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Todavía cantamos, todavía soñamos, todavía discutimos

Por Luciana Isa*

Todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos... decía la letra de esta urgente poesía, en la voz de Víctor Heredia, allá por el año 1984, a sólo meses de recuperada la democracia en nuestro país. Y sin dudas que esta obra de arte (arte entendida como una escena cargada de sentido, que expresa una idea, una representación del mundo; y no como aquello cargado de valor material, accedido por unos pocos) emerge de modo visceral, desde un dolor asociado a las pérdidas físicas, afectivas pero también simbólicas. Es una narrativa que se desprende de una historia trágica, pero que a la vez recobra sentido al resurgir como un relato esperanzador.

Y como toda enunciación, que significa una idea, que produce una narrativa de sentido acerca de un modo de mirar lo y los que nos rodea, expresa y está cargado de ideología, y como todo discurso, entendido como práctica significante, no es localizado y ahistórico. Y es desde este lugar que si analizamos lo que esas palabras quisieron decir en aquellos años inaugurales de democracia, no podemos desadvertir el sentido que adquieren hoy, transcurridos ya más de treinta años.

Por aquel entonces, Víctor Heredia buscaba una herramienta de expresión del dolor; pero a la vez de la ilusión, de una utopía que nos proponía a una Argentina convaleciente de dolor, continuar soñando, continuar cantando, continuar pidiendo, en definitiva, continuar luchando. Una lucha que dejaba atrás muchos combates, mucha tristeza, mucha dolencia irreparable, pero no paralizante. Y hoy, a más de tres décadas de ocurridos esos sucesos, con la plena conciencia de la deuda que aún le debemos a nuestra democracia, es importante componer una mirada retrospectiva de lo vivido y revalorizar nuestras prácticas cotidianas a luz de esta perspectiva. Lo que implica situarnos en un aquí y ahora, desnaturalizando los sentidos sociales que circulan, a los fines de enriquecer el análisis.

Y en este marco, interesa prestar atención a ciertos debates que nos atraviesan y que muchas veces, por estar inmersos en una trama, que tiende justamente a naturalizar conductas, desatendemos su valoración. Y en este caso me refiero a un nuevo debate que se inaugura recientemente en nuestra Facultad de Periodismo y Comunicación Social, con el nuevo Plan de Estudios. Transcurridos casi 16 años de la aprobación del Plan de Estudios 1998, volvemos a celebrar una nueva discusión que se abre con esta propuesta que, claro está, recupera o -más bien- viene a dar respuesta a nuevos escenarios comunicacionales atravesados por más de diez años continuos de transformaciones en materia social, política, económica, jurídica, de los cuales una Facultad pública no puede estar ajena y, en consecuencia, tiene el deber de estar vigente a esos tiempos.

Más allá de lo que este texto proponga, siguiendo en la analítica discursiva, creo que lo importante es pensar en las condiciones de producción en las que este proyecto tiene posibilidades de adquirir entidad, porque cuando se piensa en aquello que pasó a tan sólo -y tanto muchos- años atrás no puedo dejar de remitir a la significación que adquiere generar las condiciones, no sólo para discutir un nuevo plan, sino a la posibilidad de su razón de ser en relación a la necesidad institucional de pensar en una trasformación, a partir de tomar en cuenta una necesidad que desborda lo exclusivamente institucional.

Las posibilidades de iniciar este debate responden principalmente a que si estamos pensando en un comunicador, previamente estamos pensando en un sujeto crítico, y lo crítico lo entendemos como lo que cuestiona, lo que revisa, lo que se moviliza y moviliza porque cuestiona lo establecido. Claro está que no se trata de echar por tierra lo hecho en forma permanente, si no en que no podemos desconocer las transformaciones que dieron lugar a valorados avances en materia de comunicación, fundamental y principalmente con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, que trascienden lo estrictamente vinculado a la regulación de licencias y desconcentración de propiedad de medios, o mejor dicho, esas normativas se expanden y simbolizan mucho más que meras regulaciones y tienen consecuencias directas en la vida de todos y todas los argentinos. Y al considerar esos desplazamientos, necesariamente estamos pensando en la formación de nuestros graduados que deben nutrirse de herramientas que les permitan dar respuesta a estas nuevas coyunturas. Y no desde una mirada liberal de las profesiones, que sólo lo proyecta desde una matriz individualista, de desarrollo propio; contrariamente, estamos pensando en trayectos formativos que tengan en cuenta nuevas matrices culturales resultantes de diversos avances en políticas de género, de diversidad cultural, de integración regional, tecnológica, que se conjuga con una mirada del derecho a la comunicación comprendida como Derecho Humano. Y de preocuparnos por formar comunicadores insertos en espacios públicos, pero también en sectores productivos, que puedan diseñar, planificar y gestionar políticas de comunicación signadas por matrices ideológicas que prioricen la igualdad social y económica desde la diversidad, se trate de cualquier esfera.

Queda claro que estos párrafos no tienen la finalidad de ser una exposición sintética de los aspectos principales del nuevo Plan de estudios. Lejos de eso, intenta simplemente historizar nuestras prácticas desde una actitud crítica.

Celebremos entonces este debate que se abre paso, que seguramente atravesará tensiones, y bienvenidas sean; si hablamos de disputa, de tensión, de debate, es que podemos pensar en condiciones que nos habilitan a hacerlo, seguramente sea porque todavía soñamos, todavía pedimos, todavía esperamos...

*Docente de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social.

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