Mis viejos, la justicia y la corporación
 
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Mis viejos, la justicia y la corporación

*Por Pablo Roesler

Mi mamá había terminado el segundo año de periodismo a finales del '75 y quería retomar la carrera. En los primeros días de marzo del '77 fue a la Escuela Superior de Periodismo a preguntar cómo tenía que hacer para volver a empezar. "El Negro" Bustos, un empleado de la facultad al que conocía de cuando militaba en el Centro de Estudiantes le dijo que su caso era complicado: "Es que vos estuviste en política, flaca". Pero le dijo que no se preocupara, que volviera el 24 de marzo que él le iba a tener una respuesta.

El 24 de marzo de 1977 mi mamá fue con su bebé de siete meses a la Escuela. Ese día Rodolfo Walsh había enviado a las redacciones su Carta Abierta a la Junta Militar denunciando las desapariciones y muertes y al día siguiente lo mataron cuando se resistió a ser secuestrado. Mi mamá no se resistió. Cuando Bustos le dijo que no había solución para su pedido, bajó las escaleras y en la puerta de salida se topó con un hombre, alto, canoso, vestido de civil. Ese tipo la agarró a ella y otro le arrebató a su bebé de los brazos. La subieron a un Falcon color ladrillo que estaba estacionado en la puerta. Le vendaron los ojos y la tiraron en el piso del coche. Delante se sentó el que llevaba a su hijo, junto al conductor. Mi mamá sólo atinó a decirles que se estaban olvidando el cochecito de su bebé.

Eran las ocho de la noche y estaba oscuro. Mi viejo volvía a su casa después de trabajar todo el día en el frigorífico Subga de Berazategui. Dobló la esquina de calle 2 y encaró por 48, hacia su casa, que estaba casi a la mitad de cuadra. Ya llegaba. Y apenas dobló, un hombre, grandote, de anteojos, con los brazos cruzados (uno dentro de la campera), salió de algún recoveco de la esquina y lo siguió desde atrás. Hizo unos pocos pasos más. Y ese hombre lo agarró por detrás del cuello y le puso un arma en la cabeza. Al instante, se encendieron las luces de varios autos que estaban estacionados en la cuadra. Lo encapucharon y lo metieron en su casa. Estaba toda revuelta. No estaba ni su mujer ni su hijo. Lo sacaron y lo tiraron en el piso del asiento de atrás de un auto.

El coche que llevaba a Viviana en el piso dio varias vueltas por la ciudad. La bajaron en un lugar, la metieron en una sala grande, enorme -quizá fuera un galpón- y la ataron a una silla. La dejaron ahí. Preguntaba por su bebé. Más tarde le dijeron que no se preocupe, que su hijo ya había cenado, que le habían dado puré, duraznos en almíbar y Coca-Cola. Pasó la noche en el primer piso, encerrada en una pequeña celda enrejada. Había más gente en ese primer piso, pero nadie hablaba. A la mañana -¿era la mañana? Había, si, luz de día- la bajaron a una sala más grande. Allí estaba Carlos, su marido, mi viejo.

El tiempo pasó sin lógica. En esos días de cautiverio la interrogaron en una casilla como las que usan los campamentos en el campo, que estaba fuera de esa construcción donde los habían encerrado. Le preguntaron por gente conocida, por sus amigos, le nombraban personas para que las identifique. Se enteraron que ese lugar era el centro clandestino de detención conocido como La Cacha muchos años después, leyendo los testimonios de otros sobrevivientes, leyendo los relatos de personas que habían pisado los mismos escalones hasta un primer piso, que habían estado en las celdas enrejadas, que habían estado atados a argollas en el piso y tirados sobre lonetas de gomaespuma en una sala grande, junto a otros cautivos.

