Otra vez un NN y la sombra del aparato policial
 
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Otra vez un NN y la sombra del aparato policial

Por Sebastián Pellegrino*

Luciano Arruga, sin vida, acaba de ser restituido en su identidad. Su cuerpo permaneció 5 años y 8 meses en el cementerio de la Chacarita y, desde el comienzo, fue designado con el nombre que la maquinaria policial le suele endilgar a sus víctimas: “Sin nombre”, o NN.

“Durante seis años ha habido por parte del Estado una desidia absoluta para llegar a la información que hoy tenemos (…) Las huellas dactilares existían porque Luciano había estado secuestrado previamente en la comisaría de Lomas del Mirador y ahí le habían tomado las huellas”, afirmó el presidente del Centro de Estudios Legales y Sociales –CELS-, Horacio Verbitsky, durante la conferencia del viernes 17 de octubre en la que se anunció el hallazgo de los restos del joven.

¿Por qué recién ahora fue hallado el cuerpo? Luciano Arruga habría sido atropellado en General Paz y Emilio Castro tres horas después de su desaparición. Internado en el Hospital Santojanni, murió a las 8 de la mañana del 1 de febrero de 2009.

Su madre lo buscó en ese hospital. Allí supo que un joven había sido atropellado pero no quisieron darle más información. Si lo hubieran hecho, los casi 6 años de búsqueda desesperada; de acampes interminables frente al Destacamento policial de Lomas del Mirador; de kilómetros caminados en el submundo oxidado de la agencia judicial; de expectativas frustradas luego de la excavación del Equipo Argentino de Antropología Forense en la ya extinta sede policial; en fin, de incertidumbre en máxima plenitud, no habrían sido. 

Pero los hubo. Seis años de una existencia desaparecida y de una historia fraguada. El joven, que contaba 16 años hasta su último día, era uno de los miles de jóvenes de las barriadas bonaerenses que aún quedan entrampados en las redes del poder punitivo.

La Policía bonaerense es parte fundamental del esquema represivo y de control poblacional, el primer dispositivo de selección en función de criterios de clase y el eslabón indispensable para el funcionamiento de lo que Foucault llama “el medio cerrado de delincuencia”: la persona que es capturada por la agencia policial luego será condenada, más que por el delito particular –cometido o no-, por la totalización de su existencia en “delincuente habitual”.

Purgada la pena, la persona recupera su libertad, pero con todos los etiquetamientos y estigmas que la Verdad judicial, policial, penitenciaria y mediática le imprimió sobre su frente. Es cuestión de tiempo hasta que el olfato del orden la vuelva a reclutar y fagocitar dentro del sistema.

La trampa del aparato funcionó con Luciano Arruga: el joven se negó a robar para la policía del Destacamento de Lomas del Mirador y luego de haber sido hostigado, amenazado y perseguido, ocurrió el “accidente de tránsito” y la “confusión” en el hospital y los 6 años y algún papel extraviado con la brutal nominación: NN.

El discurso del poder punitivo bonaerense sigue siendo elaborado con las lógicas de la dictadura: las tumbas NN; los relatos de muertes con causas falseadas; las burocracias enquistadas y adormiladas que, o no se preguntan sobre la identidad de los cuerpos, o se conforman con las demandas del aparato; la desaparición de los cuerpos como garantía de impunidad.

La raíz de todas estas prácticas debe buscarse en la contraparte del acuerdo por el cual la Policía acepta las tareas de represión, persecución y control poblacional de determinados sectores sociales.

Según Zaffaroni, “en el siglo XIX, cuando nuestros países se organizaron más o menos precariamente, las autoridades políticas pactaron con las agencias policiales la concesión de áreas de recaudación autónoma a cambio del control de las mayorías como garantía de gobernabilidad, sin ocuparse de los medios de los que éstas se valían, habilitando toda forma de violencia, siempre que recayese sobre las clases subalternas y los disidentes”.

En el interior de esa trama histórica se halla el destino de Luciano Arruga. “Hay interrogantes que siguen pendientes”, señaló Verbitsky en la conferencia, y destacó que el hallazgo del cuerpo “no modifica el hecho previo de la detención anterior, de las torturas, de la extorsión que los policías del Destacamento de Lomas del Mirador practicaban sobre este chico para que robara para ellos”.

A partir de ahora, resta casi todo por hacer: juzgar a los imputados en la causa por la desaparición de Luciano; ampliar la investigación hacia los propios operadores judiciales por cuyas manos pasaron la causa penal y los seis años; reconstruir los hechos como efectivamente ocurrieron durante la madrugada del 1 de febrero de 2009; investigar las responsabilidades de funcionarios y empleados civiles que hubieran participado de un eventual encubrimiento del entierro del cuerpo en una tumba NN.

Sin embargo, el hallazgo de los restos ha sido de especial importancia para la familia del joven: “Vencimos. Mi objetivo era encontrar a mi hermano y lo encontré, ahora vamos a descansar”, dijo Vanesa, la hermana de Luciano. Una victoria, en parte, contra la sombra del aparato policial.

*Prosecretario de Comunicación y Prensa de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social

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