¿Qué fue el 24 de Marzo?
 
Prensa
 

¿Qué fue el 24 de Marzo?

*Por Jorge Luis Bernetti

Es necesario hacerse otra vez la pregunta que será realizada renovada, incesante e inevitablemente en el futuro por nuevas y sucesivas generaciones de argentinos. La hacemos hoy a 37 años de la entronización del horror, en el 2013 cuando celebraremos 30 años de recuperación y construcción del orden republicano democrático y a semanas de festejar una década de kirchnerismo, el mejor gobierno argentino desde 1955. Cómo se nombraba, como se podía y se entendía que se podía nombrar – es decir, construir socialmente- a aquél régimen.

Una identificación era la de su mera descripción exterior:”el gobierno militar”. Un énfasis más marcado con cierto atrevimiento lo identificaba como “régimen militar”; un salto mayor lo definía como “gobierno de facto”, apelando a la denominación con que la Corte Suprema de Justicia en 1930 – nacida de las instituciones republicanas gestadas por la oligarquía liberal, no por el empeño castrense de la jornada del 6 de septiembre – justificó el derrocamiento del presidente radical Hipólito Irigoyen.

Usando el doble sentido que podía identificar positivamente o con el odio nacido de la represión también, se lo nombró como “proceso”. (Algunas manifestaciones del año 1982  coreaban “Proceso/proceso, ¿Qué carajo es eso?”).

El salto de calidad fue la denominación también descriptiva “dictadura” y “dictadura militar” que para los ultra derechistas teóricos constituía una calificación positiva, pero para los protagonistas reales de aquél régimen constituía – y tenían razón- su denigración.

Con la reconstitución republicana-democrática de 1983 “dictadura” y “dictadura militar” se fueron   imponiendo cotidianamente, en el discurso político, en el comunicacional. (Hasta “La Nación” escribe hoy la ”dictadura” o aún “dictadura militar”).

En los sectores duros, la izquierda, el peronismo combativo y otros también se manejó, siempre con repercusiones minoritarias, aquello de “dictadura militar oligárquica”.

Finalmente, el kirchnerismo hizo la última contribución y bajó la voz “dictadura cívico militar”, para incluir en la denuncia y en la descripción de la realidad del presente, apelando a la historia, a los sectores económicos, –“civiles”- sin uniforme, entre los protagonistas decisivos de aquél gobierno sin más ley que la pura voluntad de su fuerza aplicada sin topes, sin los límites fijados por su propio Dios siquiera, el “estado de naturaleza” de Hobbes.

¿Que fue aquello? Si nos paramos en 1976, 37 años atrás nos conducirían a 1939, el año en que el tirano genocida ordenó el 1 de septiembre que el ejército alemán cruzara la frontera polaca y empezara la Segunda Guerra Mundial. Esa es una medida del tiempo para mi generación: un tiempo tan lejano 1939 de 1976, como la Revolución de Mayo

Este tiempo, sin embargo, está muy vivo para esta generación y, también para las generaciones más jóvenes, en uno de los comportamientos históricos que siembran esperanza sobre el presente y el porvenir de la Patria.

La “dictadura cívico-militar oligárquica del proceso de reorganización nacional” fue política y sociológicamente un régimen donde se entrecruzaron los grandes propietarios rurales, industriales y comerciales; los banqueros; los intereses capitalistas financieros, la iglesia católica considerada institucionalmente y las fuerzas armadas como brazo operativo ejecutor de hondo protagonismo.

En su inicio no llegó en medio de combates y repudios de la sociedad. Las capas medias la miraron con benevolencia, los sectores obreros y populares la recibieron sin esperanza y con la frustración del derrumbe de la que se había encarnado en el regreso del general Perón a la Patria y al gobierno y a su prometida transformación en beneficio de las mayorías que se cantaba como “liberación nacional”.

Hubo el fracaso de la esperanza del ’72 y ’73 y hubo una perspectiva revolucionaria que equivocó situaciones políticas, tiempos históricos y métodos, cayendo en la trampa en la que el poder del sistema capitalista dependiente y su instrumento militar construyeron de Lanusse a Videla.

Como la reacción hecha tiranía genocida se pretendía fundadora de un nuevo orden (que en realidad era viejo), que buscaba restaurar la “organización nacional” oligárquica liberal, se instauró a sí misma con la ausencia de límites que la “excepción” le justificaba. Hoy constituye una verdad victoriosa que fueron las organizaciones defensoras de derechos humanos nacidas de la defensa de la vida y la catástrofe alucinada de luchar contra las potencias occidentales dominantes, los ejes fundamentales de la derrota de aquella. En modo alguno, pueden quedar excluidas de la constitución del deterioro dictatorial las luchas obreras y populares y las módicas contribuciones políticas. Es muy difícil y muy negativo establecer, sin exámenes profundos y rigurosos, los registros de aquello que se denomina polisémicamente “resistencia” a aquél poder que se asumía mesiánico, omnipotente y de duración indefinida. Pensar y repensar aquella época nos dota de instrumentos más aptos para el presente. Hoy, que han caído y siguen cayendo por el reconstruido y construido protagonismo popular, verdades y mitos dominantes, podemos actuar e imaginar en el despliegue creciente de una patria democrática, que se alza, con contenidos populares, progresistas, laicos, latinoamericanistas. Memorar el 24 de marzo es llorar y, sobre todo reflexionar. Pensar en cómo padecimos una derrota y cómo se reconstituye en treinta años un sentido de nación que, en los últimos diez, aparece otra vez como revolución, revolución plural.

*Docente de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP

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