“Aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces” R. Walsh
 
Prensa
 

Un claro día de justicia

Por Sebastián Palma*

Hacía calor, como suele hacer calor los 25 de octubre.  En la plataforma electoral de la Agrupación Rodolfo Walsh de ese año, algún compañero tituló “Un claro día de justicia”, porque esa tarde de sol los más 200 estudiantes, docentes y no docentes que movilizamos al Rectorado de la Universidad nos volvimos con la frente en alto, la mirada serena y la sonrisa pintada.  Esa tarde las manos en el Consejo Superior se alzaron para crear la primera Facultad de Periodismo y Comunicación Social de América Latina.

No fue el azar, ni el viento de cola. En tiempos de la conformación despiadada de los oligopolios de la información no había viento de cola para jerarquizar institucionalmente una unidad académica dedicada al campo de la comunicación. Fue un punto de llegada, la primera gran síntesis de una historia que comenzó a escribirse apenas después del regreso a la democracia.  

Marchamos convencidos, eufóricos, con banderas y bombos; la esperanza se sostenía en sabernos merecedores de ese espacio, de esas sillas en el Consejo Superior, de esas manos que a partir de ese día podrían alzarse para sostener con nuestros votos lo que decían nuestras palabras. Merecedores de esa pequeña victoria en esta batalla cultural aún en marcha por el derecho a la comunicación de los pueblos.

Ese día la Universidad Nacional de La Plata sumó otros cuatro consejeros con voz y voto en las sesiones del Superior; ese día, la Escuelita le dio paso a la Facultad. Ese día, sobre todo, las voces silenciadas, las excluidas, las olvidadas, respiraron aliviadas cuando llegó el último consejero para que la sesión convocada tuviera quórum. La razón que había empezado a construirse cuando otras/o nosotros/as expulsaron a los profesores de la dictadura, con las reformas curriculares, con la ampliación del campo de las  investigaciones en  comunicación, con la extensión como bandera, con el camino iniciado hacia la jerarquización académica y con la batalla por el derecho a la comunicación que poco a poco comenzaba a gestarse, esa razón que supimos construir,  gozó su soleado día de justicia.

Sólo un paso, ni el primero, ni el último. Un paso que marcó un antes y un después, y nos obligo a volver a reconocernos, a encontrarnos, a buscarnos, a nombrarnos.  A volver a elegir que éramos los mismos de siempre, con las mismas luchas, los mismos sueños, parados ahora en un suelo que aunque  era el mismo,  nos obligaba a más.

Si como Escuela Superior nos negábamos a aceptar que la comunicación en pocas manos era algo natural, como Facultad nos sentíamos, como nos sentimos hoy, obligados a torcer la historia. Ese año, en las elecciones para centro de estudiantes, no nos sentamos sobre los laureles para pedirles a los compañeros y las compañeras que caminaban los pasillos que nos acompañen con su voto. Ese año, soñamos en voz alta con un nuevo edificio, en un contexto adverso para la educación pública; invitamos a los/as que tuvieran la voluntad de soñar lo que parecía imposible a sumar su esfuerzo.  

Hay días que no se olvidan;  días que  nos proponen esa frase que escribió Rodolfo Walsh en su breve autobiografía de 1965.  “Aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces”. Días en los que uno entiende, definitivamente, que no está solo; que no hay batalla imposible si la razón la construyen mayorías.

* Docente e investigador de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP

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