Mural que recuerda a Kosteki y Santillán en el puente Pueyrredón
 
Prensa
 

Maxi y Darío, 12 años las mismas manos

Por Ana Carbonetti*

El 26 de junio de 2002 los movimientos piqueteros y las organizaciones de desocupados se multiplicaron en una jornada de lucha. Habían planificado cortar los accesos a la ciudad de Buenos Aires. Uno de ellos era el Puente Pueyrredón.

Aquella jornada que buscaba mejoras sociales frente a la implosión de un Estado desmantelado, se transformó en la Masacre de Avellaneda. El gobierno interino de Eduardo Duhalde reprimió ferozmente a los militantes del Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD).

Maximiliano Kosteki era un pibe de 21 años que quería ingresar a la Facultad de Bellas Artes. Estudiaba pintura, dibujo y piano. Vendía flores, cuidaba perros y escribía, siempre escribía. Hacía malabares y capoeira. Tocaba el bajo, la flauta dulce y la armónica.

Darío Santillán militaba desde siempre. Era un pibe de 22 años, del Barrio Don Orione. A los 15 años quiso aprender primeros auxilios, a los 16 ya militaba en su escuela secundaria. Organizó e impulsó los primeros Movimientos de Trabajadores Desocupados de la zona Sur del Gran Bs. As. Construyó casas y armó bibliotecas populares en cada barrio. 

Aquel 26 de junio de 2002, los canales de televisión mostraron, en vivo, como la policía bonaerense y la prefectura nacional reprimían disparando balas de goma, gases lacrimógenos y, aunque se sabría más tarde, balas de plomo mientras perseguían a los piqueteros por más de veinte cuadras. Los titulares de los diarios y noticieros hablaron de “enfrentamientos”.

Mientras cruzaba la estación, zigzagueando balas y palos, Darío vio a un pibe tirado en el piso, le habían pegado dos tiros. Frenó y se tiró al suelo con él y le cubrió el cuerpo con el suyo. Y, apuntado, estiró la mano como queriendo frenar la muerte.

Reconstruir aquella escena del artista que no dejaron ser y esa mano generosa, solidaria, guerrera que lo cubría ; ese amor visceral, contrariado y la certeza de que ese pibe, desconocido para Darío, y ellos, dos extraños para el mundo, dejaban de ser lo que habrían sido hasta ese momento para convertirse en otra cosa. Para transmutar en la síntesis de lo que a aquella generación de resistencia le fue posible sembrar.

La mano de Darío, inequívoca y protectora. La mano que le hizo frente a la muerte, y la muerte en la espalda. Y como en un cuadro pintado por Maxi, su mano de artista, apretada por la mano de pelea de Darío.

“…La mano de Darío Santillán (…) sin tiempo y sin fronteras, que a partir de ese terrible momento se alzó en los paredones, en las pancartas y afiches, en los fondos y en los frentes, sobre cualquier género o papel, en todo espacio, en lo material que nos cubre y en el espíritu que nos desnuda; aún en el agua y en los sueños, esa mano, más alta que las montañas del Oriente, más aullante que el aullido que estremece la luna, más eterna que la misma eternidad, esa mano para proteger a Maximiliano Kosteki, el joven piquetero, el joven artista que moría junto a él, el joven y viejo Darío Santillán, que a los 20 años se hizo cargo del dolor del mundo.

De la rebeldía del mundo.

Acaso para que el mundo y nuestras vidas

No murieran del todo.

O, mejor dicho

Para resucitarnos.

La mano de Darío más bella que nunca,

Porque ahora esa mano era de todos.

Como un inviolable, feroz y dulce deseo…”

Vicente Zito Lema

Poema a Darío Santillan y Maxi Kosteki

*Presidenta del Centro de Estudiantes “Agrupación Rodolfo Walsh” de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social, UNLP.

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