Dos años sin Chávez: sueños y juramentos de un revolucionario eterno
 
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Dos años sin Chávez: sueños y juramentos de un revolucionario eterno

*Por Pablo Pellegrino

1971. Un joven ingresó a la Academia Militar de Venezuela porque en ese lugar, además de estudiar, se jugaba béisbol. De niño hizo un juramento: convertirse en el próximo Isaías “Latigo” Chávez, uno de los hombres más destacados en ese deporte, que murió en 1969 en un accidente aéreo. Todas las noches, durante sus rutinarios rezos cristianos, pedía: “Diosito santo ayúdame, Látigo Chávez donde estés te juro que yo voy a ser como tú”.

Pero en esa Academia Militar, el joven se topó con una imagen de Simón Bolívar, acompañada por la inscripción: “El que abandona todo por ser útil a su país, no pierde nada y gana todo cuanto le consagra”. Los sueños de Hugo Rafael Chávez Frías de convertirse en un jugador de “las grandes ligas” de béisbol se transformaron. “Me sentí como pez en el agua. Como que descubrí entonces la esencia o parte de la esencia de la vida, mi vocación verdadera. Y poco a poco se fue como transfigurando el sueño”.

Pero los juramentos no se rompen porque sí. Ni se libera de culpa aquel que lo rompa solo porque sus sueños ahora son otros. Después de recibir la daga de cadete y tener un permiso para ausentarse por unos días y visitar a sus familiares, Chávez optó por ir a un cementerio, donde se arrodilló frente a una cripta. “Perdón, perdón Látigo. Ya yo no voy a seguir ese camino. Ahora soy soldado”.

En el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, que fundó junto a otros compañeros uniformados en 1982 y que el histórico 4 de febrero de 1992 intentó quitarle el poder al neoliberal Carlos Andrés Pérez, Chávez hizo otro juramento:

"Juro por el Dios de mis padres,

Juro por mi Patria,

Juro por mi Honor,

que no daré tranquilidad a mi alma,

ni descanso a mi brazo,

hasta no ver rotas las cadenas

que oprimen a mi pueblo

por voluntad de los poderosos.

Elección Popular

tierras y hombres libres,

horror a la Oligarquía"

El golpe de estado que ese grupo de patriotas del MBR-200 llevaron a cabo fracasó. Pero el juramento seguía intacto. Escribió desde la cárcel en que estaba prisionero tras asumir la responsabilidad por el levantamiento: “Compatriotas Bolivarianos: ¡Difícil época nos ha correspondido vivir! Y precisamente por eso, es que los jóvenes de hoy debemos galopar sobre el lomo de nuestro tiempo histórico, para que la Patria retoñe sobre el horizonte del siglo XXI, nuestro siglo. Sigan adelante, preparen el camino hacia la verdadera democracia Bolivariana que nuestro pueblo merece”.

El 5 de marzo de 2013, después de 14 años de gobierno revolucionario; después de batallar contra el imperialismo; después de institucionalizar la unión latinoamericana; después de alimentar y educar a su pueblo; después de galopar sobre el lomo de su tiempo histórico y de domar las bestias que arremetieron contra los suyos; después de vencer en sucesivas oportunidades a las oligarquías nativas; después de luchar incansablemente contra su enfermedad y pedirle a Cristo: “No me lleves todavía, dame tus espinas, dame tu sangre, que yo estoy dispuesto a llevarla pero con vida”; después de elegir a Nicolás Maduro como su sucesor, murió aquel comandante que soñó con jugar al béisbol y terminó revolucionando un continente entero.

Pero, como dice en Venezuela la canción popular, el que muere por la vida no puede llamarse muerto. Cómo llamar entonces a un hombre que estuvo dispuesto a cargar cien veces la cruz de Cristo solo a cambio de un poco más de tiempo junto su pueblo. Cómo llamar a un hombre que no calló ni por pedido de algún rey borbón, que clamó por la defensa de los derechos de los pueblos libres del mundo, que minó a su país de misiones para dignificar a su gente. Si no puede ser llamado muerto, es porque dejó de ser mortal para ser leyenda, y en boca de algún humilde venezolano que relate sus epopeyas y proezas, sus pasiones y errores, él pasará a la historia con el nombre más justo que cabe para tamaño líder: Comandante Eterno.  

Dos años han pasado desde ese día en que las calles de Caracas se colmaron de dolor y congoja; ese día en que un pueblo entero reafirmó su amor por una patria bolivariana refundada sobre un pasado de saqueo, explotación y estafa. Dos años sin el hombre que juró no dar tranquilidad a su alma ni descanso a su brazo hasta romper las cadenas de la opresión y la desigualdad. Hoy, desde el Cuartel de la Montaña, Chávez observa a su Venezuela sumida en virulentos enfrentamientos provocados por los cipayos de siempre, a toda hora protectores de intereses foráneos, eternos enemigos del pueblo. Si hay un legado por el que puede ese hombre ser recordado en la historia, es por haber cumplido uno de sus grandes juramentos aún después de muerto: “Elección Popular, tierras y hombres libres, horror a la oligarquía”. 

*Integrante del equipo de la Secretaría de Comunicación y Prensa

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