Néstor y Cristina, líderes de una etapa trascendente para la historia de la Argentina
 
Prensa
 

¿Ya pasó una década?

Por Jorge Luis Bernetti*

La pelea de los días que pasan calienta de un modo peculiar el análisis posible de estos años kirchneristas, los de Néstor y Cristina, cuando es posible compararlos, testimoniarlos, en paralelo con la “década peronista” como los gorilas (entonces no era moda identificar al anti-peronismo como “la derecha”), siempre aludieron al primer y segundo gobiernos de Juan Domingo Perón.

La generación política a la que la militancia de los años ’70 pertenece no estuvo acostumbrada a períodos de larga duración político, salvo- claro está – que fueran los dictatoriales o los del dominio neo-liberal. Allí estuvieron “la revolución argentina”, “el proceso de reorganización nacional” y en el espacio democrático el peronismo menemista. Lo demás siempre fue breve y contradictorio: la violencia denegatoria de la “revolución libertadora”, las crisis y contra crisis del frondicismo, la ilegitimidad de origen y las buenas intenciones del gobierno Illía, el fracaso de la Alianza para rectificar al neo-liberalismo menemista con otro neo-liberalismo.

Los diez años del kirchnerismo constituyen aquello que saca a la oposición: un modelo, claro. Es decir, en primer lugar, un estilo político: fuerte, decisionista, de discurso claro, de enunciaciones directas, de voz democrática, nacionalista, popular, con enemigos nombrados. Anclado en la historia, la mística y lo mítico del peronismo revolucionario del ´73; con énfasis en la perspectiva, los reclamos y los dolores de los derechos humanos; con una mirada abierta a demandas democráticas; recuperador de la mejor mirada alfonsinista del ´83; militante de las miradas de género; por primera vez, en la historia del movimiento nacional con una actitud dominante del aparato militar, como no pudo lograr el liberalismo del peor gobierno civil es mejor que la más eficaz de las dictaduras. Y el más latinoamericanista de los gobiernos argentinos. Ese programa no estaba escrito. Nació de un magma muy sumergido y de una decisión política evocadora del Dantón revolucionario francés: “audacia, audacia y más audacia”.

Un gobierno paradójico. Nacido de una situación minoritaria, el segundo lugar frente a Menem y con la perspectiva de una rendición inmediata o un derrumbe abrupto, construyó su poder en la legitimidad democrática de fuerte base electoral. Cuando sus críticos de derecha le endosaron  el calificativo de “monárquico”, esos liberales incómodos ante su pasado y su propia doctrina, olvidaron al Alberdi que reconoció él, primero que nadie, que el Presidente argentino que el diseñara en la Constitución de 1853 y quedara vivito y coleando en los cambios y retoques de 1949 y 1994, era un rey por seis años. Olvidaron que “el Poder Ejecutivo Nacional” quedó personalizado estrictamente en el habitante del antiguo Fuerte de Buenos Aires, habitado por rosas y pintado por Sarmiento.

Con legitimidad popular y para construir esta legitimidad, el kirchnerismo utilizó  a fondo el poder constitucional. Porque lo que se espera del Presidente de la República es que sepa como nacionalizar YPF, crear la Asignación Universal, bajar el cuadro de Galtieri, enfrentar obispos amenazantes o vigilar con cuidado la muestra pictórica argentina para la Bienal de Venecia. Esos quisieron los liberales para gobernar siempre chez nous.

Pero en manos del populismo radicalizado, la eventualidad de una revolución democrática parece acercarse sin cesar.

El kirchnerismo le demostró a un país ansioso de gobierno que podía poner en su lugar, en el primer movimiento del peón-4-Rey blanco, al frente  militar con decenas de despidos anticipados de generales anmistiadores, operación que coronó con el descenso del retrato de la galería del Colegio Militar, la muerte simbólica del dictador, a la que siguió una enérgica reforma castrense.

El kirchnerismo le demostró al país que la jerarquía de la Iglesia Católica podía ser puesta en su lugar institucional por gobernantes católicos justo a la medida del país, es decir, con su propia interpretación de la doctrina y, sobre todo, de la práctica.

El kirchnerismo le demostró al país que la política dirigía la economía y no al revés, con todos los conflictos que ello suponía, más que los generados por las corporaciones antes mencionadas. Continuó con medidas tomadas por su antecesor, cuestión que le fue reprochada por sus opositores para negarle originalidad a sus acciones, pero las profundizó sin timidez, la más lejana característica de su práctica. El cambio en la orientación del Banco Central constituye una piedra liminar en este recorrido.

Es la producción nacional, el trabajo argentino el que se recupera de manera exponencial y sus opositores ven pasar ello reclamándole perfección en la tarea, cuando su propia práctica fue la de bajar persianas de fábricas en los suburbios y colocar inútiles carteles de “se alquila” a los locales comerciales de las grandes avenidas argentinas.

El gobierno cabalgó el potro del campo sin hesitaciones y enfrentó a las patronales agrarias, cara a cara, con rudeza que tomaba revancha de las humillaciones sufridas por gobiernos de todo tipo en la Argentina, con el objetivo de financiar el desarrollo económico y social de los sectores populares de la Nación.

El choque con las patronales mediáticas dio origen a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, el más grande curso de lucha por abrir la cerrada mano monopólica en el mundo de la información, la cultura y el entretenimiento. La política cultural kirchnerista tuvo efectos en masas y elites, desde el Fútbol para Todos al desarrollo del INCAA y del canal Encuentro al respaldo a la masiva producción de libros. La educación se recuperó por inversiones presupuestarias decisivas y la modernización tecnológica. La ciencia y la tecnología se colocaron en un espacio que desde las mitificadas épocas de la Universidad pública de los años ’60 no se alcanzaba.

Las políticas de nacionalizaciones avanzaron desde el agua y el correo al mencionado petróleo y a la recuperación de las jubilaciones para su manejo por el Estado, lo que dio curso, con la clausura de las AFJP, a la presencia del aparato público en numerosas empresas.

La última de las empresas locas del kirchnerismo ha sido el empeño reformista del conservador Poder Judicial. Luego del gran salto adelante que fuera la reconfiguración de la Suprema Corte de Justicia, las seis leyes de cambio del menos democrático de los poderes, de aquél que ha sido instituído para sostener la vigencia de lo real-establecido, esta sucesión de discusiones sobre jueces, fiscales, cautelares, independencia sacra de lo jurídico y códigos envejecidos, funciona – otra vez- como el insolente acto pedagógico de un gobierno vanguardia, ese que rompe con la sorpresa boquiabierta del “habráse visto” conservador.

Un día el gobierno podría sorprender a tirios y troyanos y colocar, en todos los medios incluidos sus fanáticos enemigos, una gigantesca solicitada con sus acciones en todos los  espacios. Siempre habrá un olvido, porque las acciones han sido desarrolladas a un ritmo desbordante-

Los fanáticos odiadores deberían ser desafiados a enumerar los defectos que le estipulan al régimen kirchnerista. Allí se verá con claridad el sentido de los cambios implantados en éstos diez años.

El mayor problema seguirá estando afuera y solo lo puede resolver el kirchnerismo y el pueblo que lo apoya: sostener, más allá de la década, el sentido de una Argentina que ahora se piensa como Nación, con justicia social e independencia nacional. Ese es el desafío por el que no dormiremos en la celebración del 25, mientras lo imaginamos y lo luchamos. ¿Ya pasaron diez años ?

*Profesor de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP

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