base aeronaval de Punta Indio y desde el aeropuerto internacional de Ezeiza, Perón se dirigió al refugio antiaéreo del vecino edificio de la jefatura del Ejército, hoy conocido como sede del Ministerio de Defensa.

Los ataques de aviadores navales y de la fuerza aérea continuaron en la mañana y primeras horas de la tarde y masacraron a civiles que trabajaban en el centro de Buenos Aires, como a trabajadores que se dirigieron al centro de la ciudad para defender al gobierno.

La censura cubrió en los años posteriores las menciones que aludieran a la masacre perpetrada. Recién en los años ´90 una investigación civil militante estableció los nombres de más de trescientas personas asesinadas. Recién en el gobierno de Néstor Kirchner los granaderos que defendieron la Casa de Gobierno del ataque de la infantería de marina que trató de tomar la Casa Rosada, fueron reconocidos por sus méritos castrenses y políticos.

La magnitud y la impunidad de esta masacre ilustraron el desarrollo represivo que, luego de tres meses después producido el derrocamiento del gobierno constitucional peronista, se incrementó en desarrollo espiralado a través de la aplicación de diversos golpes de estado, la aplicación del plan Conintes para la represión de trabajadores, y el feroz plan implantado en 1976 de desaparición sistemática de personas.

La ferocidad de ese golpe no ha merecido todavía la autocrítica severa de las fuerzas involucradas ni la investigación del estado como crimen de lesa humanidad porque implicó el bombardeo de una ciudad por las fuerzas armadas de su propio país en contra de su pueblo y sin previo aviso.

En la mentalidad revolución libertadora, el hecho fue negado, pasado al arcón de los hechos lamentables, adjudicados- con increíble cinismo – a la supuesta responsabilidad del propio presidente y líder popular por no haber desalentado a sus propios partidarios.

La ferocidad del 16 de junio va paralela con su olvido tenaz de parte de la sociedad  culta que nunca fustigó institucionalmente a los bombarderos republicanos que todavía insistían en la legitimidad de sus actos criminales.

No fue sino hasta que Leonardo Favio en su importante “Perón: sinfonía de un sentimiento” descubriera imágenes ocultas del bombardeo a la Plaza, que la documentación icónica amplío la lógica de una barbarie que cuesta entender en los inentendibles hechos de locura represiva argentina y latinoamericana por parte de las oligarquías dominantes.

Los culpables de estos crímenes se refugiaron en el Uruguay y el 23 de septiembre de 1955, estaban en Buenos Aires. Nunca fueron molestados por estos crímenes y ni siquiera fueron dados de baja o pasados a retiro por causa de los bombardeos al pueblo.

La impunidad del ´55 se repitió con otros golpes y fueron el pase libre para el genocidio del ´76. Los juicios presentes sobre éste último pasado constituyen un imprescindible acto de justicia y base para el futuro de una auténtica república democrática.

La impunidad del 16 de junio subraya que hay todavía un jalón de la historia siniestra de la Argentina que debe ser revisado y juzgado. El aprendizaje es para toda la Nación y para todas las generaciones posteriores que deben mirar con atención aquellos sanguinarios bombardeos en picada sobre la plaza de las libertades argentinas y su pueblo en defensa de su gobierno.

*Profesor Titular de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social, UNLP.

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