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La violación mediática

*Actis, María Florencia
 
Desarmar el discurso mediático - reconstruir su lógica argumental, los sentidos comunes sobre los cuales se erige, se reproduce, se legitima y perdura- debería ser no sólo una preocupación exclusiva de los analistas sociales o de quienes trabajan en el terreno periodístico, sino una inquietud de la comunidad. Los medios de comunicación, son agentes masivos no menos políticos, y educativos - en cuanto a su capacidad formativa de sujetxs-, que otras instituciones donde el componente político está “declarado”. No sólo nos remitimos a la disputa de poder que conlleva la discusión por la propiedad de los medios y a la entelequia del periodismo independiente, sino a la dimensión política de los hechos noticiosos que se presentan como verdades informativas.
Si entendemos al género como un modo de distribución de poder, por lo tanto de producción de violencia, inherente a la configuración sociopolítica de occidente, es absurdo suponer que los medios pueden narrar situaciones de la realidad, exentos de este ordenamiento hegemónico. Cuando el periodismo confecciona noticias sobre lo que se conoce como “violencia de género”, comúnmente asociado al maltrato físico o sexual de un varón hacia una mujer, se ponen en juego prejuicios, mandatos, voces ‘legítimas’ y operaciones de violencia simbólica, revalidando densamente las relaciones de género vigentes.
El abordaje que se le dio en los medios a la historia de Giuliana Peralta, estuvo muy lejos de anclarse y ser explicada a través de la estructura de género, no sólo permisiva y promotora de este tipo de hechos, sino justificatoria.
Cuando no quedan lesiones físicas como producto del accionar violento, la palabra de una mujer denunciante se diluye y es puesta en duda; habitualmente, se sospecha de su moral, por puta o por loca. El grueso de las notas, presentan una caracterización de Giuliana que se vincula con alguna de estas dos condiciones o con ambas, y que se pone de manifiesto en expresiones tales como “la chica que desató el escándalo en el mundo del fútbol”. También es sugestiva la pregunta sobre el móvil último de su denuncia, si fue el de trascender mediáticamente y llegar a ser una Wanda Nara. La repetición de estas insinuaciones conforman a la víctima de un hecho de violencia sexual como precursora del conflicto, y además responsable de su propio destino trágico por el tipo de prácticas sexuales que se presume ejercía.
Por otro lado, fueron varias las notas dedicadas a la biografía de la chica (“Quién es Giuliana Peralta?”) indagando en su esfera familiar, en su posición socioeconómica, en sus redes de amistades, en sus proyectos de vida, en sus tendencias sexuales, con el afán de encontrar allí los motivos de la violencia cometida contra su persona.
En la trama discursiva, las fotografías que se decidieron publicar de Giuliana responden a la intención de crear un perfil de “botinera”, sintetizado en la imagen de mujer fatal, que exhibe sus atributos físicos, ambiciona estabilidad económica y relativa fama, mediante la conquista de un jugador de fútbol consagrado. En este punto, se vuelve necesario subrayar que, si bien prima en la lógica de mercado un aspecto femenino estereotipado, que produce efectos estereotipantes, y restringe notablemente el espectro de libertad y autodefinición sobre la propia imagen; cada
mujer es soberana de su cuerpo y bajo ningún punto de vista puede ser juzgada por sacarse una foto considerada provocativa. Determinados adjetivos para designar a la joven, la inclusión de cierta información y no otra, la selección de imágenes, dan inteligibilidad a los argumentos propios del sentido común dominante, que tienden a desconfiar de la mujer hasta que se demuestre su inocencia.
Pero como ya se dijo, el discurso mediático no está por fuera del meta-discurso patriarcal, fundante de un conjunto de instituciones tradicionales de la cultura, como es la justicia. El retrato que hacen los medios masivos de Giuliana está en condescendencia con la versión de Zárate, pero también con la interpretación judicial, y éstas entre sí. El jugador de Independiente y su abogado defensor, aluden a posicionar la figura del consentimiento, a que Giuliana “se dejó”. También, utilizan la presencia de su novio en la escena del hecho para desplazar a Giuliana de la posición “respetable” que supone el lugar novia (“Si hubiera sido la novia de Martín, Alexis no se hubiese acostado en la cama con ellos”, José Luis Ferrari, abogado penalista) para vincularla más bien al ejercicio de una modalidad de prostitución vip; como si, de todos modos, ser prostituta justificase el ejercicio de la violencia por parte del varón prostituyente.
