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Videla: dictadura, terror y burocracia

Por Jorge Luis Bernetti*

 

“Una bella morte tutta una vita onora”. Así dice el refrán italiano: “una bella muerte honra toda una vida”. No es, sin duda, el caso del final en presidio del destituido general Jorge Videla, el máximo responsable político y militar de la dictadura del proceso de reorganización nacional. Murió condenado en múltiples causas por crímenes de lesa humanidad cometidos bajo su responsabilidad y en la cárcel habilitada por la ley. Coronó una vida dedicada a la represión de su pueblo.

Él no fue, como no lo fue tampoco Hitler, un loco, alguien que desvariara o un demagogo. Se forjó como un burócrata feroz de la guerra contra-revolucionaria, el más representativo en hipocresía y mentira respecto a las acciones represivas de la dictadura, el actor del doble mensaje acerca del terror vigente en los años de su mandato siniestro.

Videla fue cuadro militar típico surgido de las clases medias, de los sectores de esas que, con uniforme o sin él, se sumaron a las empresas políticas de proscripción política, represión y empuje a las políticas neo-liberales en materia económica, en el contexto de la aplicada subordinación  a las políticas de la dominación imperial de los Estados Unidos.

Forjado en el liberalismo conservador antidemocrático y en la doctrina contrainsurgente de la seguridad nacional, Videla fue el representativo de ese perfil castrense que se incluyó activamente en el bloque hegemónico oligárquico y en las políticas más reaccionarias del capitalismo norteamericano.

Estuvo en  el golpe de 1955, en el de 1962, en el de 1966 y fue el protagonista central de aquél, lejano y a la vez tan presente, de 1976.

No dejó de ser consecuente en las diversas circunstancias que protagonizó, de ser parte de los más duros: así en los enfrentamientos  de 1962 y 1963 entre azules y colorados, fue integrante de éstos últimos, los derrotados de entonces, junto con su compinche Roberto Viola, y estuvo a punto de cerrar su carrera por ello. Aquellos sangrientos choques fueron a propósito de cómo proscribir o condicionar al peronismo para alejarlo de la participación electoral y de la vida política.

Videla  fue el más representativo protagonista de la dictadura porque fue su directivo más frío, más burocrático, más decidido a defender la acción del conjunto de sus camaradas militares y civiles y más preocupado por lograr adhesiones y/o justificaciones nacionales e internacionales para todo su accionar.

En los últimos tiempos ha existido una esforzada y justa preocupación por calificar a la dictadura que encabezara Videla como “cívico-militar” y no solamente “militar”. Ello es ciertamente correcto porque identifica a los muchos sectores y personas que adhirieron al plan genocida de la dictadura. Sin embargo, con ser buena la caracterización no alcanza para cubrir las responsabilidades de clase de los sectores de los grandes propietarios bancarios, agrarios, industriales y comerciales que hegemonizaron a sectores medios civiles y militares en su proyecto reaccionario y, por supuesto, en un papel central, el rol de la jerarquía de la Iglesia Católica en esta empresa. Videla fue un fidelísimo representante de ese catolicismo pre-conciliar, tanto en la acción política de la tiranía que encabezó como en su cerrada justificación personal con la que bloqueó todos los intentos hechos para que asumiera la concreta responsabilidad de los actos de represión, tortura, violación y desaparición de personas que se perpetraron bajo su mando y responsabilidad en los centenares de campos de concentración de su régimen de terror.

Esta justificación espiritual fue tremenda y terriblemente importante porque Videla, además de ser un dictador y un tirano, de los que ha habido varios en nuestra tierra e historia, se erigió como alguien mucho más terrible. Fue un genocida y un genocida sistemático, planificador del crimen que actuó más allá de la exasperación.

Videla negó, ocultó, mintió y bloqueó todo lo que pudo el acceso a la verdad de los años terribles.

Juzgado en una ocasión jurídica inédita, por la decisión ejemplar del presidente Raúl Alfonsín, Videla logró junto a sus socios una victoria momentánea cuando la rebelión cara pintada le dobló la mano a aquél gobierno a través de las leyes- forzadamente votadas por el Congreso- de Obediencia Debida y Punto Final. Y finalmente logró una libertad provisoria cuando, vergonzosamente, el presidente Carlos Menem lo indultó.

La lucha de los organismos defensores de los derechos humanos y una creciente compresión de la mayoría de la sociedad  hizo emerger en el gobierno de Néstor Kirchner la enorme decisión de reanudar los juicios, derogar las leyes de impunidad y lograr que la Corte Suprema anulara los indultos a Videla y sus grandes cómplices. Por ello, estos últimos diez años de Néstor y Cristina Kirchner han significado una enorme operación de justicia, información, verdad y memoria.

La muerte de Videla constituye una ocasión importante para reabrir la reflexión acerca del origen de la dictadura y de sus responsables económicos, culturales, políticos y religiosos. Constituye un momento adecuado para revisar la cultura democrática, su extensión y su vigencia; para volver a sostener y profundizar los cambios en la estructura, política, misiones y convicciones de las Fuerzas Armadas y de Seguridad. Implica la posibilidad del reconocimiento de cuánto ha avanzado la cultura de convivencia entre los argentinos y cuanto ha crecido la demanda para erradicar la impunidad ante los crímenes cometidos para frenar las decisiones políticas populares.

Videla ha sido el mal, pero solamente una parte del mal, su emergencia más conocida, más brutal y consecuente. Es una obligación política y moral sostener y profundizar la cultura democrática que transcurre sin dudas por el desarrollo de la soberanía popular en lo político y en su extensión en lo económico y lo social.

Aquél que fuera el responsable de la extranjerización de la economía y de la drástica reducción de los niveles económicos de los sectores populares, a través de las políticas diseñadas por José Alfredo Martínez de Hoz, lo fue también de la brutal operación de traspaso forzado de las acciones  de Papel Prensa de sus propietarios a la coalición monopólica de diarios hegemónicos. Esa acción fue, y sigue siendo entre otras vigentes y aún pendientes de derogación, la dictadura.

Derrocar las situaciones del privilegio es tarea del presente, junto a la conclusión de las acciones de justicia por los crímenes cometidos hace tres décadas; y el incentivo de la educación política de las jóvenes y no tan jóvenes generaciones, constituye una tarea permanente que debe ser privilegiada.

De Videla y su régimen criminal ya se han dicho las palabras ejemplares: “Todo está grabado en la memoria”. “Nunca más”.

*Profesor de esta Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP

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