Palabras privadas: nostalgia sobre un país que ya no es
 
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Palabras privadas: nostalgia sobre un país que ya no es

*Por Lucas Morgillo

Discursos que se construyen. Discursos que circulan. Discursos que buscan generar sentidos. ¿Qué sentidos? Sentidos que van en detrimento del espíritu más profundo de lo que representa la universidad pública dentro de un proyecto de país. Frente a este momento histórico de transformaciones, del cual la universidad no debe quedar exenta, encontramos la violencia de la palabra. La violencia de la palabra de aquellos sectores retrógrados que se mantienen enquistados en diferentes esferas del poder, en la búsqueda por recuperar los valores privatistas y entreguistas, sin entender que en este nuevo tiempo la educación recuperó su fuerza como arma de construcción masiva.

Discursos que se construyen. Discursos que circulan. En estos días, en la pluma de la histórica tribuna de la derecha más recalcitrante de nuestro país, se pueden leer profundos embates sobre el sistema universitario argentino. Un sistema público, gratuito e inclusivo que existe en pocos lugares del mundo. Un sistema que día a día permite que más argentinos logren alcanzar el sueño de realizar una carrera de educación superior. Una universidad que encuentra cada vez más hermanos latinoamericanos formándose en sus aulas y pasillos.  Un sistema donde miles de personas de todo el mundo lo eligen para poder desarrollarse académica y profesionalmente.

En las páginas de esa tribuna se puede encontrar como ponderan sin estupor la educación privada y excluyente, la educación para unos pocos. La educación del modelo neoliberal que en nuestro país tuvo su máxima expresión durante la década perdida de los ´90. En su tinta impresa se puede vislumbrar como se reivindica, por ejemplo, el sistema universitario chileno, un sistema que es privado, con aranceles altísimos. Causa extrañeza (aunque ya poco quede en nuestra capacidad de asombro) que se pondere un sistema de esas características que, mientras deja por fuera a miles de chilenos, sus estudiantes vienen manteniendo en las calles una lucha para que su sistema universitario sea, por lo menos, un poco más parecido al nuestro. Un sistema que permita acceder a las mayorías y no sólo a las minorías pudientes. Por otra parte, para quienes escriben esas líneas poco felices, otra de sus críticas reside en entender que nuestra universidad está perdiendo “competitividad”, dejando al descubierto cómo conciben la educación: como una empresa, con valores de mercado, y no como un derecho, como una institución clave para la emancipación de los pueblos.

Sin embargo, en su relato, donde se los encuentra tan preocupados por el funcionamiento de las universidad nacionales, no se da cuenta de los profundos avances que se han logrado en esta década, donde se pasó de defender en las calles a una institución que estaba por cerrar sus puertas, a un momento donde primeras generaciones de hijos de trabajadores pueden acceder a formarse para seguir soñando con otro futuro. Esos sueños que también habían sido arrebatados por los mismos intereses que esas líneas defienden con dejo de nostalgia.  

Líneas que también se muestran inquietas por la creación de nuevas universidades nacionales, “llegando al absurdo de que Argentina tenga hoy más universidades públicas que muchos países de Europa que la duplican en población y quintuplican en PBI”. Otro signo que nos permite desentrañar su posicionamiento, el de la educación para unos pocos. Sólo puede ser absurdo que existan más universidades, lo que permite un mayor acceso a la educación superior, en mentes que poco reflexionan sobre las necesidades de nuestro pueblo. O peor aún, que reflexionando sobre dichas necesidades, optan por ubicarse en otro lado de la historia, el lugar de aquellos que siempre entendieron que un pueblo sin educación, es un pueblo más proclive a ser explotado y excluido. No obstante, una vez más, el pueblo decidió hacer y escribir su propia historia.

También se encuentran preocupados por la “calidad” de nuestra educación superior. Empero, nunca se los escuchó preocuparse por la “calidad” de la educación cuando la misma sólo respondía ante los intereses corporativos financieros. Una educación que tenía mucho “prestigio” y “calidad” para esos que con ese tipo de formación y acceso restringido, lograban construir un reducto que sólo respondía ante intereses extranjerizantes de las clases dominantes. No obstante, cuando la educación comienza a ser pensada como una herramienta estratégica para la liberación de los pueblos, entonces esa “calidad” comienza a ponerse en duda, perdiendo de vista (o quizá nunca la tuvieron) de entender que la calidad universitaria se enriquece cuando se la concibe como un derecho de todos y todas.

A su vez, otro de los profundos desasosiegos que se pueden leer son en relación a los valores de la autonomía universitaria, y su posible flagelo. “Como no ocurría desde hacía años, la autonomía se encuentra crecientemente amenazada en las universidades nacionales, incluso en la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde los intentos kirchneristas de colonizarla todavía chocan con la voluntad de la mayoría estudiantil”. Pero, ¿a qué refieren con colonizarla? ¿A generar espacios de debate y ampliación de derechos y miradas? ¿A buscar recuperar intelectuales y pensadores que a lo largo de la historia de nuestra universidad fueron negados, vedados, ocultados, silenciados o perseguidos? ¿O vale más mantener el status quo conservador y extranjerizante del desprecio por aquellos que decidieron pensarse y pensarnos desde la cultura popular?

