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Una cuestión de dimensiones

Por Genoveva Surraco*

“Mamá, volvió Naiara al colegio”, me dice mi hijo que va a primer grado, “se le mojaron los cuadernos”. Y pienso en la dimensión que debe tener para una nena de 6 años perder algo que por ahí para algunos es simpleza pura: las primeras hojas escritas con las primeras letras aprendidas.

“Hoy dibujé dos casas, una que no se inundó (la nuestra) y otra con agua, la de tu amiga Cecilia”, también me cuenta. Con esa naturalidad, con esa espontaneidad, me dice que la señorita los hizo trabajar sobre las inundaciones y que hablaron de la importancia de ayudar al otro. Él no volvió a la casa de Cecilia después de la inundación, no la vio con 1.80 m de agua, ni siquiera habló con el hijo de mi amiga, Joaquín; pero fue capaz de ponerse en su lugar e imaginó esa casa golpeada por la tormenta. Me acuerdo que una de las primeras cosas que me preguntó, cuando me veía desesperada tratando de comunicarme con ellos en esos primeros momentos en que no funcionaban las líneas de teléfono, fue si el nene había perdido sus juguetes. Otra vez el tema de la dimensión y de la escala. Para un niño sus juguetes son casi todo.

No puedo dejar de pensar en qué es lo que sienten esos niños que vivieron esta tragedia, los que perdieron familiares, los que pasaron la noche en los techos,  los que todavía están en centros de evacuados, los que con suerte están en la casa de algún pariente, los que volvieron a su casa (pero de “su casa” lo que ven probablemente diste mucho), los que no se inundaron pero que observan y escuchan del tema todo el tiempo.

Seguramente serán capaces de procesar estas experiencias hasta mejor que los adultos, porque los ampara la inocencia.

También pienso que quienes son niños hoy están viendo una sociedad distinta, que se movilizó instantáneamente para ayudar al prójimo. Un estado que asumió la responsabilidad de acompañar y auxiliar a los damnificados. Una presidenta que recorrió las zonas afectadas, que se rodeó de pueblo. Un grupo inconmensurable de jóvenes que pusieron su energía a favor de los que la necesitaban. A sus propios padres, en muchos casos, días y días fuera de casa porque estaban dando una mano desde el lugar que podía.

Pienso que más allá de esta terrible tragedia, el futuro es promisorio para estos niños, porque lo que ven es lo que incorporan. Y  lo que hoy ven es solidaridad, ayuda, compromiso y lucha colectiva. Casi imposible que no repitan ese ejemplo cuando crezcan.

Yo de chica les tenía miedo a los militares, en el año 1975 estaba en la panza de mi mamá, mientras ella se protegía debajo de la mesa cuando empezaba a escuchar bombas o disparos. Y crecí con ese miedo, con la idea de que en cualquier momento podían venir a llevarse a alguien más. No sé si alguna vez superé ese temor. Hoy veo los camiones de la gendarmería trasladando las donaciones de la gente a los necesitados y creo que desde que nací nunca había visto a las fuerzas armadas al servicio del pueblo. Supongo que a mis 37 años esto mitigará un poco ese temor infantil.

* Docente del Taller de Planificación Comunicacional en el Sistema Productivo – Cátedra II

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