Después de dar vueltas en el coche, a Carlos lo bajaron en un predio en el campo. En ese lugar escuchó ladridos de perro, escuchó el tren, escuchó los autos que pasaban por una ruta. Y escuchó aviones. Debía estar cerca del aeródromo, pensó Carlos. Hasta que leyó los testimonios de otros sobrevivientes, siempre pensó que había estado secuestrado en Arana. Lo bajaron vendado y lo dejaron atado en una sala grande. Ahí le preguntaron por gente. Todos relacionados con su militancia hasta el ‘75 en el FURN y la JUP. Después lo llevaron a la sala donde se reencontró con mi vieja.

En esa sala Viviana y Carlos, mis viejos, estuvieron seis o siete días. Esposados al piso, junto con otra gente. Ahí estaban también Molina -el bancario le decían porque trabajaba en un banco- y lo conocían porque vivía en el mismo edificio que un amigo de ellos. Ahí estaba también Pupé, una chica que hacía carteras de cuero. Ahí estaba otra mujer, embarazada, que estaba por tener.

En octubre de 2009 Carlos y Viviana, mis viejos, declararon en el Juicio por la Verdad de La Plata. Contaron que no los torturaron, pero que ahí se torturaba y se escuchaban los gritos de los torturados. Contaron que siempre sospecharon que alguien había hecho algo para que no los maten. Contaron que sospechaban que ese hombre es un veterinario que ahora tiene una veterinaria en Mendoza que se llama El Francés. Contaron que entre los represores había uno que al que le decían Pablo y mi viejo contó que uno lo obligó a descubrirse los ojos y mirarlo a la cara, porque él era guapo y no le importaba. Contaron que antes de salir Pupé le dictó el teléfono de su casa a mi viejo y le pidió que le avisara a su mamá. Mi mamá contó que la noche que los liberaron ellos estaban convencidos de que los mataban.

Pero los dejaron en una esquina y les dijeron que a media cuadra estaba su bebé. El mismo día que la habían detenido, le habían preguntado la dirección de algún pariente para dejar al bebé. Mi mamá dio la de un tío. En la casa de ese tío se encontraron con su bebé. Se reencontraron conmigo. Unos días más tarde, Carlos cumplió con el pedido de Pupé.

***

Este relato lo escribí hace cuatro años cuando mis viejos declararon en el Juicio por la Verdad de La Plata. Declarar para ellos era una deuda, y seguramente volverán a hacerlo en el  juicio por los crímenes de La Cacha que se realizará este año.

Pero para que mis viejos hayan declarado hace cuatro años tuvieron que pasar varias cosas, aunque una de ellas fue determinante: que un tipo de la edad de mi papá llegara a la presidencia y que, apenas asumido, dijera ser parte de la generación diezmada y que no iba a dejar sus convicciones en la puerta de la Casa Rosada.

Y no lo hizo.

Y por eso este 24 de marzo vamos a volver a marchar con las Madres, las Abuelas, los HIJOS, los sobrevivientes, la sociedad toda y esos miles de jóvenes que levantan las banderas de los 30 mil. Vamos a hacerlo con la consigna “A 37 años del golpe cívico militar. Por una Justicia Democrática: Basta de Corporación Judicial”. Porque de los tres poderes del Estado, la justicia fue el único que la dictadura no intervino. Y a pesar de ello –y de ellos, porque muchos permanecen enquistados allí-  pudimos ver realizada la consigna histórica del Juicio y Castigo. Pero democratizar ese poder es una deuda que ya lleva tres décadas desde el ’83 y una desde la asunción de Néstor Kirchner.

“Ese es el mandato de los 30.000 desaparecidos, éste es el mandato de los que ya no están, de los que sufrieron estar junto a los que más necesitan, a los vulnerables, a los más pobres, a los que no pueden defenderse con sus propias manos. En nombre de ellos y por ellos es que vamos a continuar en esta tarea de seguir cambiando la patria y mejorándola todos los días un poquito más”. CFK.

Vamos por todo.

 


*Periodista, Docente de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP

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