La universidad a lo largo de su historia (salvo en contadas ocasiones y momentos históricos) estuvo (y sigue estando) colonizada: colonizada por minorías que sólo recuperan miradas y debates que poco tienen que ver con nuestra identidad latinoamericana, de la construcción cultural de nuestros pueblos. El iluminismo vanguardista que termina tomando a los actores sociales como simples objetos de estudio, pero que poco han aportado a brindar soluciones ante sus problemáticas. Una usina de ideas de aquellas minorías que sueñan con un país para unos pocos, y por ende, buscan reproducir una universidad para unos pocos, donde esos mismos pocos puedan acceder, y donde se piense y se reflexione también para otros pocos que siguen enquistados en los poderes ocultos (y por suerte ya no tan ocultos). Esto mismo es lo que se defiende en la denuncia ante el aparente avasallamiento de la autonomía: el status quo de la corporación universitaria. Porque también dentro de la universidad pública existen sectores que se construyen con lógicas de corporación, que se resisten ante la necesaria transformación que nuestra universidad pública debe atravesar para estar a la altura de este cambio de época. La universidad efectivamente ha estado colonizada por mucho tiempo, quizá demasiado.

En nombre de la “autonomía”, a lo largo de nuestra historia, la universidad se ha refugiado en su isla democrática, sin dar cuenta de las necesidades de nuestro país. Bajo el nombre de la “autonomía”, la universidad se ha encerrado en sí misma,  siendo un espacio excluyente que muchas veces perdió su rol social clave para ser una usina de ideas capaz de poner en juego proyectos y políticas públicas que aporten en función del desarrollo nacional y el crecimiento colectivo. Claro, es esa misma “autonomía” que le garantizaba a la corporación universitaria una universidad retrógrada y elitista, un reducto de las minorías para lograr mantener sus posiciones de privilegio y poder.

Sin embargo, nunca se los escuchó cuando esa “autonomía universitaria” fue devastada en la triste noche de los bastones largos. O cuando la misma “autonomía” fue profundamente ultrajada en la larga  y oscura noche de nuestra historia, donde las universidades fueron intervenidas, donde los centros de estudiantes fueron eliminados junto con los gremios de los trabajadores. Donde cientos de estudiantes, docentes, graduados y no docentes fueron perseguidos, secuestrados y desaparecidos, como también fueron secuestradas, perseguidas y silenciadas sus ideas, aunque gracias a las luchas de nuestro pueblo, no pudieron ser desaparecidas. Entonces nos preguntamos… ¿Qué es lo que se defiende con el satus quo del autonomismo cuando no dieron testimonio en momentos difíciles? Está claro, van por una de las conquistas más importantes de esta década ganada: el derecho a la educación. No soportan que se democratice la universidad. No soportan perder privilegios. Porque, como dijo otro pensador silenciado por los mismos que hoy reclaman por “el buen desempeño de la educación, la investigación y el desarrollo del pensamiento”, el gran Arturo Jauretche: “ignoran que la multitud no odia, odian las minorías, porque conquistar derechos provoca alegría, mientras perder privilegios provoca rencor”.

Por otra parte, esa muestra de preocupación por las “alineaciones partidarias y de las corrientes de ideas dominantes” que ponen en peligro la “independencia universitaria” esconde una matriz peligrosa. La negación de la negación. Siempre la academia ha sido fiel exponente de las diferentes corrientes de pensamiento, fuesen estas dominantes, hegemónicas o contrahegemónicas. No obstante, basta con revisar los planes de estudio o las currículas de las materias en las diferentes unidades académicas a lo largo de la historia, para dar cuenta de la colonización de ideas de la que hablamos anteriormente. Sin embargo, también siempre se buscó esconder esta dimensión, para mostrar a dicha formación desde un lugar “objetivo”, sin quedar expuesta en su posicionamiento político. Pero resulta importante dar cuenta que no existen miradas académicas sin dimensión ideológica. Ninguna teoría es inocente. Toda mirada académica tiene su anclaje en función de su sistema productivo, sus condiciones de producción en relación al entramado político, social, económico y cultural. Pretender entenderlo de otra manera, es caer en la trampa que el propio discurso científico a puesto como operación discursiva, donde a través de un desdoblamiento enunciativo busca no dejar expuesta su dimensión ideológica para pararse como verdad absoluta. Pretensión que poco tiene que ver con el devenir de las construcciones sociales, que de objetivas y absolutas, poco pueden tener. Ese tipo de búsquedas solo intentan ocultar la historia de las ideas, su naturaleza, su mirada sobre el mundo y qué mundo buscan construir. La negación de la negación: una operación que busca clausurar justamente el profundo debate de ideas.

Si uno recupera la historia de cualquier país que buscó desarrollarse, siempre la universidad ocupó un lugar protagónico como un eslabón más en las políticas de estado que perduran en el tiempo. Negar la profunda necesidad que la universidad esté ligada al Estado (siendo que la misma es parte del Estado), a las políticas de estado (más allá del gobierno de turno o la coyuntura), es negar el lugar estratégico de la educación en el camino de la realización y autodeterminación de los pueblos. Es negar su rol social en la batalla cultural. Es pretender mantener una universidad desligada del rumbo de la Patria.

Discursos que se construyen. Discursos que circulan. En sus palabras sólo se puede leer nostalgia por aquella Argentina sin Patria. Sólo se puede leer miedo ante la diversidad de miradas y la pluralidad de voces. Sólo se puede leer rencor por poner en la superficie que las verdades se construyen, en el constante movimiento que produce tensiones para generar transformaciones. Sólo se puede leer odio porque el pueblo sigue abriendo caminos de liberación.

El desafío por delante es seguir dando el debate. El debate y la acción para seguir construyendo una universidad que logre dar cuenta de los nuevos tiempos: una universidad Nacional y Popular.

Correo Perio