El Consejo Directivo manifestó preocupación por el daño que causan al periodismo las prácticas inescrupulosas y las operaciones mediáticas
 
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El Consejo Directivo manifestó preocupación por el daño que causan al periodismo las prácticas inescrupulosas y las operaciones mediáticas

A partir de la presentación de Contexto y Maíz, se denunció la permanente desacreditación a la profesión por parte de los medios hegemónicos

El repudio, por ambos medios, es frente a la permanente desacreditación y las sucesivas violaciones a la profesión periodística llevadas a cabo por los medios hegemónicos a través de reiteradas operaciones políticas como la realizada por el grupo Clarín contra el periodista Horacio Verbistky que, sin embargo, pretenden presentarse como el resultado de “investigaciones periodísticas”.

“Estas operaciones se sustentan en una concepción del periodismo de investigación que se pretende ahistórica” que  se volvió hegemónica en los ’90 y que sirvió al aniquilamiento del Estado y al desprestigio de la actividad política.  Desde esa perspectiva se pretendió instalar que “la tarea central de un periodista de investigación es revelar lo que ‘el poder’ pretende ocultar”, y agrega el documento que se pretende “poner el foco sobre el poder político para de esa forma negar su propio poder. En definitiva, para negar su condición de medios concentrados en grupos de poder económico con intereses inconfesables”.

A continuación, la presentación completa del diario Contexto y la Revista Maíz:

Por la presente, quienes realizamos el diario Contexto y la revista Maíz, editados con profundo compromiso con la verdad y nuestro tiempo desde esta casa de estudios expresamos nuestro más profundo repudio ante la vergonzosa y falaz denuncia realizada por el Grupo Clarín, a través de su radio Mitre y su edición online, contra el periodista Horacio Verbitsky. De esta forma, le solicitamos al Consejo Directivo que se manifieste ante la permanente desacreditación y las sucesivas violaciones a la profesión periodística llevadas a cabo por los medios hegemónicos a través de reiteradas operaciones políticas como ésta que, sin embargo, pretenden presentarse como el resultado de “investigaciones periodísticas”, tales como las realizadas recientemente contra el Ministro de Economía Axel Kicillof, la embajadora argentina ante la Organización de Estados Americanos (OEA), Nilda Garré y el referente de La Cámpora e hijo de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, Máximo Kirchner.

La operación disfrazada de investigación ligó al periodista Horacio Verbitsky y presidente del organismo de Derechos Humanos CELS con la dictadura cívico militar. En la nota, instrumentada por el periodista Gabriel Levinas, se lo acusa por una presunta colaboración con la Fuerza Aérea durante los años del genocidio. La acusación surge luego de que el periodista de Página/12 desnudara el rol de Clarín en la operación del presidente de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti, para ser reelecto cuando le quedaba un tercio de mandato, con el voto del decano del tribunal Carlos Fayt, quien no participó del Acuerdo en el que la Corte dice que estuvo.

En la misma línea, el Grupo Clarín operó desde todos sus medios contra el Ministro de Economía,  el líder de La Cámpora y la embajadora Garré. Hasta ahora el diario Clarín no se retractó de la nota en potencial y sin mención de fuentes escrita por Daniel Santoro, con la que acusaron de poseer una cuenta millonaria a Garré y Máximo, desmentida por el banco y por el país donde ni siquiera existe la empresa citada por el diario. Tampoco se retractó de haber acusado en tapa a Axel Kicillof de cobrar un sueldo exorbitante por su tarea en YPF, cuando existen sobradas pruebas documentales de que el ministro no cobra por ese trabajo.

 

Sucede que a nosotros sí nos importa el buen nombre del periodismo, pues tenemos la convicción de que en éste también se juega el buen nombre de las mayorías.

Bien sabemos que las definiciones respecto de lo que es el periodismo no están dadas de una vez y para siempre, sino que tienen sus condiciones de posibilidad. Sin embargo, estas operaciones se sustentan en una concepción del periodismo de investigación que se pretende ahistórica, aunque se volvió hegemónica en los ‘90, precisamente de la mano de quienes las realizan, y que sirvió al aniquilamiento del Estado y al desprestigio de la actividad política sosteniendo que la tarea central de un periodista de investigación es revelar lo que “el poder” pretende ocultar. Es decir, poner el foco sobre el poder político para de esa forma negar su propio poder. En definitiva, para negar su condición de medios concentrados en grupos de poder económico con intereses inconfesables.

Años de monopolizar la palabra, de tener el formidablemente perverso poder social de utilizar las marcas en la memoria de las mayorías, en principio, sobre un Estado dictatorial que robó, persiguió, censuró, secuestró, desapareció y asesinó, y luego, sobre una dirigencia política neoliberal que saqueó y rifó las riquezas de la Argentina en pos de la riqueza de unos pocos, les han permitido no sólo ocultar su propio protagonismo en esos horrores de nuestro pasado reciente, sino también hacer público, objetivado, visible, decible o, incluso, oficial lo que les venga en gana sobre el Estado y la política, para hacer los grupos haciendo el sentido común. Esto es: un consenso explícito en torno a esa concepción según la cual, concentrando todo el poder, es el Estado el que puede hacer lo que le venga en gana (por tanto, un potencial enemigo) y la actividad de quienes lo gestionan, una tarea sucia e incluso mafiosa realizada contra los intereses de las mayorías.

Así, en un contexto en el cual el Estado le disputa el poder a estos medios deteriorando su capacidad  de imponer temas de agenda y condicionar las políticas implementadas, no es de extrañar que estos jueguen su batalla con el verosímil para instalar operaciones políticas sustentadas en informaciones falsas y no con la verdad.

Puesta en jaque su supuesta independencia, desnudada su naturaleza profundamente política, y con esto la falacia de que son actores neutrales carentes de poder que vienen a develar verdades transparentes ocultadas por quienes sí lo poseen, se ven compelidos no sólo a manipular las informaciones que no se adecuan a sus intereses, como sostuvo Arturo Jauretche, sino  incluso a inventar, fabular y presentar datos que se saben falsos pero que, reavivando aquellas marcas en la memoria, pueden resultar verosímiles.

Nos preocupa el periodismo que se ocupa de escuchar al fusilado que vive.

Poco importa, entonces, presentar denuncias plagadas de potenciales, encubrir bajo una supuesta reserva de fuentes la inexistencia de las mismas (denigrando de esa forma el rigor de una tarea que se sustenta en éstas), sostener que lo que se “investiga” es lo que “le interesa a la gente” (aunque atente contra los intereses populares) e instalar la idea de que la prensa de investigación es una competencia por capturar “revelaciones” o denunciar supuestos “chanchullos”. En suma, poco importa apostar por investigar para dar cuenta de las razones que impiden la existencia de un mundo más justo e igualitario, para observar que aquello que se presenta como una verdad es una mentira, y que lo que no parece afectar el “bien común” tiene conexiones y consecuencias relevantes sobre el mundo que habitamos o deseamos.

Por eso, siendo los constructores de esta pretendida forma de hacer periodismo de investigación, los periodistas que realizaron las falaces denuncias no han tenido la necesidad de retractarse, es decir, no se han preocupado, como dice Verbitsky, por su buen nombre, como sí lo hicieron él, Axel Kicillof, Nilda Garré y Máximo Kirchner.

Sucede que a nosotros sí nos importa el buen nombre del periodismo, pues tenemos la convicción de que en éste también se juega el buen nombre de las mayorías. Nos preocupa el buen nombre del periodismo que apreciamos, que es el que habla la voz del pueblo. Nos preocupa el periodismo que se ocupa de escuchar al fusilado que vive.

 

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