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La palabra política y la historia del silencio

Por Manuel Protto Baglione*

Durante todo domingo, mientras transcurría la histórica jornada donde una multitud de espacios políticos, colectivos sociales y culturales, familias y ciudadanos acompañó a la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, muchos nos hacíamos la misma pregunta: ¿y ahora cómo la van a contar aquellos medios, aquellas voces que constituyen en nuestro país y en nuestra región la historia del silencio?

Resulta interesante repasar, en este ejercicio, la cobertura que realizó el diario Clarín luego de la denominada “Marcha del Silencio”. En su tapa del 19 de Febrero, este medio propuso una descripción risueña de un claro intento de desestabilización corporativa: sin contar el fogoneo con el que se promocionó abiertamente la marcha, destacaron como positivo que fue conmovedora, solidaria, que reclamó verdad y justicia, que la multitud desafío el clima, que el silencio significó respeto.

Ahora bien, si llevamos la reflexión más allá del análisis exclusivo de la enunciación del medio para trasladarnos a la acción y la cultura política que contiene a la dinámica mediática, podemos observar cómo se opera una moralización del debate público que tiene como objetivo de fondo despolitizar la discusión proponiendo como banderas valores en principio universales, como la justicia y la verdad, pero vaciados de todo contenido concreto. El campo de la acción pública, según esta pedagogía mediática, no ha de ser el de la confrontación, sino el de la buena voluntad y el consenso, más allá de que quienes levanten esas banderas sean en su enorme mayoría representantes de los grupos privilegiados de nuestra sociedad: adultos, varones, de sectores medios y altos. Esta imagen liberal de activismo cívico se refuerza al elegir no mostrar las imágenes de mensajes claramente injuriantes hacia la figura de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y al ubicar en un lugar anecdótico la presencia de dirigentes opositores.

Por otro lado, es posible señalar ciertas similitudes de los discursos de Cristina con los de otros presidentes populares: Maduro, Evo, Correa, Lula y otros y otras que también se han dirigido al pueblo de manera extensa y desde registros no protocolares, profundamente democráticos y a la vez sin esquivar el conflicto. Su calidad política se destaca cuando los comparamos con aquellos precandidatos presidenciales que aseguran que sus discursos en estas ocasiones durarían media hora, o con las figuras de Gonzalo Sánchez de Lozada, el presidente de Bolivia que hablaba con acento inglés, y el anacrónico Rey Juan Carlos I de España, cuando pretendió callar al querido Comandante Chávez.

La condena a la politización del espacio público y del uso de la palabra en el marco de procesos de transformación popular se refrenda en la tapa que Clarín edita al día siguiente del 1º de Marzo. En esa ocasión, quienes “copan” la plaza de los dos Congresos son “militantes y funcionarios K”, no hay imágenes que den cuenta de los cientos de miles que ocuparon las calles, se pone en tela de juicio las afirmaciones de la Presidenta, no se hace referencia a anuncios como la estatización de la administración ferroviaria.

Pero la movilización del 18 de Febrero no fue realmente una Marcha del Silencio, porque como dijo Heidegger, “sólo en el genuino hablar es posible un verdadero callar”, y lo que ellos tenían para decir provenía del odio que genera no sólo perder privilegios, sino que los mismos se hayan desnaturalizado y eso los obligue a callar (como cuando un presidente reconoció que “si hubiese dicho lo que iba a hacer, no me votaba nadie”).

La disputa entre el poder hegemónico y corporativo y los representantes del gobierno popular se reedita de esta manera. Cuenta entre sus antecedentes con la condena ensayada por los medios concentrados respecto del uso de la Cadena Nacional por parte de la Presidenta, y la impugnación por parte de ella de que esos medios constituyen una cadena del desánimo cuyo objetivo es infundir el temor en la población, torcer las agendas e imponer intereses. La única diferencia: los productores de las cadenas del desánimo son particularmente creativos a la hora de resistir los mecanismos democráticos de regulación.

Si quisiéramos, como proponía Walsh, que la experiencia colectiva no se pierda y las lecciones no se olviden, deberíamos aprender y nunca olvidar que el silencio que venden los que se pretenden dueños de la palabra no es una ausencia de sonido, no es un vacío de sentido; por el contrario, su silencio toma formas múltiples, que se reciclan y renuevan. Puede aparecer como la naturalización de un golpe de estado, la fetichización de crisis que causan muertes, la mentira lisa y llana, los crímenes para hacer negocios. Lo único que delimita su forma es su función: la de obturar toda palabra pública, todo sentimiento político que cuestione un orden social que los tiene como privilegiados dominantes.

Y si es verdad que Cristina deja un país cómodo para la gente, pero no para los dirigentes, es porque con las políticas que hemos creado con ella recuperamos el sentido político de la palabra pública, poniendo en cuestión la mercantilización de la palabra, los privilegios de los monopolios mediáticos. En ese sentido, quizás no haya transformación cultural más importante luego de doce años de kirchnerismo que la radical politización de nuestro pueblo. Así, el espacio público ya no es el de las tribus que se imaginaban conviviendo armónicamente en el mercado, sino el de las mayorías postergadas y los colectivos sociales que reclaman y conquistan sus derechos.

Los caminos que nos sacan del registro del silencio no están delineados de antemano: la historia nos exige en todo momento invento y memoria, ética y estrategia, ser búsqueda de otro destino. El último domingo fue un claro indicador de que nos hemos convencido, los pueblos latinoamericanos, de que la historia del silencio nunca más nos podrá robar la palabra política.

*Docente de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP

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