Laura Carlotto fue secuestrada en noviembre de 1977 y asesinada en agosto de 1978. FOTO: Matías Adhemar
 
Prensa
 

“¿Qué madre olvida? ¿Qué abuela no busca?”

*Por Sebastián Pellegrino

“Los asesinos de Laura habrán pensado que nuestra familia quedaría destruida, con los hijos dispersos y los padres en estado de locura, pero se equivocaron. Porque ¿Qué madre olvida? ¿Qué abuela no busca? Contrario a la ley de la vida, lloré en su tumba y reuní fuerzas para decir que seguiría luchando por los 30.000 compañeros desaparecidos y por su hijo Guido, mi nieto que aún me falta”, dijo Estela de Carlotto, el miércoles 4, en una nueva audiencia del juicio de lesa humanidad que lleva adelante el Tribunal Oral en lo Criminal Federal 1 de La Plata por los crímenes cometidos en el CCD La Cacha.

La presidenta de la Asociación de Abuelas de Plaza de Mayo y docente de la Facultad de Periodismo, conmovida, repitió en varios pasajes de su testimonio el deseo de que sus palabras llegaran al corazón de los imputados, que saben y no hablan, para que dieran información sobre los nietos apropiados cuyas verdaderas identidades todavía permanecen ocultadas.

“Nuestra democracia se verá fortalecida si algún día logramos la justicia plena. Está claro que no es rencor ni odio lo que nos moviliza, sino la búsqueda de la verdad, la justicia y la memoria, para que no vuelva a pasar, ni acá ni en ningún otro lugar del planeta, que miles de personas sean asesinadas y desparecidas por pensar distinto. Pedimos a los asesinos que nos digan dónde están nuestros nietos. Las Abuelas tenemos poco tiempo”, señaló Estela.  

Sobre la tragedia familiar, la testigo comenzó relatando el secuestro de su esposo Guido Carlotto ocurrido el lunes 1 de agosto de 1977: “Se había dirigido a la casa donde vivía Laura y allí se encontró con todo desordenado, roto. Cuando salió, lo capturaron entre varios hombres armados y permaneció 25 días como desaparecido hasta que lo liberaron, con 15 kilos menos y con su salud muy deteriorada, en una zona de baldíos de Lanús”.

Tras la liberación de Guido, la hija mayor de la familia, Laura, se trasladó con su compañero a Buenos Aires, sabiendo que era a ella a quien buscaban y que su permanencia en La Plata representaba un alto riesgo. Durante un tiempo se comunicó telefónicamente y por cartas con sus padres, hasta que el 16 de noviembre de 1977 se produjo el secuestro de la joven. Estuvo en cautiverio en el centro clandestino La Cacha, que funcionó en la antigua planta transmisora de radio Provincia, en Olmos, y dio a luz a su primer y único hijo en el hospital penitenciario que se construyó, a comienzos de 1977, en la unidad carcelaria 9 de La Plata.

Según relató Estela de Carlotto, “a partir del secuestro de Laura pedimos ayuda a Monseñor Plaza y a Monseñor Montes, pero no obtuvimos respuestas. Por segunda vez me reuní con el general Reynaldo Bignone –la primera había sido por el secuestro de Guido-, porque yo conocía a su hermana Marta. Pero a diferencia del primer encuentro, que había sido en su casa particular de Castelar, en esa nueva ocasión me recibió como Comandante en Jefe del Ejército en su lugar de trabajo”.

“Estaba desquiciado, entró en crisis. Solos en su oficina, tenía su arma sobre el escritorio. Le dije: ‘Si ustedes la tienen a Laura y si consideran que cometió un delito, júzguenla y condénenla, que nosotros la vamos a esperar. Pero no la maten’. El respondió que no, que había visitado las cárceles en Uruguay y que había visto cómo los Tupamaros se fortalecían en sus convicciones durante el encierro. En Argentina, dijo Bignone, hay que hacerlo”, agregó la testigo.

Antes de finalizar aquél encuentro con Bignone, la madre de Laura pidió que, si su hija ya había sido asesinada, le entregaran el cuerpo “porque no quiero volverme loca buscando en las tumbas anónimas de los cementerios”.

Tal como lo había anunciado el dictador, Laura Carlotto, nueve meses después de haber sido secuestrada, fue acribillada con disparos en su cabeza, desde atrás y a 30 centímetros de distancia, a un costado de la ruta 3 y Cristianía. El cuerpo de Laura fue entregado a sus padres en una sede policial de Isidro Casanova, en agosto de 1978. Los asesinos intentaron fraguar un presunto enfrentamiento, relato oficial que la prensa corporativa de la época reprodujo con miles de casos más en Argentina.

También negaron que la joven hubiera dado a luz a un hijo en cautiverio, aunque decenas de testigos que declararon en el juicio La Cacha, además de las pericias realizadas por el Equipo Argentino de Antropología Forense, confirmaron el nacimiento del niño.

Contrario a la ley de la vida, Estela lloró ante la tumba de su hija y prometió redoblar su lucha por la verdad de los 30.000 desaparecidos y los centenares de niños apropiados, entre ellos su nieto Guido, “que todavía me falta y que es también el nieto de todas las Abuelas”.

“Por eso, quienes todavía dicen que hay que olvidar y perdonar, que ya todo pasó, no hacen más que pedir cosas imposibles. Es Laura, en todo caso, la que los tiene que perdonar. Que la traigan y la escuchen, y que vean si ella los perdona. Nosotros, olvidar jamás. Esta lucha es colectiva, una cruzada de mujeres a las que llamaron locas y de las que creyeron que íbamos a decaer. Mi nieto Guido nació, aproximadamente, el 26 de junio de 1978. Quiere decir que en pocos días más cumplirá 36 años. No se llamará así, tendrá otra historia, lo habrán tratado bien o mal, pero le robaron el derecho que tenía a vivir con su papá, su mamá, su familia. Por eso pido a la justicia que condene a los responsables y que nosotros podamos reencontrarnos con él. Tenemos poco tiempo”, afirmó Estela.

Luego de su testimonio, la titular de Abuelas salió del tribunal, con un paraguas protegiéndose de la lluvia y una sonrisa de esperanza: “Me sentí muy bien frente a este tribunal que realmente es impecable y que está haciendo las cosas bien. Ojalá que esta noche, cuando los imputados se acuesten, tengan algunas de mis palabras en el oído”.

*Docente de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social

Correo Perio