Los dichos de Ferrari al aire de C5N, también son dignos de recuperar si pretendemos desarmar la trama semántica y argumentativa de ésta y otras violaciones. “Si fuera mi hija, no duerme en un departamento con tres caballeros”, declaró ante miles de espectadorxs, proponiendo dos cosas. En principio, el carácter condenatorio del libre ejercicio de la sexualidad femenina, catalogándola como potencialmente peligrosa, y en segundo lugar, la responsabilidad de la familia, por no transmitirle valores a su hija, que en tanto mujer, se espera el desarrollo de prácticas sexuales eróticamente pasivas, alejadas del placer sexual y cercanas a la idea de reproducción.
El fallo del juez Luis Carzoglio, es complementario a la concepción de Ferrari, ya que aplaca el accionar de Zárate y desdibuja su responsabilidad penal al teorizar acerca de la promiscuidad de la juventud y sus funestas consecuencias sociales, otorgándoles buena parte de la culpa a las familias. Alude a que, como institución primaria y permanente en los procesos de socialización de lxs hijxs, deben contenerlxs y orientarlxs hacia un desenvolvimiento personal que sea loable. Más allá del componente ideológico de este fallo, vale recalcar el uso estratégico que hace del mismo, para desligar al jugador de la imagen de victimario, por la directa vinculación del funcionario con el club Independiente.
La violación a Giuliana Peralta no resulta un caso aislado ni un exabrupto individual y sin razón; sino que, muy por el contrario, se inscribe en una gramática de violencia, de fuerte arraigo y ascendencia cultural, que recae materialmente sobre los cuerpos femeninos o feminizados. Para decirlo de otro modo, y retomando conceptos de la antropóloga argentina Rita Segato, el cuerpo femenino es el lugar en el que se celebra un pacto entre varones, del que la mujer (ya sea biomujer o mujer-trans) no participa sino como víctima sacrificial, sellando la posibilidad de ese pacto.
En este sentido, el ejercicio de micro prácticas como decir un piropo en el espacio público o visitar un prostíbulo, hasta consumar una violación, constituyen, no sólo una habilitación subjetiva al
abuso – verbal y físico- del cuerpo femenino, sino también una ratificación socio-simbólica de pertenencia en la fratría, o sociedad viril. Todos ellos en general, y la violación en particular, conforman actos de enunciación, cuya interlocución está dirigida a otros varones en tanto pares políticos, con quienes comparte un imaginario de género y un lenguaje.
La expropiación de la víctima sobre el control del espacio-cuerpo, y la anulación de su capacidad de agenciamiento, implica una violencia tan expresiva como instrumental. En el caso de Alexis Zárate, la consumación del crimen de violación fue incluso, en presencia de Martín Benítez, pareja de Giuliana, representando, en este universo masculino de significación, la máxima demonstración posible de poder e impunidad.
Se podría alegar que las dos personas presentes en la habitación donde se produjo la violación, estaban dormidas (Giuliana y Martín), con lo cual esta exhibición de poder y control irrestricto sobre el cuerpo, no contó con receptores directos. Es cierto, pero precisamente por tratarse de un acto de enunciación, la no presencia física de los interlocutores masculinos en la escena, no excluye la posibilidad de una realización exitosa de esta performance. Jueces, abogados, amigos, autoridades del club, compañeros del equipo, pueden estar (omni)presentes en el paisaje mental del agresor.
Este espectro de sentidos que subyacen a la violación dan cuenta de su dimensión relacional, en lugar de abordarla como práctica individual y patológica. Reconocer, dar entidad y profundidad en el tratamiento y análisis periodístico de las violaciones a su componente social, tener en cuenta su contexto de producción, significaría un cambio importante, no sólo de carácter lingüístico- terminológico, sino direccionado a una modificación y ampliación política en la perspectiva, en la autopercepción, y por lo tanto, en las prácticas. Por su alcance masivo, los medios resultan trincheras estratégicas desde las cuales posicionar estos cambios.
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