El 27 de octubre volvieron a aparecer los jóvenes en la política para todos aquellos que no los habían visto
 
Prensa
 

Ojos ciegos

El kirchnerismo y la juventud en el campo político, por Florencia Saintout

Escribe: Dra. Florencia Saintout, decana de la FPyCS

Los años sesenta y setenta fueron tiempos en los que la política tuvo cara de juventud, en Argentina y en el mundo. Los jóvenes irrumpieron en un espacio público conservadoramente adulto trastocando las relaciones de poder.

Pero en la noche más oscura de nuestra historia, con la dictadura, la relación entre juventud y política se transformó en brújula del exterminio y dio lugar al horror. El Estado en manos de los poderes más siniestros hizo de los jóvenes las nuevasinpersonas, como escribiera Robert Cox en el Herald: los desapareció.

Con el llamado retorno de las democracias, y bajo el eje de la transición, se convocó nuevamente a los jóvenes (a unos otros jóvenes que no eran los de los setenta: ni montoneros, ni peronistas, ni movimientos armados… que parecían no tener historia, haber nacido allí desde la nada). Se los convocó a transitar (¿transitar hacia qué?, ¿con quiénes?, ¿para llegar a dónde?). Transitar a la democracia, se dijo. Empezar de nuevo. Se los convocó a la ilusión.

Luego, la desilusión más profunda de lo que para simplificar se llamará menemismo, ese proyecto que hundió sus raíces en el modelo político, económico y social impulsado por sectores civiles, militares y eclesiásticos y que Rodolfo Walsh denunció a un año del golpe de Estado del 76, con la “esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso de dar testimonio en tiempos difíciles” (sabemos cómo, después de su Carta Abierta a la Junta, lo fueron a buscar y lo asesinaron).

El cruce de siglo vino con el “que se vayan todos”, la más profunda negación a la política que nuestra historia ha imaginado y que arrojó a los jóvenes a la intemperie, poniéndolos al frente -en el frente de batalla- de todas las transformaciones que habían provocado los poderes neoliberales: fragmentación, polarización social, precarización, vulnerabilidad. 

Sin embargo, de ellos no se esperó nada. Se dijo: no les interesa nada. Se los condenó por apolíticos e individualistas. Mientras unos celebraban lo que creían era el final de la historia (de la dialéctica, de las luchas) y otros lo lamentaban aceptando que el mundo no podría ser nunca más transformado, se asumió que los jóvenes ya nada tenían que ver con la política. Que la devastación, la desafiliación, la desarticulación (todas las “d” del deterioro) los habían dejado por fuera del compromiso con lo público.

Mientras, los jóvenes balbuceaban primero un “no” profundamente político que nada tenía que ver con el desinterés sino más bien con otro interés. Y con la bronca, con el malestar, con un modo de denuncia. Además muchos jóvenes formaban parte central de los movimientos sociales ligados al mundo del trabajo roto; y veían la desolación de sus adultos ocupando las calles en el 2001; y aprendían de las luchas; y se juntaban a hacer un lenguaje que no era el del rock hijo de las clases medias en los teatros, sino el del barrio y la cancha de fútbol, el de las letras que hablaban de que todo preso es político, tejiendo una embarrada continuidad entre los ideales libertarios contra la propiedad privada y los nuevos paisajes cotidianos de la vida en la cárcel.

Mientras se decía que a los jóvenes nada les interesaba, eran muchos de ellos los que protagonizaban las experiencias de las fábricas recuperadas, los que cortaban puentes, los que  resistían en las universidades, los que murgueaban o escribían letras de cumbia villera y transformaban el estigma de ser chorro en un emblema de identidad que se levantaba sobre los escombros y sedimentos de una dignidad vapuleada de los de abajo.

El 27 de octubre volvieron a aparecer los jóvenes en la política para todos aquellos que no los habían visto: para unos intereses conservadores que festejaron demasiado rápido todos los finales pero también para una ciencia social de epistemología de superficie, nada abocada a ver el hormigueo siempre intenso de las profundidades.

La presidenta de la Nación de un Estado recuperado ha visto a estos jóvenes que se movían a los ojos ciegos nada abiertos. Y los ha llamado.

Correo Perio