Los que pretendan ver en la película El estudiante, de Santiago Mitre, una radiografía del militante estudiantil promedio no saldrán satisfechos del cine.

Y esa afirmación puede ser corroborada en las actividades que muchos estudiantes realizan solidariamente durante el año y no en la circunstancial disputa eleccionaria que apenas ocupa en plenitud tres jornadas de alboroto y expectativas.

Por Claudio Gómez 

Los que pretendan ver en la película El estudiante, de Santiago Mitre, una radiografía del militante estudiantil promedio no saldrán satisfechos del cine. Y esa afirmación puede ser corroborada en las actividades que muchos estudiantes realizan solidariamente durante el año y no en la circunstancial disputa eleccionaria que apenas ocupa en plenitud tres jornadas de alboroto y expectativas.

Que los críticos se ocupen del film de Mitre que, por cierto cosechó muy buenas críticas, permita el lector que este periodista exprese su parecer sobre el relato que la película hace de los militantes.

El protagonista, un joven que llega desde un pueblo del interior bonaerense a estudiar a la UBA ingresa de manera sexual a la política. No lo atraen tanto las ideas como las mujeres.

No es la primera carrera que prueba, la narración se encarga de decirnos que ya pasó por otras -un buen vecino puede suponer que se trata de uno de esos “estudiantes crónicos”-.

En su dubitativo paso por esta facultad, referida a las ciencias sociales (aunque quien esto escribe no alcanza a precisar de qué unidad académica se trata) conoce a una docente militante. Con ella inicia una relación personal.

La chica será su primera guía en el mundo de la política universitaria, será la que comenzará a perfilar su rumbo en el cometido de la militancia.

En paralelo, cocaína, música y trasnochadas parecen ser su cotidianidad, acaso mezcladas con clases interrumpidas por el debate político que en el film se muestra como potestad única de la izquierda.

La chica va internando al actor en su propio mundo, que es el de la militancia, pero el de la militancia mezquina, esa que sólo se ocupa de culpar a los demás por lo que no se hace y permanecer en la queja inmediata, sin perspectivas ni acciones importantes.

Así, el muchacho conoce a un profesor titular, que es el cerebro de una organización política que sólo tiene por objetivo apoderarse de la presidencia de la UBA.

Tal vez el protagonista cae en una trampa o quizá esté cómodo en ese trazo, lo cierto que él comienza a actuar como espada joven de las apetencias del profesor.

No hay ni una sola muestra de un trabajo barrial ni de una actividad social. La vida de ese militante está circunscripta a tejer estrategias que le permitan ascender a su grupo a lugares de poder y, así, elevarse él también en su posición simbólica.

El relato es triste. Concebimos que muchos espectadores deben haberse quedado con la sensación de que la militancia estudiantil es eso: cocaína, un festival del rock y un plenario engañoso.

Un total de 105.000 alumnos estuvieron en condiciones de votar en las elecciones de la UNLP. Pensar que la militancia de un joven puede agotarse en un mundo tan chiquito es una falta de respeto. Pero sólo se trata de una película, el horizonte es más amplio.

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